Alzó la hoja y comenzó a cortar una a una las puntadas de la túnica corta, deteniéndose para clavar la arista sin llegar a cortar, lo que provocaba leves sacudidas en el de negros cabellos. Finalmente, la prenda cayó al suelo con un susurro, descubriendo un cuerpo fibroso y torneado, repleto de costras y cicatrices rosáceas. Con la punta comenzó a recorrer antiguas heridas, dibujando extraños símbolos cabalísticos sobre la pálida piel, ignorante del esfuerzo que le suponía al adepto permanecer inmóvil con la mirada fija en la nada. Sin previo aviso hundió el cuchillo en una zona intermedia entre el corazón y el hombro, donde la espesa sangre acudió sin demora. Un grito ahogado se elevó en la estancia, causando una momentánea vacilación en la imperturbable mente del sabio. Llevó las manos a su cintura, sin preocuparse de la hoja, mientras se inclinaba y detenía con la punta de la lengua el plasma que comenzaba a descender por el pectoral izquierdo. Después de lamer la piel adyacente se centró en la herida, de donde bebió hasta saciarse. Durante los minutos que se había prolongado la consagración de su maestro, se había mantenido hierático, con los puños en los costados y dos lágrimas recorriendo lentamente sus mejillas; intentando mantener la superficie de su mente como un estanque, eludiendo las sensaciones que pugnaban por embargarle. A duras penas contuvo un suspiro de alivio cuando él volvió a mirarle, con sangre en los labios, mostrando un brillo codicioso y hambriento.
La daga cayó al suelo con un tintineo, rozando en su descenso el gemelo del joven, que dobló la rodilla ante el imprevisto dolor. Con sorprendente indulgencia, el clérigo tiró de él y hundió ambas manos en el abundante pelo azabache, atrayéndolo hacia sí. El beso fue violento y rápido. El sabor metálico les impregnaba las fosas nasales, y por las comisuras de sus labios corrían sendos regueros escarlatas, pues en un indeterminado momento el sacerdote lo había provisto de la sangre de ambos. Instantes después de ese momento indefinido, el muchacho se había aferrado a sus nalgas cubiertas de terciopelo y, al no encontrar oposición, continuó envolviéndole apasionadamente.
Se separó de él perezosamente sosteniéndole de nuevo la mirada, en la que se intuía anhelo y temor a partes equivalentes por lo que habría de ocurrir. Con la mano derecha tomó la verga erecta del adepto y empezó a acariciar la punta con los dedos índice y pulgar sin dejar de escrutar aquellas sombrías pupilas, que no parecían ser capaces de concretar los sentimientos que le inspiraba.
Dejó que el líquido blanquecino tiñese toda la mano, antes de indicarle con un leve gesto que le subiese la túnica y se la recogiese con el ceñidor, cosa que hizo no tan prestamente como debería. Untó su propio pene rápidamente, mientras notaba como la respiración del joven se volvía más jadeante.
––A cuatro patas.––ordenó fríamente.
Él se apresuró a obedecer, cayendo de rodillas en el suelo desnudo para luego girar hasta darle la espalda a su señor. Los brazos comenzaron a temblarle al sentir como también se arrodillaba entre sus piernas abiertas y el roce del terciopelo en la piel.

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Miríadas de sendas desde el Abismo