jueves, 11 de diciembre de 2008

Vaya par de setos...

Jueves, 11 de diciembre de 2008, 00.57

Buenas noches a todos! Estoy per-cansada así que no me enrollaré mucho. Esto es lo más pareció a una historia de vamp-, quiero decir, infantil (mi mente se extravía a la menor, y más cuando estoy en este estado de salud mental, que tendría que recuperar próximamente (cómo se puede perder tanta en tan poco tiempo?).) Fue hace más de un año, pero no he querido cambiarla mucho a nivel semántico, por eso de aprender de mis errores y tal^^. Es un poco larga, así que ruego paciencia. Y ya sin más dilación... (Me hubiese gustado contar alguna cosa más, pero mi cuerpo no da pa' na más, y yo sé que lo siente XD)

"Subí corriendo las escaleras que conducían al gran vestíbulo de piedra. Una gruesa capa de polvo se amontonaba en el suelo, sin huellas aparentes de presencia humana. El castillo devolvió el eco de mis pisadas; cuando haciendo un esfuerzo sobrehumano abrí las puertas que antaño conducían a la magnifica habitación. Ahora, únicamente podía imaginar lo que había sido mirando los ajados y descoloridos tapices que recubrían cada pared del salón. Miles de cristales crujieron bajo mis pies, algunos devolviendo el reflejo de la antorcha que portaba. Descubrí una escalera de mármol blanco que se elevaba a las estancias superiores desde un lateral. Las remonte rápidamente, deseando dar ya con el objeto de mi búsqueda. Este piso era aun más impresionante que el salón del trono, pues cientos de detalles contribuían a la perfección de aquellos pasillos; ni por asomo tan vastos como la fría piedra inferior. Comencé a abriendo cada puerta que me encontraba, pero las volvía a cerrar al no encontrar lo que intentaba hallar. Mi corazón se encogió al comprobar que también allí la alfombra de polvo era continua. No se durante cuanto tiempo vagué, pues todo era demasiado infinito. Corrí y andé indistintamente, pero mi búsqueda fue infructuosa. Solamente una vez me detuve por completo.

Acababa de girar una esquina cuando me encontré con el término del pasillo. Unas labradas puertas de roble eran la única salida. No me costo esfuerzo alguno abrirlas, aunque chirriaron los goznes de cobre. La habitación estaba iluminada por el suave resplandor de la Luna menguante, que acariciaba finamente los objetos que allí se encontraban. Una gran cama con dosel ocupaba la mitad de una pared. Los cortinajes parecían seda y oro, y caían como una cascada hasta el suelo. Desconcertado comprobé como cientos de huellas se espacian sin orden por la habitación. Agudicé el oído, pero los únicos sonidos eran mi respiración y la tea al consumirse. Me acerque despacio y retire con suavidad las telas que recubrían el lecho.

No espere encontrarme aquellos cadáveres; echados unos junto al otro. Ya apenas quedaban los huesos bajo las magnificas ropas que antaño llevaron. Sobre sus cráneos brillantes coronas de oro con gemas incrustadas. Me retire lentamente, pues sentía vergüenza por haber perturbado el eterno descanso de los monarcas. Cuando me dirigía al mirador, por donde entraba la luz de las estrellas, vi un resplandor a mi izquierda. Me gire prestamente con la mano en el pomo de la espada, mas nada peligroso acechaba. Solamente era mi imagen, fragmentada en pedazos, que se reflejaba en un descascarillado espejo. Desde la balconada se contemplaban todos los campos circundantes a la fortaleza; e, incluso, una negrura al oeste delimitaba el mar. Los restos encarnados del dragón también brillaban débilmente. Había sido un honorable enemigo y perdió la vida en un combate justo y noble; como él mismo dijo antes de partir. He de admitir que jamás pensé que las criaturas a las que me habían enseñado a odiar, tuvieran en tan alto el concepto de su honra. Y, por eso, los conocimientos que aprendí sobre ellos también estaban ahora puestos en duda.

Me apoyé sobre la barandilla de piedra a la vez que suspiraba. Durante unos momentos simplemente sentí la brisa en mi rostro, y esperé tranquilo mirando las estrellas fugaces que desaparecían justo después de formarse. La antorcha hacia rato que se había apagado. Notaba mi cuerpo cansado, casi al borde del colapso, pero no flaqueé. Decidí quitarme la armadura, pues estaba seguro de no necesitarla más. Y mientras la colocaba contra la pared descubra una puerta de madera. Era sencilla y pequeña, pero rompía completamente con la armonía del lugar. Cedió a mi empujón, transportándome a un pasillo totalmente oscuro. Seguí adelante, pues no tenía miedo de la oscuridad más absoluta. El tiempo pasó, no obstante aquel lugar continuaba inexpugnable.

Luego aparecieron las escaleras. Subí y subí, pero el final no parecía próximo. Creo que en algún momento de mi ascenso los escalones comenzaron a girar sobre sí mismos hasta que volví a encontrarme con otra puerta. Más pequeña que la anterior, puesto que para cruzarla tuve que agachar la cabeza.

Entrecerré los al resplandor plateado que me dio de lleno al traspasar el umbral. Cuando pude abrirlos examiné detenidamente la alcoba circular. Otro lecho adoselado ocupaba la mitad de la pequeña estancia; una gran chimenea de ónice absorbía el color de la luna, que entraba a raudales por un enorme ventanal de cristal. A través de las cortinas vi una figura indiscutiblemente humana. Noté como el corazón se desbocaba en mi pecho, a la vez, que conteniendo la respiración, me acercaba lentamente a la cama. Allí estaba ella, con ese brillo en sus cabellos pelirrojos; apagado brevemente por las telas que se interponían entre nosotros. Quise contemplarla eternamente, pero una suave brisa agitó la blanca seda, sacándome de mi momentánea ensoñación. Las aparté, deseando admirarla mientras dormía. Su cara era tersa y pálida; unos labios carnosos y rosados, demasiado níveos, pedían ser besados, semiabiertos. La cascada cobriza y ondulada reposaba sobre sus hombros y algunos hilos rozaban los turgentes pechos, cubiertos en el corsé verde bordado en oro. Sus cándidas manos reposaban sobre un manto de terciopelo rojo que cubría toda la cama. Inspire su olor por primera vez, fresco y embriagador me invadió por completo. Olía como los bosques que visite hacia tanto tiempo y cuya fragancia creí haber olvidado: palisandro. “Esta tan hermosa, iluminada por las caricias de la Luna. Tiene una belleza tan inhumana.”.- pensé.

Cuando empecé a descender sobre ella, me percaté de la existencia de una gota sobre su mejilla, como un minúsculo diamante perdido allí por algún dios pagano. Levanté un dedo para secarla, pero justo antes de tocar su cara me sentía cometer un sacrilegio. Deje que mi mano volviese a caer y continué hasta que mis labios tocaron los suyos.

Saboreé un momento eterno y demasiado efímero. Tantas batallas y esfuerzos habían merecido la pena. Por ese beso, porque pudiésemos estar juntos de nuevo, para disfrutar de nuestra compañía solamente antes soñada. Me retiré un momento, en mi cabeza martilleaba un pensamiento pero no era capaz de abrazarlo o, tal vez, no quería hacerlo. La realidad me sepultó cuando comprobé sus pechos inmóviles, sus labios y sus ojos cerrados. Di un paso atrás, conmocionado. Mis pies tocaron algo metálico. Me gire y encontré en el suelo una daga plata y brillante. Mi mano tembló cuando la agarré por la empuñadura, comprobando como unas manchas marrones ocupaban la mayor parte de la afilada hoja. No recuerdo nada de lo que pasó por mi mente en esos instantes, mientras mi vista se movía alternativamente entre ella y el cuchillo ensangrentado. Caí de rodillas frente a su lecho, todavía esperando que abriese los ojos y me sonriera dulcemente. Al apoyar la cabeza en el manto, me di cuenta de que algunas lágrimas silenciosas también empezaban a correr por mi cara. Mi frente tocó el terciopelo, anormalmente áspero. Volví a levantar la cabeza y pase repetidas veces la mano por él. Comencé a palpar frenéticamente toda la tela, pero llegó un momento en el que volvió a ser cálida y suave.

Por fin, la realidad se hizo tan obvia que ni mi corazón ni mi mente pudieron eludirla más. Oí un grito profundo y desgarrador en el aire, que se acopló a los de la noche de forma natural. Mi visión distorsionada por las lágrimas no pudo ver al ser del que provenía, pero no importaba ya que sufría un dolor tal intenso como el mío. Me derrumbe sin querer sobre la cama, pues mis rodillas dejaron de sostenerme. Ahora todo lo veía bajo un velo acuoso, no podía entenderlo. La inexactitud del hecho me desconcertaba, estaba demasiado lejos de mi comprensión humana. Todo se derrumbó a mi alrededor y solo quedó la única certeza de que ella ya no estaba. Ni siquiera cuando la tenía a mi lado, como tanto imaginé; seguía sin estar presente. Todo giraba alrededor de su cuerpo inerte e inmaculado sobre la cama. El todo era imposible de distinguir pues rotaba demasiado rápido. Una vorágine de contradicciones complementarias era todo el universo que quedaba para mí, a parte de esa muchacha.

Caos y orden; luz y oscuridad; todo y nada; amor y odio; nunca y siempre,... eran parte de aquel mosaico neutro en el que, inmóvil, giraba. El tiempo transcurrió sin velocidad aparente, como si quisiera recrearse en el dolor que sentía. Pero cuando alcé la cabeza, la claridad propia del amanecer comenzaba a ocupar la estancia.

Ya había tomado mi decisión.

Cogí de nuevo la daga y la deposité en la mesa auxiliar al lado del cabecero. Me aparté y dejé que los cortinajes volvieran a caer, blancos, sobre la cama. Desenvainé mi espada. Contemplé su filo plateado, la cruz y la empuñadura; era tan fríamente hermosa. La única dama con la que me había desposado ahora también apagada. El arma de mis ancestros, poseedora de una llama capaz de derrocar demonios. Su hoja ya no era luz, solamente el filo tan normal como cualquier otro sobre la faz de la Tierra. Besé el mortal acero como los suspiros de un amante, prometiendo que en la próxima noche volvería a su lado. La sangre la bañó cuando corté mis labios en su filo, y también lágrimas cayeron en ella. La deposité suavemente en el lecho. Mi único sueño junto con mi único medio para conseguirlo, yacían juntos, derrotados en la misma cama.

- Os he fallado, perdonadme.- susurré, con una voz quebrada y antinatural, mientras las miraba a ambas por última vez.

Abrí la pequeña puerta y corrí por el estrecho pasadizo. Tropecé y caí incontables veces, no tenía miedo. Lo único es que estaba solo. De regreso a la gran balconada el Sol comenzaba a despuntar por el este. Anduve hasta colocarme frente a él, volví la cabeza y saludé a la Luna inclinando la cabeza, justo antes de que desapareciese.

Me puse en pie sobre la baranda. Por un instante dudé, esto iba en contra de todo cuanto me habían enseñado. Sonreí a la vez que daba un paso al infinito. “Para esto también hace falta valor”.- me dije mientras volaba entre jirones de oro.

***

No muy lejos de allí, un ángel negro se sonrió a la vez que sujetaba el cuerpo del hombre, un centímetro antes de que tocara el suelo. Él abrió los ojos justo para ver como una mujer lo sujetaba entre nubes.

- Te quiero.- la oyó decir en voz muy baja, a la vez que depositaba un beso sobre sus sangrantes labios. Y para él, ese beso fue más dulce y placentero que todos los anteriormente dados y recibidos en vida.

Y este es el final del maravilloso cuento de hadas que ningún niño escuchó jamás. Mas la princesa continúa esperando. Sus restos eternamente jóvenes fruto de una muerte prematura. Pero había un mensaje para el hombre que consiguiese llegar hasta ella. En un tocador, un papel amarillento y raído todavía allí espera. Se puede leer en una lengua hace mucho desaparecida, escrito con sangre como tinta:

“A mi príncipe: llegaste demasiado tarde. Te quiere, Tu princesa.”

12/VIII/07

P.D.: "La vida es un desliz, después te mueres."

P.D.2: "No hay grabaciones de que..."

2 comentarios:

  1. de alguna manera este breve relato tuyo que me ha encantado :) (ya sabes que me gusta mucho como escribes) me ha hecho pensar un poco... en como a veces parece que vivimos paralalelamente a la vida de otras personas que nacieron antes o naceran despues o que habitando en un lugar de este mundo distinto al nuestro estan distantes... y no llegamos nunca a encontrarnos, aunque parecemos esperarnos infinitamente... y o llegamos tarde para solo seguir huellas o pasamos de largo sin vernos, como invisibles a nosotros mismos...

    Por eso a veces... doy gracias... por las personas que la vida ha permitido que me encuentre en el camino y comparta una parte, y no solo el paralelismo del espejo y las huellas fósilizadas en los textos....

    P.D: siento que este un poco inconexo todo... y que falten tantos signos de puntuacion y seguramente mas de una o dos faltas de ortografia... pero aun estoy enfermilla.. y estoy agotada... :)

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  2. ^^
    Guille también me ha recomendado que lea los blogs que el lee.
    Me ha encantado tu relato, y también intentaré seguirte, pero no esperes críticas constructivas porque soy más de premiar todo lo que leo :P.

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Miríadas de sendas desde el Abismo