Cuando recuperó el juicio, oyó como Hioenoa lo llamaba.
––Valagiur, por favor, apresúrate.––al mirarla vio como el polvillo plata había aumentado su condensación.––No podré permanecer aquí más tiempo. Deja la espada en su nicho.––susurró.
Él sacó la espada y la tomó en sus manos, con afecto. El latido había aumentado su velocidad, pero ya no le molestaba.
––Nunca supe que eras la espada de un dios, sino jamás te hubiese utilizado para cortar alimañas.
La cogió en su diestra y haciendo un movimiento hacía delante dejó que la punta tocase el fuego. Un aullido se elevó en la estancia, resonando en las paredes. La espada se había inflamado y el rojo combinó con el negro. Su primer impulsó fue soltarla de inmediato, al sentir como su brazo derecho se quemaba. Sólo la repentina aparición de otra presencia en su mente, le hizo aferrarse a ella con todas sus fuerzas. Un pequeño reducto en su cabeza ya no le pertenecía, podía sentir el espíritu de Hioenoa ocupándolo. El dolor se hizo insoportable. La cabeza amenazaba en estallarle en mil esquirlas de cristal. Había perdido el dominio de su brazo, aunque notaba el daño que el fuego le estaba causando.
El espacio fluctuó y se encontró de nuevo en la cubierta del Pato Rojo, el barco en el que habían atravesado el Viasaf. Tenía el brazo entorno a Hioenoa, que se acurrucaba contra él, buscando calor. Volvió a oscilar. La primera vez que la poseyó, en total oscuridad, lo rememoró en el momento álgido, sintiendo las sensaciones de antaño. La primavera en el Archipiélago, en El filo del Crepúsculo remontando el Ssven, frente al castillo de Tanerii... Lo estaba viviendo de nuevo, pequeños fragmentos de una vida que le era ajena. Luego comenzó con los recuerdos menos agradables. En todos había sufrimiento, pero ninguno como el que sentía en su brazo derecho, que no se correspondía con la anterior historia...
Las realidades pasadas se quebraron y regresó. Sólo sujetaba ya la empuñadura. La voz en su mente comenzaba a desvanecerse, abandonándole por instantes. Hundió la mano por completo, que ardió incandescente, y dejó la espada en el nicho; a la vez que el último vestigio de Hioenoa se evaporaba, con un murmullo incomprensible. No supo que le causaba mayor dolor, pero el grito resonó por toda la cámara, reverberando en las paredes grisáceas. La luz aumentó, blanquecina, e iluminó la alta cúpula. Después se apagó, y otras aparecieron en los ocho puntos de la fuente. Miró su brazo, asustado intentó retroceder, deseando que se alejara de él. Era una masa informe, carbonizada, que continuaba avanzando hasta su hombro. El color era aún anaranjado, como si el fuego continuase en su interior.
Oyó lejana la voz del ser androgino que le llamaba insistentemente. Comenzó a bajar los escalones de dos en dos, con la vista húmeda. Tenía miedo de la fuente y todo lo que le había pasado en la cima. Pero admitió que deseaba más que nada desterrar el sonido y la visión de Hioenoa junto a él.
Cayó en el suelo de piedra mientras cerraba los ojos. Notó una presencia a su lado, electrizante... Perdió de nuevo la conciencia, y se sumió aliviado en un océano de nada. Al despertar un instante después, sintió un frescor en todo su cuerpo. Miró a su alrededor, sin recordar aún lo sucedido. El ente se encontraba a su lado, contemplándole pausadamente.
––Debes marcharte de aquí, antes de que cierre las Puertas.––le ordenó con firmeza. ––El daño de tu herencia ha sido enmendado, abandona este lugar.
El fuego de su brazo había desaparecido, dejando una piel grisácea y arrugada, que se extendía también por el hombro. Estaba demasiado cálido, pero el dolor se había atenuado considerablemente.
––¿Dónde está Hioenoa?––preguntó, a pesar de conocer la respuesta. Se había marchado y dejándole de nuevo en la noche sin estrellas que era su existencia.
––Lo sabes. Nada podrá devolvértela jamás, ni la misericordia que los Cuatro creen que no mereces. Te he salvado a cambio de tu favor, pero no me dejan darte más. Vete con vida o desfallece aquí...
Se encontraba muy exhausto y no quería volver donde la luz le recordará otra vida.
––Elijo morir aquí.––susurró.
––Sea pues, pero este no es tu momento. Recuerda las palabras de la guerrera y sabrás cuando deberás partir. Agonizar cuando no te pertenece cambia el curso de lo que el Escritor te tiene reservado, pero no seré yo quién obligue a un mortal a la vida.––le explicó mientras se alejaba hacia la única de las ocho puertas que permanecía sin el sello dorado.
Valagiur se incorporó:
––¿Qué has querido decir?
––Puedes recordar la conversación, el fuego no llego a tocar tu corazón...––dijo, dubitativo, mientras alzaba la lanza de oro por encima de su cabeza.
––¡Espera!––gritó, levantándose con lentitud y yendo hacia la puerta.––Entonces, el juramento de la sangre... ¿se puede cumplir?––fijándose en ello con una mirada anhelante.
––Lo desconozco, el espíritu al que pertenece está exento de obligaciones aquí. Pero su poder no es vano, tal vez haya alguno capaz de lograr lo que sólo el Escritor conoce.
––¿Qué debo hacer?
––Vivir hasta que él lo haya considerado oportuno. No debes ser tú quién acabe con la vida que te entregaron.––la voz fue neutra, pero para él sus palabras fueron lo más cercano a la salvación que sintió jamás.
––Si sigo viviendo hasta que el destino me mate, volveré con ella...––musitó.
––Deja la vaina, cuando despierte sólo ella será capaz de contenerla.––dijo señalando con la cabeza el hombro de Valagiur.
Éste la soltó con la mano izquierda y la depositó en el suelo.
–– Ve. La necesidad de cerrar las Puertas apremia.
Él asintió y puso un pie en el umbral.
––Cómo llegaré al final del túnel, antes traía un guía.
––Encontrarás un camino en las rocas siempre que no portes más luces, la esperanza es la única que puedes permitirte.––y volvió a alzar el asta.
Valagiur se encontró frente al abismo laberíntico por el que debía regresar. De repente apareció una pregunta en sus labios:
––¿Por qué me ayudas?
El ser curvó sus labios en lo más parecido a una sonrisa que había esbozado en siglos.
––No eres el único que anhela regresar, o que espera un regreso.––le dijo, mientras las puertas comenzaban a aparecer, cerrándose con el metal carmesí y negro. Permaneció allí hasta que todo el brillo se apagó, y comenzó el camino de vuelta a ninguna parte. Pero tenía que hacerlo, la elección había dejado de pertenecerle.
30/I/08
P.D.: “Dando golpes en la pared de mi cárcel, esperando que alguien que no exista me oiga.”
P.D.2: Mi querido Gildur, a veces eres demasiado optimista...

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Miríadas de sendas desde el Abismo