miércoles, 30 de abril de 2008

Subió las escaleras hasta cubierta. El capitán no había sido muy generoso en cuento a la paga, pero no le costaba nada viajar dos días al sur y entregar la misiva. Hioenoa no sabía cuando regresaría a Viasaf Ocnek, y no estaba de más tener dinero para regresar al norte. El billete en el Pato Rojo había acabado con sus últimas monedas.

La encontró apoyada en la barandilla de proa, mirando como el barco rompía las aguas a su paso. La luz de las lunas incidía sobre ella, como si resbalara por la capa negra. Estaba preocupada, no sabía porque la reclamaban en su tierra con tanta urgencia; y toda su incertidumbre le contagiaba a él. Llegó hasta ella e imitó su postura. Permanecieron largo rato en silencio, una con los pensamientos pasados revoloteando por su mente y el otro, con indecisas nieblas sobre el futuro. Al final Hioenoa le miró, y habló quedamente:

––Hemos tardado tres semanas más de lo previsto...

––El desfiladero de Forkuhl nos retrasó bastante, las nieves fueron demasiado tempranas. ¿Crees que llegaras tarde?

––Con total seguridad.

Valagiur suspiró, y volvió la cabeza hacia ella. Tenía la capucha calada y salía vapor cada vez que respiraba. Jugueteaba con la piedra, mostrándose extrañamente nerviosa. Su apariencia frágil era demasiado engañosa, a pesar de tener las espadas en la bodega. Agarró sus manos, impidiendo que las moviese. Ella lo observó sorprendida y después, casi sin cambiar la expresión de su rostro, pensativa. ––Desde hace tiempo he querido preguntarte algo.

Él hizo un movimiento con la mandíbula, indicando que hablara.

––¿Por qué llevas las piedras del Vanie al final del cuero?––dijo mientras rozaba su frente con los guantes.

La miró de nuevo, con una media sonrisa.

––Pensé que nunca me lo preguntarías, a pesar de que antes no parabas de observarlas. La verdad es que me pareció buena idea tener un veneno tan potente camuflado...

––Jamás pensé que fueras de los que eligen. En las tribus del oeste algunos jefes o estrategas también lo hacen, pero nosotros pensamos que es rendirse antes del final.––le explicó.

––Verdaderamente, intentaría envenenar primero a mis enemigos, pero si no es posible...––se encogió de hombros.––La vida comienza sin tu permiso, únicamente puedes elegir cuando acabarla y como. Donde nací no se considera una deshonra llamar a la muerte cuando el final llega, pero sí huir de ella.

––A veces olvido que procedemos de distintos lugares.––dijo mirando de nuevo por el río.

Valagiur recuperó la sonrisa y pasó un brazo por sus hombros.

––A veces lo olvidas, sí. Pero, por suerte, te lo sigo recordando.

Ella se recostó contra su pecho. Eso le sorprendió, no era muy dada a mostrar su cariño en público, aunque éste fuesen marineros.

––Nunca pensé que podrías tener tanto calor en una noche tan perra como esta.––le susurró, arrebujándose en la capa.

––¿Tienes mucho frío?

Asintió.

––Podemos ir abajo, dentro de dos días te esperan diez jornadas de viaje, además hace varios ciclos que apenas duermes.

Se rió suavemente.

––Y yo inquietándome por las ojeras que tienes..., ¡ay, Arquero, no debes preocuparte por mi sueño! A mí no se me nota cuando estoy cansada y a ti sí.

––Bueno, entonces intentaré dormir para que duermas tu también.

––Baja tú, iré más tarde. Esa habitación me agobia y la mini-cama compartida me hace desear dormir en el suelo.

––Puff, es verdad, no me acordaba de los ronquidos de la señora posadera sin posada. Creo que me quedaré contigo un rato más, no puedo permitir que te congeles y me dejes a mí el ‘marrón’ con la mujerona.––le dijo, mientras se colocaba a su espalda y la envolvía con los brazos. Ella pegó su cara a la de él.

––Sabes que no me gustas con barba y aun así insistes. Esto te costará caro, Arquero.

––Se puede saber como quieres que me afeite en un barquito de mala muerte donde el único espejo lo utiliza el capitán para mirarse su cara de cerdito congestionado.–– apuntó en un murmullo.

––Vale, tienes razón. Pero sabes que yo estoy dispuesta a hacerlo.

––Sí... me acuerdo de la primera y última vez. Llevaba tantos cortes que el general debió pensar que me rasuré con la espada, porque otra cosa... Antes de dejarte de nuevo mi cuchilla prefiero que utilices las cimitarras.

––No es buena idea, si lo hago no te quedaría cara la próxima vez.––se mofó, mientras reía de nuevo.––Ahora es uno de esos momentos en los que me alegro de que vinieses conmigo. Gracias, Valagiur, hacer este viaje sola habría acabado conmigo.

––Ambos salimos ganando, no me debes nada.––le contestó instantáneamente.

––Nadie a dicho que exista una deuda entre nosotros.

––No, no lo he insinuado. Pero existe un lazo por mi parte hacia ti, y eso paga todas las deudas entre nosotros, o por lo menos las tuyas.

Hioenoa se apartó y le miró a los ojos.

––¿Qué es eso que has dicho y lo del lazo?––inquirió.

––Bueno, es otra tradición del norte. Cuando una relación se profundiza lo suficiente, se puede reconocer un lazo entre ellos. Y es más fuerte que los de familia. Es depositar tu vida en manos del otro y saber que está a salvo. Considero que,... bueno, tú... tienes mi parte de la cadena, aunque nadie lo haya reconocido.––confesó. ––Todas las deudas de sangre, como las llamaste, están aplacadas.

Ella volvió a colocarse como antes y quedó en silencio.

––Aunque no regrese allí, todavía mi memoria recuerda viejas tradiciones.

––Entonces, las aceptaré. Estaba viendo que salvarte la vida me resultaría harto difícil con esa coraza tuya. Tendremos que establecer un puente entre nosotros, o por lo menos en cuanto a costumbres se refiere.

Valagiur esbozó una amplia sonrisa y la apretó más contra sí. Ella ronroneo y acarició sus manos.

––Imagínate la cara de la posadera si hacemos el amor encima de su cama.

––¡Luz! La mataríamos de un infarto.

––O se quedaría mirando y correría después al camarote del capitán. Sería lo mejor que podemos hacer. Nos quitaríamos dos problemas del medio, los ronquidos tanto del cerdito como del vacuno.

––Hay veces que me cuesta entender como tienes una mente tan pérfida.––bromeó, siguiéndole la corriente, aunque no pudo evitar que un gran bostezo saliese de su boca.

––Estás demasiado cansado para complacerme, Arquerito.

––¿No crees que lo de ‘Arquero’ es suficiente?

––No, ahora te lo mereces.––dijo, besándole en la comisura de los labios.––Vete a la cama, estoy bien.

––¿Y desaprovechar lo cariñosa que estas? Nunca.

––Bueno, pero confío en que no te caigas mañana por cubierta.

––Eso déjamelo a mí.

––No pensaba hacer otra cosa...

Permanecieron juntos hasta que la gran estrella apareció y los colores del amanecer tiñeron de rojo el cielo.

1/II/08

P.D.: “El arte de vencer, se aprende en las derrotas.” Simón Bolívar

P.D.2: Explicaciones para otro día, cuando el texto sea más corto.

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