"Se acercaba sigilosamente a la luz, con la daga desenvainada en la diestra. Por suerte, era primavera y el suelo estaba floreciente. Al llegar contempló una figura de cara al fuego, dándole la espalda. Repaso el pequeño campamento, había ropas tendidas en unas ramas bajas, dos cimitarras a la izquierda de la silueta (había decidido que era una mujer, por su escasa corpulencia) y una pequeña hoguera. La encontraría en clara desventaja si se acercaba por detrás. Era necesario averiguar que estaba haciendo allí, y si tenía algo que ver con los desertores de la guarnición. En caso de negativa la dejaría en paz, sino tendría que sacarle información, por mucho que le jodiera hacerlo con el estomago vacío. Dio dos pasos, entrando en el claro. Apenas estaban separados por tres metros, cuando, en un único movimiento, ella giró cogiendo las espadas y lo observó en cuclillas. Él se sintió ridículo al encontrarse con un cuchillo y ella con dos cimitarras cortas en posición de ataque. Al mirarla comprobó que iba completamente desnuda. Al ver que él se mantenía en reposo, comenzó a levantarse.
––¿Qué queréis?––preguntó en la lengua de las Cascadas, con un fuerte acento del suroeste. No podía ver bien sus rasgos, pero el esbelto cuerpo había adquirido un movimiento defensivo, con los músculos contraídos.
Pensó las posibles respuestas, y se decidió por la más simple, y con seguridad, la más creíble, por algo era en gran parte verdad.
––Estaba buscando leña cuando vi luz y me acerqué a investigar. No hay muchos viajeros por estas zonas en primavera, y menos mujeres desnudas a la intemperie.––dijo con toda la simpatía que fue capaz.
Ella se encogió de hombros, dando a entender que no le importaba mucho.
––Bueno, entonces ya habéis investigado lo suficiente, sin sobrepasar lo aconsejable. Deberíais marcharos cuanto antes.
––Permíteme aconsejarte algo antes, no permanezcas desnuda a partir de la media noche, las madrugadas son muy frías en primavera, incluso con fuego. De hecho, intentaría buscar otro sitio más resguardado de los vientos.
––Gracias, supongo.
Él sonrió levemente y volvió por donde había venido. Se fue tan pronto por dos razones, la primera, no podía atacarla cuando estaba sobre aviso y con gran ventaja en las armas; y la segunda, en su información no había nada relacionado con mujeres sureñas, además parecía ser de Viasaf Cnod. Nunca se había adentrado tan al sur de las Tierras de Nadie, pero conocía el acento, reteniendo las palabras, amoldándolas a una duración comprensible. Mientras apartaba las ramas escuchó un ruido inusual, alguien caminaba detrás de él pero no parecía acechante. Se escondió tras unos arbustos, esperando que pasase. Tal vez fuera cosa del Sino, dos figuras pasaron susurrando:
––Al final Weyqh tenía razón y la putilla no había muerto al caer a los rápidos. Llegaremos pronto al tocón y si no está Kasnc, seré yo quien se la meta primero, ese cuerpo a la luz de la hoguera me la ha...--continuó un murmullo incomprensible.
Por fin un poco de suerte, pensó al verlos marchar. Eran los soldados de la guarnición. Conocía los nombres, Weyqh había sido el primero al mando, y por lo visto (oído, mejor dicho) las cosas continuaban igual. En cuanto a la “putilla”, no cabía duda de su identidad. Repaso rápidamente sus opciones. No podía regresar a su campamento porque tenía que cruzar por el claro del tocón. No podía enfrentarse a los fugitivos sin saber donde estaba su campamento y que planeaban hacer. No podía comportarse caballerosamente porque era un mercenario que sólo miraba por sí mismo. ––Bueno, ––recapacitó––en realidad si puedo comportarme así. Deberé saltarme la teoría profesional, otra vez...
Se encaminó con grandes zancadas, de vuelta a la mujer. La encontró en el mismo sitio, pero encogida, abrazándose las rodillas. Esta vez no se había levantado.
––Hola, he vuelto.––dijo en un susurro.––Tienes que venir conmigo. Los soldados de los rápidos vienen hacia aquí con espadas afiladas, y me refiero a todas sus espadas.––explicó mientras pisoteaba el fuego y comenzaba a descolgar sus ropas de los árboles. Estaba decidido a tomar el mando hasta que saliesen del claro, pensando que en esa situación él no haría caso si un desconocido lo sacaba a rastras de su campamento. Ella se puso en pie y comenzó a calzarse las botas, se anudó los cordones hasta las rodillas y metió dos cuchillos en cada una.
––A lo mejor intentan rodearnos, pero deberíamos ir al oeste para llegar a mi campamento.
Ella no contestó de inmediato, se abrochó el cinturón en la cadera y envainó las espadas. Le tendió su ropa, pero sólo se colocó la capa.
––Vayamos, pues, al oeste, si lo creéis conveniente.
––¿Confiáis en mí?
––No, pero creo que decís la verdad.
Se encogió de hombros y comenzó a andar hacia el bosque.
––Lo mejor sería separarnos todo posible del claro, en dirección oeste.––murmuró.
Ella afirmó con un gruñido. Al poco rato oyeron pasos al frente, todavía confiados en el factor sorpresa. Miró a su alrededor y señaló la rama de un árbol. Espero a que ella se encaramase y después subió él. Estaban ocultos por el follaje, pero las hojas se movían con el viento que empezaba a levantarse. Sus rostros estaban a dos palmos de separación. Por fin pudo observar su cara con detenimiento. Tenía la piel pálida, con gotitas de sudor resbalando por sus mejillas, algo redondeadas. La cara era ovalada, y su boca se estremecía con cada espiración entrecortada. Sus labios coincidían con el color rojizo de su pelo, que caía en cortos rizos sobre su frente, dándole un aspecto bastante masculino. Sus cejas, muy finas, se curvaban ligeramente hacia el final. Todos eran rasgos propios en las tribus del sur, por eso le sorprendió que sus ojos no fuesen negros. Eran gris oscuro, con vetas más claras radiales a la pupila, envueltos por largas pestañas y algo sesgados. Unas profundas ojeras se marcaban bajo ellos, como si... Andaba perdido en esos pensamientos cuando oyó como caminaban bajo el árbol. Contuvieron la respiración, como acto reflejo, y suspiraron aliviados cuando pasó. Vio como ella cerraba los ojos con cansancio y se enjugaba el sudor de la frente. Al abrirlos, sus miradas se cruzaron y ella musitó un “gracias”.
Él asintió con conformidad y observó el suelo. Todo parecía despejado, era una suerte que ninguna de las lunas se encontrase llena. Cuando volvió a mirarla se encontró con la mano que le tendía.
––Mi nombre es Hioenoa.––él la estrechó con una sonrisa, la percibió extrañamente cálida, demasiado, en realidad. Cuando le iba a mencionar su nombre, notó como se desvanecía y perdía el equilibrio."

Te temo un poco... Gaia ... [en el buen sentido de la expreión.. XD ya te lo explicare en otro momento ;)]
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