El ente plateado se retiró, dejando a la vista una escalera de piedra completamente negra. Valagiur envainó la espada, para que no vibrase en su mano y comenzó el ascenso. Al principio le resultó fácil, pero poco a poco la espada empezó a mostrarse inquieta, contagiándole a él. Había una presión en el aire que le dificultaba la respiración, una fuerza demasiado pesada para combatirla. Miró hacia abajo y encontró un abismo de niebla gris, envolviéndose en torno a otras dos escaleras que había a derecha e izquierda de la suya. Dio un par de pasos y cuando casi había decidido parar vio una figura a su izquierda, por el rabillo del ojo. Giró por completo la cabeza y se encontró oscuridad. ––Otro espejismo––pensó. Cuando reanudó la subida inconscientemente, la figura volvió. Esta vez no miró, había vivido ya demasiadas utopías con tiempos pasados.
––No me mires––ordenó una voz demasiado conocida y añorada.
Él, por la sorpresa no pudo menos que hacerlo, y la forma desapareció de nuevo. Se quedó observando el espacio largos instantes, decidiendo si la habría imaginado. Sólo podía hacer una cosa, y era obedecer. Se materializó de nuevo, y esta vez, la contempló de refilón. Continuaba igual que la recordaba, delgada y pequeña vestida con la armadura de cuero y anillas. La capa azul noche de Sierva del Mar le cubría la cabeza, pero alcanzó a ver algunos de sus rizos cobrizos. Sus ojos grises brillaban antinaturalmente, pero no le importó. Ella le sonrió cariñosamente.
––Hola, Valagiur. He venido a acompañarte un trecho, como tú hiciste conmigo.––su cadencia era cristalina.
––Hioenoa.––musitó.
––Veo que me recuerdas... Lo siento mucho, no debí marcharme de tu lado.
Él calló, con las lágrimas asomando en sus ojos índigos.
––Vamos, debes continuar. Yo iré contigo.––dijo, intentando tranquilizarle.
Reemprendió el camino casi al instante, mientras intentaba no apartar la vista de ella.
––Mira por donde vas, Arquero.––le soltó con mofa.
La obedeció con brusquedad, clavando los ojos en el suelo. Estaba recordando todas las veces que se había burlado de él llamándole Arquero, y comenzó a llorar. El silencio sólo era roto por los suaves sollozos de Valagiur, que a pese a todo continuaba andando. Al final, él levantó la mirada y vio que quedaban unos diez escalones hasta la luz, que seguía siendo igual de tenue que desde el suelo.
––¿Cuánto tiempo te quedarás aquí?––preguntó mirando de nuevo a la mujer.
––No lo sé. Me han invocado y he acudido, no puedo quedarme sin lo que me ata a ti, cuando él quiera me marcharé.––explicó.
––Antes de que te vayas debo decirte algo, aun a riesgo de incurrir la cólera de alguien.
Ella asintió.
––Perdóname, te lo ruego...––suplicó. ––Nunca debí dejar que te marcharás sola...
––Chtsss, calla. Aunque no sea mi cometido aquí, te diré que no te reprocho nada y por eso no puedo perdonarte. Mi temeridad en el océano ha provocado las iras de alguien, pero recuerda la última noche en la posada: los guerreros van al mismo orbe. Nos volveremos a encontrar, debes vivir un poco más. Hazlo por mí si no encuentras más razones. Pero no desfallezcas en senderos donde no pueda encontrarte...––le susurró al oído, intentando que las sombras que los envolvían no pudieran escucharlo.
Él asintió con la cabeza, pasándose la mano por pelo.
––Venga, levanta. El final de esto esta próximo.
Dio los últimos pasos sin apartar la mirada. Intuía que se esfumaría por momentos, en una nuble de humo. No pensaba en nada más que en ella. Necesitaba aprovechar todos los segundos de su compañía y atesorarlos. Su forma espectral despedía vapor plateado, como el polvo que vieron en las Suliäm. Tropezó al terminar las escaleras y, ante lo que contempló, comprendió porque era llamada la Cámara de las Ocho Espadas.
A un paso y medio de él había un gran pilón de piedra pulida. No reconoció el material, parecía una única pieza, con vetas blancas y negras intrincándose en una compleja red, que no era obra de manos humanas. Con dos zancadas salvó la distancia que le separaba del borde. Allí vio una visión que le sobrecogió. La fuente medía ocho metros de diámetro, y en el centro se elevaba una columna apenas más ancha que su muñeca, del mismo material que el borde exterior. Se elevaba ocho palmos, y en el extremo superior brillaba una bola de luz incandescente, que disipaba las tinieblas alrededor de todo el círculo. Temiendo lo que pudiera encontrarse, bajó la mirada, siguiendo la columna, hasta donde se bifurcaba en ocho estelas, mitad de piedra totalmente blanca y de armónica oscuridad. La que se encontraba frente a él se perdía en un lecho de fuego líquido que intentaba consumir las paredes de negras que lo contenían. El nicho era el hogar temporal de la espada. Lo sabía como una certeza que llevase en su cabeza toda su vida, al igual que entendía que un amanecer traería consigo el sol. A sólo veinte centímetros del fuego, una tiara de oro blanco con rubíes y minúsculas gemas negras engastadas giraba lentamente.
Reflejaba el fuego que ardía bajo ella y parecía recordarle para que se encontraba allí. Sin querer lo miró de nuevo, y, al instante, su mente sucumbió a él. La destrucción que irradiaba se adentró en su interior, amenazando con acabar con todo. No podía cerrar los ojos, porque aunque lo hiciese seguía sintiendo como el fuego le penetraba, sondeando y juzgando cada rincón de su pensamiento. Enloqueció por completo un instante antes de recuperar el dominio de sí y la razón, como si los dioses hubieran acabado con la locura.
28/I/08
P.D.: “Puedes ser solamente una persona para el mundo, pero para alguna persona, tú eres el mundo” Gabriel García Márquez.

No terminan de todo mal...? no? Se encontraran en el orbe de los guerreros al menos... y su amor ha sobrevivido a la muerte...
ResponderEliminarEs muy bonito... :)
PD: a veces G.G Marquez parece tambien un maestro en maldiciones... como todos los grandes aedos...
Bueno, que conste que traía preparado el post de casa y me he confundido de disco extraible. Mañana me levanto pronto y lo dejo. Lo siento.
ResponderEliminarUn saludo.