Los encontró tumbados a las orillas del río, sin mucha disciplina. Había podido acercarse a su campamento sin impedimentos, y no creía que nadie la hubiese descubierto. Algunas caras se sorprendieron mientras ella los observaba con detenimiento, buscando al hombre de melena rubia que era su líder, al cual debía entregarle el mensaje. No pensaba que se lo tomara muy bien, pero ella no tenía la culpa de ser portadora de malas nuevas. Llevaba siete días andando desde el amanecer, remontando las montañas por trochas de animales y no estaba demasiado agotada, pero había altas posibilidades de salir huyendo, en caso de necesidad. Al pasar entre ellos, ninguno dio muestras de interés, excepto alguna que otra mirada lasciva. Se encaminaba con confianza hacia el final, pues había encontrado al único hombre de la guarnición con el pelo rubio. Él la contempló desde debajo de unos árboles, sin moverse de donde estaba. A ella la estrella solar le daba de lleno en el rostro, por lo que no distinguía sus rasgos con facilidad. Saludo tocándose ambos hombros con la mano derecha.
––Traigo un mensaje para Weyqh, ¿sois vos el destinatario?––dijo con el tono de voz más neutro que fue capaz.
––Así es.
Ella se puso en cuclillas para mirarle desde la misma altura.
––Me envía Novoj, con el que al parecer teníais un trato. Dice que no puede responder a vuestra llamada en tan corto plazo, que vuestros hombres y vos tendréis la escolta y podréis cruzar por el norte hasta las Torres del Amanecer.
Vio como su cara se crispaba por momentos y apretaba los puños a los costados.
––Os estarán esperando a cuando la menor de las lunas blancas comience a decrecer, al terminar los Altos del Vanie, a la orilla este, aconseja...
––¡Me importan una mierda sus consejos, faltan casi dos semanas! Mis hombres y yo corremos peligro si nos quedamos entre los Ríos. ¡Hicimos un trato, maldita sea! No puedo esperar tanto, y Novoj me aseguró que tendría su respuesta en menos de dos días, ¡y han pasado cinco! ¿¡Me entiendes?!––alzó rápidamente sus manos a la yugular de la mujer, pero ella lo esquivó, haciendo que cayese de bruces, con un gruñido. De repente notó como dos manos sujetaban duramente sus hombros, y al girar la cabeza vio como la mayor parte de los hombres la observaban amenazadoramente con acero desnudo.
––Madita sea mil veces mi suerte.––juró interiormente.
Vio como el jefe comenzaba a levantarse. Con un ágil movimiento sacó dos cuchillos de sendas botas e hirió las manos que la sujetaban. Un grito se elevó en el bosque y algunos pájaros volaron desde los árboles. En apenas segundos, soltó los cuchillos y cogió dos alabardas de su espalda. Retrocedió lentamente hasta que sus pies notaron el agua corriendo. Por lo menos no podían atacarla por la espalda. Los hombres se encontraban en un radio de seis metros de ella. La verdad era que no podía enfrentarse a todos y salir victoriosa. Calculó unos treinta, a pesar de que la avisaron de un regimiento de cuarenta. Eran desertores, podrían haber matado a sus compañeros si hubiese sido necesario. Las opciones de huida eran escasas, por no decir únicas. El río. Aún sabiendo los peligros que acechaban en los afluentes de montaña. Pensó que la mejor manera de entretenerlos era habando, un truco demasiado viejo, pero todavía útil.
––Deberíais saber mejor que nadie que sólo soy el mensajero y no es mi problema portar malas noticias.
––Pues deberías preocuparte de a quien se las das, preciosa. Tu jefe debería saber que no se juega con las guarniciones de las Cascadas.
Sus compañeros corearon el elogio, olvidando que habían desertado del ejército y no le pareció buena idea recordárselo.
––Él no ha jugado con vosotros, simplemente lo avisasteis con poco tiempo. Si el trato había sido cerrado nada lo impulsa a traicionaros.
––Tal vez tengas razón, no tengo motivos para dudar de tus palabras. Pero te mantendremos con nosotros hasta que veamos nuestro pasaje a la libertad. Así que, por tu bien, guardas esas lanzas y compórtate convenientemente.
––¿Qué os hace pensar que accederé tan fácilmente a permanecer con vosotros?––dijo con una voz muy dulce, cargada de inocencia.
La tropa rió con fuerza, incluido el capitán.
––Parece que hablamos el mismo idioma, a pesar de vuestro acento. Pero no dudo que gemiréis al igual que todas las putas, ¿a que sí, zorrilla?
Ella sonrió pícaramente, al ver todos los ojos libidinosos que la observaban. Tal vez fuese divertido, pero no creía que su vida importara mucho en el tipo de relación que esperaban.
––Sois muy intrépido, capitán; veo que sabéis calar a una mujer. Para vuestra información, cualquier niñita del sur es mucho más escandalosa que cualquiera de las frígidas mujeres de vuestra tierra, y también más complacientes.
Muchos de ellos rieron ante los primeros comentarios e hicieron gestos de afirmación.
––Bueno, así que en esas estamos. Deja esas jabalinas.
––Oh, devolvedme mis cuchillos para que la pelea tenga algo más de significado, y prometo que correré como un cervatillo asustado.
Las risas volvieron.
––Beejainci, devuélvele a la dama sus cuchillos y nos divertiremos un rato.
Un hombre corpulento de rasgos afilados recogió las dagas del suelo y las tiró a sus pies. Ella se agachó y las guardo. Al alzar la vista vio como el círculo se cerraba un poco más. Se dio cuenta del suave gesto que hacía el rubio a otros dos, que se adelantaron.
––Ven, pequeña zorra de los pantanos, te voy a dejar tan saciada como el cabrón de tu padre dejo al putón de tu madre para tenerte a ti.
Empezaron a reír antes de ver como él que había pronunciado esas palabras caía al suelo, esputando sangre, con el gaznate atravesado por una de las jabalinas. Uno se acercó a su compañero, todos sabían que estaba muerto, antes de que él lo gritase.
La cercaron aún más, esperando la orden de su jefe.
––Debería haber retenido su lengua.––dijo ella, lamentando la pérdida de una de sus lanzas.
––¡Zorra cabrona! ¡Te has cargado a Ristra!––gritó, rabioso, el que había acudido con su compañero. Corría hacía ella blandiendo un hacha con ambas manos. La otra lanza voló hasta su pecho, atinando certeramente a la izquierda. Retrocedió y cayó al suelo de rodillas, tocando el asta que sobresalía de su cuerpo.
––Ya no hay forma de salir de aquí.––pensó. Sacó las cimitarras de sus vainas y adoptó una posición defensiva.
Muchos de ellos se enfurecieron, y gritaron improperios sin importancia, excepto uno: “Haré que maldigas el día en que el hijo de puta de tu padre conoció a tu madre, por Gajlorc que lo harás.” Miró en su dirección y grabó a fuego el anodino rostro moreno que había pronunciado esas palabras. Algún día se las cobraría, no le cabía duda. De pura casualidad desvió su mirada hasta los árboles y vio como cinco hombres se agachaban y clavaban flechas en tierra.
––Has tentado demasiado a la suerte, Hioenoa, ahora de largarse.––se dijo.
Reculó hasta que el agua le llegó por las rodillas, enfundó las espadas y saltó a la corriente. ––Las aguas del deshielo no son apropiadas para un baño––pensó–– la próxima vez consideraré la posibilidad de bailar un poco más.
Se alejaba río abajo cuando oyó un grito por encima de los demás, que le pareció correspondía con la voz del capitán:
––Ten cuidado en los rápidos.
Y al girarse vio como el agua empezaba a espumear pocos metros por delante de ella.
21/I/08

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Miríadas de sendas desde el Abismo