Estando la Señora en ese limbo entre historias y reencarnaciones, recibe en sus puertas el correo urgente de un poderoso ser externo a su casa. Informa el mensajero de un importante fin y unos trabajos que deben ser hechos y la intrínseca dificultad de los mismos, necesarios para salvar del tiempo. Si bien, no es ella la destinataria de tal empresa, si no un aliado y amigo con el que muchas veces y recíprocamente ha compartido la hospitalidad de los anfitriones.
Pronto despide al correo y se refugia
en su palacio de ónice y nácar. Frente a los inmensos ventanales de su
biblioteca, desde donde se intuyen sus abisales dominios, empieza la palabra de
convocación, y sellándola a sangre y fuego, uno de los dementes, carta en mano,
abandona el hogar para viajar ante otra puerta, más lejana y oceánida.
Así, el Escritor guarda el
Equilibrio.
