martes, 30 de diciembre de 2008

Luchadores de sumo I

Triste y decadente perdón

El sol brillaba más leve que en eras anteriores. Las nubes ya no danzaban los días de lluvia, ni la lluvia danzaba los días nublados. La canción de la vida está extinta desde hace eones y ninguno de los vivos recuerda como despertarla. Tal vez algún difunto fuese capaz de cantarla de nuevo, pero todos los que restan saben que los muertos no tienen voz. En una playa remota y desierta, a la que un desconocido poeta dedicó su poesía, una ola rompió en la arena. Era una ola de tonos grises y azules, que deambulaba desde su nacimiento, apenas segundos antes. Aunque muriese en instantes no podía dejar de existir, pues la sinfonía que la mar componía en esa mañana de verano hubiese perdido su sentido. Simplemente se limitó a cumplir el papel que debía, yendo para regresar en su lecho de muerte. Pero no pudo evitar que un pulido material blanquecino, que ya formaba parte del océano, quedase postrado en la arena.

Sintió su dolor. Lo mecía en su pecho, intentando clamar los desaforados movimientos de su cuerpo muerto. No era bello, simplemente algo más oscuro que el resto del océano. Quería cantar con él la canción de los inertes, pero no a riesgo de morir para convertirse en el miasma que era ahora la tierra. Se le ocurrió, que tal vez, se fusionaría con ese cuerpo si le enseñaba la danza de las olas, formar parte de un mismo ente. Unido para siempre a sus recuerdos, aquellos que gritaban tristeza y desolación. Decidido ya, lo recogió con cariño de las profundidades, y lo alzó hasta la luz, donde pudiese ser algo más que olvido en los infiernos.

Antes cayó una gota, también salada en el salado océano. Su superficie tremoló en un dulce gemido, parecido al primer beso de unos amantes. Se comenzaba a extender acompasada, incorporada ya a la armoniosa melodía que sólo el mar sabía interpretar... El golpe fue brutal, los cielos se desplomaron cruelmente sobre él y la postrera luz del día le dirigió una mirada despectiva. Agujas de hielo candente horadaron su piel, y sin pretenderlo, el último de todos los pensamientos que tuvo y tendría, fue, que tal vez, el océano no le acogería tan bien como a las lágrimas.

Contempló el esplendor del atardecer. Los rayos dorados se filtraban entre las nubes, que se movían a un compás que el viento marcaba. La luz cristalina que reflejaba en el mar, cegando sus ojos grisáceos. Le dolía el color del mar porque era el color de sus pupilas, le dolía el color de las nubes porque era el dorado de sus cabellos, le dolía el susurro del viento porque era igual a sus susurros... Nada podía cambiar el pasado, ni el presente, y muy a su pesar, tampoco nadie cambiaría el futuro. Cerrando los ojos se entregó por completo a la danza de las nubes y los rayos del sol, con un suspiro de sorprendente alivio.

El corazón latía desaforado en su pecho. Lentamente su ritmo fue disminuyendo hasta parar por completo. Se hallaba en medio del hayedo, quieto en medio de una trocha de animales. El bosque hablaba de tiempos pasados, con sus hojas agitándose por el color del verano. Nada haría que el bosque muriese hoy, pero tampoco nada haría que no resucitase en el mañana; esos árboles eran la esencia del mundo, los únicos que aun muertos seguirían cantando los esplendores de épocas pasadas. Uno de sus latidos resonó con más fuerza en su pecho, y reverberó entre los árboles; siendo partícipe, también él, por un segundo, del canto de las hadas.

Ascendía corriendo por el pedregal. Los pequeños cantos se deslizaban bajo sus pies, amenazando con frenar su carrera hasta pararla por completo. Se agarraba también con las manos, luchando por cada nuevo paso que lo acercaba a la cima de aquella colina. Las lágrimas se acumulaban en sus retinas, nublando su visión con húmedas caricias. Una parte de él escuchó el silencio que manaba de las rocas como si de un torrente se tratase... Algo le decía que las rocas no hablaban, pero sabía que si lo hubiesen hecho cantarían la creación del mundo. Ellas eran los cimientos de aquella farsa, pero sólo lo consideraban su obra maestra en conjunto. Haciéndose el sordo ante la lánguida cadencia de las rocas, deseó que la cima no estuviese tan lejos, ni el mar tan oscuro y frío.

Tomó con descarada rapidez la curva del camino de arena. Unas tristes lágrimas se deslizaban por sus mejillas, añorando compañía. La música hacía vibrar con violencia sus tímpanos. Gritaba la letra de la canción, pero no alcanzaba a oír su voz entre los rasgueos de la guitarra. En cuanto encontró el final, giró la llave y se hizo el silencio. Un segundo más tarde continuaba escuchando la música. Hubieron de pasar varios minutos hasta que el recuerdo en su cabeza se convirtiese en un suave zumbido. Desabrochó el cinturón, salió del coche y cerró la puerta. Lentamente al principio, y corriendo después, la distancia que lo separaba de la colina pedregosa iba disminuyendo.

Cerró la puerta de madera tras él, con suavidad. Prorrogó su partida durante unos instantes, deseando que la realidad fluctuase hasta convertirse en la pesadilla que estaba viviendo. Quizás, si algún dios en el que no creía se apiadase de él... Tras unos momentos de paganas oraciones ningún ente mostró ayuda divina. Comenzó a andar por el camino asfaltado, sorteando los parterres llenos de flores blancas y moradas. Rebuscó en el bolsillo de los vaqueros, mientras se acercaba al Ford Orion aparcado en la esquina. Abrió la puerta y se dejó caer en el asiento. Con el cinturón de seguridad en la mano, miró anhelante la puerta, pero ésta siguió igual de solitaria y fría, con su pintura blanca descascarillada y el picaporte de latón medio caído. Después metió la llave de contacto y puso la música. Ya tenía un destino. Ya sabía donde pertenecía, por fin, desde que tenía uso de razón... Una media sonrisa de dibujó en su rostro, a la vez que la primera lágrima brotaba de lo más profundo de sus grises pupilas.

14/V/08

P.D.: "Oye, tú, jodido cerdo asqueroso; en este puto pueblo sólo yo tengo derecho a eso." Lisbeth Salander

P.D.2: "La verdad es tan relativa" Orion

P.D.3: --Eh, Gaia./ --¿Qué?/ --¿Qué opinas sobre la macroeconomía?

2 comentarios:

  1. Finalmente la enfermedad o la locura ha hecho presa de mi...
    Ovidio a conseguido que traspase la frágil linea sin retorno...
    ¡Por los dioses y los hombres todos! (como dirían los antiguos) me encanta tu metamorfosis.
    XD

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  2. Gracias Gaia, sabia que un alma justa y benévola como la tuya no perdería la oportunidad de inmortalizar unas palabras tan sabias de la boca de una amiga...

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Miríadas de sendas desde el Abismo