martes, 5 de febrero de 2008

Hola! He aquí la tercera parte. El otro día hice balance y la cantidad de Kb con estos personajes asciende a 117. Espero continuar con ellos, aunque tenga otra historia en la cabeza. Ya la dejaré por aquí en unos días, un pequeño intermedio para no saturaros con las Chronicles. El plano mal escaneado corresponde al dibujo. Quiero agradecer a mis profesores que sus clases sean tan aburridas como para que me dé tiempo a hacer cosas de estas, menos en C. Clásica, Física, Historia e Inglés, que por diversos motivos requieren gran parte de mi atención =). Bueno, pues nada más. Sed felices (o intentadlo por lo menos, que no se diga). Besos.

"Vio como empujaba la puerta y observaba toda la posada. Se bajó la capucha de la larga capa verde oscuro, mientras caminaba hacia una de las mesas centrales, donde dos hombres comían sendos platos de estofado. Se saludaron efusivamente y sonoras carcajadas llegaron hasta su mesa.

Ahora podía verle por completo. Calzaba las mismas botas de cuero negro hasta la mitad de las piernas con las que lo conoció, pero parecían algo más rotas y estaban llenas de barro. Los pantalones oscuros, que llevaba metidos en las botas, se ajustaban como un guante a sus piernas. Contra su voluntad, suspiró al imaginar sus nalgas embutidas de igual manera. ¡Luz, como la irritaba el deseo que sentía por aquel hombre! Se encontraba cientos de millas lejos de casa por reencontrarse con él, y sólo se le ocurría empezar a saludar a la posada entera antes que a ella; aunque no estaba segura de si la habría visto y no pensaba levantarse a saludarle. Intentando olvidar el escozor que sentía entre las piernas, prosiguió su escrutinio. En el cinturón llevaba un carcaj y un cuchillo largo y curvo al lado derecho. La armadura de acero le cubría el torso y el hombro derecho. Recordó cuando le había explicado su procedencia, como si no hubiesen pasado seis meses: “Exceptuando mi espada, es el bien más preciado que poseo. Una aleación de metal de los montes orientales de Viasal Ocnek, bastante más liviano que el hierro, y algo más que el acero de las Centrales. Se la compré a un herrero que no sabía lo que vendía por dos monedas de oro, y encima creyó que me estaba estafando. Además en el golfo de Serreton, le hicieron algunas mejoras en cuanto a las juntas y la forma, por lo que me muevo bien con ella.”

Debía admitir que sabía utilizar la espada larga que sobresalía tras su espalda, con armadura o sin ella. Al igual que el arco que sujetaba despreocupadamente en la mano derecha. En cuanto al cuchillo, no estaba tan segura; nunca lo había visto utilizarlo en una batalla, sólo para intimidar.

Cortó un momento su examen, para detener a una bonita y regordeta camarera y ordenar otra jarra de cerveza. Cuando volvió a mirar, él se había dado la vuelta y palmeaba la espalda de un hombre de piel oscura. Miró sus musculosos hombros, acordándose la cicatriz que comenzaba en el izquierdo y le recorría el pectoral. ––Seguro que ya está del todo curada.––pensó. La primera vez que la vio todavía era una piel frágil y sonrosada, nada con importancia. Era demasiado alto, le sacaba dos palmos, y no es que le gustara mucho. Admitiendo que no era muy alta, su altura era excesiva, aunque había comprobado que era un rasgo propio en los norteños. Todos sobrepasaban los siete palmos que media ella.

El pelo rubio ceniza le caía por los hombros, anormalmente liso y limpio, dicho sea de paso. Le pareció un dato a tener en cuenta. Ya se informaría del porqué. Sintió un pequeño regodeo al pensar que pudo ser ella la causa.

––Estaría bien que él se hubiese arreglado, al fin y al cabo, yo he dejado que el pelo me creciera por encima del hombro, a pesar del calor... ––se dijo, a la vez malhumorada y orgullosa.

La cerveza llegó y ella le dio dos bronces a la camarera, dejando que uno de ellos cayera al suelo de madera como por accidente. Vio como se agachaba y el amplio escote en todo su esplendor. Le pareció lógico darle un cuarto de cobre por las vistas, aunque optó por camuflarlo.

––Oh, lo siento. Toma por la molestia.––en estos Reinos estaba mal visto las relaciones entre mujeres, y luego llamaban a las tribus “salvajes”.

La chica se lo agradeció con una sonrisa y se encaminó a la barra. Suspiró al ver sus caderas contoneándose, mientras se movía ágilmente, sorteando manos que pretendían pellizcar su trasero. ––Soy demasiado libertina.–– recapacitó, pero la realidad es que no le disgustaba.

En ese escaso rato de distracción lo había perdido de vista. Repasó toda la sala de izquierda a derecha, para encontrarlo a su lado. La miraba con detenimiento, igual que aquella noche en lo alto del roble. Y ella hizo lo mismo. Continuaba sujetándose el pelo con una tira de cuero en la frente, seguramente con dos pequeñas piedras al final de cada parte. Aunque él no lo supiese, ella había averiguado que eran dos aerolitos negros de las fuentes del Vanie, un veneno mortal disuelto en agua fría o ingerido. Verdaderamente era un hombre letal e inteligente en todos los aspectos, incluso bajo la apariencia de cordialidad que demostraba. Después se fijó en el vello castaño claro que poblaba sus mejillas. “––Maldito seas, y yo pensando que te habías arreglado por mí, y vienes sin afeitar.”––lo insultó. Tenía un rostro anguloso y curtido por los aires del norte, aunque no muy cetrino. Su nariz era recta, aunque un poco grande; una pieza de coleccionista: un mercenario con la nariz intacta. Una costra recorría su mejilla, desde la sien izquierda. Calculó que se la habría hecho hace semana y poco. ––No es guapo, en verdad, pero se da un aire interesante, que le hace atractivo a mis ojos.––convino, sin que la explicación la convenciese. No pudo aguantar más sin mirarle directamente a los ojos. Eran color añil, con pupilas escrutadoras que parecían dos ónices entre zafiros. Nadie dudaría de que poseyera una mirada penetrante. Sin embargo, había comprobado que era limpia como las aguas de un arroyo, podía leer en ellos como si de espejos se tratase.

Observó, con falsa indignación, como dejaba la bolsa de viaje y el arco a un lado de la mesa y arrastrando un taburete se sentaba en frente suya, sin siquiera molestarse en pedir permiso. Pero siempre era invitado a su mesa. Estaba atada a él por un juramento de Nohfiwn, espíritu de las deudas de sangre, al que adoraban algunas tribus. Le había salvado tres veces la vida y debía devolverle el favor. Hasta entonces, y aunque no lo supiese, tenía la obligación de Hospedaje para con él; y ella nunca dejaba sin cobrar una deuda. Intentó modular su voz para que no rebelase lo que sentía:

––Valagiur.––saludó con semblante serio.

––Hioenoa.––respondió, sonriendo ampliamente ––te estaba esperando.

Entonces, ella mostró una media sonrisa."

20/I/08

1 comentario:

  1. En cuanto me despito me la lias... enfin como voy a leerme todo esto ahora de una tacada??? sabes que hora es??? podrias darte y darme un repiro... siesque de verdad no puede una ausentarse del eter ni un momento... creo que empiezo a entender a ori... cosa que me inquieta por otra parteXDD bueno pequeñita no se si podre leerte algo mas hoy... argg.. XDDD te veo pasatelo muy bien este finde y esas cosas

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Miríadas de sendas desde el Abismo