––¿El qué?
––Sangrar
Enarqué una ceja, divertida
––No sé, es lo que hacen los humanos, cuando tienen una herida, sangran. ¿Acaso no lo haces tú?
Él asintió, con inseguridad.
––Pero a mí me sale sangre cuando me caigo y me duele y no me gusta.
Se me presentó una disyuntiva al mirar fijamente esos ojos de azulada inocencia que me miraban con brillante fijación. Cómo explicar lo inexplicable, eso que ni siquiera yo entendía, a un niño de apenas cuatro años. Me encogí de hombros, para demostrar a esa otra parte de mí que no importaba, ella asintió. Supongo que ese era el precio de dejarse descubrir cuchilla en mano. La guardé en el bolso y chupé la sangre que goteaba por mi antebrazo. Después hice un gesto con la mano en el banco, indicando al niño que se sentase a mi lado. Él obedeció, sin dejar de mirarme.
––¿Cómo te llamas?
––Alejandro.
––Yo soy Casandra.––le contesté, tendiéndole mi mano, que estrechó con una sonrisa llena de dientes de leche. ––Te voy a contar una cosa, Alejandro, una cosa de niños mayores, ¿vale?
Él contestó con un asentimiento. Siempre me han impresionado los niños pequeños, cargados de esa plenitud de felicidad que vas tirando en el camino para cargar con los años. Borré de mi rostro una lágrima tardía con el dorso de la mano y miré a mi interlocutor, que continuaba igual de impaciente.
––Veras, cuando te caes y te haces sangre en la pierna te duele, ¿no? Y lo mismo te pasa en el brazo y en la mano, y en cualquier parte de tu cuerpo.
Me hubiese sorprendido si hubiera respondido de otra manera que no fuese el leve asentimiento al que tan fácilmente me había acostumbrado.
––Bueno, pues hay veces que no te duele nada físico, del cuerpo. Es cuando te duele aquí dentro y no puedes poner ninguna tirita, ni puedes ir al médico para que te dé un jarabe o te ponga una inyección.––puse un dedo sobre su pecho, en el corazón. ––Me estas entendiendo, ¿a qué sí?
––Sí.
––Pues en esos momentos hay gente que prefiere que le duela algo del cuerpo, algo que puedan ver curar, y por eso se hacen sangre, como yo.––pasé olímpicamente de decirle que de ahí a que ni siquiera el dolor autoinfringido te consolase quedaba un paso, y de eso al suicidio incluso menos; tampoco quería echarle un jarro de agua helada. Ya era demasiado que me tocase explicarle toda esta estupidez, pero nunca he sido partidaria de mentir a los niños, y menos en cosas que terminarían por comprender por sí mismos. Alzó su manita, envuelta en unos guantes de lana rojos, y me tocó en el pecho.
––¿Y a ti te duele aquí?
No sé exactamente que fue lo que trajo de nuevo las lágrimas a mis ojos; tal vez fuesen los suyos, tal vez el límpido sonido de su voz o el hecho de que entre tantas personas que conocía hubiese de ser un niño desconocido con nombre de príncipe desgraciado el que intentase parar los desaforazos latidos de mi decadente corazón. Parpadeé varias veces con el fin de detenerlas, y asentí, ante aquella mirada interrogante.
––A mamá también le pasa, yo lo sé.––parecía contarme un secreto. ––A veces por la noche la oigo llorar y cuando le preguntó que le duele, me dice que le duele un recuerdo, ¿a ti también te duele un recuerdo?
Mi autocontrol se hizo pedazos. Desvié la mirada mientras me secaba ambas mejillas con los puños del jersey. Resultó que los dioses no se habían apiadado de mí, sino que también elegían inocentes criaturas para torturarme aún más. Me sobresalté al sentir sus pequeños brazos rodeando mi cuello, y depositando un húmedo beso en mis mojadas mejillas. Sonreí mientras le devolvía el brazo. Demasiado pronto se separó de mí, aunque tampoco tuve el valor de retenerlo más.
––Hugo me ha dicho que cuando a mamá le duela el alma yo le dé un abrazo.
––Gracias.––le contesté, tras sorber los mocos. Parecía yo la niña y él el responsable adulto capaz de reconfortarme.
Se quedó mirándome, como si estuviese buscando algo en mi rostro, hasta que vi como se iluminaba el suyo.
––Oye, ¿y tú sabes como se cura un recuerdo?
Asentí. Sí, muy a mi pesar conocía lo que sería bálsamo de mi alma errática.
––Tienes que hacer que el recuerdo deje de serlo, que vuelva a estar vivo.
––¿Cómo haces eso?
––Pues tienes que saber que recuerdo le duele a t-
––Ya lo sé, ya lo sé. Lo que le duele es papá.
Sonreí. No sabía que los niños de esta generación fuesen tan inteligentes, o tal vez sólo fuese él, pero estaba siendo gratamente sorprendida.
––Entonces tienen que volver a estar juntos.
¿Cómo es posible que un rostro tan luminoso se ensombreciese sin cambiar un ápice su expresión?
––Mamá dice que papá está en el cielo, pero yo sé que esta muerto.
No pude dejar de mirarlo una expresión vacía en mi rostro, intentando discernir en que maldito momento se me había ocurrido comenzar a hablar con él.
––¿Y cómo lo hago?––su voz me arrancó en espacio gris donde me había refugiado.
Carraspeé con inquietud a la vez que miraba alrededor, buscando una posible salida inexistente. De repente, la voz aterciopelada que apenas me hablaba surgió de lo más ignoto de mi mente, exigiendo una respuesta a la pregunta formulada; esa respuesta que yo atesoraba desde hacía varias semanas y no quería creer. Y, como siempre ocurría, me rendí a ella:
––No puedes curar a tu mamá, porque tu padre está esperándola. Lo único que puede cerrar un recuerdo es el olvido, aunque a veces la certeza que eso produce es aún más dol-
––¿Qué es una certeza?––me preguntó.
Sonreí de nuevo.
––Una certeza... Es cuando... Cuando estás muy seguro de algo y nadie te puede hacer cambiar de opinión.
––Como cuando tu sabes que no te gustan las berzas y la abuela te dice que no las has probado.
Asentí de nuevo, repetidas veces.
––Sí, es eso.
Oí como una voz de mujer repetía el nombre del niño varias veces. Una mujer agitaba el brazo en alto a la entrada del parque, mientras se acercaba a nosotros. Alejandro alzó la mano y le contestó el saludo.
––Mira, esa es mi mamá. Ven, que te la presento.––se había puesto de pie y tiraba de la manga de mi jersey, rozando la herida abierta, lo que me hizo apretar los dientes.
––Eh, no creo que sea buena idea, Alejandro. Corre y dale un abrazo a tu madre, que estará preocupada.
Me devolvió una mirada vacilante.
––Venga, vete, ha sido un placer conocerte.––acompañé mis palabras con un empujoncito en la espalda.
––Vale. Adiós.
Vi como se alejaba de mí, corriendo, y temí que cayese en cualquier momento, pero no, se lanzó a los brazos de su madre, que le recogió del suelo y le dio dos vueltas en el aire. Después lo dejó en el suelo y le agarró la mano, mientras salían del parque.
Agité la cabeza con condescendencia. Me levanté, cogí el bolso y salí del parque. Otro sitio más que me estaba vedado. Sería ese mi sino.
8/XII/08 P.D.: "Aburrirse es besar a la muerte." Ramón Gómez de la Serna P.D.2: "Te llamas Pilar como mi abuela" (x6 ó 7)

Nombre de príncipe desgraciado... la protagonista desde luego también tuvo una homónima muy suertuda, ¿eh?
ResponderEliminarHa sido bastante... emotivo, a la vez que instructivo. Tú vales para escribir cuentos infantiles y, a la vez, relatos góticos, lo cual es una mezcla no muy común... pero me encanta xDDD un texto enternecedor, aunque desgarrador.
¿A qué edad se pierde la inocencia? Yo ya no me acuerdo. Pero ves a esos niños pequeños, crees que son inconscientes de lo que les rodea y son felices... y no son inconscientes, sólo lo ven todo de un modo más puro y lejano que nosotros, "adultos", más graves que ellos y mucho más fatalistas. A veces me imagino que mi miniyo me diría: "imbécil" (recuerdo que era el insulto que más usaba porque me gustaba el sonido xDDD).