martes, 30 de diciembre de 2008

Luchadores de sumo I

Triste y decadente perdón

El sol brillaba más leve que en eras anteriores. Las nubes ya no danzaban los días de lluvia, ni la lluvia danzaba los días nublados. La canción de la vida está extinta desde hace eones y ninguno de los vivos recuerda como despertarla. Tal vez algún difunto fuese capaz de cantarla de nuevo, pero todos los que restan saben que los muertos no tienen voz. En una playa remota y desierta, a la que un desconocido poeta dedicó su poesía, una ola rompió en la arena. Era una ola de tonos grises y azules, que deambulaba desde su nacimiento, apenas segundos antes. Aunque muriese en instantes no podía dejar de existir, pues la sinfonía que la mar componía en esa mañana de verano hubiese perdido su sentido. Simplemente se limitó a cumplir el papel que debía, yendo para regresar en su lecho de muerte. Pero no pudo evitar que un pulido material blanquecino, que ya formaba parte del océano, quedase postrado en la arena.

Sintió su dolor. Lo mecía en su pecho, intentando clamar los desaforados movimientos de su cuerpo muerto. No era bello, simplemente algo más oscuro que el resto del océano. Quería cantar con él la canción de los inertes, pero no a riesgo de morir para convertirse en el miasma que era ahora la tierra. Se le ocurrió, que tal vez, se fusionaría con ese cuerpo si le enseñaba la danza de las olas, formar parte de un mismo ente. Unido para siempre a sus recuerdos, aquellos que gritaban tristeza y desolación. Decidido ya, lo recogió con cariño de las profundidades, y lo alzó hasta la luz, donde pudiese ser algo más que olvido en los infiernos.

Antes cayó una gota, también salada en el salado océano. Su superficie tremoló en un dulce gemido, parecido al primer beso de unos amantes. Se comenzaba a extender acompasada, incorporada ya a la armoniosa melodía que sólo el mar sabía interpretar... El golpe fue brutal, los cielos se desplomaron cruelmente sobre él y la postrera luz del día le dirigió una mirada despectiva. Agujas de hielo candente horadaron su piel, y sin pretenderlo, el último de todos los pensamientos que tuvo y tendría, fue, que tal vez, el océano no le acogería tan bien como a las lágrimas.

Contempló el esplendor del atardecer. Los rayos dorados se filtraban entre las nubes, que se movían a un compás que el viento marcaba. La luz cristalina que reflejaba en el mar, cegando sus ojos grisáceos. Le dolía el color del mar porque era el color de sus pupilas, le dolía el color de las nubes porque era el dorado de sus cabellos, le dolía el susurro del viento porque era igual a sus susurros... Nada podía cambiar el pasado, ni el presente, y muy a su pesar, tampoco nadie cambiaría el futuro. Cerrando los ojos se entregó por completo a la danza de las nubes y los rayos del sol, con un suspiro de sorprendente alivio.

El corazón latía desaforado en su pecho. Lentamente su ritmo fue disminuyendo hasta parar por completo. Se hallaba en medio del hayedo, quieto en medio de una trocha de animales. El bosque hablaba de tiempos pasados, con sus hojas agitándose por el color del verano. Nada haría que el bosque muriese hoy, pero tampoco nada haría que no resucitase en el mañana; esos árboles eran la esencia del mundo, los únicos que aun muertos seguirían cantando los esplendores de épocas pasadas. Uno de sus latidos resonó con más fuerza en su pecho, y reverberó entre los árboles; siendo partícipe, también él, por un segundo, del canto de las hadas.

Ascendía corriendo por el pedregal. Los pequeños cantos se deslizaban bajo sus pies, amenazando con frenar su carrera hasta pararla por completo. Se agarraba también con las manos, luchando por cada nuevo paso que lo acercaba a la cima de aquella colina. Las lágrimas se acumulaban en sus retinas, nublando su visión con húmedas caricias. Una parte de él escuchó el silencio que manaba de las rocas como si de un torrente se tratase... Algo le decía que las rocas no hablaban, pero sabía que si lo hubiesen hecho cantarían la creación del mundo. Ellas eran los cimientos de aquella farsa, pero sólo lo consideraban su obra maestra en conjunto. Haciéndose el sordo ante la lánguida cadencia de las rocas, deseó que la cima no estuviese tan lejos, ni el mar tan oscuro y frío.

Tomó con descarada rapidez la curva del camino de arena. Unas tristes lágrimas se deslizaban por sus mejillas, añorando compañía. La música hacía vibrar con violencia sus tímpanos. Gritaba la letra de la canción, pero no alcanzaba a oír su voz entre los rasgueos de la guitarra. En cuanto encontró el final, giró la llave y se hizo el silencio. Un segundo más tarde continuaba escuchando la música. Hubieron de pasar varios minutos hasta que el recuerdo en su cabeza se convirtiese en un suave zumbido. Desabrochó el cinturón, salió del coche y cerró la puerta. Lentamente al principio, y corriendo después, la distancia que lo separaba de la colina pedregosa iba disminuyendo.

Cerró la puerta de madera tras él, con suavidad. Prorrogó su partida durante unos instantes, deseando que la realidad fluctuase hasta convertirse en la pesadilla que estaba viviendo. Quizás, si algún dios en el que no creía se apiadase de él... Tras unos momentos de paganas oraciones ningún ente mostró ayuda divina. Comenzó a andar por el camino asfaltado, sorteando los parterres llenos de flores blancas y moradas. Rebuscó en el bolsillo de los vaqueros, mientras se acercaba al Ford Orion aparcado en la esquina. Abrió la puerta y se dejó caer en el asiento. Con el cinturón de seguridad en la mano, miró anhelante la puerta, pero ésta siguió igual de solitaria y fría, con su pintura blanca descascarillada y el picaporte de latón medio caído. Después metió la llave de contacto y puso la música. Ya tenía un destino. Ya sabía donde pertenecía, por fin, desde que tenía uso de razón... Una media sonrisa de dibujó en su rostro, a la vez que la primera lágrima brotaba de lo más profundo de sus grises pupilas.

14/V/08

P.D.: "Oye, tú, jodido cerdo asqueroso; en este puto pueblo sólo yo tengo derecho a eso." Lisbeth Salander

P.D.2: "La verdad es tan relativa" Orion

P.D.3: --Eh, Gaia./ --¿Qué?/ --¿Qué opinas sobre la macroeconomía?

sábado, 27 de diciembre de 2008

El despertar de las piedras

Sangre. Para mí, en ese lugar solo existía el bello color de la sangre. Únicamente una gota que captaba tristes reflejos irrisorios en mis pupilas. Un color que me recordaba todo, haciendo que olvidase. Era suave como el papel, pero no olía como tal. Olía a primavera y otoño, a soledad y compañía, a todo y nada. Triste. Tal vez oliese a triste, una sonrisa desecha y abandonada en la mayor multitud. Me gustaría besar unos labios tan ligeros. Que puedo hacer, si la sangre no se puede besar. No hay nada tal lastimero como esos labios invisibles que pugnan por tocar los míos. Oh, dolor, solo por tenerlos y a la vez no. Malditos por los dioses que nunca olvidan y recuerdan eternamente algo que solamente ellos conocen. Y un castigo, solamente amar. Y sollozar para siempre por la dicha que me fue antaño negada. Escribo por no pensar, pues cuando lo hago mi mente es demasiado compleja para entenderla. Nadie. Tal vez esa la razón de mi existencia. ¿Por qué debería retraer mis pensamientos, si solo con pensarlo ya puedo creer que no es cierto? No contesto preguntas ni formulo respuestas, pues me son del todo conocidas. El recuerdo se desvanece tranquilamente en un mar de incertidumbre que parece recrearse en mis sentidos. Y si no lo conozco, puedo preguntar extasiado en mi mente. Y el color de la sangre, es lo único que me desconcierta. Bendito, por los demonios al reflejar lo que otros solo pueden ignorar. Pero, ¿por qué hacerlo? Si solamente con desearlo no existe, y si traicionas tus hegemonías puedes descubrir que nada tiene más sentido del que eres capaz de darle. La vida sigue, sino no lo podría comprobar. Me pierdo en el Tiempo, a la vez que lo reconozco como caminos insondables ya recorridos. ¿Tengo miedo? Tampoco eso lo sé. No soy capaz de sentir nada, pero las emociones se clavan en mí irremisiblemente. Ideas. No las comprendo. Como soy capaz de ver no que nunca conocí. Me enamoro de loa antagonistas de mis pesadillas. Pero no se si los odio. Pensamientos incoherentes. Tal vez sea lo único que expresan mis ojos. Perdidos en la inmensidad de un punto blanco en un albo universo. El mar. Esa inmensidad de nada. Te quiero. Susurro que las olas no comprenden de un ser como yo. No puedo amar. El mundo me niega ese placer, pero yo lo ansío. Por no pertenecerme lo rebatiré. Adorados los bosques que desconocen de mi existencia. No. No puedo negar eso. Pero, entonces, ¿qué soy yo? Reniego de la existencia, pero no por ello se me permite dejar de existir. Quiero volar, tal vez pueda hacerlo, pero tampoco tengo alas para ello. No quiero que un sonido claro sea heraldo de mi final. No existo, pero mi existencia será rota el oír las campanas de cristal de mi alma. Poesía. La aborrezco a la vez que la deseo cual mujer los abrazos de su amante. Jamás seguiré por este camino de lisas piedras amarillas. ¿Y si no soy yo el que amo desde fuera? No te quiero nada, ni te deseo algo que nunca podrás conseguir. No te entiendo. ¿Quién eres? El escarlata te sigue. No quiero besar el color del fuego. Y la sangre,... Todo vuelve a reducirse a la sangre. No quiero pensar el porqué de mis ilusiones, si ya no se pueden cumplir. El recorrer del tiempo en un reloj de arena, que únicamente refleja la luz en su cristal, ya vacío como el corazón de una doncella. No necesito nada y nada me necesita. Tú. Marchaste de mi vida como las estrellas abandonan a la luna en la mitad de la noche. No ver cuando mire por detrás de mi hombro sombras incandescentes en la noche iluminada. No, y tal vez, sí. Que importancia pueden tener dos palabras en el corazón de una persona. No, no soy persona. Ninguna persona anhela la vida por besar una flor que ya nada puede valer en un mundo marchito. Otra vez el color de la sangre. Ya no quiero nada, y ambiciono todo.

14/IX/07

P.D.: "Olvidar es morir." Vicente Aleixandre

jueves, 11 de diciembre de 2008

Vaya par de setos...

Jueves, 11 de diciembre de 2008, 00.57

Buenas noches a todos! Estoy per-cansada así que no me enrollaré mucho. Esto es lo más pareció a una historia de vamp-, quiero decir, infantil (mi mente se extravía a la menor, y más cuando estoy en este estado de salud mental, que tendría que recuperar próximamente (cómo se puede perder tanta en tan poco tiempo?).) Fue hace más de un año, pero no he querido cambiarla mucho a nivel semántico, por eso de aprender de mis errores y tal^^. Es un poco larga, así que ruego paciencia. Y ya sin más dilación... (Me hubiese gustado contar alguna cosa más, pero mi cuerpo no da pa' na más, y yo sé que lo siente XD)

"Subí corriendo las escaleras que conducían al gran vestíbulo de piedra. Una gruesa capa de polvo se amontonaba en el suelo, sin huellas aparentes de presencia humana. El castillo devolvió el eco de mis pisadas; cuando haciendo un esfuerzo sobrehumano abrí las puertas que antaño conducían a la magnifica habitación. Ahora, únicamente podía imaginar lo que había sido mirando los ajados y descoloridos tapices que recubrían cada pared del salón. Miles de cristales crujieron bajo mis pies, algunos devolviendo el reflejo de la antorcha que portaba. Descubrí una escalera de mármol blanco que se elevaba a las estancias superiores desde un lateral. Las remonte rápidamente, deseando dar ya con el objeto de mi búsqueda. Este piso era aun más impresionante que el salón del trono, pues cientos de detalles contribuían a la perfección de aquellos pasillos; ni por asomo tan vastos como la fría piedra inferior. Comencé a abriendo cada puerta que me encontraba, pero las volvía a cerrar al no encontrar lo que intentaba hallar. Mi corazón se encogió al comprobar que también allí la alfombra de polvo era continua. No se durante cuanto tiempo vagué, pues todo era demasiado infinito. Corrí y andé indistintamente, pero mi búsqueda fue infructuosa. Solamente una vez me detuve por completo.

Acababa de girar una esquina cuando me encontré con el término del pasillo. Unas labradas puertas de roble eran la única salida. No me costo esfuerzo alguno abrirlas, aunque chirriaron los goznes de cobre. La habitación estaba iluminada por el suave resplandor de la Luna menguante, que acariciaba finamente los objetos que allí se encontraban. Una gran cama con dosel ocupaba la mitad de una pared. Los cortinajes parecían seda y oro, y caían como una cascada hasta el suelo. Desconcertado comprobé como cientos de huellas se espacian sin orden por la habitación. Agudicé el oído, pero los únicos sonidos eran mi respiración y la tea al consumirse. Me acerque despacio y retire con suavidad las telas que recubrían el lecho.

No espere encontrarme aquellos cadáveres; echados unos junto al otro. Ya apenas quedaban los huesos bajo las magnificas ropas que antaño llevaron. Sobre sus cráneos brillantes coronas de oro con gemas incrustadas. Me retire lentamente, pues sentía vergüenza por haber perturbado el eterno descanso de los monarcas. Cuando me dirigía al mirador, por donde entraba la luz de las estrellas, vi un resplandor a mi izquierda. Me gire prestamente con la mano en el pomo de la espada, mas nada peligroso acechaba. Solamente era mi imagen, fragmentada en pedazos, que se reflejaba en un descascarillado espejo. Desde la balconada se contemplaban todos los campos circundantes a la fortaleza; e, incluso, una negrura al oeste delimitaba el mar. Los restos encarnados del dragón también brillaban débilmente. Había sido un honorable enemigo y perdió la vida en un combate justo y noble; como él mismo dijo antes de partir. He de admitir que jamás pensé que las criaturas a las que me habían enseñado a odiar, tuvieran en tan alto el concepto de su honra. Y, por eso, los conocimientos que aprendí sobre ellos también estaban ahora puestos en duda.

Me apoyé sobre la barandilla de piedra a la vez que suspiraba. Durante unos momentos simplemente sentí la brisa en mi rostro, y esperé tranquilo mirando las estrellas fugaces que desaparecían justo después de formarse. La antorcha hacia rato que se había apagado. Notaba mi cuerpo cansado, casi al borde del colapso, pero no flaqueé. Decidí quitarme la armadura, pues estaba seguro de no necesitarla más. Y mientras la colocaba contra la pared descubra una puerta de madera. Era sencilla y pequeña, pero rompía completamente con la armonía del lugar. Cedió a mi empujón, transportándome a un pasillo totalmente oscuro. Seguí adelante, pues no tenía miedo de la oscuridad más absoluta. El tiempo pasó, no obstante aquel lugar continuaba inexpugnable.

Luego aparecieron las escaleras. Subí y subí, pero el final no parecía próximo. Creo que en algún momento de mi ascenso los escalones comenzaron a girar sobre sí mismos hasta que volví a encontrarme con otra puerta. Más pequeña que la anterior, puesto que para cruzarla tuve que agachar la cabeza.

Entrecerré los al resplandor plateado que me dio de lleno al traspasar el umbral. Cuando pude abrirlos examiné detenidamente la alcoba circular. Otro lecho adoselado ocupaba la mitad de la pequeña estancia; una gran chimenea de ónice absorbía el color de la luna, que entraba a raudales por un enorme ventanal de cristal. A través de las cortinas vi una figura indiscutiblemente humana. Noté como el corazón se desbocaba en mi pecho, a la vez, que conteniendo la respiración, me acercaba lentamente a la cama. Allí estaba ella, con ese brillo en sus cabellos pelirrojos; apagado brevemente por las telas que se interponían entre nosotros. Quise contemplarla eternamente, pero una suave brisa agitó la blanca seda, sacándome de mi momentánea ensoñación. Las aparté, deseando admirarla mientras dormía. Su cara era tersa y pálida; unos labios carnosos y rosados, demasiado níveos, pedían ser besados, semiabiertos. La cascada cobriza y ondulada reposaba sobre sus hombros y algunos hilos rozaban los turgentes pechos, cubiertos en el corsé verde bordado en oro. Sus cándidas manos reposaban sobre un manto de terciopelo rojo que cubría toda la cama. Inspire su olor por primera vez, fresco y embriagador me invadió por completo. Olía como los bosques que visite hacia tanto tiempo y cuya fragancia creí haber olvidado: palisandro. “Esta tan hermosa, iluminada por las caricias de la Luna. Tiene una belleza tan inhumana.”.- pensé.

Cuando empecé a descender sobre ella, me percaté de la existencia de una gota sobre su mejilla, como un minúsculo diamante perdido allí por algún dios pagano. Levanté un dedo para secarla, pero justo antes de tocar su cara me sentía cometer un sacrilegio. Deje que mi mano volviese a caer y continué hasta que mis labios tocaron los suyos.

Saboreé un momento eterno y demasiado efímero. Tantas batallas y esfuerzos habían merecido la pena. Por ese beso, porque pudiésemos estar juntos de nuevo, para disfrutar de nuestra compañía solamente antes soñada. Me retiré un momento, en mi cabeza martilleaba un pensamiento pero no era capaz de abrazarlo o, tal vez, no quería hacerlo. La realidad me sepultó cuando comprobé sus pechos inmóviles, sus labios y sus ojos cerrados. Di un paso atrás, conmocionado. Mis pies tocaron algo metálico. Me gire y encontré en el suelo una daga plata y brillante. Mi mano tembló cuando la agarré por la empuñadura, comprobando como unas manchas marrones ocupaban la mayor parte de la afilada hoja. No recuerdo nada de lo que pasó por mi mente en esos instantes, mientras mi vista se movía alternativamente entre ella y el cuchillo ensangrentado. Caí de rodillas frente a su lecho, todavía esperando que abriese los ojos y me sonriera dulcemente. Al apoyar la cabeza en el manto, me di cuenta de que algunas lágrimas silenciosas también empezaban a correr por mi cara. Mi frente tocó el terciopelo, anormalmente áspero. Volví a levantar la cabeza y pase repetidas veces la mano por él. Comencé a palpar frenéticamente toda la tela, pero llegó un momento en el que volvió a ser cálida y suave.

Por fin, la realidad se hizo tan obvia que ni mi corazón ni mi mente pudieron eludirla más. Oí un grito profundo y desgarrador en el aire, que se acopló a los de la noche de forma natural. Mi visión distorsionada por las lágrimas no pudo ver al ser del que provenía, pero no importaba ya que sufría un dolor tal intenso como el mío. Me derrumbe sin querer sobre la cama, pues mis rodillas dejaron de sostenerme. Ahora todo lo veía bajo un velo acuoso, no podía entenderlo. La inexactitud del hecho me desconcertaba, estaba demasiado lejos de mi comprensión humana. Todo se derrumbó a mi alrededor y solo quedó la única certeza de que ella ya no estaba. Ni siquiera cuando la tenía a mi lado, como tanto imaginé; seguía sin estar presente. Todo giraba alrededor de su cuerpo inerte e inmaculado sobre la cama. El todo era imposible de distinguir pues rotaba demasiado rápido. Una vorágine de contradicciones complementarias era todo el universo que quedaba para mí, a parte de esa muchacha.

Caos y orden; luz y oscuridad; todo y nada; amor y odio; nunca y siempre,... eran parte de aquel mosaico neutro en el que, inmóvil, giraba. El tiempo transcurrió sin velocidad aparente, como si quisiera recrearse en el dolor que sentía. Pero cuando alcé la cabeza, la claridad propia del amanecer comenzaba a ocupar la estancia.

Ya había tomado mi decisión.

Cogí de nuevo la daga y la deposité en la mesa auxiliar al lado del cabecero. Me aparté y dejé que los cortinajes volvieran a caer, blancos, sobre la cama. Desenvainé mi espada. Contemplé su filo plateado, la cruz y la empuñadura; era tan fríamente hermosa. La única dama con la que me había desposado ahora también apagada. El arma de mis ancestros, poseedora de una llama capaz de derrocar demonios. Su hoja ya no era luz, solamente el filo tan normal como cualquier otro sobre la faz de la Tierra. Besé el mortal acero como los suspiros de un amante, prometiendo que en la próxima noche volvería a su lado. La sangre la bañó cuando corté mis labios en su filo, y también lágrimas cayeron en ella. La deposité suavemente en el lecho. Mi único sueño junto con mi único medio para conseguirlo, yacían juntos, derrotados en la misma cama.

- Os he fallado, perdonadme.- susurré, con una voz quebrada y antinatural, mientras las miraba a ambas por última vez.

Abrí la pequeña puerta y corrí por el estrecho pasadizo. Tropecé y caí incontables veces, no tenía miedo. Lo único es que estaba solo. De regreso a la gran balconada el Sol comenzaba a despuntar por el este. Anduve hasta colocarme frente a él, volví la cabeza y saludé a la Luna inclinando la cabeza, justo antes de que desapareciese.

Me puse en pie sobre la baranda. Por un instante dudé, esto iba en contra de todo cuanto me habían enseñado. Sonreí a la vez que daba un paso al infinito. “Para esto también hace falta valor”.- me dije mientras volaba entre jirones de oro.

***

No muy lejos de allí, un ángel negro se sonrió a la vez que sujetaba el cuerpo del hombre, un centímetro antes de que tocara el suelo. Él abrió los ojos justo para ver como una mujer lo sujetaba entre nubes.

- Te quiero.- la oyó decir en voz muy baja, a la vez que depositaba un beso sobre sus sangrantes labios. Y para él, ese beso fue más dulce y placentero que todos los anteriormente dados y recibidos en vida.

Y este es el final del maravilloso cuento de hadas que ningún niño escuchó jamás. Mas la princesa continúa esperando. Sus restos eternamente jóvenes fruto de una muerte prematura. Pero había un mensaje para el hombre que consiguiese llegar hasta ella. En un tocador, un papel amarillento y raído todavía allí espera. Se puede leer en una lengua hace mucho desaparecida, escrito con sangre como tinta:

“A mi príncipe: llegaste demasiado tarde. Te quiere, Tu princesa.”

12/VIII/07

P.D.: "La vida es un desliz, después te mueres."

P.D.2: "No hay grabaciones de que..."

lunes, 8 de diciembre de 2008

Twilight

––¿Por qué haces eso?

––¿El qué?

––Sangrar

Enarqué una ceja, divertida

––No sé, es lo que hacen los humanos, cuando tienen una herida, sangran. ¿Acaso no lo haces tú?

Él asintió, con inseguridad.

––Pero a mí me sale sangre cuando me caigo y me duele y no me gusta.

Se me presentó una disyuntiva al mirar fijamente esos ojos de azulada inocencia que me miraban con brillante fijación. Cómo explicar lo inexplicable, eso que ni siquiera yo entendía, a un niño de apenas cuatro años. Me encogí de hombros, para demostrar a esa otra parte de mí que no importaba, ella asintió. Supongo que ese era el precio de dejarse descubrir cuchilla en mano. La guardé en el bolso y chupé la sangre que goteaba por mi antebrazo. Después hice un gesto con la mano en el banco, indicando al niño que se sentase a mi lado. Él obedeció, sin dejar de mirarme.

––¿Cómo te llamas?

––Alejandro.

––Yo soy Casandra.––le contesté, tendiéndole mi mano, que estrechó con una sonrisa llena de dientes de leche. ––Te voy a contar una cosa, Alejandro, una cosa de niños mayores, ¿vale?

Él contestó con un asentimiento. Siempre me han impresionado los niños pequeños, cargados de esa plenitud de felicidad que vas tirando en el camino para cargar con los años. Borré de mi rostro una lágrima tardía con el dorso de la mano y miré a mi interlocutor, que continuaba igual de impaciente.

––Veras, cuando te caes y te haces sangre en la pierna te duele, ¿no? Y lo mismo te pasa en el brazo y en la mano, y en cualquier parte de tu cuerpo.

Me hubiese sorprendido si hubiera respondido de otra manera que no fuese el leve asentimiento al que tan fácilmente me había acostumbrado.

––Bueno, pues hay veces que no te duele nada físico, del cuerpo. Es cuando te duele aquí dentro y no puedes poner ninguna tirita, ni puedes ir al médico para que te dé un jarabe o te ponga una inyección.––puse un dedo sobre su pecho, en el corazón. ––Me estas entendiendo, ¿a qué sí?

––Sí.

––Pues en esos momentos hay gente que prefiere que le duela algo del cuerpo, algo que puedan ver curar, y por eso se hacen sangre, como yo.––pasé olímpicamente de decirle que de ahí a que ni siquiera el dolor autoinfringido te consolase quedaba un paso, y de eso al suicidio incluso menos; tampoco quería echarle un jarro de agua helada. Ya era demasiado que me tocase explicarle toda esta estupidez, pero nunca he sido partidaria de mentir a los niños, y menos en cosas que terminarían por comprender por sí mismos. Alzó su manita, envuelta en unos guantes de lana rojos, y me tocó en el pecho.

––¿Y a ti te duele aquí?

No sé exactamente que fue lo que trajo de nuevo las lágrimas a mis ojos; tal vez fuesen los suyos, tal vez el límpido sonido de su voz o el hecho de que entre tantas personas que conocía hubiese de ser un niño desconocido con nombre de príncipe desgraciado el que intentase parar los desaforazos latidos de mi decadente corazón. Parpadeé varias veces con el fin de detenerlas, y asentí, ante aquella mirada interrogante.

––A mamá también le pasa, yo lo sé.––parecía contarme un secreto. ––A veces por la noche la oigo llorar y cuando le preguntó que le duele, me dice que le duele un recuerdo, ¿a ti también te duele un recuerdo?

Mi autocontrol se hizo pedazos. Desvié la mirada mientras me secaba ambas mejillas con los puños del jersey. Resultó que los dioses no se habían apiadado de mí, sino que también elegían inocentes criaturas para torturarme aún más. Me sobresalté al sentir sus pequeños brazos rodeando mi cuello, y depositando un húmedo beso en mis mojadas mejillas. Sonreí mientras le devolvía el brazo. Demasiado pronto se separó de mí, aunque tampoco tuve el valor de retenerlo más.

––Hugo me ha dicho que cuando a mamá le duela el alma yo le dé un abrazo.

––Gracias.––le contesté, tras sorber los mocos. Parecía yo la niña y él el responsable adulto capaz de reconfortarme.

Se quedó mirándome, como si estuviese buscando algo en mi rostro, hasta que vi como se iluminaba el suyo.

––Oye, ¿y tú sabes como se cura un recuerdo?

Asentí. Sí, muy a mi pesar conocía lo que sería bálsamo de mi alma errática.

––Tienes que hacer que el recuerdo deje de serlo, que vuelva a estar vivo.

––¿Cómo haces eso?

––Pues tienes que saber que recuerdo le duele a t-

––Ya lo sé, ya lo sé. Lo que le duele es papá.

Sonreí. No sabía que los niños de esta generación fuesen tan inteligentes, o tal vez sólo fuese él, pero estaba siendo gratamente sorprendida.

––Entonces tienen que volver a estar juntos.

¿Cómo es posible que un rostro tan luminoso se ensombreciese sin cambiar un ápice su expresión?

––Mamá dice que papá está en el cielo, pero yo sé que esta muerto.

No pude dejar de mirarlo una expresión vacía en mi rostro, intentando discernir en que maldito momento se me había ocurrido comenzar a hablar con él.

––¿Y cómo lo hago?––su voz me arrancó en espacio gris donde me había refugiado.

Carraspeé con inquietud a la vez que miraba alrededor, buscando una posible salida inexistente. De repente, la voz aterciopelada que apenas me hablaba surgió de lo más ignoto de mi mente, exigiendo una respuesta a la pregunta formulada; esa respuesta que yo atesoraba desde hacía varias semanas y no quería creer. Y, como siempre ocurría, me rendí a ella:

––No puedes curar a tu mamá, porque tu padre está esperándola. Lo único que puede cerrar un recuerdo es el olvido, aunque a veces la certeza que eso produce es aún más dol-

––¿Qué es una certeza?––me preguntó.

Sonreí de nuevo.

––Una certeza... Es cuando... Cuando estás muy seguro de algo y nadie te puede hacer cambiar de opinión.

––Como cuando tu sabes que no te gustan las berzas y la abuela te dice que no las has probado.

Asentí de nuevo, repetidas veces.

––Sí, es eso.

Oí como una voz de mujer repetía el nombre del niño varias veces. Una mujer agitaba el brazo en alto a la entrada del parque, mientras se acercaba a nosotros. Alejandro alzó la mano y le contestó el saludo.

––Mira, esa es mi mamá. Ven, que te la presento.––se había puesto de pie y tiraba de la manga de mi jersey, rozando la herida abierta, lo que me hizo apretar los dientes.

––Eh, no creo que sea buena idea, Alejandro. Corre y dale un abrazo a tu madre, que estará preocupada.

Me devolvió una mirada vacilante.

––Venga, vete, ha sido un placer conocerte.––acompañé mis palabras con un empujoncito en la espalda.

––Vale. Adiós.

Vi como se alejaba de mí, corriendo, y temí que cayese en cualquier momento, pero no, se lanzó a los brazos de su madre, que le recogió del suelo y le dio dos vueltas en el aire. Después lo dejó en el suelo y le agarró la mano, mientras salían del parque.

Agité la cabeza con condescendencia. Me levanté, cogí el bolso y salí del parque. Otro sitio más que me estaba vedado. Sería ese mi sino.

8/XII/08

P.D.: "Aburrirse es besar a la muerte." Ramón Gómez de la Serna

P.D.2: "Te llamas Pilar como mi abuela" (x6 ó 7)

martes, 2 de diciembre de 2008

Dormir es el regalo de no sentir el tiempo

Ella sea, eterna e insondable, perenne compañera, destructora de mentes, creadora de vida, más allá del espacio vacío, del tétrico olvido. ¿Por qué siento que sucumbó a mí, en cada momento, traspasado el tiempo?