miércoles, 30 de abril de 2008

Subió las escaleras hasta cubierta. El capitán no había sido muy generoso en cuento a la paga, pero no le costaba nada viajar dos días al sur y entregar la misiva. Hioenoa no sabía cuando regresaría a Viasaf Ocnek, y no estaba de más tener dinero para regresar al norte. El billete en el Pato Rojo había acabado con sus últimas monedas.

La encontró apoyada en la barandilla de proa, mirando como el barco rompía las aguas a su paso. La luz de las lunas incidía sobre ella, como si resbalara por la capa negra. Estaba preocupada, no sabía porque la reclamaban en su tierra con tanta urgencia; y toda su incertidumbre le contagiaba a él. Llegó hasta ella e imitó su postura. Permanecieron largo rato en silencio, una con los pensamientos pasados revoloteando por su mente y el otro, con indecisas nieblas sobre el futuro. Al final Hioenoa le miró, y habló quedamente:

––Hemos tardado tres semanas más de lo previsto...

––El desfiladero de Forkuhl nos retrasó bastante, las nieves fueron demasiado tempranas. ¿Crees que llegaras tarde?

––Con total seguridad.

Valagiur suspiró, y volvió la cabeza hacia ella. Tenía la capucha calada y salía vapor cada vez que respiraba. Jugueteaba con la piedra, mostrándose extrañamente nerviosa. Su apariencia frágil era demasiado engañosa, a pesar de tener las espadas en la bodega. Agarró sus manos, impidiendo que las moviese. Ella lo observó sorprendida y después, casi sin cambiar la expresión de su rostro, pensativa. ––Desde hace tiempo he querido preguntarte algo.

Él hizo un movimiento con la mandíbula, indicando que hablara.

––¿Por qué llevas las piedras del Vanie al final del cuero?––dijo mientras rozaba su frente con los guantes.

La miró de nuevo, con una media sonrisa.

––Pensé que nunca me lo preguntarías, a pesar de que antes no parabas de observarlas. La verdad es que me pareció buena idea tener un veneno tan potente camuflado...

––Jamás pensé que fueras de los que eligen. En las tribus del oeste algunos jefes o estrategas también lo hacen, pero nosotros pensamos que es rendirse antes del final.––le explicó.

––Verdaderamente, intentaría envenenar primero a mis enemigos, pero si no es posible...––se encogió de hombros.––La vida comienza sin tu permiso, únicamente puedes elegir cuando acabarla y como. Donde nací no se considera una deshonra llamar a la muerte cuando el final llega, pero sí huir de ella.

––A veces olvido que procedemos de distintos lugares.––dijo mirando de nuevo por el río.

Valagiur recuperó la sonrisa y pasó un brazo por sus hombros.

––A veces lo olvidas, sí. Pero, por suerte, te lo sigo recordando.

Ella se recostó contra su pecho. Eso le sorprendió, no era muy dada a mostrar su cariño en público, aunque éste fuesen marineros.

––Nunca pensé que podrías tener tanto calor en una noche tan perra como esta.––le susurró, arrebujándose en la capa.

––¿Tienes mucho frío?

Asintió.

––Podemos ir abajo, dentro de dos días te esperan diez jornadas de viaje, además hace varios ciclos que apenas duermes.

Se rió suavemente.

––Y yo inquietándome por las ojeras que tienes..., ¡ay, Arquero, no debes preocuparte por mi sueño! A mí no se me nota cuando estoy cansada y a ti sí.

––Bueno, entonces intentaré dormir para que duermas tu también.

––Baja tú, iré más tarde. Esa habitación me agobia y la mini-cama compartida me hace desear dormir en el suelo.

––Puff, es verdad, no me acordaba de los ronquidos de la señora posadera sin posada. Creo que me quedaré contigo un rato más, no puedo permitir que te congeles y me dejes a mí el ‘marrón’ con la mujerona.––le dijo, mientras se colocaba a su espalda y la envolvía con los brazos. Ella pegó su cara a la de él.

––Sabes que no me gustas con barba y aun así insistes. Esto te costará caro, Arquero.

––Se puede saber como quieres que me afeite en un barquito de mala muerte donde el único espejo lo utiliza el capitán para mirarse su cara de cerdito congestionado.–– apuntó en un murmullo.

––Vale, tienes razón. Pero sabes que yo estoy dispuesta a hacerlo.

––Sí... me acuerdo de la primera y última vez. Llevaba tantos cortes que el general debió pensar que me rasuré con la espada, porque otra cosa... Antes de dejarte de nuevo mi cuchilla prefiero que utilices las cimitarras.

––No es buena idea, si lo hago no te quedaría cara la próxima vez.––se mofó, mientras reía de nuevo.––Ahora es uno de esos momentos en los que me alegro de que vinieses conmigo. Gracias, Valagiur, hacer este viaje sola habría acabado conmigo.

––Ambos salimos ganando, no me debes nada.––le contestó instantáneamente.

––Nadie a dicho que exista una deuda entre nosotros.

––No, no lo he insinuado. Pero existe un lazo por mi parte hacia ti, y eso paga todas las deudas entre nosotros, o por lo menos las tuyas.

Hioenoa se apartó y le miró a los ojos.

––¿Qué es eso que has dicho y lo del lazo?––inquirió.

––Bueno, es otra tradición del norte. Cuando una relación se profundiza lo suficiente, se puede reconocer un lazo entre ellos. Y es más fuerte que los de familia. Es depositar tu vida en manos del otro y saber que está a salvo. Considero que,... bueno, tú... tienes mi parte de la cadena, aunque nadie lo haya reconocido.––confesó. ––Todas las deudas de sangre, como las llamaste, están aplacadas.

Ella volvió a colocarse como antes y quedó en silencio.

––Aunque no regrese allí, todavía mi memoria recuerda viejas tradiciones.

––Entonces, las aceptaré. Estaba viendo que salvarte la vida me resultaría harto difícil con esa coraza tuya. Tendremos que establecer un puente entre nosotros, o por lo menos en cuanto a costumbres se refiere.

Valagiur esbozó una amplia sonrisa y la apretó más contra sí. Ella ronroneo y acarició sus manos.

––Imagínate la cara de la posadera si hacemos el amor encima de su cama.

––¡Luz! La mataríamos de un infarto.

––O se quedaría mirando y correría después al camarote del capitán. Sería lo mejor que podemos hacer. Nos quitaríamos dos problemas del medio, los ronquidos tanto del cerdito como del vacuno.

––Hay veces que me cuesta entender como tienes una mente tan pérfida.––bromeó, siguiéndole la corriente, aunque no pudo evitar que un gran bostezo saliese de su boca.

––Estás demasiado cansado para complacerme, Arquerito.

––¿No crees que lo de ‘Arquero’ es suficiente?

––No, ahora te lo mereces.––dijo, besándole en la comisura de los labios.––Vete a la cama, estoy bien.

––¿Y desaprovechar lo cariñosa que estas? Nunca.

––Bueno, pero confío en que no te caigas mañana por cubierta.

––Eso déjamelo a mí.

––No pensaba hacer otra cosa...

Permanecieron juntos hasta que la gran estrella apareció y los colores del amanecer tiñeron de rojo el cielo.

1/II/08

P.D.: “El arte de vencer, se aprende en las derrotas.” Simón Bolívar

P.D.2: Explicaciones para otro día, cuando el texto sea más corto.

sábado, 19 de abril de 2008

Saludos cordiales, (este Word, cada vez es más educado). Pues como espero que sepáis hoy es viernes, por lo que he cumplido mi promesa a las mil maravillas. Pues también que espero sinceramente que... (He hecho una pausa de dos horas escribiendo esto y no recuerdo que quería decir). Como tengo cosas que hacer y estoy viendo el Marqués pues esto termina otra vez aquí. Un abrazo.

Cuando recuperó el juicio, oyó como Hioenoa lo llamaba.

––Valagiur, por favor, apresúrate.––al mirarla vio como el polvillo plata había aumentado su condensación.––No podré permanecer aquí más tiempo. Deja la espada en su nicho.––susurró.

Él sacó la espada y la tomó en sus manos, con afecto. El latido había aumentado su velocidad, pero ya no le molestaba.

––Nunca supe que eras la espada de un dios, sino jamás te hubiese utilizado para cortar alimañas.

La cogió en su diestra y haciendo un movimiento hacía delante dejó que la punta tocase el fuego. Un aullido se elevó en la estancia, resonando en las paredes. La espada se había inflamado y el rojo combinó con el negro. Su primer impulsó fue soltarla de inmediato, al sentir como su brazo derecho se quemaba. Sólo la repentina aparición de otra presencia en su mente, le hizo aferrarse a ella con todas sus fuerzas. Un pequeño reducto en su cabeza ya no le pertenecía, podía sentir el espíritu de Hioenoa ocupándolo. El dolor se hizo insoportable. La cabeza amenazaba en estallarle en mil esquirlas de cristal. Había perdido el dominio de su brazo, aunque notaba el daño que el fuego le estaba causando.

El espacio fluctuó y se encontró de nuevo en la cubierta del Pato Rojo, el barco en el que habían atravesado el Viasaf. Tenía el brazo entorno a Hioenoa, que se acurrucaba contra él, buscando calor. Volvió a oscilar. La primera vez que la poseyó, en total oscuridad, lo rememoró en el momento álgido, sintiendo las sensaciones de antaño. La primavera en el Archipiélago, en El filo del Crepúsculo remontando el Ssven, frente al castillo de Tanerii... Lo estaba viviendo de nuevo, pequeños fragmentos de una vida que le era ajena. Luego comenzó con los recuerdos menos agradables. En todos había sufrimiento, pero ninguno como el que sentía en su brazo derecho, que no se correspondía con la anterior historia...

Las realidades pasadas se quebraron y regresó. Sólo sujetaba ya la empuñadura. La voz en su mente comenzaba a desvanecerse, abandonándole por instantes. Hundió la mano por completo, que ardió incandescente, y dejó la espada en el nicho; a la vez que el último vestigio de Hioenoa se evaporaba, con un murmullo incomprensible. No supo que le causaba mayor dolor, pero el grito resonó por toda la cámara, reverberando en las paredes grisáceas. La luz aumentó, blanquecina, e iluminó la alta cúpula. Después se apagó, y otras aparecieron en los ocho puntos de la fuente. Miró su brazo, asustado intentó retroceder, deseando que se alejara de él. Era una masa informe, carbonizada, que continuaba avanzando hasta su hombro. El color era aún anaranjado, como si el fuego continuase en su interior.

Oyó lejana la voz del ser androgino que le llamaba insistentemente. Comenzó a bajar los escalones de dos en dos, con la vista húmeda. Tenía miedo de la fuente y todo lo que le había pasado en la cima. Pero admitió que deseaba más que nada desterrar el sonido y la visión de Hioenoa junto a él.

Cayó en el suelo de piedra mientras cerraba los ojos. Notó una presencia a su lado, electrizante... Perdió de nuevo la conciencia, y se sumió aliviado en un océano de nada. Al despertar un instante después, sintió un frescor en todo su cuerpo. Miró a su alrededor, sin recordar aún lo sucedido. El ente se encontraba a su lado, contemplándole pausadamente.

––Debes marcharte de aquí, antes de que cierre las Puertas.––le ordenó con firmeza. ––El daño de tu herencia ha sido enmendado, abandona este lugar.

El fuego de su brazo había desaparecido, dejando una piel grisácea y arrugada, que se extendía también por el hombro. Estaba demasiado cálido, pero el dolor se había atenuado considerablemente.

––¿Dónde está Hioenoa?––preguntó, a pesar de conocer la respuesta. Se había marchado y dejándole de nuevo en la noche sin estrellas que era su existencia.

––Lo sabes. Nada podrá devolvértela jamás, ni la misericordia que los Cuatro creen que no mereces. Te he salvado a cambio de tu favor, pero no me dejan darte más. Vete con vida o desfallece aquí...

Se encontraba muy exhausto y no quería volver donde la luz le recordará otra vida.

––Elijo morir aquí.––susurró.

––Sea pues, pero este no es tu momento. Recuerda las palabras de la guerrera y sabrás cuando deberás partir. Agonizar cuando no te pertenece cambia el curso de lo que el Escritor te tiene reservado, pero no seré yo quién obligue a un mortal a la vida.––le explicó mientras se alejaba hacia la única de las ocho puertas que permanecía sin el sello dorado.

Valagiur se incorporó:

––¿Qué has querido decir?

––Puedes recordar la conversación, el fuego no llego a tocar tu corazón...––dijo, dubitativo, mientras alzaba la lanza de oro por encima de su cabeza.

––¡Espera!––gritó, levantándose con lentitud y yendo hacia la puerta.––Entonces, el juramento de la sangre... ¿se puede cumplir?––fijándose en ello con una mirada anhelante.

––Lo desconozco, el espíritu al que pertenece está exento de obligaciones aquí. Pero su poder no es vano, tal vez haya alguno capaz de lograr lo que sólo el Escritor conoce.

––¿Qué debo hacer?

––Vivir hasta que él lo haya considerado oportuno. No debes ser tú quién acabe con la vida que te entregaron.––la voz fue neutra, pero para él sus palabras fueron lo más cercano a la salvación que sintió jamás.

––Si sigo viviendo hasta que el destino me mate, volveré con ella...––musitó.

––Deja la vaina, cuando despierte sólo ella será capaz de contenerla.––dijo señalando con la cabeza el hombro de Valagiur.

Éste la soltó con la mano izquierda y la depositó en el suelo.

–– Ve. La necesidad de cerrar las Puertas apremia.

Él asintió y puso un pie en el umbral.

––Cómo llegaré al final del túnel, antes traía un guía.

––Encontrarás un camino en las rocas siempre que no portes más luces, la esperanza es la única que puedes permitirte.––y volvió a alzar el asta.

Valagiur se encontró frente al abismo laberíntico por el que debía regresar. De repente apareció una pregunta en sus labios:

––¿Por qué me ayudas?

El ser curvó sus labios en lo más parecido a una sonrisa que había esbozado en siglos.

––No eres el único que anhela regresar, o que espera un regreso.––le dijo, mientras las puertas comenzaban a aparecer, cerrándose con el metal carmesí y negro. Permaneció allí hasta que todo el brillo se apagó, y comenzó el camino de vuelta a ninguna parte. Pero tenía que hacerlo, la elección había dejado de pertenecerle.

30/I/08

P.D.: “Dando golpes en la pared de mi cárcel, esperando que alguien que no exista me oiga.”

P.D.2: Mi querido Gildur, a veces eres demasiado optimista...

miércoles, 16 de abril de 2008

Buenas tardes/ noches a todos!! ¿Que tal os va por los recónditos lares que se encuentran en el efímero Internet? Espero sinceramente que bien (hoy me encuentro de un humor estupendo, por si no lo sabíais). La razón tiene nombre, pero no os lo voy a decir, a saber quien se pasa por aquí y lo cuenta (de todas maneras os decepcionaría). Como no tengo muy claro sobre qué, hoy no habrá tema concreto (no podéis alegraros tanto =P) De hecho, no me apetece mucho escribir aquí así que el comentario de hoy se queda tal y como esta. Que os vaya bien a todos, todos...

El ente plateado se retiró, dejando a la vista una escalera de piedra completamente negra. Valagiur envainó la espada, para que no vibrase en su mano y comenzó el ascenso. Al principio le resultó fácil, pero poco a poco la espada empezó a mostrarse inquieta, contagiándole a él. Había una presión en el aire que le dificultaba la respiración, una fuerza demasiado pesada para combatirla. Miró hacia abajo y encontró un abismo de niebla gris, envolviéndose en torno a otras dos escaleras que había a derecha e izquierda de la suya. Dio un par de pasos y cuando casi había decidido parar vio una figura a su izquierda, por el rabillo del ojo. Giró por completo la cabeza y se encontró oscuridad. ––Otro espejismo––pensó. Cuando reanudó la subida inconscientemente, la figura volvió. Esta vez no miró, había vivido ya demasiadas utopías con tiempos pasados.

––No me mires––ordenó una voz demasiado conocida y añorada.

Él, por la sorpresa no pudo menos que hacerlo, y la forma desapareció de nuevo. Se quedó observando el espacio largos instantes, decidiendo si la habría imaginado. Sólo podía hacer una cosa, y era obedecer. Se materializó de nuevo, y esta vez, la contempló de refilón. Continuaba igual que la recordaba, delgada y pequeña vestida con la armadura de cuero y anillas. La capa azul noche de Sierva del Mar le cubría la cabeza, pero alcanzó a ver algunos de sus rizos cobrizos. Sus ojos grises brillaban antinaturalmente, pero no le importó. Ella le sonrió cariñosamente.

––Hola, Valagiur. He venido a acompañarte un trecho, como tú hiciste conmigo.––su cadencia era cristalina.

––Hioenoa.––musitó.

––Veo que me recuerdas... Lo siento mucho, no debí marcharme de tu lado.

Él calló, con las lágrimas asomando en sus ojos índigos.

––Vamos, debes continuar. Yo iré contigo.––dijo, intentando tranquilizarle.

Reemprendió el camino casi al instante, mientras intentaba no apartar la vista de ella.

––Mira por donde vas, Arquero.––le soltó con mofa.

La obedeció con brusquedad, clavando los ojos en el suelo. Estaba recordando todas las veces que se había burlado de él llamándole Arquero, y comenzó a llorar. El silencio sólo era roto por los suaves sollozos de Valagiur, que a pese a todo continuaba andando. Al final, él levantó la mirada y vio que quedaban unos diez escalones hasta la luz, que seguía siendo igual de tenue que desde el suelo.

––¿Cuánto tiempo te quedarás aquí?––preguntó mirando de nuevo a la mujer.

––No lo sé. Me han invocado y he acudido, no puedo quedarme sin lo que me ata a ti, cuando él quiera me marcharé.––explicó.

––Antes de que te vayas debo decirte algo, aun a riesgo de incurrir la cólera de alguien.

Ella asintió.

––Perdóname, te lo ruego...––suplicó. ––Nunca debí dejar que te marcharás sola...

––Chtsss, calla. Aunque no sea mi cometido aquí, te diré que no te reprocho nada y por eso no puedo perdonarte. Mi temeridad en el océano ha provocado las iras de alguien, pero recuerda la última noche en la posada: los guerreros van al mismo orbe. Nos volveremos a encontrar, debes vivir un poco más. Hazlo por mí si no encuentras más razones. Pero no desfallezcas en senderos donde no pueda encontrarte...––le susurró al oído, intentando que las sombras que los envolvían no pudieran escucharlo.

Él asintió con la cabeza, pasándose la mano por pelo.

––Venga, levanta. El final de esto esta próximo.

Dio los últimos pasos sin apartar la mirada. Intuía que se esfumaría por momentos, en una nuble de humo. No pensaba en nada más que en ella. Necesitaba aprovechar todos los segundos de su compañía y atesorarlos. Su forma espectral despedía vapor plateado, como el polvo que vieron en las Suliäm. Tropezó al terminar las escaleras y, ante lo que contempló, comprendió porque era llamada la Cámara de las Ocho Espadas.

A un paso y medio de él había un gran pilón de piedra pulida. No reconoció el material, parecía una única pieza, con vetas blancas y negras intrincándose en una compleja red, que no era obra de manos humanas. Con dos zancadas salvó la distancia que le separaba del borde. Allí vio una visión que le sobrecogió. La fuente medía ocho metros de diámetro, y en el centro se elevaba una columna apenas más ancha que su muñeca, del mismo material que el borde exterior. Se elevaba ocho palmos, y en el extremo superior brillaba una bola de luz incandescente, que disipaba las tinieblas alrededor de todo el círculo. Temiendo lo que pudiera encontrarse, bajó la mirada, siguiendo la columna, hasta donde se bifurcaba en ocho estelas, mitad de piedra totalmente blanca y de armónica oscuridad. La que se encontraba frente a él se perdía en un lecho de fuego líquido que intentaba consumir las paredes de negras que lo contenían. El nicho era el hogar temporal de la espada. Lo sabía como una certeza que llevase en su cabeza toda su vida, al igual que entendía que un amanecer traería consigo el sol. A sólo veinte centímetros del fuego, una tiara de oro blanco con rubíes y minúsculas gemas negras engastadas giraba lentamente.

Reflejaba el fuego que ardía bajo ella y parecía recordarle para que se encontraba allí. Sin querer lo miró de nuevo, y, al instante, su mente sucumbió a él. La destrucción que irradiaba se adentró en su interior, amenazando con acabar con todo. No podía cerrar los ojos, porque aunque lo hiciese seguía sintiendo como el fuego le penetraba, sondeando y juzgando cada rincón de su pensamiento. Enloqueció por completo un instante antes de recuperar el dominio de sí y la razón, como si los dioses hubieran acabado con la locura.

28/I/08

P.D.: “Puedes ser solamente una persona para el mundo, pero para alguna persona, tú eres el mundo” Gabriel García Márquez.

lunes, 14 de abril de 2008

Hola de nuevo a todos! Continúo dejando más fragmentos de la vida de Valagiur. El de hoy es la primera parte de un suceso, por lo que dejaré las otras dos esta semana, prometo que están antes del sábado, y mira que no me gusta prometer cosas. El otro día estuve pensando acerca del final de mis relatos/personajes. Será que soy así, pero siempre acabo matándolos y haciendo que sufran algo más de la cuenta (los llamados comúnmente personajes condenados/torturados (que tienen una canción con Copy de Moony y mío)). Como será el asunto que en el taller de relatos ya soy conocida por mis muertes y relatos mágico-sangrientos. Bueno, a lo que voy, creo que debería aprovechar los días que me encuentro optimista para arreglar las vidas de algunos que todavía tienen solución. Pero claro, me entra el problema de que no tengo tiempo para escribir sobre todo lo que querría. Y no es que antes tuviese más tiempo, sino que me organizo peor. Creo que es porque todavía no he cogido la rutina desde Semana Santa, la razón, es mi viaje a Londres, capi del Imperio y hogar de Potter. Ya os contare como me ha ido a mi vuelta (diox, serán muchos días alejada de aquí y rodeada de un montón de ****, aunque no todos son así, que se excluyan mis amigos). Además todavía tengo que hacer un puñao de cosas enorme antes de irme a la cama, y eso que ya son las 20:50. Bueno, me despido con un cariñoso abrazo a todos los que perdéis el tiempo leyendo este blog, se agradece mucho (no como en el fotolog, que la única que dejaba comentarios asiduamente era yo). Que los dioses os sonrían...

“Tocó la placa de metal negro con el pomo de la espada. Sintió como el disco comenzaba a calentarse, en pocos segundos se encontraba al rojo. Miles de hilos de metal se extendían por la pared, haciéndose visibles a sus ojos. Vio como llegaban hasta el arco de piedra y se juntaban el centro. La empuñadura comenzaba a calentarse y la cruz mostraba el mismo tono rojizo, pero el filo no quemaba. La pared desmaterializó ante él.

El corazón le empezó a latir rápidamente. Buscó en el interior de su cabeza la voz que le había guiado hasta allí, pero sólo estaba su conciencia. Miró desconfiado la entrada. Oyó el rasgueo de tela contra el suelo, y unos pasos lentos, que parecían acercarse a él. Retrocedió un paso y alzó la espada, que había perdido el calor de antes y volvía a ser de la siempre.

––¿Quién osa regresar por la puerta del Fuego?––dijo una voz suave y clara, con un deje metálico apenas perceptible.

Por un momento las palabras que la voz le había ordenado que dijese desaparecieron de su mente, junto con el control de su cuerpo. Estaba paralizado cuando vio una sombra negra que se interponía entre él y la luz que vislumbraba en la estancia.

––Responde ahora, mortal.––susurró el ente.

Valagiur recuperó la razón, y las lecciones aprendidas.

––Valagiur, de la Estirpe Necollorien, una de las cincuenta Casas de la Regencia de Enayoiron, descendiente de los usurpadores que tomaron la espada del Hijo del Fuego desterrado por su padre, que en mi familia recibió el nombre de Albur.––no sabía que querían decir las últimas palabras, pero él (o ella) había insistido en que los asimilara al pie de la letra.

Vio como en ser se alejaba de él, mientras suspiraba, le pareció, con alivio.

––La hora ha llegado entonces. Entra, mortal Valagiur de los Necollorien de Enayoiron.

Pensó un momento las connotaciones de todo lo que había pasado, le resultaba irreal e ilusorio, como los encantadores tirynarii en las ferias de los pueblos. Un impulso externo le obligó a entrar en la sala. Nada más pisar el umbral notó como la espada comenzaba a palpitar, transmitiendo las vibraciones a su brazo derecho.

Intentó retroceder, asustado, pero tocó pared. Giró la cabeza con asombro y encontró una superficie de piedra gris perfectamente pulimentada que recibía los leves destellos de una luz blanca.

––Está cerrado, mortal, no podrás salir hasta que termines lo que tus ancestros empezaron.

Valagiur dio la vuelta de nuevo y caminó hasta la iluminación, intentando que los temblores del acero no contagiaran todo su cuerpo. Salió del túnel a una gran bóveda que se extendía más allá de donde la vista le alcanzaba. La luz estaba cincuenta pasos por encima de él. Contemplaba atónito la estancia escondida en lo más profundo de las Cordilleras Centrales, cuando notó la presencia a su derecha. Reculó dos pasos para observar mejor la alta figura que le había hablado antes. Vestía ropas grises y vaporosas, que se enrollaban en su cuerpo sin enganches visibles. El pelo platino, casi blanco, caía ondulado hasta más debajo de su cintura, enmarcando un rostro joven. La piel era pálida y brillante, como una tela que encubriese otra naturaleza. No supo discernir si era hombre o mujer. La punta dorada de una lanza sobresalía por encima del hombro derecho, despertando un recuerdo en su interior que se obligaba a olvidar.

––He regresado.––dijo Valagiur, aunque esas palabras no correspondían a su mente. En lo alto, la luz aumentó de tamaño durante unos instantes.

––Es cierto,––contestó el ente––pero abandona su mente, y regresa donde te corresponde por derecho.

––¿Acaso ha vuelto mi amo?

––No, pero el juego se reanudará cuando termine su expiación, y eso no puede ocurrir hasta que tú yazcas con tus hermanas.

––Los dioses dan sabiduría a sus siervos––afirmó el guerrero.

––A cambio de onerosos pagos.––respondió.

Valagiur le sonrió levemente. Sus ojos se nublaron por un instante y recuperaron el brillo humano.

––¿Quién sois?––preguntó con voz trémula.

––Soy el Custodio de la Cámara de las Ocho Espadas.––dijo la entidad, mirándole a los ojos. Eran dos pozos oscuros y profundos, con un brillo anaranjado por pupila. Escondían una edad eterna y el paso del Tiempo era vano en ellos. Valagiur se tambaleo al sentir su mirada e inconscientemente se apoyó en la espada. El ser cortó el contacto.

––No sabías que portabas la espada durante todos estos años, ni siquiera presentías su naturaleza.––susurró para sí.––Da gracias a tus dioses porque estuviese dormida durante tanto tiempo, sino no podrías empuñarla.

––No os entiendo.––respondió con la mirada baja.

––Ni podrás hacerlo. Confórmate con saber que puedes reparar el daño que tu familia hizo hace edades. Es lo que venías a hacer aquí, ¿verdad?

Él asintió.

––Escucha mis palabras. Deberás subir hasta el final de los escalones y depositar la espada en un lecho de fuego que encontrarás allí. A su derecha encontrarás la espada negra de la Tierra y a la derecha la espada negra del Aire, no toques el círculo central. Es muy importante que no la dejes caer, tienes que depositar también su empuñadura en el fuego. ¿Me has entendido?

Afirmó de nuevo.

––Te diré otra cosa más. Nada más dejarla baja hasta mí, sino el fuego te consumirá por completo. Intentaré proporcionarte algo para que resistas el dolor, aunque luego lo sientas multiplicado,––no entendió que quería decir––tendrás que perdonarme, pero llevo demasiado tiempo esperando este momento como para fracasar ahora.”

27/I/08

P.D.: “No amar por temor al fracaso es como suicidarse por temor a la muerte.”

P.D.2: Sé que soy una plasta con el tiempo, pero que le voy a hacer... Intentaré comedirme la próxima.

lunes, 7 de abril de 2008

Hola, he vuelto. Después de tanto tiempo volvemos a vernos. No sé que contar ahora porque no me encuentro con ánimos de desvariar aquí, cuando llevo todo el día desvariando yo solita. A veces pienso que debería ir a un psicólogo, pero consolaos con saber que son muy pocas. Porque luego me planteo a mi misma los motivos y me doy cuenta de que son sólo los que me impone la sociedad (que este mal visto hablar en voz alta con uno mismo no quiere decir que deje de hacerlo, y menos cuando estoy en mi casa) Pero paso de rayarme con esto pudiendo hacerlo con otras cosas mucho más placenteras. Porque, tachán, tachán... Señoras y señores me ha vuelto a pasar (iba a decir que me he vuelto a embelesar tontamente de mis propios personajes o de ajenos, pero como se me suele pasar en algunos meses así que no es tan sorprendente): es que ahora recuerdo los sueños que tengo con más o menos claridad (será por suplicar a los Señores del Caos y a Mr. Sandman antes de dormir). La cosa es que los sueños que he tenido me han hecho pensar sobre algunas cosas y me doy cuenta de que están más olvidadas de lo que me atrevía a imaginar (¿--?). Y los demás, pues que cambié de plano y me fui a las fiestas, volví a irme de viaje y a albergues y soñé con un personaje del que espero tengáis noticias en poco tiempo.

Alé, pues por hoy nada más, que todavía tengo que estudiar, ducharme y leer para clase antes de dormir y son las once y media. Que os vaya bien y os guste el texto.

“Las gélidas aguas tocaron su cuerpo. Abrió los ojos y vio una tenue luz brillando en el fondo. Comenzó a nadar prestamente hacia ella, haciendo esfuerzo incluso con sus pies atados. La cuerda le cortaba la circulación en los tobillos, pero si no conseguía la runa habría perdido todas las posibilidades de convertirse en Siervo de la Mar. La respiración le faltaba y aún no había cogido la piedra. Siempre supo que el mar la mataría, una certeza que la acompañaba desde que a los once años estuvo a punto de morir ahogada. La sanadora de los Gudoass, la había salvado y por eso el mar quería su precio. Una esclava le contó que el océano la protegería hasta que se cobrara el valor que exigía, y no dejaría que muriese antes de lo que él quisiera. Lo consideraba un viejo amigo; y le imploró por su vida, sino era ya la hora que la predestinaría a otros Orbes. Aparte del Espíritu deudor, al único que era capaz de adorar era al mar, a las aguas saladas que bendecían a su pueblo con la mayor de las desgracias. Alcanzó la luz y arrancó de la esfera el collar de cuero que desde su juventud la había acompañado. Con las últimas fuerzas se impulso a la superficie, poniéndose el cordón por la cabeza.

Emergió tomando una bocanada de aire. Notaba el gusto a sal, pese a que no recordaba haber abierto los labios. Puntos brillantes le impedían agarrar la escala que pendía hasta ella desde la cubierta. ––La prueba aún no ha terminado,––pensó––aunque lo más difícil ya haya ocurrido. Centró su mirada en las cuerdas anudadas y salió del agua. El aire helado azotó su cuerpo desnudo y soltó un grito ahogado. Sólo imaginar el cálido tacto de las ropas de cuiel, consiguió hacerla avanzar. No importaba si le ponían su antigua capa o la de Siervo, estaría calentita. Incluso la idea de fracasar en su tarea le daba la esperanza de viajar de nuevo con Valagiur, y volver por el equinoccio, como había hecho durante casi diez largos y fructuosos años.

Al llegar a cubierta vio toda la tripulación mirándola en silencio. Si no hubiese estado tan aterida de frío se habría percatado de la imagen que presentaba, chorreando agua por todo su cuerpo. Observó con la cabeza alta a los cuatro Siervos del Mar que acompañaban a su hermanastro, y a los siete de la Tierra. Todos evaluaban su actuación, y aunque debería hacer tenido una actitud más dócil; deseaba tirar al mar a aquellos desgraciados que la juzgaban. Dio un paso adelante, retándolos a emitir su veredicto. Su hermano, y ahora también padre de los Deikierin, se acercó a ella, con su capa negra del norte bajo el brazo izquierdo (un pequeño regalo tomado de un cadáver) y una azul noche bajo el derecho.

––Hioenoa, hija de nadie e ilegítima del antiguo Señor ––su madre había sido esclava, su nombre no tenía importancia. ––Aquí tienes un camino bifurcado.––dijo tendiendo ambos brazos. ––Será tu elección. Pero los dos exigen pequeños sacrificios. El primero te devolverá al pasado y presente, que podrá continuar siendo tu futuro. El segundo, te entregarás al Padre, y te arrodillarás ante él, por ser tú señor.

Esto la sobresaltó. Ningún Siervo tuvo que postrarse ante el jefe de la tribu, ni siquiera los hombres libres; le debían lealtad y respeto, pero no sumisión No sería diferente con ella, jamás se había sentido tan denigrada por su pueblo. Entonces recordó a su verdadero Señor, el que le entregaba la vida y podía quitársela. Dándole la espalda a su hermano, cayó en hinojos frente al horizonte. Un murmullo se propagó por la cubierta.

––Me arrodillo ante mi único Progenitor, que me dio vida y decidirá cuando quitármela. Le entrego todo lo que poseo y si lo desea que lo tome ahora, por ser mi señor y yo su sierva.––dijo en voz alta, intentando repetir las palabras exactas que había dicho el jefe. Sintió como alguien se acercaba y le tocaba los hombros levemente. Notó en peso de una capa larga sobre ella, demasiado suave para ser la de montaraz que ya había utilizado.

––Alzate como legítima Sierva de la Mar, Hioenoa, hermana.––dijo su hermano con la misma voz profunda y solemne de antes.

Se levantó despacio, e inclinó imperceptiblemente la cabeza a la gran masa de agua grisácea a la que serviría de ahora en adelante. Al girarse soltó los extremos de la capa, y miró a los ojos oscuros de su hermanastro, y ahora también hermano ritual.

––No te agradeceré lo que he conseguido por mis propios medios, pero te aseguro que nadie tachará mi lealtad para con los Deikierin.

––Jamás pensé de ti otra cosa.––señaló, sonriendo levemente.”

26/I/08

P.D.: “Cada uno interpreta su papel, y el mío es triste” W. Shakespeare*

*Esta es una antigua costumbre del fotolog que quiero retomar, era poner alguna cita que tenga escrita en el cuaderno rojo o alguna frase de esas que se dicen por la calle y te ríes de ellas, que al final terminaba poniendo. Al igual que también en el fotolog contaba cosas como las del principio, lo que llamo, amistosamente: desvaríos cuando me gusta perder el tiempo. Que también pondré cuando me apetezca porque me gusta hacerlo. Que seáis felices ¬¬.

P.D.2: Al final he terminado delirando como nunca, lo siento.