martes, 26 de febrero de 2008



Buenas!! Otra vez de nuevo por aquí. Os dejo otra parte. No he conseguido escribir más sobre ellos y también he parada la segunda parte de Recuerdos en el fondo de un vaso. La razón es simple: estoy demasiado cansada (en el sentido más literal de la palabra, aunque también puede extrapolarse). Termino la evaluación el día 12 de marzo y ahora me toca estudiar más de lo que hice en enero. Siempre ando pensando en que lo haré todo en fin de semana, pero cuando llega pierdo el tiempo miserablemente. Tengo sueño atrasado, que también espero recuperar el domingo. Pero, claro, llego a las dos y cinco a casa y me encuentro a mi hermana esperándome para ver una película. Entonces qué gracia tiene dormir hasta un poco más tarde (las once y media) si me acuesto a las tres y pico. Y luego están mis levas para que alguien me acompañe a la biblioteca, que son un auténtico fracaso. En teoría mañana comienzo la segunda parte en el taller de relatos. Digo en teoría porque no sé si podré asistir a las primeras clases. Y encima tengo presiones externas para sacar buenas notas... Cuando las internas parecen decaer surge Moony con un estandarte que planta en lo más alto de la colina. Y, claro, como no lo vas a intentar... Encima la de lengua me pregunta que si duermo poco porque me quedo leyendo. ¡Vete a tomar por culo, hace un montón que no me pongo a leer! Antes me daba tiempo a todo, pero lo que pasa es que cada vez que termino algo mana de la mierda otro que se me olvidaba. Además sólo se me ocurre a mí comenzar con un personaje en el mud ahora, que sintiéndolo mucho, tendré que abandonar en la más absoluta desventura, sin saber que rasgo le toca. También están las bobadas de la quincena que duran algo más. Mira que darle mil y una vueltas a un tema que puede esperar... ¡Es que me irrito a mi misma! Me acabo de acordar de que mañana tengo examen de resistencia en gimnasia, así que estaré más cansada de lo ya habitual. Hoy si que tocaba desvariar aquí, tenía que hacerlo. Bueno, tendréis noticias mías de cómo me va. Un saludo.



“Andaban por el camino a Lansdiuer, para cobrar la recompensa de la última misión, cuando vio un gran halcón pardo que se acercaba en picado hacia ella. Valagiur también lo había visto y la apartó de su trayectoria. Cayeron al suelo, manchándose con el polvo de la carretera. Hioenoa se puso en pie, farfullando maldiciones contra él.

––Pero por qué te pones así. Viste a ese halcón, venía directo a nosotros.––oyó como pronunciaba unas rápidas palabras en su lengua natal y giraba hacia él con el ave apoyada sumisamente en sus manos enguantadas. Abrió la boca por la sorpresa.

––Cuanto tienes que aprender aún, Arquero, por tu culpa me he llenado de tierra.

––¿Cómo has hecho eso?––balbuceó.

––Uno de los pueblos vecinos al mío, doma a los pájaros y los utilizan como mensajeros. En las demás Tierras también lo hacen, no tendría que sorprenderte, incluso...––se calló de repente. Observando significativamente una de las patas del ave.

––¿Qué ocurre?––preguntó, mientras se ponía en pie y se acercaba por detrás.

Ella lo miró, con gesto de alarma, y le mostró una pequeña anilla en la extremidad derecha. Tenía grabado un símbolo rojo y los bordes del metal eran de cobre.

La agarró por los hombros y la puso frente a él. Sus ojos grises apartaron la mirada.

––¿Qué significa, Hioenoa? ¿Quién lo manda?––también su voz demostraba miedo. Ninguna vez había visto a Hioenoa tan asustada, con el rostro carente por completo de color.

––Es un mensaje de mi padre, debo partir con urgencia al sur––dijo trémulamente.

––¿Qué puede significar?

––Una tragedia. No sé que puede haber ocurrido.––por fin empezaba a reaccionar. Dio la vuelta la anilla y soltó al pájaro en el aire. Después se acercó a los caballos y ató la silla de su zaino.

––Valagiur, tengo que regresar con mi tribu. Si Nohfiwn quiere, en primavera seguirá habiendo trabajo en Covain. No voy a dejar que te quedes con la mitad de mi paga.––montó y le sonrió desde arriba.––Adiós, Arquero, que la Fortuna guíe tus pasos.––dijo al espolear su montura; dejándolo envuelto en una nube de polvo.

Todo había sido demasiado prematuro, pero en una cosa sí que podía resolver: no dejaría que la única mujer de su vida atravesara el continente en solitario. Era mejor no pensar decisiones como esta. Perdería diez mil platas, pero ganaba una compañera bastante enojosa, aunque con sentido del humor. Todavía le echaba en cara haber fallado el tiro con el bandido de Tirynar, si bien fue su caricia en la entrepierna la causa. Al intentar justificarlo dijo que no verdad, que debería haber acertado hasta con presión. Después ella lo mató con la jabalina, sin cambiar un ápice la expresión de su cara, aunque más tarde se cobrase con creces el precio del éxito (aún le duraban algunos arañazos en la espalda).

––Maldita sea ella y todas sus costumbres,––le dijo al semental negro––que bien estábamos tu y yo, muertos del asco en Hulvye, antes de conocerla, ¿verdad?

Caía la noche cuando la alcanzó. No obstante continuaba, llevando el caballo por las riendas. Él también había tenido que parar, ningún caballo aguantaba desde el mediodía cabalgando. Pero, por suerte, Nebulos era más resistente que el zaino.

Al verlo aparecer paró por completo, mirándolo desde más abajo que de costumbre.

––¿Qué est...?

––No es normal ver a una mujer caminar sola por Enoiyid, y menos de noche. Me veo en la obligación de escoltaros. ––dijo con el tono más galante que era capaz de modular. ––He decidido acompañarte.

Ella se sorprendió.

––No podrás cobrar las diez de plata al estúpido y presumido noble.

Sonrió con astucia, mientras le decía:

––La verdad es que hago más negocio si voy contigo y sin monedas, que quedándome en Lansdiuer y gastándolas en burdeles. El viaje durará mes y medio, siendo muy optimistas, así me cobraré la protección de mi acero a precio de oro.

Ella comenzó a reír, durante unos minutos, mientras Valagiur desmontaba sin perder la sonrisa. Al fin se irguió, sujetándose el costado, y mirándole a los ojos dijo:

––He de admitir que te echaría de menos, no sólo tus arrumacos. Doy gracias porque me ofrezcas tu espada en vez de tu arco...

Él se percató del triple sentido de sus palabras. No tenía bastante con llamarle ‘arquero’, que tenía que comparar sus habilidades.

Pero no podía molestarle algo tan nimio. Pasó una mano por sus hombros. Nunca se había arrepentido de haberla ayudado, y ahora, que tenía un objetivo, él también lo compartía. Ella alzó la cabeza:

––¿En qué piensas?

––Bueno, dado que llevamos todo el día cabalgando, tendríamos que buscar un lugar para acampar antes de que salga la luna oscura y nos impida ver donde pisamos. Si mi pequeña damisela gusta.––él también sabía como hacerla rabiar.

Le golpeó el costado con el codo, y él gruñó. Era más arriesgado enfadarla a ella, pero merecía la pena.

Reemprendían otro camino, con las lunas iluminando sus pasos.”



24/I/08

sábado, 23 de febrero de 2008

Buenas!! Volvemos a lo cotidiano. Valagiur e Hioenoa están de nuevo en mis perspectivas, pero sólo de colgar aquí, porque ya no me sale escribir sobre ellos. ¿Qué decir? Es que me apetece desahogarme, y paso de rayarme en un documento de Word. Que, por cierto, dejaré alguno por aquí. Después de una pausa para ir al baño, prefiero no comerme el tarro. Bueno, pues os dejo esto, a ver que os parece. Un beso.

“Se despertó después de amanecer. Dio unas vueltas entre las sábanas, intentando quedar de nuevo dormido. Se sentía somnoliento, y cansado... Al recordar se contrajeron sus músculos y sonrió levemente. Después giró la cabeza hacía el otro lado de la cama y lo encontró desoladoramente vacío. Entonces, se acordó del primer motivo por el que estaba tan agotado, la causa por la que apenas había dormido. Ella había marchado, y tardaría en regresar. Su hermano le exigió regresar para celebrar sus nupcias, y no volvería con él hasta que le diera un heredero a la tribu. Habría de llegar antes del solsticio de primavera. Aunque había intentado convencerla de que no viajase en El filo del Crepúsculo, ella ni siquiera se lo planteo. Era una audaz capitana y nada ni nadie haría que regresase a su hogar sin los tesoros que le conferían el rango de Siervo del Mar. Serían casi tres meses en el mar, hasta el Ocaso de los Dioses y al sur por los arrecifes, hasta la desembocadura del Viasaf. Aunque el peor tramo era la salida desde el golfo de Serreton, donde se escondían las Cordilleras submarinas de Tierra. Era una verdadera heroicidad (o locura) atravesarlas en verano, como para hacerlo bien entrado el otoño.

Él suspiro profundamente, acariciando la empuñadura de un cuchillo que ella había dejado clavado en el cabecero la noche anterior. Miró la parte interior de su brazo izquierdo. Una raja algo profunda, con marcas de dientes y moratones a su alrededor. Le dolía lo suficiente para maldecir las estúpidas ideas que tenía Hioenoa. Con lo fácil que hubiese sido que le permitiera viajar con ella hasta las Tierras de Nadie; en vez de negarlo con otra tradición. Casi podía recordar sus palabras exactas:

––Lo siento, Valagiur,––dijo mientras le rozaba la mejilla––no puedo permitir que vengas a mi tribu acompañándome el día de mis nupcias. Ahora soy un Siervo de la Mar y si te llevo conmigo pensaran en ti como en una concubina.

Él se había reído, pero no dudaba de que fuese verdad. Pocas veces un Padre de los Deikierin había considerado a una hija suya como Siervo de algo, Mar o Tierras. Entendía la importancia que tenía para Hioenoa, pero él la hubiera acompañado incluso con ese ínfimo detalle. Al insistirle, ella sonrió, pero después endureció su semblante:

––No puedo permitir que consideren a un guerrero como tú, calientacamas de un Siervo. Algún día te enseñaré las lagunas rojas y nos bañaremos en ellas. Mi pueblo cree que son así porque Sillion, un espíritu de los cielos, le entregó su virginidad a un guerrero de los Océanos Perdidos del Sur, Nohfiwn, y manó tanta sangre que tiñó las aguas. Muchas de las doncellas legítimas las escogen para su primera vez, por eso pensé que te gustaría probarlas, y si vas ahora no te estará permitido.

En aquellos momentos no pensaba que la sangre podría cambiar tanto el frenesí sexual, pero después de ver las sábanas blancas y marrones en las que se envolvía había cambiado completamente de opinión. Veía la opción de las albercas como otro posible factor para adelantar su visita a Viasaf Cnodn. Sería interesante que Hioenoa llegara y lo encontrase a él allí, acarreando agua, como sugirió la primera vez que se separaron. Otra exhalación más profunda brotó de su garganta. Ya habían pasado casi trece años desde que se conocieron. El Escritor sabía trabajar con mucha rapidez. Jamás pensó que dependería tanto de la compañía humana como ahora de Hioenoa. La quería, no podía negarlo. Ella le había dado lo único que nunca había esperado desde que robó la espada de su padre, hacía ya veinticinco apariciones de la Gran luna.

Un hogar. Un seno al que regresar cuando se pierde el oeste. Pensar en ello le encogió el corazón. Imaginar su ‘brújula’ en un barco, luchando contra tormentas y aberraciones de lo profundo, le helaba la sangre en las venas.

Entonces, se acercó a la pequeña ventana cuadrada de cristales de colores y la abrió. El frío aire marino le azotó la cara y el torso. La mañana era gris y perezosa. La gente empezaba a transitar por el puerto y algunos barcos regresaban del mar. Sacó la mitad del cuerpo por la ventana y miró los muelles por completo, buscando a El filo del Crepúsculo. Consiguió ver como se alejaba hacía el norte. Vio como una pequeña figura envuelta en una capa azul noche gritaba órdenes a la tripulación, mientras sujetaba el timón con ambas manos. Como le hubiese gustado hacer aquel viaje tan importante con ella.

Cuando dejó de distinguir a Hioenoa, regresó a la cama aterido e intentó volver a dormir. Fueron sueños nebulosos e inquietos de los que despertó cubierto de sudor. Estaba oscuro, pero no lo suficiente para que hubiese anochecido. Se acercó a la ventana, tapado con las sábanas y miró de nuevo. Tuvo que sujetarse con ambas manos al marco al ver como el horizonte se iluminaba, eléctrico. No fue capaz de pensar en minutos, nada a lo que aferrarse. Un aullido de dolor brotó de lo más hondo de su pecho, sobresaltando a los transeúntes del puerto y casas cercanas. Cayó de rodillas sujetándose la cabeza con las manos. Todo era demasiado real.

Después de un rato, consiguió levantarse y volver a mirar el horizonte. Y se quedó junto a la ventana, viendo los nubarrones al norte hasta que fue incapaz de distinguir el horizonte del oscuro océano, entonces sacando una botella de su bolsa, y se ahogó en lágrimas y alcohol.”

24/I/08

P.D.: Sé que puede parecerse al del otro día, pero tiene una explicación. Aunque los escribiese independientes.

domingo, 17 de febrero de 2008

Recuerdos en el fondo de un vaso I

¡Hola! Como prometí, y para que nadie se canse de mis dos personajillos hoy dejo otra cosa. Es un relato de dos partes, aunque la segunda no esta aún escrita, pero espero hacerlo en esta semana. Fue acojonante (perdón por la expresión, pero fue así) la manera en que lo escribí, todo de un tirón y con más bien poca idea de cómo hacerlo. Este personaje me cae bien, aunque... bueno, nada. Gracias a los borrachines de clase por la información, a pesar de que nunca lo leeréis. Bueno, pues aquí queda. Ya me diréis que os parece.

Recuerdos en el fondo de un vaso

Abrió la puerta del café y una bocanada de aire caliente, con olor a tabaco, impregnó sus fosas nasales. Un olor conocido, pero aun así embriagador. Dejó el paraguas a la entrada y se quitó el sombrero de fieltro. Fue a la barra y esperó unos instantes hasta que el camarero se fijó en ella.

––Lo de siempre, por favor.––dijo y miró donde podía sentarse.

Su mesa de siempre en el rincón estaba ocupada. En una noche tan mala como esta sería extraño encontrar sitio. Un golpe de suerte hizo que una junto a la pared estuviese vacía. Soltó el bolso encima de la mesa y se quitó el abrigo de pana verde, que estaba completamente empapado.

––Vaya mierda.––pensó al extenderlo en el banco. Se sentó y puso los pies en el asiento de enfrente. Desabrochó la cazadora y los primeros botones de la camisa. Acercó el bolso y saco un paquete de tabaco y un libro forrado con papel de periódico marrón. Sacó el último porro del cajetín y lo encendió con un suspiro. La primera bocanada la saboreo con gusto. En ese momento, el café llegó a su mesa. Solo, muy cargado, en taza pequeña, con tres azucarillos, como a ella le gustaba. Buscó el cenicero, pero la suerte de antes había acabado. Miró alrededor, pero en todas las mesas lo estaban utilizando.

––Joder, la gente no sabrá que fumar mata.––susurró para sí.

Echó las cenizas al suelo y volvió a la barra. Pareció que la cantidad de personas que esperaban se había multiplicado. Empezó a maldecir, mientras sopesaba la posibilidad de pedir una copa de tequila. La ocasión lo merecía. El octavo aniversario del suicidio de Alejandro y en dos meses haría otros tantos de su aborto. Habría de brindar por los muertos, era lo menos que podía hacer. Casi prefería emborracharse en casa, donde el váter y las aspirinas estaban en la misma habitación. Por fin el camarero se fijó en ella de nuevo.

––Perdona, ¿podrías darme un cenicero?––él asintió con la cabeza y sonrió. Le tendió uno de cristal.

––Gracias.––dijo moviendo los labios. Regresó a su mesa y hurgó en el bolso, intentando encontrar el monedero entre el caos que era. Empezó a sacar cosas encima de la mesa: la cartera, la bolsa de hierba, los tampones, la funda de las gafas, las llaves, el estuche, la agenda, los guantes,...y en el fondo el saquillo donde llevaba el dinero suelto. Se dio cuenta de que otra vez había olvidado el móvil en casa. Aún quedaban dieciocho con algo, si que le daba para el vodka. Comenzó a echar azucarillo tras azucarillo moviendo la mezcla cada vez. Lo saboreo. Demasiado dulce, pero mañana lo pediría igual, porque si le echaba dos estaría amargo y con dos y medio también. Se colocó en el asiento, intentando encontrar una postura cómoda. A continuación se puso las gafas cuadradas, abrió el libro por el centro y pasó algunas páginas. No sabía que poema la complacería esta noche, aunque leer a Byron aun después de tantos años conseguía sorprenderla. Se decidió por los últimos versos de Darkness:

Even dogs assail'd their masters, all save one,

And he was faithful to a corse, and kept

The birds and beasts and famish'd men at bay,

Till hunger clung them, or the dropping dead

Lur'd their lank jaws; himself sought out no food,

But with a piteous and perpetual moan,

And a quick desolate cry, licking the hand

Which answer'd not with a caress––he died.*

Y se quedó contemplando como las letras bailaban entre el blanco de la página. Aprovechó el máximo del canuto, cuando se acabó sacó la bolsa y lió otro. Rebuscó de nuevo el mechero en el bolso, con el consiguiente desastre en la mesa. Se volvió a sumir en el sopor de antes, leyendo palabras sueltas y sacando sus propias conjeturas de ellas. La noche transcurrió con la misma rutina de siempre. Hubo dos porros más, quince poemas releídos, tres cafés y terminó con un chupito de tequila, que dedicó a los difuntos. Miró el reloj de pulsera, las dos menos diez pasadas. Se levantó y recogió todas sus cosas, llegó hasta la caja y pagó seis sesenta por la consumición. Antes de salir sacó dos paquetes de Malboro.

El frío madrugada la reconfortó, un gran contraste entre el calor del bar. El suelo de piedra estaba mojado y el cielo se veía naranja. ––Seguramente llueva toda la noche.––pensó con alegría. En estos momentos le hubiese gustado vivir más lejos del centro para regresar a casa dando un paseo. Pero se conformó con dar un rodeo. No había nadie por la calle, sólo algún esporádico transeúnte cruzaba la calle con prisas. Caminó tranquila por el casco antiguo de la ciudad, evitando las calles donde el aire se notaba más. El sonido de sus botines resonaba en las paredes, como si supiesen un rumbo que la mujer desconocía. Comenzó a tararear una canción de hacia varios años. Una de esas baladas que tienen todos los buenos discos de Power metal. No estaba muy al tanto del panorama actual; le gustaba demasiado reciclar la música y las sensaciones que traía con ella. Todavía no tenía sueño ni ganas de dormirse. Antes se quejaba de que no tenía tiempo suficiente y ahora le parecía que sobraba demasiado. Como rellenar un molde con masa y que sobresalga por los lados. Su vida era rutinaria hasta el extremo, pero cambiarla necesitaba unas fuerzas de las que carecía. Otra vez se veía sin quererlo envuelta en los mismos pensamientos autodestructores de todos los meses. Le pareció que lo mejor sería volver a casa, tomar algo para dormir y olvidarse de todo.

Cuando empezaba a bajar la cuesta, se desató el diluvio. Su primer pensamiento fue echar mano del paraguas, pero era quinta vez en lo que iba de otoño se lo había olvidado en el bar. Corrió hasta el portal y sacó las llaves al tercer intento. ––Debo comprarme otro bolso, más pequeño y con más compartimentos.––apuntilló por trigésimo séptima vez a lo largo del día. Pero sabía que incluso aunque le molestase perder las cosas en él, era lo más práctico para guardarlo todo. Cuando lo dejaba en casa echaba de menos el peso bajo el brazo izquierdo. Subió las estrechas escaleras hasta el último piso y abrió la puerta en la oscuridad. Nada más entrar vio la ventana entornada y como la lluvia empapaba el piso de madera.

––Ostia puta, soy gilipollas. Hay que joderse.––dijo en voz alta mientras se acercaba y la cerraba sin muchos miramientos.

No estaba muy encharcado, posiblemente por la tarde no hubiese llovido de hostigo. Dejó las llaves en la mesa de entrada y encendió la lámpara. El espejo (aun demasiado frío y cruel) le devolvió su reflejo. Las ojeras se habían acentuado desde ayer. Sus ojos verde oscuro parecían algo hinchados y somnolientos. El pintalabios carmín había desaparecido por completo y el rimel estaba difuminado. Se pasó la mano por el pelo corto y negro, con algunas canas, que parecía recién salido de la ducha. En esos momentos el reloj de pared dio tres largas campanadas. Con un profundo suspiro se comenzó a desnudar en el salón, y fue a encender el calefactor. La casa era cálida, pero el baño era la habitación más fría con diferencia.

Permaneció quince minutos bajo la ducha, con el agua caliente tonificando su cuerpo destemplado. Era raro que a veinticinco de noviembre todavía no se hubiese pillado ninguna gripe. Prefería dejarlas para Navidad, así no tendría que regresar a Soria con la familia. Odiaba la hipocresía de todos ellos al interesarse por su vida cuando en realidad le importaba una mierda, y sólo disfrutaban al regodearse con falsa humildad de sus logros. ¿Y qué?––pensaba cuando los recordaba––por mí que el buffet de abogados de Javi y Lucía se quemase y sus preciosos y sebosos hijos en él. Que les jodan a todos. Más idiota soy yo por ir cada año.

Pero seguía regresando y los motivos cada vez tenían menos significado, aunque siguiesen estando ahí...

Cuando se cansó, salió envuelta en la toalla con el pelo recogido. Fue hasta el dormitorio y se puso un sujetador blanco y negro y un tanga negro. El sujetador se lo había regalado Víctor hacia unos dos años, en un San Valentín que estaba especialmente cariñoso. Había discutido con su novia y se refugió cobardemente en una relación que eventual que duraba ya cuatro años. Ella no lo consintió, pero tampoco se lo quitó de encima. Seguía necesitando un poco de afecto de vez en cuando, aunque fuese el detonante en una amistad dañina para ella. Lo empezaba a ver como un tipo de trato, él tenía sexo por el placer, sin la necesidad de complacer a nadie más que así mismo, y ella, el calor humano que tanto decía odiar.

Cogió un batín de satén de detrás de la puerta y se acercó a la alacena a por un vaso. Echó tres hielos y lo llenó hasta la mitad de whisky. Lo dejó en la mesa auxiliar al lado del sillón y buscó un libro en la estantería. Obvió los dos primeros estantes de poesía y se decidió por la última parte del Señor de los Anillos en versión original. Cogió las gafas de su bolso y mientras caminaba de vuelta buscó el capítulo de La batalla de los Campos del Pelennor. Aún después de veinte años seguía oyendo los cuernos de Gondor, los cascos de los rohirrim y el grito de Eowyn para proteger del cuerpo de Théoden contra el Rey Brujo. El tiempo en que deseaba ser un héroe quedaba demasiado atrás, pero se sumaba a los dolorosos recuerdos que brillaban en el pasado lo suficiente como para ensombrecer su futuro.

Se sentó encima de las piernas y apoyó el libro en las rodillas. Alcanzó el mando del equipo de música y lo encendió. Comenzó a reproducir un disco de Enya por la mitad. Tomó el vaso con una mano y comenzó a leer.

Cuando llevaba cuatro capítulos más, oyó dos pitidos cortos. Miró hasta la mesa y vio como el móvil parpadeaba. Con hastío, dejó el libro en el sillón y se acercó a él. “Nuevo SMS”. Era de Víctor. “Mñn t invito a cnar.Spro q no tngas plans.A ls 9 n tu csa.” No pudo evitar alegrarse. Fue a la habitación y abrió el segundo cajón de la mesilla. La caja de preservativos estaba a la mitad y la de analgésicos vacía. No recordaba muy bien cuando los había acabado. Volvió hasta su bolso y apuntó en la lista de la compra: condones y aspirinas.

Cambió el disco por Carmina Burana y tiró la bata al suelo antes de volver a sentarse. Al cabo de un rato dejó el libro en la estantería y abrió la Eneida en la muerte de Dido. Allí guardaba una fotografía. Sin mirarla, rellenó el culo del vaso y se acomodó de nuevo. Por el dorso estaba escrito:

“2 de octubre de 1990.

Y si caigo

¿qué es la vida?

por perdida

ya la di

cuando el yugo

del esclavo

como un bravo

sacudí

Que es mi barco mi tesoro

Que es mi dios la libertad

Mi ley, la fuerza y el viento

Mi única patria, la mar.

Supongo que no hace falta que ponga el autor, ¿verdad, Helenita?”

No pudo menos que recitar el poema entero, pero no consiguió llegar a la segunda estrofa sin comenzar a llorar. Cuanto le dolía Espronceda. Él siempre dijo que era el mejor autor español del Romanticismo, mientras que ella sostenía que Bécquer. Sus discusiones más de una vez terminaron mal, pero al cabo rato alguno de los dos clamaba perdón entonando unos versos del contrario bajo la ventana. No se atrevió a darle la vuelta a la fotografía. Sabía demasiado bien lo que encontraría. Dos adolescentes sonrientes en la Torre de Hércules. Él con una cámara bajo el brazo y ella con su cuaderno de dibujo. El mar estaba completamente azul a sus espaldas y el faro a la derecha. La hierba era verde y el sol se reflejaba en el agua, estropeando un poco la foto.

La escondió de nuevo en esas páginas. Apagó la luz de la entrada y miró el reloj de cuerda. Marcaba las tres y media. La verdad era que no había echado en falta las campanas. Buscó en el amasijo de ropa el de pulsera. Las seis menos cuarto. Debía dormirse si mañana quería estar un poco presentable. Sacó de debajo del sillón una manta y se arropó con ella. ––No me acuesto en la cama porque está echa y así no la estropeo para mañana.––se disculpó a si misma. Pero la verdadera razón es que la cama le quedaba grande para dormir sola, a pesar de ser de 90 cm. El sillón era lo suficientemente confortable como para descansar allí todas las noches. Dejo que la habitación quedase a oscuras y contempló el cielo desde la ventana. La lluvia continuaba cayendo insistente, resbalando por los cristales. Sin querer una lágrima resbaló por su mejilla, seguida de otras. Pronto se quedó dormida, pero no encontró ningún descanso más que la certeza de estar perdida en un mar de incertidumbre.

5/II/08

*Y aún los perros asaltaron a sus amos,/ todos salvo uno,/ y aquel fue fiel a un cadáver,/ y mantuvo/ a raya a las aves y las bestias y los débiles hombres,/ hasta que el hambre se/ apoderó de ellos, o los muertos que caían/ tentaron sus delgadas quijadas; él no se/ buscó comida,/ sino que con un gemido piadoso y perpetuo/ y un corto grito desolado,/ lamiendo la mano/ que no respondió con una caricia - murió.

P.D.: Posiblemente cambiaré algunas cosas de él, pero el primer borrador es este.

P.D.: Perdonad la pesenación en las poesías, pero aún no domino bien el HTML

viernes, 8 de febrero de 2008

Hola! Ya sabéis que esta es otra parte y lo de siempre. Explicaré lo del nuevo apartado, Frases Memorables. Son pensamientos de personajes que me gustan y las apunté por una u otra razón. Creo que intentaré dejar también las partes de algunas canciones. Bueno, hasta otra.

“Después de cinco días de descenso continuado entre bosques y riachuelos habían alcanzado los primeros edificios de Hulvye, el campamento norte de los Vigías. Allí Valagiur debía entregar la información al general y cobrar la recompensa. Había intentado convencer a Hioenoa, pero se negaba en rotundo a permanecer lejos de su hogar en verano. ––A saber a que tradiciones estaban sujetas las tribus del sur.––pensó, al ver como era incapaz de convencerla. Le parecía una buena compañera, podía recubrirse las espaldas y echar una mano en la batalla, pero tenía en alta estima a su jefe. Rememoró la carnicería con los cinco soldados. Incluso cuando él terminó sus pesquisas ella continuaba con el deseo de matar a uno de los desertores. Un hombre moreno y sin mucha inteligencia, con un rostro algo pueril. Pero nunca lograba acercarse lo necesario, le ofreció su arco, pero ella le devolvió una mirada furibunda mientras le contestaba que debía hacerlo con sus armas. Al final, atacó cuerpo a cuerpo de noche, ella contra cinco, y aunque intentaron defenderse con dagas no tuvieron ninguna oportunidad. Sólo dos de ellos fueron lo bastante rápidos (o inteligentes) para lanzarle los cuchillos. Uno rozó su mejilla izquierda y el otro se clavó en el costado, atravesando las anillas y el cuero. Cuando regresó con él, (que contrario a su naturaleza se había escondido tras unos arbustos) bañada en sangre, le pedió cortésmente que vendara sus heridas, y le persuadió de salir del bosque, antes de que lo que restaba de la guarnición saliera en su busca. De eso hacía siete días.

Ahora se encontraban ante una encrucijada, el camino de tierra viraba al este a través del río y el empedrado se internaba en el pueblo. Giró hacía ella y vio como se colocaba despreocupadamente una runa en el pecho, colgando de un cordón de cuero.

––¿Qué es?––preguntó interesado. Creía que hasta entonces lo había guardado en la escarcela.

Alzó la vista y le miró con suspicacia, se formaron unas graciosas arrugas en su frente:

––Bueno, es lo que necesito para viajar por los prados de mi tierra. Te aconsejo que no entres nunca sin uno o sin un compañero que lo lleve. Durarías poco siendo hombre libre.––dijo.

Valagiur rió y le contestó con sorna:

––Las Tierras de Nadie no es un buen nombre, parecen estar llenas de gente. Tranquila, espero que no me encuentres acarreando agua en tu tribu.

Ella se mantuvo impasible durante unos segundos y finalmente sonrió.

––Eres uno de los pocos que dice eso. Tienes sentido del humor, Valagiur; y en cuanto a la posibilidad de acarrear agua, no creo que llegaras a eso, sirves más como remero o constructor... Aunque pensándolo bien, no te descartaría para otras tareas, según lo ordenase la esposa del Jefe.

––¿Cómo cuáles, si puede saberse?

––Dejaré que ignores esa información, es mucho mejor para ambos.

Él se encogió de hombros.

––Como guste la mujer misteriosa.––e hizo una burlesca reverencia parecida estilo en las cortes de Xujekyo, pese a que nunca estuvo en ninguna.

––Creí que era la mujer desnuda a la intemperie.––recalcó, haciendo referencia a su primer encuentro.

––Estar desnuda una noche de primavera en los Altos del Vanie es propio de una mujer misteriosa.

––Tienes razón...

––Razón de más para que no me lo eches en cara. No puedo invitarte a comer algo en el mesón, ¿verdad?––preguntó con falso desinterés.

––No, tenéis extrañas costumbres en vuestra tierra. Como abrir los puentes cuando la estrella roja está en su cenit.

––Ya, pero no es mi culpa, aunque sí tu problema. Además las tierras del Agua no son mi hogar.

––Nunca te había oído mencionar tu morada. ¿De qué parte del norte eres? Tal vez la conozca.

––No lo creo. Soy un mercenario, no tengo hogar...––se arrepintió de haber dicho la verdad, con lo fácil que era contestar Cnos a todo el mundo. Nadie preguntaba por un pequeño y abandonado pueblo al sur de Lansdiuer, perdido en el bosque.

––Todo el mundo tiene hogar. ¿Adónde regresar cuando se pierde el rumbo?––respondió con un deje apenado en la voz.

––No puedo dejar que mi brújula deje de marcar el oeste, porque sino no podré volver a encontrarlo.

Ella hizo ademán de responder, pero cerró la boca.

––Dejemos ya de filosofar en el camino. Deberías salir por el puente antes de que toquen la campana.

––Tienes razón, ––convino.––debo regresar a mi patria entre ciénagas, y veros gobernar desde nuestras tierras, como usurpadores. Si comenzáramos una rebelión para recuperar las orillas de los grandes ríos, ¿a quién apoyarías?

Él dudó durante unos instantes, finalmente contestó con seguridad:

––Mi meta es el dinero, por supuesto, pondría mi espada al servicio del mejor postor.

Hioenoa lo miró pensativa y sonrió de nuevo.

––Eres inteligente y perspicaz, buenos atributos para un Jefe de las Tribus. Ahora debo partir.

––Bien, pero déjame darte antes otro consejo. ––vio con satisfacción como lo miraba extrañada.––Si alguna vez deseas volver a estas tierras, te aconsejo que tomes la ruta al norte, por el desierto. A principios de otoño los guerreros siempre encuentran trabajo en el oasis de CasimFol. Hay una bonita posada, Las mil Arenas, donde seguro que alguien contrata a una mujer misteriosa de las tribus que sepa manejar unas cimitarras.

Aunque le pareció que ya había sido demasiado simpática no pudo menos que reír quedamente ante tal apreciación. Esto convertía la despedida en un “hasta luego”, sin necesidad de que ninguno de los dos se rebajase. Vio como él sonreía ampliamente y se apartaba el pelo de la cara. El sol le daba de lleno en el rostro, pero no parecía importarle.

––Bien, lo tendré en cuenta. Es bueno conocer tal información. Y una última cosa, aféitate antes de presentarte al general y cobrar tu recompensa, tienes un aspecto desastroso.––dijo a la vez que daba media vuelta y emprendía el camino al este.

Él la vio alejarse mientras se rascaba la barba, pensativo.

––Es, en verdad, una extraña mujer.––susurró.

Antes de continuar el camino al sur, comprobó como se calaba la capucha de la capa; pese al calor que hacía. Parecía que a ella si le irritaba el sol en la cara.”

22/I/08

jueves, 7 de febrero de 2008

¡Hola! Dejo la cuarta parte. Anunció que ya llevo escritas dieciséis, aunque a algunas de ellas le faltan fragmentos que intentaré completar pronto. Prometo también una línea cronológica de la vida de estos dos, aunque no digo fechas. Un saludo.

Los encontró tumbados a las orillas del río, sin mucha disciplina. Había podido acercarse a su campamento sin impedimentos, y no creía que nadie la hubiese descubierto. Algunas caras se sorprendieron mientras ella los observaba con detenimiento, buscando al hombre de melena rubia que era su líder, al cual debía entregarle el mensaje. No pensaba que se lo tomara muy bien, pero ella no tenía la culpa de ser portadora de malas nuevas. Llevaba siete días andando desde el amanecer, remontando las montañas por trochas de animales y no estaba demasiado agotada, pero había altas posibilidades de salir huyendo, en caso de necesidad. Al pasar entre ellos, ninguno dio muestras de interés, excepto alguna que otra mirada lasciva. Se encaminaba con confianza hacia el final, pues había encontrado al único hombre de la guarnición con el pelo rubio. Él la contempló desde debajo de unos árboles, sin moverse de donde estaba. A ella la estrella solar le daba de lleno en el rostro, por lo que no distinguía sus rasgos con facilidad. Saludo tocándose ambos hombros con la mano derecha.

––Traigo un mensaje para Weyqh, ¿sois vos el destinatario?––dijo con el tono de voz más neutro que fue capaz.

––Así es.

Ella se puso en cuclillas para mirarle desde la misma altura.

––Me envía Novoj, con el que al parecer teníais un trato. Dice que no puede responder a vuestra llamada en tan corto plazo, que vuestros hombres y vos tendréis la escolta y podréis cruzar por el norte hasta las Torres del Amanecer.

Vio como su cara se crispaba por momentos y apretaba los puños a los costados.

––Os estarán esperando a cuando la menor de las lunas blancas comience a decrecer, al terminar los Altos del Vanie, a la orilla este, aconseja...

––¡Me importan una mierda sus consejos, faltan casi dos semanas! Mis hombres y yo corremos peligro si nos quedamos entre los Ríos. ¡Hicimos un trato, maldita sea! No puedo esperar tanto, y Novoj me aseguró que tendría su respuesta en menos de dos días, ¡y han pasado cinco! ¿¡Me entiendes?!––alzó rápidamente sus manos a la yugular de la mujer, pero ella lo esquivó, haciendo que cayese de bruces, con un gruñido. De repente notó como dos manos sujetaban duramente sus hombros, y al girar la cabeza vio como la mayor parte de los hombres la observaban amenazadoramente con acero desnudo.

––Madita sea mil veces mi suerte.––juró interiormente.

Vio como el jefe comenzaba a levantarse. Con un ágil movimiento sacó dos cuchillos de sendas botas e hirió las manos que la sujetaban. Un grito se elevó en el bosque y algunos pájaros volaron desde los árboles. En apenas segundos, soltó los cuchillos y cogió dos alabardas de su espalda. Retrocedió lentamente hasta que sus pies notaron el agua corriendo. Por lo menos no podían atacarla por la espalda. Los hombres se encontraban en un radio de seis metros de ella. La verdad era que no podía enfrentarse a todos y salir victoriosa. Calculó unos treinta, a pesar de que la avisaron de un regimiento de cuarenta. Eran desertores, podrían haber matado a sus compañeros si hubiese sido necesario. Las opciones de huida eran escasas, por no decir únicas. El río. Aún sabiendo los peligros que acechaban en los afluentes de montaña. Pensó que la mejor manera de entretenerlos era habando, un truco demasiado viejo, pero todavía útil.

––Deberíais saber mejor que nadie que sólo soy el mensajero y no es mi problema portar malas noticias.

––Pues deberías preocuparte de a quien se las das, preciosa. Tu jefe debería saber que no se juega con las guarniciones de las Cascadas.

Sus compañeros corearon el elogio, olvidando que habían desertado del ejército y no le pareció buena idea recordárselo.

––Él no ha jugado con vosotros, simplemente lo avisasteis con poco tiempo. Si el trato había sido cerrado nada lo impulsa a traicionaros.

––Tal vez tengas razón, no tengo motivos para dudar de tus palabras. Pero te mantendremos con nosotros hasta que veamos nuestro pasaje a la libertad. Así que, por tu bien, guardas esas lanzas y compórtate convenientemente.

––¿Qué os hace pensar que accederé tan fácilmente a permanecer con vosotros?––dijo con una voz muy dulce, cargada de inocencia.

La tropa rió con fuerza, incluido el capitán.

––Parece que hablamos el mismo idioma, a pesar de vuestro acento. Pero no dudo que gemiréis al igual que todas las putas, ¿a que sí, zorrilla?

Ella sonrió pícaramente, al ver todos los ojos libidinosos que la observaban. Tal vez fuese divertido, pero no creía que su vida importara mucho en el tipo de relación que esperaban.

––Sois muy intrépido, capitán; veo que sabéis calar a una mujer. Para vuestra información, cualquier niñita del sur es mucho más escandalosa que cualquiera de las frígidas mujeres de vuestra tierra, y también más complacientes.

Muchos de ellos rieron ante los primeros comentarios e hicieron gestos de afirmación.

––Bueno, así que en esas estamos. Deja esas jabalinas.

––Oh, devolvedme mis cuchillos para que la pelea tenga algo más de significado, y prometo que correré como un cervatillo asustado.

Las risas volvieron.

––Beejainci, devuélvele a la dama sus cuchillos y nos divertiremos un rato.

Un hombre corpulento de rasgos afilados recogió las dagas del suelo y las tiró a sus pies. Ella se agachó y las guardo. Al alzar la vista vio como el círculo se cerraba un poco más. Se dio cuenta del suave gesto que hacía el rubio a otros dos, que se adelantaron.

––Ven, pequeña zorra de los pantanos, te voy a dejar tan saciada como el cabrón de tu padre dejo al putón de tu madre para tenerte a ti.

Empezaron a reír antes de ver como él que había pronunciado esas palabras caía al suelo, esputando sangre, con el gaznate atravesado por una de las jabalinas. Uno se acercó a su compañero, todos sabían que estaba muerto, antes de que él lo gritase.

La cercaron aún más, esperando la orden de su jefe.

––Debería haber retenido su lengua.––dijo ella, lamentando la pérdida de una de sus lanzas.

––¡Zorra cabrona! ¡Te has cargado a Ristra!––gritó, rabioso, el que había acudido con su compañero. Corría hacía ella blandiendo un hacha con ambas manos. La otra lanza voló hasta su pecho, atinando certeramente a la izquierda. Retrocedió y cayó al suelo de rodillas, tocando el asta que sobresalía de su cuerpo.

––Ya no hay forma de salir de aquí.––pensó. Sacó las cimitarras de sus vainas y adoptó una posición defensiva.

Muchos de ellos se enfurecieron, y gritaron improperios sin importancia, excepto uno: “Haré que maldigas el día en que el hijo de puta de tu padre conoció a tu madre, por Gajlorc que lo harás.” Miró en su dirección y grabó a fuego el anodino rostro moreno que había pronunciado esas palabras. Algún día se las cobraría, no le cabía duda. De pura casualidad desvió su mirada hasta los árboles y vio como cinco hombres se agachaban y clavaban flechas en tierra.

––Has tentado demasiado a la suerte, Hioenoa, ahora de largarse.––se dijo.

Reculó hasta que el agua le llegó por las rodillas, enfundó las espadas y saltó a la corriente. ––Las aguas del deshielo no son apropiadas para un baño––pensó–– la próxima vez consideraré la posibilidad de bailar un poco más.

Se alejaba río abajo cuando oyó un grito por encima de los demás, que le pareció correspondía con la voz del capitán:

––Ten cuidado en los rápidos.

Y al girarse vio como el agua empezaba a espumear pocos metros por delante de ella.

21/I/08

martes, 5 de febrero de 2008

Hola! He aquí la tercera parte. El otro día hice balance y la cantidad de Kb con estos personajes asciende a 117. Espero continuar con ellos, aunque tenga otra historia en la cabeza. Ya la dejaré por aquí en unos días, un pequeño intermedio para no saturaros con las Chronicles. El plano mal escaneado corresponde al dibujo. Quiero agradecer a mis profesores que sus clases sean tan aburridas como para que me dé tiempo a hacer cosas de estas, menos en C. Clásica, Física, Historia e Inglés, que por diversos motivos requieren gran parte de mi atención =). Bueno, pues nada más. Sed felices (o intentadlo por lo menos, que no se diga). Besos.

"Vio como empujaba la puerta y observaba toda la posada. Se bajó la capucha de la larga capa verde oscuro, mientras caminaba hacia una de las mesas centrales, donde dos hombres comían sendos platos de estofado. Se saludaron efusivamente y sonoras carcajadas llegaron hasta su mesa.

Ahora podía verle por completo. Calzaba las mismas botas de cuero negro hasta la mitad de las piernas con las que lo conoció, pero parecían algo más rotas y estaban llenas de barro. Los pantalones oscuros, que llevaba metidos en las botas, se ajustaban como un guante a sus piernas. Contra su voluntad, suspiró al imaginar sus nalgas embutidas de igual manera. ¡Luz, como la irritaba el deseo que sentía por aquel hombre! Se encontraba cientos de millas lejos de casa por reencontrarse con él, y sólo se le ocurría empezar a saludar a la posada entera antes que a ella; aunque no estaba segura de si la habría visto y no pensaba levantarse a saludarle. Intentando olvidar el escozor que sentía entre las piernas, prosiguió su escrutinio. En el cinturón llevaba un carcaj y un cuchillo largo y curvo al lado derecho. La armadura de acero le cubría el torso y el hombro derecho. Recordó cuando le había explicado su procedencia, como si no hubiesen pasado seis meses: “Exceptuando mi espada, es el bien más preciado que poseo. Una aleación de metal de los montes orientales de Viasal Ocnek, bastante más liviano que el hierro, y algo más que el acero de las Centrales. Se la compré a un herrero que no sabía lo que vendía por dos monedas de oro, y encima creyó que me estaba estafando. Además en el golfo de Serreton, le hicieron algunas mejoras en cuanto a las juntas y la forma, por lo que me muevo bien con ella.”

Debía admitir que sabía utilizar la espada larga que sobresalía tras su espalda, con armadura o sin ella. Al igual que el arco que sujetaba despreocupadamente en la mano derecha. En cuanto al cuchillo, no estaba tan segura; nunca lo había visto utilizarlo en una batalla, sólo para intimidar.

Cortó un momento su examen, para detener a una bonita y regordeta camarera y ordenar otra jarra de cerveza. Cuando volvió a mirar, él se había dado la vuelta y palmeaba la espalda de un hombre de piel oscura. Miró sus musculosos hombros, acordándose la cicatriz que comenzaba en el izquierdo y le recorría el pectoral. ––Seguro que ya está del todo curada.––pensó. La primera vez que la vio todavía era una piel frágil y sonrosada, nada con importancia. Era demasiado alto, le sacaba dos palmos, y no es que le gustara mucho. Admitiendo que no era muy alta, su altura era excesiva, aunque había comprobado que era un rasgo propio en los norteños. Todos sobrepasaban los siete palmos que media ella.

El pelo rubio ceniza le caía por los hombros, anormalmente liso y limpio, dicho sea de paso. Le pareció un dato a tener en cuenta. Ya se informaría del porqué. Sintió un pequeño regodeo al pensar que pudo ser ella la causa.

––Estaría bien que él se hubiese arreglado, al fin y al cabo, yo he dejado que el pelo me creciera por encima del hombro, a pesar del calor... ––se dijo, a la vez malhumorada y orgullosa.

La cerveza llegó y ella le dio dos bronces a la camarera, dejando que uno de ellos cayera al suelo de madera como por accidente. Vio como se agachaba y el amplio escote en todo su esplendor. Le pareció lógico darle un cuarto de cobre por las vistas, aunque optó por camuflarlo.

––Oh, lo siento. Toma por la molestia.––en estos Reinos estaba mal visto las relaciones entre mujeres, y luego llamaban a las tribus “salvajes”.

La chica se lo agradeció con una sonrisa y se encaminó a la barra. Suspiró al ver sus caderas contoneándose, mientras se movía ágilmente, sorteando manos que pretendían pellizcar su trasero. ––Soy demasiado libertina.–– recapacitó, pero la realidad es que no le disgustaba.

En ese escaso rato de distracción lo había perdido de vista. Repasó toda la sala de izquierda a derecha, para encontrarlo a su lado. La miraba con detenimiento, igual que aquella noche en lo alto del roble. Y ella hizo lo mismo. Continuaba sujetándose el pelo con una tira de cuero en la frente, seguramente con dos pequeñas piedras al final de cada parte. Aunque él no lo supiese, ella había averiguado que eran dos aerolitos negros de las fuentes del Vanie, un veneno mortal disuelto en agua fría o ingerido. Verdaderamente era un hombre letal e inteligente en todos los aspectos, incluso bajo la apariencia de cordialidad que demostraba. Después se fijó en el vello castaño claro que poblaba sus mejillas. “––Maldito seas, y yo pensando que te habías arreglado por mí, y vienes sin afeitar.”––lo insultó. Tenía un rostro anguloso y curtido por los aires del norte, aunque no muy cetrino. Su nariz era recta, aunque un poco grande; una pieza de coleccionista: un mercenario con la nariz intacta. Una costra recorría su mejilla, desde la sien izquierda. Calculó que se la habría hecho hace semana y poco. ––No es guapo, en verdad, pero se da un aire interesante, que le hace atractivo a mis ojos.––convino, sin que la explicación la convenciese. No pudo aguantar más sin mirarle directamente a los ojos. Eran color añil, con pupilas escrutadoras que parecían dos ónices entre zafiros. Nadie dudaría de que poseyera una mirada penetrante. Sin embargo, había comprobado que era limpia como las aguas de un arroyo, podía leer en ellos como si de espejos se tratase.

Observó, con falsa indignación, como dejaba la bolsa de viaje y el arco a un lado de la mesa y arrastrando un taburete se sentaba en frente suya, sin siquiera molestarse en pedir permiso. Pero siempre era invitado a su mesa. Estaba atada a él por un juramento de Nohfiwn, espíritu de las deudas de sangre, al que adoraban algunas tribus. Le había salvado tres veces la vida y debía devolverle el favor. Hasta entonces, y aunque no lo supiese, tenía la obligación de Hospedaje para con él; y ella nunca dejaba sin cobrar una deuda. Intentó modular su voz para que no rebelase lo que sentía:

––Valagiur.––saludó con semblante serio.

––Hioenoa.––respondió, sonriendo ampliamente ––te estaba esperando.

Entonces, ella mostró una media sonrisa."

20/I/08

sábado, 2 de febrero de 2008

Buenas tardes! Dejo otra parte de la historia, que la disfrutéis. Un saludo.

"Se acercaba sigilosamente a la luz, con la daga desenvainada en la diestra. Por suerte, era primavera y el suelo estaba floreciente. Al llegar contempló una figura de cara al fuego, dándole la espalda. Repaso el pequeño campamento, había ropas tendidas en unas ramas bajas, dos cimitarras a la izquierda de la silueta (había decidido que era una mujer, por su escasa corpulencia) y una pequeña hoguera. La encontraría en clara desventaja si se acercaba por detrás. Era necesario averiguar que estaba haciendo allí, y si tenía algo que ver con los desertores de la guarnición. En caso de negativa la dejaría en paz, sino tendría que sacarle información, por mucho que le jodiera hacerlo con el estomago vacío. Dio dos pasos, entrando en el claro. Apenas estaban separados por tres metros, cuando, en un único movimiento, ella giró cogiendo las espadas y lo observó en cuclillas. Él se sintió ridículo al encontrarse con un cuchillo y ella con dos cimitarras cortas en posición de ataque. Al mirarla comprobó que iba completamente desnuda. Al ver que él se mantenía en reposo, comenzó a levantarse.

––¿Qué queréis?––preguntó en la lengua de las Cascadas, con un fuerte acento del suroeste. No podía ver bien sus rasgos, pero el esbelto cuerpo había adquirido un movimiento defensivo, con los músculos contraídos.

Pensó las posibles respuestas, y se decidió por la más simple, y con seguridad, la más creíble, por algo era en gran parte verdad.

––Estaba buscando leña cuando vi luz y me acerqué a investigar. No hay muchos viajeros por estas zonas en primavera, y menos mujeres desnudas a la intemperie.––dijo con toda la simpatía que fue capaz.

Ella se encogió de hombros, dando a entender que no le importaba mucho.

––Bueno, entonces ya habéis investigado lo suficiente, sin sobrepasar lo aconsejable. Deberíais marcharos cuanto antes.

––Permíteme aconsejarte algo antes, no permanezcas desnuda a partir de la media noche, las madrugadas son muy frías en primavera, incluso con fuego. De hecho, intentaría buscar otro sitio más resguardado de los vientos.

––Gracias, supongo.

Él sonrió levemente y volvió por donde había venido. Se fue tan pronto por dos razones, la primera, no podía atacarla cuando estaba sobre aviso y con gran ventaja en las armas; y la segunda, en su información no había nada relacionado con mujeres sureñas, además parecía ser de Viasaf Cnod. Nunca se había adentrado tan al sur de las Tierras de Nadie, pero conocía el acento, reteniendo las palabras, amoldándolas a una duración comprensible. Mientras apartaba las ramas escuchó un ruido inusual, alguien caminaba detrás de él pero no parecía acechante. Se escondió tras unos arbustos, esperando que pasase. Tal vez fuera cosa del Sino, dos figuras pasaron susurrando:

––Al final Weyqh tenía razón y la putilla no había muerto al caer a los rápidos. Llegaremos pronto al tocón y si no está Kasnc, seré yo quien se la meta primero, ese cuerpo a la luz de la hoguera me la ha...--continuó un murmullo incomprensible.

Por fin un poco de suerte, pensó al verlos marchar. Eran los soldados de la guarnición. Conocía los nombres, Weyqh había sido el primero al mando, y por lo visto (oído, mejor dicho) las cosas continuaban igual. En cuanto a la “putilla”, no cabía duda de su identidad. Repaso rápidamente sus opciones. No podía regresar a su campamento porque tenía que cruzar por el claro del tocón. No podía enfrentarse a los fugitivos sin saber donde estaba su campamento y que planeaban hacer. No podía comportarse caballerosamente porque era un mercenario que sólo miraba por sí mismo. ––Bueno, ––recapacitó––en realidad si puedo comportarme así. Deberé saltarme la teoría profesional, otra vez...

Se encaminó con grandes zancadas, de vuelta a la mujer. La encontró en el mismo sitio, pero encogida, abrazándose las rodillas. Esta vez no se había levantado.

––Hola, he vuelto.––dijo en un susurro.––Tienes que venir conmigo. Los soldados de los rápidos vienen hacia aquí con espadas afiladas, y me refiero a todas sus espadas.––explicó mientras pisoteaba el fuego y comenzaba a descolgar sus ropas de los árboles. Estaba decidido a tomar el mando hasta que saliesen del claro, pensando que en esa situación él no haría caso si un desconocido lo sacaba a rastras de su campamento. Ella se puso en pie y comenzó a calzarse las botas, se anudó los cordones hasta las rodillas y metió dos cuchillos en cada una.

––A lo mejor intentan rodearnos, pero deberíamos ir al oeste para llegar a mi campamento.

Ella no contestó de inmediato, se abrochó el cinturón en la cadera y envainó las espadas. Le tendió su ropa, pero sólo se colocó la capa.

––Vayamos, pues, al oeste, si lo creéis conveniente.

––¿Confiáis en mí?

––No, pero creo que decís la verdad.

Se encogió de hombros y comenzó a andar hacia el bosque.

––Lo mejor sería separarnos todo posible del claro, en dirección oeste.––murmuró.

Ella afirmó con un gruñido. Al poco rato oyeron pasos al frente, todavía confiados en el factor sorpresa. Miró a su alrededor y señaló la rama de un árbol. Espero a que ella se encaramase y después subió él. Estaban ocultos por el follaje, pero las hojas se movían con el viento que empezaba a levantarse. Sus rostros estaban a dos palmos de separación. Por fin pudo observar su cara con detenimiento. Tenía la piel pálida, con gotitas de sudor resbalando por sus mejillas, algo redondeadas. La cara era ovalada, y su boca se estremecía con cada espiración entrecortada. Sus labios coincidían con el color rojizo de su pelo, que caía en cortos rizos sobre su frente, dándole un aspecto bastante masculino. Sus cejas, muy finas, se curvaban ligeramente hacia el final. Todos eran rasgos propios en las tribus del sur, por eso le sorprendió que sus ojos no fuesen negros. Eran gris oscuro, con vetas más claras radiales a la pupila, envueltos por largas pestañas y algo sesgados. Unas profundas ojeras se marcaban bajo ellos, como si... Andaba perdido en esos pensamientos cuando oyó como caminaban bajo el árbol. Contuvieron la respiración, como acto reflejo, y suspiraron aliviados cuando pasó. Vio como ella cerraba los ojos con cansancio y se enjugaba el sudor de la frente. Al abrirlos, sus miradas se cruzaron y ella musitó un “gracias”.

Él asintió con conformidad y observó el suelo. Todo parecía despejado, era una suerte que ninguna de las lunas se encontrase llena. Cuando volvió a mirarla se encontró con la mano que le tendía.

––Mi nombre es Hioenoa.––él la estrechó con una sonrisa, la percibió extrañamente cálida, demasiado, en realidad. Cuando le iba a mencionar su nombre, notó como se desvanecía y perdía el equilibrio."