Recuerdos en el fondo de un vaso
Abrió la puerta del café y una bocanada de aire caliente, con olor a tabaco, impregnó sus fosas nasales. Un olor conocido, pero aun así embriagador. Dejó el paraguas a la entrada y se quitó el sombrero de fieltro. Fue a la barra y esperó unos instantes hasta que el camarero se fijó en ella.
––Lo de siempre, por favor.––dijo y miró donde podía sentarse.
Su mesa de siempre en el rincón estaba ocupada. En una noche tan mala como esta sería extraño encontrar sitio. Un golpe de suerte hizo que una junto a la pared estuviese vacía. Soltó el bolso encima de la mesa y se quitó el abrigo de pana verde, que estaba completamente empapado.
––Vaya mierda.––pensó al extenderlo en el banco. Se sentó y puso los pies en el asiento de enfrente. Desabrochó la cazadora y los primeros botones de la camisa. Acercó el bolso y saco un paquete de tabaco y un libro forrado con papel de periódico marrón. Sacó el último porro del cajetín y lo encendió con un suspiro. La primera bocanada la saboreo con gusto. En ese momento, el café llegó a su mesa. Solo, muy cargado, en taza pequeña, con tres azucarillos, como a ella le gustaba. Buscó el cenicero, pero la suerte de antes había acabado. Miró alrededor, pero en todas las mesas lo estaban utilizando.
––Joder, la gente no sabrá que fumar mata.––susurró para sí.
Echó las cenizas al suelo y volvió a la barra. Pareció que la cantidad de personas que esperaban se había multiplicado. Empezó a maldecir, mientras sopesaba la posibilidad de pedir una copa de tequila. La ocasión lo merecía. El octavo aniversario del suicidio de Alejandro y en dos meses haría otros tantos de su aborto. Habría de brindar por los muertos, era lo menos que podía hacer. Casi prefería emborracharse en casa, donde el váter y las aspirinas estaban en la misma habitación. Por fin el camarero se fijó en ella de nuevo.
––Perdona, ¿podrías darme un cenicero?––él asintió con la cabeza y sonrió. Le tendió uno de cristal.
––Gracias.––dijo moviendo los labios. Regresó a su mesa y hurgó en el bolso, intentando encontrar el monedero entre el caos que era. Empezó a sacar cosas encima de la mesa: la cartera, la bolsa de hierba, los tampones, la funda de las gafas, las llaves, el estuche, la agenda, los guantes,...y en el fondo el saquillo donde llevaba el dinero suelto. Se dio cuenta de que otra vez había olvidado el móvil en casa. Aún quedaban dieciocho con algo, si que le daba para el vodka. Comenzó a echar azucarillo tras azucarillo moviendo la mezcla cada vez. Lo saboreo. Demasiado dulce, pero mañana lo pediría igual, porque si le echaba dos estaría amargo y con dos y medio también. Se colocó en el asiento, intentando encontrar una postura cómoda. A continuación se puso las gafas cuadradas, abrió el libro por el centro y pasó algunas páginas. No sabía que poema la complacería esta noche, aunque leer a Byron aun después de tantos años conseguía sorprenderla. Se decidió por los últimos versos de Darkness:
Even dogs assail'd their masters, all save one,
And he was faithful to a corse, and kept
The birds and beasts and famish'd men at bay,
Till hunger clung them, or the dropping dead
Lur'd their lank jaws; himself sought out no food,
But with a piteous and perpetual moan,
And a quick desolate cry, licking the hand
Which answer'd not with a caress––he died.*
Y se quedó contemplando como las letras bailaban entre el blanco de la página. Aprovechó el máximo del canuto, cuando se acabó sacó la bolsa y lió otro. Rebuscó de nuevo el mechero en el bolso, con el consiguiente desastre en la mesa. Se volvió a sumir en el sopor de antes, leyendo palabras sueltas y sacando sus propias conjeturas de ellas. La noche transcurrió con la misma rutina de siempre. Hubo dos porros más, quince poemas releídos, tres cafés y terminó con un chupito de tequila, que dedicó a los difuntos. Miró el reloj de pulsera, las dos menos diez pasadas. Se levantó y recogió todas sus cosas, llegó hasta la caja y pagó seis sesenta por la consumición. Antes de salir sacó dos paquetes de Malboro.
El frío madrugada la reconfortó, un gran contraste entre el calor del bar. El suelo de piedra estaba mojado y el cielo se veía naranja. ––Seguramente llueva toda la noche.––pensó con alegría. En estos momentos le hubiese gustado vivir más lejos del centro para regresar a casa dando un paseo. Pero se conformó con dar un rodeo. No había nadie por la calle, sólo algún esporádico transeúnte cruzaba la calle con prisas. Caminó tranquila por el casco antiguo de la ciudad, evitando las calles donde el aire se notaba más. El sonido de sus botines resonaba en las paredes, como si supiesen un rumbo que la mujer desconocía. Comenzó a tararear una canción de hacia varios años. Una de esas baladas que tienen todos los buenos discos de Power metal. No estaba muy al tanto del panorama actual; le gustaba demasiado reciclar la música y las sensaciones que traía con ella. Todavía no tenía sueño ni ganas de dormirse. Antes se quejaba de que no tenía tiempo suficiente y ahora le parecía que sobraba demasiado. Como rellenar un molde con masa y que sobresalga por los lados. Su vida era rutinaria hasta el extremo, pero cambiarla necesitaba unas fuerzas de las que carecía. Otra vez se veía sin quererlo envuelta en los mismos pensamientos autodestructores de todos los meses. Le pareció que lo mejor sería volver a casa, tomar algo para dormir y olvidarse de todo.
Cuando empezaba a bajar la cuesta, se desató el diluvio. Su primer pensamiento fue echar mano del paraguas, pero era quinta vez en lo que iba de otoño se lo había olvidado en el bar. Corrió hasta el portal y sacó las llaves al tercer intento. ––Debo comprarme otro bolso, más pequeño y con más compartimentos.––apuntilló por trigésimo séptima vez a lo largo del día. Pero sabía que incluso aunque le molestase perder las cosas en él, era lo más práctico para guardarlo todo. Cuando lo dejaba en casa echaba de menos el peso bajo el brazo izquierdo. Subió las estrechas escaleras hasta el último piso y abrió la puerta en la oscuridad. Nada más entrar vio la ventana entornada y como la lluvia empapaba el piso de madera.
––Ostia puta, soy gilipollas. Hay que joderse.––dijo en voz alta mientras se acercaba y la cerraba sin muchos miramientos.
No estaba muy encharcado, posiblemente por la tarde no hubiese llovido de hostigo. Dejó las llaves en la mesa de entrada y encendió la lámpara. El espejo (aun demasiado frío y cruel) le devolvió su reflejo. Las ojeras se habían acentuado desde ayer. Sus ojos verde oscuro parecían algo hinchados y somnolientos. El pintalabios carmín había desaparecido por completo y el rimel estaba difuminado. Se pasó la mano por el pelo corto y negro, con algunas canas, que parecía recién salido de la ducha. En esos momentos el reloj de pared dio tres largas campanadas. Con un profundo suspiro se comenzó a desnudar en el salón, y fue a encender el calefactor. La casa era cálida, pero el baño era la habitación más fría con diferencia.
Permaneció quince minutos bajo la ducha, con el agua caliente tonificando su cuerpo destemplado. Era raro que a veinticinco de noviembre todavía no se hubiese pillado ninguna gripe. Prefería dejarlas para Navidad, así no tendría que regresar a Soria con la familia. Odiaba la hipocresía de todos ellos al interesarse por su vida cuando en realidad le importaba una mierda, y sólo disfrutaban al regodearse con falsa humildad de sus logros. ¿Y qué?––pensaba cuando los recordaba––por mí que el buffet de abogados de Javi y Lucía se quemase y sus preciosos y sebosos hijos en él. Que les jodan a todos. Más idiota soy yo por ir cada año.
Pero seguía regresando y los motivos cada vez tenían menos significado, aunque siguiesen estando ahí...
Cuando se cansó, salió envuelta en la toalla con el pelo recogido. Fue hasta el dormitorio y se puso un sujetador blanco y negro y un tanga negro. El sujetador se lo había regalado Víctor hacia unos dos años, en un San Valentín que estaba especialmente cariñoso. Había discutido con su novia y se refugió cobardemente en una relación que eventual que duraba ya cuatro años. Ella no lo consintió, pero tampoco se lo quitó de encima. Seguía necesitando un poco de afecto de vez en cuando, aunque fuese el detonante en una amistad dañina para ella. Lo empezaba a ver como un tipo de trato, él tenía sexo por el placer, sin la necesidad de complacer a nadie más que así mismo, y ella, el calor humano que tanto decía odiar.
Cogió un batín de satén de detrás de la puerta y se acercó a la alacena a por un vaso. Echó tres hielos y lo llenó hasta la mitad de whisky. Lo dejó en la mesa auxiliar al lado del sillón y buscó un libro en la estantería. Obvió los dos primeros estantes de poesía y se decidió por la última parte del Señor de los Anillos en versión original. Cogió las gafas de su bolso y mientras caminaba de vuelta buscó el capítulo de La batalla de los Campos del Pelennor. Aún después de veinte años seguía oyendo los cuernos de Gondor, los cascos de los rohirrim y el grito de Eowyn para proteger del cuerpo de Théoden contra el Rey Brujo. El tiempo en que deseaba ser un héroe quedaba demasiado atrás, pero se sumaba a los dolorosos recuerdos que brillaban en el pasado lo suficiente como para ensombrecer su futuro.
Se sentó encima de las piernas y apoyó el libro en las rodillas. Alcanzó el mando del equipo de música y lo encendió. Comenzó a reproducir un disco de Enya por la mitad. Tomó el vaso con una mano y comenzó a leer.
Cuando llevaba cuatro capítulos más, oyó dos pitidos cortos. Miró hasta la mesa y vio como el móvil parpadeaba. Con hastío, dejó el libro en el sillón y se acercó a él. “Nuevo SMS”. Era de Víctor. “Mñn t invito a cnar.Spro q no tngas plans.A ls 9 n tu csa.” No pudo evitar alegrarse. Fue a la habitación y abrió el segundo cajón de la mesilla. La caja de preservativos estaba a la mitad y la de analgésicos vacía. No recordaba muy bien cuando los había acabado. Volvió hasta su bolso y apuntó en la lista de la compra: condones y aspirinas.
Cambió el disco por Carmina Burana y tiró la bata al suelo antes de volver a sentarse. Al cabo de un rato dejó el libro en la estantería y abrió la Eneida en la muerte de Dido. Allí guardaba una fotografía. Sin mirarla, rellenó el culo del vaso y se acomodó de nuevo. Por el dorso estaba escrito:
“2 de octubre de 1990.
Y si caigo
¿qué es la vida?
por perdida
ya la di
cuando el yugo
del esclavo
como un bravo
sacudí
Que es mi barco mi tesoro
Que es mi dios la libertad
Mi ley, la fuerza y el viento
Mi única patria, la mar.
Supongo que no hace falta que ponga el autor, ¿verdad, Helenita?”
No pudo menos que recitar el poema entero, pero no consiguió llegar a la segunda estrofa sin comenzar a llorar. Cuanto le dolía Espronceda. Él siempre dijo que era el mejor autor español del Romanticismo, mientras que ella sostenía que Bécquer. Sus discusiones más de una vez terminaron mal, pero al cabo rato alguno de los dos clamaba perdón entonando unos versos del contrario bajo la ventana. No se atrevió a darle la vuelta a la fotografía. Sabía demasiado bien lo que encontraría. Dos adolescentes sonrientes en la Torre de Hércules. Él con una cámara bajo el brazo y ella con su cuaderno de dibujo. El mar estaba completamente azul a sus espaldas y el faro a la derecha. La hierba era verde y el sol se reflejaba en el agua, estropeando un poco la foto.
La escondió de nuevo en esas páginas. Apagó la luz de la entrada y miró el reloj de cuerda. Marcaba las tres y media. La verdad era que no había echado en falta las campanas. Buscó en el amasijo de ropa el de pulsera. Las seis menos cuarto. Debía dormirse si mañana quería estar un poco presentable. Sacó de debajo del sillón una manta y se arropó con ella. ––No me acuesto en la cama porque está echa y así no la estropeo para mañana.––se disculpó a si misma. Pero la verdadera razón es que la cama le quedaba grande para dormir sola, a pesar de ser de 90 cm. El sillón era lo suficientemente confortable como para descansar allí todas las noches. Dejo que la habitación quedase a oscuras y contempló el cielo desde la ventana. La lluvia continuaba cayendo insistente, resbalando por los cristales. Sin querer una lágrima resbaló por su mejilla, seguida de otras. Pronto se quedó dormida, pero no encontró ningún descanso más que la certeza de estar perdida en un mar de incertidumbre.
5/II/08
*Y aún los perros asaltaron a sus amos,/ todos salvo uno,/ y aquel fue fiel a un cadáver,/ y mantuvo/ a raya a las aves y las bestias y los débiles hombres,/ hasta que el hambre se/ apoderó de ellos, o los muertos que caían/ tentaron sus delgadas quijadas; él no se/ buscó comida,/ sino que con un gemido piadoso y perpetuo/ y un corto grito desolado,/ lamiendo la mano/ que no respondió con una caricia - murió.
P.D.: Perdonad la pesenación en las poesías, pero aún no domino bien el HTML

"El tiempo en que deseaba ser un héroe quedaba demasiado atrás, pero se sumaba a los dolorosos recuerdos que brillaban en el pasado lo suficiente como para ensombrecer su futuro." Me ha encantado... todo en general, claro, pero esta frase... me ha llegado al alma.
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