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martes, 7 de julio de 2009

...ni el sueño que se desvanece



Nota: ésta es la última parte del relato que he ido colocando por el título, que me gusta mucho.

Verónica dio un largo sorbo al café antes de contestarle.

––Estaba preocupada porque..., pensé que podrías darte cuenta de que la seguías amando a ella más que a m-, a nosotros––se corrigió––y te marchases.

––¡¿Qué?!––otra sorpresa marcó sus facciones, aunque ahora era él el que se sentía disgustado.

––Que estab-

La cortó antes de que le tocase escuchar de nuevo aquella estúpida declaración:

––No, no, te he entendido––sacudió una mano para quitarle importancia, que luego llevo a la cara.

Si hubiese estado mirándola habría comprobado que acababa de envararse. Tras estar diez segundos pensando todo lo que implicaba su hipótesis, no pudo menos que echarse a reír.

––Joder, Verónica, eres increíble.––murmuró, casi para sí. Después alzó los ojos para mirarla y sacudió la cabeza, escéptico. ––A cualquier mujer le preocuparía el hecho de que he pasado la noche con otra, pero, a ti no, a ti te importa que haya dejado de quererte.

Apartó la mirada, no supo discernir si avergonzada o molesta porque estuviera trivializando sus sentimientos. Dejó el café en el suelo, junto a la pata del taburete y se acercó. Oyó como susurraba algo, pero no logró entenderlo.

––A ver, ¿qué has dicho?––preguntó, acuclillándose y apoyando la mandíbula en su rodilla. Ella negó con la cabeza, para restarle importancia, aunque todavía no le había mirado.

––Da igual––contestó, mientras hacia ademán de levantarse, aunque él se lo impidió.

––No, no da igual. Si te pregunto es porque quiero la respuesta––su voz transmitía un matiz que ella conocía: ahora no valían medias tintas.

––Vale, siento que no me importe, siento no ser como “cualquier mujer”, pero realmente, no me importa con quien te acuestes mientras vuelvas a dormir a casa, conmigo––tampoco en su tono había cabida para la ambigüedad.

El hombre apoyó la cara contra sus cálidas piernas, sin saber exactamente como debía reaccionar ante tal declaración. Sintió sus manos revolviendo el pelo de su coleta. Había cosas en aquella mujer que no entendería jamás, por mucho tiempo que pasasen juntos aún tenía afirmaciones que conseguían dejarlo clavado en el sitio.

––¿Qué piensas?––preguntó la suave voz, desde las alturas.

––En que eres la persona más curiosa que he conocido nunca. Da igual lo que haga, siempre tienes alguna idea peregrina que destruye por completo el esquema que tengo de ti––le contestó, con total sinceridad, alzando la cabeza para mirarla.

Ella mostró su peculiar sonrisa de lado, pícaramente.

––Al menos ahora sabes lo que siento yo. Todo el tiempo––le reprochó.

––Sí, ya, como quieras––bufó, haciendo un elocuente gesto con los ojos.

––¿Y se puede saber cuál es el esquema que te has hecho de mí?––preguntó, con un brillo en los ojos de inconfundible curiosidad.

––Ahora mismo, ninguno. Ya te he dicho que acabas de tirarlo a la puñetera basura––añadió, poniéndose en pie. Tomó la cara de la mujer entre sus manos y la miró con detenimiento. ––Aún quiero a Silvia, compartimos muchas cosas hace mucho tiempo, y no puedo decirte que no la quiero, porque es mentira. Pero, Verónica, eres la persona a la que más he amado en este mundo, la que más amo. A ti puedo decirte “te quiero”, porque sé que es verdad, porque puedo darle a esas palabras la amplitud que expresan, cosa que nunca harán con nadie más––declaró, muy serio, clavando sus ojos en los abismales de ella.

Se quedaron en silencio unos momentos, hasta que Hugo no aguantó más la dulce y penetrante mirada y la besó. Tras eso, se separó de ella, y alzó un dedo, como haría un profesor para anotar alguna explicación de última hora.

––Bueno, técnicamente, tienes un competidor.

Verónica enarcó una ceja.

––Sí, se llama Alejandro, muy a mi pesar––bromeó, antes de que un puñetazo le diera en el costado, y tuviera que fingir un quejido.

––Deja ya de quejarte––le recriminó con una sonrisa.

Él no supo si se refería al nombre o al golpe, pero decidió que no importaba mucho.


2/VI/09



viernes, 3 de julio de 2009

...rescata nunca el mundo que se pierde...



Nota: Esta es la segunda parte del post que se llamaba "Ninguna lágrima..."


Realmente no se arrepentía de nada de lo que había ocurrido, pero sólo podía esperar que Verónica entendiese su punto de vista. Tampoco la culparía si no lo comprendía, era lo más normal del mundo. Lo que más le dolía era que hubiese pasado toda la noche en vela, por él. No era nada placentero, y menos cuan-, el ruido de la puerta de la terraza al abrirse cortó todas sus divagaciones. Ella se apoyó a su lado y alzó la vista al cielo. Se había puesto una camiseta de deporte azul oscuro y unas bragas, pero estaba descalza y con las piernas al aire.

––No m-

––Anda, vamos dentro,––la cortó sin querer––no es racional coger un resfriado a mediados de mayo.––añadió mientras la empujaba con delicadeza de regreso a la cocina.

La cafetera ya estaba empezando a llenar el recipiente de cristal, así que él sacó las tazas de la alacena, el bote de azúcar, leche y dos cucharillas. Ella se sentó en la mesa sobre las palmas abiertas, con los pies colgando en el aire, y un enorme bostezo apareció en su boca, contagiándole también a él. Ambos sonrieron.

No queriendo dilatar más el tiempo, cogió uno de los taburetes que había bajo la mesa y se sentó frente a ella, para poder ver las expresiones de su rostro.

––Tengo algo que decirte.

Asintió como única respuesta.

––Estuvimos cenando hasta las once y media, pero después ella me invitó a su piso y acepté, intuyendo donde íbamos a acabar. Mi intuición fue acertada y hemos estado follando hasta las cinco, o cosa así. Luego me he venido––no pudo evitar que desde la palabra "follando" todo fuese casi un susurro.

––Ya lo sabía.––su respuesta lo descolocó por completo.

––¿Cómo que ya lo sabías?––frunció el entrecejo.

Se rió antes de contestar.

––No sé, me pareció obvio––se encongió de hombros. ––Siempre me has hablado de ella con cariño y sabía que de volveros a encontrar acabaríais haciéndolo irremediablemente. Cuando vino a casa buscándote y le di tu móvil ya sabía donde terminaríais.––le había sostenido su atónita mirada todo el tiempo.

La cafetera eligió ese mismo instante para pitar, indicando que todo el café estaba hecho. Él se levantó y comenzó a servirlo en sendas tazas.

––¿Y por qué lo hiciste?

Ahora se cambiaron las tornas y llegó el turno de ella para sorprenderse.

––¿Por qué hice qué?

––Darle mi número, decirme que había venido, no sé, todo en general.

––¿De veras piensas que te mentiría para que no te encontrases con una antigua amiga, por mucho que pudieses traicionar mi confianza con ella? No sé que opinión tienes de mí, Hugo, pero después de tantos años esperaba que me conocieses mejor. Gracias––añadió cuando le tendió la taza.

Él se dejó caer en el taburete, y se pasó una mano por el pelo, para apartar de su cara los mechones que se escapaban de la coleta.

––Sí, lo he dicho sin pensar, lo siento. Realmente no esperaba eso de ti. Pero no sé, me par-

––Entonces, si por un casual, uno de mis amores de juventud––él no pudo evitar sonreír ante la absurda referencia––se pasase por aquí en mi busca, ¿tú harías algo para que no nos reencontrasemos?––había un deje de reproche en su voz que no le paso desapercibido.

––No, nunca haría eso.

––Entonces, ¿por qué piensas que yo sí?––ahora estaba empezando a enfadarse.

––Joder, no, te he dicho que se me ha ido la pinza. Sé que tú no lo harías, al igual que no lo haría yo––el cansancio que sentía no ayudaba mucho a organizar los pensamientos que notaba revolotear en su cabeza. ––Siento haberlo dicho, ¿vale? No rijo mucho esta noche.

No contestó a sus disculpas. Quiso pensar que eso significaba que las había aceptado.

Permanecieron en silencio un rato, hasta que una pregunta asaltó la mente de Hugo. ––A ver, si ya sabías que íbamos a acabar juntos, ¿por qué has permanecido despierta?

Antes de contestarle suspiró.

––Ya te lo he dicho: estaba preocupada––no parecía quedar rastro de enfado, o al menos no lo dejaba traslucir en su voz. Más bien le pareció cansada por tener que explicarle eso.

––Pero, ¿por qué?––insistió.




P.D.: "La muerte como final del tiempo que se vive sólo puede causar pavor a quien no habe llenar el tiempo que le es dado a vivir." Viktor Emil Frankl.

martes, 2 de junio de 2009

Ninguna lágrima...





Tras cerrar la puerta despacio a sus espaldas, se quitó la sudadera negra, que dejó colgada por la capucha en el perchero, y los zapatos, para evitar hacer ruido mientras avanzaba por el pasillo. Vio una rendija de luz filtrarse desde el dormitorio. Un suspiro apesadumbrado escapó de su garganta, al pensar que ella había estado despierta toda la noche, esperándole. Aunque también cabía la posibilidad de que se hubiese quedado dormida con la luz encendida, así al menos habría descansado algo. Miró el reloj de pulsera de nuevo, pese a que sabía que eran las seis menos cuarto de la mañana, y que apenas quedarían veinte minutos para el amanecer. Abrió con cuidado, para echar un vistazo antes de entrar. Estaba despierta, sentada en la cama, con un libro en las manos y tapada sólo hasta la cintura con una sábana. Levantó la cabeza cuando le vio entrar, mirando por encima de sus gafas. Él la saludó agitando la mano, mientras se acercaba a la cuna que había al fondo de la habitación. Como era de esperar Alejandro dormía profundamente, con una de sus pequeñas piernas destapadas y el peluche de un perro-lobo gris a sus pies. Casi metódicamente volvió a taparle y colocó de nuevo el muñeco cerca de sus manos, sin poder evitar enredar sus dedos en los cabellos oscuros. Él no se movió lo más mínimo; a veces envidiaba el sueño de su hijo, estaba seguro de que él si se hubiera despertado.

Cumplida una parte se giró para terminar la otra. Había cerrado el libro y dejado las gafas sobre la mesilla, ahora tenía los brazos cruzados sobre sus pechos desnudos. Apoyó las rodillas en el borde de la cama y se tumbó para darle un beso, que correspondió levemente.

––¿Qué tal te ha ido?––preguntó en un susurro, pese a que sabía que nada conseguiría despertar al único durmiente.

Él se encogió de hombros.

––No ha estado mal. ¿Por qué te has quedado despierta? Te dije que llegaría tarde.––su voz sonó más áspera de lo que le habría gustado, pero le molestaba que ella no hubiera dormido en toda la noche.

Frunció los labios, antes de contestar, irritada por el tono que él había utilizado.

––Estaba preocupada––pese al gesto anterior, le pareció una disculpa.

Miró sus ojos llenos de pena, o eso creyó, y supo que no podía mentirles, ni siquiera ocultarles la verdad hasta mañana al medio día, como había sido su intención desde el principio. Él nunca mentiría a las personas que amaba, ni siquiera para evitarles dolor. Se dejó caer sobre su hombro, cansado, y sintió como ella le acariciaba el pelo.

––Voy a hacer café, ¿vienes?––no le apetecía hablar en aquella habitación, además iba a necesitar más de una taza si quería poder ir al trabajo.

Oyó un sonido de asentimiento desde la posición privilegiada que ocupaba, en su regazo, así que se puso en pie y fue a la cocina. Aún no se veía nada de claridad por la puerta de la terraza, pero no pudo menos que salir a comprobarlo tras haber encendido la cafetera. Fuera hacia frío, las madrugadas de mayo todavía lo eran y él sólo llevaba puesta una camiseta de manga larga y estaba en calcetines. A pesar de ello se acodó en la barandilla para contemplar el escaso trozo de cielo negro que se veía desde allí, salpicado con dos tenues estrellas.





lunes, 11 de mayo de 2009

Los licántropos son un poco radicales, ¿no?



Coste de oportunidad

El paisaje que se veía a través de la ventana a penas había cambiado, quizá la tarde se había oscurecido ligeramente y un par de hojas más habían caído, ya rojizas, sobre las baldosas de piedra. Estaba hastiado de aquella tarde, de los incontables momentos que habían transcurrido desde que se sentó en aquella silla de madera y abrió el libro frente a sí. Podía perfectamente haber recogido los apuntes y abandonado, al fin y al cabo, daba lo mismo un seis que un siete, y estaba completamente seguro de ser incapaz de sacar mayores puntuaciones. Le costaba entenderlo, y aún más explicarlo, y era demasiado temario para aprenderlo de memoria, como había hecho hasta ahora.

Su mirada se deslizó por la realidad para posarse sobre el libro de texto, con tres tipos de rotulador fluorescente e innumerables anotaciones a lápiz; eso era lo peor de heredarlos, lo que su hermano consideró importante no lo fue para su hermana ni tampoco lo de ambos para él. Que más daba que al sector terciario pertenecieses las asesorías, las entidades bancarias, los servicios comerciales y un largo etcétera si no había subrayado que significaba ese sector. Pasó la página y alzó una larga mirada a la siguiente, ni por asomo mejor que la anterior.

Comenzó a leer por encima, a inventar los inexistentes diálogos de un inexistente interlocutor, que se esforzaba por hacerle entender los conceptos sencillos que se negaban a permanecer en su mente. Unas palabras se colaron entre el amasijo, resaltaron cual incendio entre la hierba seca. “Renunciará a todas las demás”. Se remontó al inicio de la pregunta, cuyo significado desconocía, e intentó con más denuedo desempañar el significado que parecía ocultarse de él.

Decía llamarse coste de oportunidad, el precio de elegir una opción, el gasto que conlleva desechar todas las demás, perderlas. Él, en su dramática mentalidad adquirida gracias a las frustrantes semanas en las que había vivido, lo extrapoló a su vida, a cualquier decisión que había tomado y de la cual tenía constancia. Algunas tuvieron fácil respuesta, el color de calzoncillos era irrelevante, el sabor de los regalices o, incluso, el menú de esta semana. Nada le condicionaría, ya que podría escoger cualquiera de las otras opciones en otro momento, seguirían estando allí.

El problema se presentaba en elecciones que tomó en el pasado y ya no podían remediarse. Que matricularse en un instituto, unos determinados amigos (que en contra de lo habitual, él eligió siendo plenamente consciente), las notas obtenidas, su primer beso... Todo ello tenía ahora sus consecuencias, quizá si hubiera cambiado algunas de ellas su vida daría un giro de noventa grados (pensar en mayor cantidad era bastante más doloroso). Entonces cayó en la cuenta de que no importaban tanto las consecuencias como el mero hecho de que había cientos de cosas que habían quedado en el tintero, que nunca serían narradas en el libro de su vida, solamente porque las había eliminado. Porque no reflexionó lo suficiente, o tal vez porque lo hizo demasiado y no alcanzó ninguna conclusión satisfactoria. Pero, en realidad, ¿era el plenamente consciente de aquellas bifurcaciones ante las que a veces ni siquiera paró a mirar? ¿Había sabido lo que estaba haciendo al elegir o sólo fue fruto del más miserable azar, de los irracionales sentimientos que habían tomado decisiones por él? Nunca había sido muy reflexivo, y tampoco le gustaba hacer cábalas erróneas sobre un futuro que no sucedería como esperaba. Si bien quizás debería haber sido más maduro, estudiar más y aprender. No perder infinidad de tardes paseando o infinidad de noches observando las estrellas. Debería aprovechar más el tiempo, hacerlo ahora que aún le sobraba. Sacrificaría algunas cosas que no le aportaban nada. Ya tendría tiempo de vivir esas sensaciones cuando creciera, en vacaciones, cuando tuviese dinero...

Con ánimos renovados se colocó en la primera página y empezó otra vez desde el principio. Haciendo resúmenes, anotaciones al margen, estudiando con aquel método que casi garantizaba el aprobado. En su mente se estaba formando un posible futuro perfecto, con él licenciado en económicas y una brillante carrera que le conduciría a la felicidad. No le costaba estudiar aquel estúpido libro de texto mientras su inconsciente seguía una perfecta línea de pensamiento que conducía irremediablemente a su final. Se paró en medio de una frase, y hubo de parpadear varias veces para borrar del fondo de sus retinas la imagen de su ataúd adentrándose para siempre en un nicho de mármol blanco. Una exhalación escapó de su garganta, al darse cuenta de lo pronto que terminaría su vida. En su maravillosa historia vivía hasta los ochenta y siete, pero, ¿qué eran ochenta años comparados con todas las cosas que quería vivir, con todo lo que tenía que ver y aprender? Sabía que necesitaba mucho más tiempo para pasar con la gente que quería, para conocer a muchas otras personas.

Cerró el libro que tenía delante y metió todas las hojas en la mochila, se levantó haciendo que la silla chirriase contra el suelo. Una chica que se encontraba enfrente le echó una mirada de enojo, a la que respondió con una amplia sonrisa, que la desconcertó aún más. Sabía que hoy no conseguiría concentrarse, no podía mantener a su corazón parado entre esas paredes silenciosas. Para bien o para mal, la suerte en el examen de mañana estaba echada, hoy había preferido vivir.



Cuando salió de la biblioteca comenzaba a caer una leve llovizna, que hizo que alzase la cabeza y dejara que las pequeñas gotas bañasen su cara y mojasen su boca. Se subió a su bicicleta, en principio, rumbo a ninguna parte, esquivando coches de forma temeraria. Cuando pasaba por una tienda de regalos se acordó de alguien, que según sus cálculos, siendo martes como era, a las siete menos cuarto, debía estar en su casa, enfrascada en algún misterioso estudio sobre los colores del océano. No hablaba con ella desde hacía varias semanas, se habían enfadado por una estúpida razón que, hasta hacía una media hora escasa, no estaba dispuesto a perdonar a no ser que ella se disculpase primero. Ahora quería pasar esa inigualable tarde de otoño a su lado, a ponerle un tope al reloj para hacer que sólo existiese el crepúsculo. Llovía con más fuerza cuando llegó a su portal, y se encontraba completamente calado, con el pelo chorreando agua sobre las baldosas. Dejó la bici dentro pero volvió a salir a la calle para llamar por el interfono. Oyó una voz femenina al otro lado.

––¿Está ella?––preguntó.

––¿Hugo? ¿Qué haces aquí?––su voz reflejaba un matiz de disconformidad que no le pasó desapercibido.

––Vente, que te espero en la aduana del cariño, con un carné falso, con una foto de cuando era un niño.––le cantó, antes de hundirse de nuevo bajo la lluvia, poniéndose frente a la ventana de su comedor, sabiendo que ella se asomaría. Pero no lo hizo.

No pasó un minuto antes de que ella apareciese en el portal, con una mirada incrédula plasmada en su semblante, mientras veía como él se encontraba bajo la lluvia con los brazos en cruz y la boca abierta, mirando al cielo encapotado.

––¿Qué coño estás haciendo?––le gritó aún desde el portal. Había bajado en pijama, con deportivas y una cazadora, preocupada por su presencia allí, que jamás hubiera esperado. Él la miró y sonrió, con esa sonrisa que la había enamorado hacía ya algunos años. Se acercó hasta ella y le tendió una mano, invitándola a salir con él bajo la lluvia.

––Vivir, ¿vives conmigo? La vida es demasiado corta como para enfadarme contigo por esas minucias, como para permitir que tú te enfades conmigo.

Ella le devolvió la sonrisa y tomó su mano, que la condujo bajo la cascada de agua dulce, helada. Al principio, se limitaron a permanecer abrazados, mojándose juntos.

––¿Quieres bailar?

––¿Bailar bajo la lluvia no es demasiado romántico?––le susurró entre risas.

––Tal vez.––le contestó cogiéndola por la cintura y atrayéndola hacía sí.

Cantaron Vente unas cinco veces hasta que el frío de noviembre se hizo insoportable y ambos tiritaban.

––Vamos a casa.––le propuso.

Él se rió, antes de seguirla hasta el portal.

––¿No estarás intentando llevarme hasta tu cama? Sabes que un chico de mi inocencia no lo soportaría.––dijo, mientras se escurrían las ropas en el portal.

––¡JA! No sueñas tú ni nada. Como no quieras que te desvirgue en el felpudo lo veo difícil, porque me he dejado las llaves dentro.

––Joer, entonces me veré abocado a perder todo romanticismo en mi primera vez. Que mala eres para conmigo.

––Cállate, no sea que te oiga alguna vecina, porque en mi edificio son así, antiguas y radicales. Además estás dando cosas por supuestas, demasiadas para mi gusto.

Estaban subiendo las escaleras hasta el primer piso, que era donde ella vivía. Empujó la puerta varias veces, sólo para comprobar que estaba cerrada. Después llamó al timbre compulsivamente. Mientras tanto él se dedicaba a hacer un ruido de fallo y decir “error”, con sorna.

––Vamos a probar la última opción.––dijo, mientras llamaba al timbre de la puerta de enfrente.

––¿Qu-?

––Calla, primo Ismael, que la señora Tomasa tiene llaves de mi casa.

Como única respuesta él le pellizco el trasero sin demasiada fuerza, pero consiguió que ella diese un respingo y se tocase el culo, falsamente compungida. De hecho, cuando una mujer mayor con delantal abrió la puerta la encontró en esa tesitura, aunque la disimuló con facilidad.

––Hola, niña. ¿Qué quieres?––dijo, mientras la mirada por encima del hombro para evaluar al chico, frunciendo el labio.

––Buenas tardes, Tomasa.––la saludó con un tono de voz que nunca la había oído utilizar. ––Me puede dejar las llaves de mi casa, es que salí con prisa, y no me acordé de cogerlas.

––Ay, ay, qué cabeza...––comenzó a murmurar antes de cerrarles la puerta.

––Ahora es cuando nos las da.––le susurró, con una sonrisa.

Unos segundos después la puerta volvió a abrirse y la señora le tendió un llavero de la Expo, con dos llaves, que ella se apresuró a coger.

––¿Y-?––quiso empezar a hablar la mujer.

––Muchas gracias, doña Tomasa, no sé que íbamos a hacer sin usted.––le dijo, devolviéndole las llaves antes de meterse rápidamente en su casa, cerrando la puerta tras ellos.

No pudieron evitar reírse nada más caer en el sofá, sobre una manta.

––¿Y esa voz que has puesto?

––Es la que me sale para hablar con gente mayor.––le contestó, encogiéndose de hombros, mientras se levantaba, escurriéndose entre sus brazos.

Se quedó de pie, en jarras, mientras le observaba con detenimiento.

––¿Te he dicho alguna vez lo bien que te sienta la ropa mojada?––le soltó, mientras le devolvía la miraba evaluativa. Ella hizo ademán de taparse. ––Sobretodo ese pijama, umm, quien fuera gota de lluvia...––un cojín le dio de lleno en el rostro.

––Me voy a duchar, ¿vienes o no?––dijo, antes de salir del salón y encaminarse al baño. Cuando se levantó del sofá y salió al pasillo se encontró un camino de ropa que llegaba hasta el baño, de donde salía una luz mortecina y parpadeante. Tardó apenas diez segundos en desnudarse y alcanzar el cuarto de baño, iluminado por cinco velas de color azul. Ella estaba sentada en el váter, apoyando la cabeza sobre las palmas de las manos.

––Nos hemos quedado sin electricidad, no pienses que esto es algo estúpidamente romántico.

Él se había apoyado en el marco de la puerta.

––¿Sabes? Por una vez no me importa.



10/V/09



P.D.: “La vida es demasiado valiosa. Sobretodo para mí, que soy cristiana y sólo tengo una.” Ana y el rey.



jueves, 2 de abril de 2009

Lïmites

Estaba mirando con plena concentración las cartas que sostenía en la izquierda, tras haber observado también a sus compañeros de mesa, intuyendo posibles movimientos. No tenía posibilidades de ganar, lo supo desde el mismísimo instante, apenas unas jugadas atrás, que Ana había sonreído ampliamente. La abuela esquimal parecía la única capaz de sacarle de aquel atolladero, junto con su esposo pescador y una niña que patinaba sobre el hielo, recién llegada, pero no lo creía posible. Había llegado a tener el matrimonio tirolés, pero aquella niña de rubias coletas siempre conseguía esa familia, aún no había entendido cómo. Desechó el hijo bantú cuando llegó su turno.

––¡¡Bien!!––dijo el niño que se encontraba a su derecha, al ver robado tras él. Carlos era un niño de siete años, moreno, que había conocido hacía un par de semanas. A pesar de sus sonrisas, que enseñaban una boca en transición, donde faltaba uno de los paletos, no podía olvidar la marca roja que llenaba su mejilla, ni de imaginarse el golpe. Le sorprendía la entereza que tenían esos niños, no la hubiera creído existente; él no lo habría soportado. Eran hijos de la sangre, miembros de familias que sangraban por cada fisura, demasiadas, tantas que no conseguía entender como continuaban unidas. Un suspiro apesadumbrado escapó entre sus labios, sin querer, al recordar los lúgubres pensamientos que se colaban en su mente cuando pasaba las tardes en esa casa, y que, generalmente, conseguía mantener a raya hasta que salía de allí.

Cinco cabezas se giraron o levantaron para mirarle con preocupación, conscientes de su incertidumbre. “––Joder, soy gilipollas”.

––¿Qué? No me miraríais así si supieseis las cartas que tengo, puedo quejarme lo que quiera.––consiguió sonreír sin mucho esfuerzo.

Todos rieron, creyéndose posibles ganadores. No terminó de bajar la mirada de nuevo cuando sintió como una mano se apoyaba cariñosamente en su hombro y una voz le susurraba al oído un instante después:

––Preguntan por ti afuera.

La voz de Carolina era suave, y tenía un acento sevillano que la hacía aún más agradable. No se le ocurría quién podría ser, pero le importaba poco, estaba demasiado a gusto.

––Termino esto y salgo.––le contestó con resolución.––¿A qu-...?

––Creo que deberías ir ahora.––su voz tenía un deje de impaciencia que le sorprendió.

Los niños estaban con las miradas fijas en ellos, incluso alcanzó a ver la casi completa familia tirolesa entre las manitas de Ana.

––¿Quién es?––le preguntó de nuevo. Si intuía asuntos desagradables, los retrasaría.

Carolina negó con la cabeza.

––No ha dicho quien es, pero es necesario que salgas. No puede esperar.

El tono de su voz o las palabras, o algo que no tiene nombre, hizo que una especie de escalofrío recorriese su espalda. Se levantó de la pequeña silla, le dio un golpe a la mesa con las rodillas, dejó las cartas vueltas sobre la mesa y salió del cuarto de juegos. Recorrió los pasillos de la casa, nervioso. Al final del pasillo, que en realidad era el principio, se hallaba una mujer, dentro, pero a un solo paso de la puerta. Vestía una falda negra a tablas, botas altas y medias, un abrigo negro y una blusa blanca, que llevaba abotonada hasta casi el cuello. El pelo castaño, largo, caía a medias sobre una cara pálida, a la que daba color un ojo amoratado, una herida en el labio inferior y unas pupilas esmeriladas que sangraban de tanto llorar. Era una cara que conocía bien, pese a los dos meses que habían pasado desde que la vio por última vez.

Ella se fijó en él, pero no se movió lo más mínimo. Agachó la cabeza, como si esperase una reprimenda, por no haberle escuchado en su momento. Salvó de dos zancadas la distancia que los separaba y la abrazó con ternura, pero firmemente. No respondió con ningún movimiento, continuaba con los brazos en los costados, agarrando su bolso azul. No sabía cuanto tiempo transcurrió mientras se mantenía aferrado a ella, para no caer en una vorágine de violencia que comenzaba a crecer en el centro de su ser, pero necesitaba más aire del que conseguía respirar entre sus cabellos.

––Ven, acompáñame a recoger mi bolsa y nos vamos.––musitó en su oído antes de separarse de ella. La agarró de la mano y reemprendió el camino de vuelta.

––Te e-...––no habló lo suficientemente alto como para ser oída, así él hizo que no la oía. En cambio, le dio un ligero apretón.

Cuando comenzaron a escucharse las voces de niños, pareció ponerse más nerviosa. Intentó tranquilizarla de nuevo acariciando el dorso de su mano. Le hubiera gustado poder mirarla y sonreír, pero no se creía capaz ni siquiera de parecer imperturbable. La mayoría ni siquiera se percataron de su entrada. Sólo Carolina y Sandra, una joven monja latinoamericana, mostraron un ceño fruncido al verle entrar con ella. Se encogió de hombros, sin disculpa, y llegó hasta su mesa, donde había seis montones de cartas y ya ningún jugador. Por curiosidad, levantó el montón que le había pertenecido. De la familia esquimal no quedaba ningún miembro, ni de la mejicana, ni de ninguna otra que no fuera la árabe, de la cual, misteriosamente, tenía las seis cartas. Se las apañó para recogerlas todas con la mano derecha, mientras su acompañante entrelazaba entre los dedos de su siniestra, sus otros cinco dedos, antes ocupados en el bolso.

Al salir dejó las cartas en una repisa alta, del perchero de pared cogió cazadora y una bandolera negra que siempre llevaba encima.

Alcanzaron de nuevo el punto de encuentro y traspasaron la puerta de madera. Fuera lucía un esplendoroso sol de media tarde, primaveral, aunque el viento era frío y cortante. No hablaron en todo el camino de regreso al centro de la ciudad, ella, simplemente, se limitó a aferrar su brazo y apoyar la cabeza en su hombro. La otra mente, en cambio, contrastaba con la pasividad de sus movimientos, al estar llena de inconexas ideas de las que no era muy consciente.

1/IV/09

jueves, 26 de febrero de 2009

Insomnio



--No lo sé, ya te lo dije, estoy de paso.

--Llevas quince años estando de paso.

--Ves, y ahora me tengo que ir.



P.D.: "Y ahora aprieto el émbolo más fuerte..." Carlos Chaouen.

P.D.2: ...

domingo, 8 de febrero de 2009

...y mi esperpéntica visión del mundo

Domingo, 8 de febrero de 2009, 18:30



Recuerdos en el fondo de un espejo

––¿Y cómo quieres que se lo diga?

––¿Decirle qué?

––Joder, no seas puta, sabes a lo que me refiero, que su padre era un suicida.

––Mal asunto, sí. Aunque a lo mejor temes más decirle que su madre es una asesina.

––Yo no he matado a nadie.

––Oh, ¿ya no te acuerdas de Alejandro? Alto, moreno, ojos índigos, tu amor durant-

––CÁLLATE.

––Durante años, idealista, médico, el padre de tu bebé, fotógrafo y... no sé, seguro que me dejo algo.

––Perdido, distante, sonámbulo, loco, soñador, agradable, irreflexivo, absurdo, cabrón, oculto, indómito, delirante, destructor, solitario, inocente...

––Sí, sí, veo que te acuerdas.

––Inocente...

––Bueno, realmente esa no era su mejor cualidad, alguien inocente no comete suicidio.

––Deja de repetir esa palabra una y otra y otra y otra vez.

––¿Cuál, suicidio? Suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio, suicidio... Puedo deletreártela: S-U-I-C-I-D-I-O, S- U-I-C-I-D-I-O, S-U-I-C-I-D-I, o, vamos Helena, no te pongas otra vez a llorar, pareces una fuente.

––...

––Todavía no te has dado cuenta de que llorar no sirve de nada, eres estúpida, más te valdría desangrarte en la bañera que continuar con tu miserable vida, no eres más que un despojo.

––¿Crees que no lo sé? ¿Crees que no lo he pensado? Tú no eres la única que sabe lo que hay.

––Sí, ya, pero soy la única que no intenta ocultarlo. Tienes miedo y punto. Siempre fue él el valiente, tú te limitabas a dejarte guiar.

––Y mira donde le condujo su valor.

––A ti, a estar contigo pese a lo que todos le dijeron.

––No me refería a eso.

––A vivir una vida que siempre envidiarás, entonces.

––...

––Joder, deja de berrear de una puta vez, no eres ni la mitad de buena de lo que merecía, y aún así estuvo cont-

––Para de una puta vez, nadie te ha pedido consejo ni que estés aquí.

––Pero quién es la cobarde que tiene miedo de echarme y quedarse sola, porque yo no estaría aquí si no lo hubieses pedido.

––Pues ahora pido que te vayas.

––¿Estás segura?

––... Sí

––Has dudado, tu vida es una desdichada duda que tienes miedo de cambiar. ¿Por qué no te alejas de una puta vez del gris y te decides? Algún día tendrás que tomar el camino, la vida o la muerte, no puedes permanecer eternamente en la encrucijada; y cuando lo hagas estaré allí para darte la enhorabuena, no me importará si erras, pero hasta entonces seré tu infierno, un tormento sólo destinado a ti.

––Márchate ya, no tengo miedo a tus amenazas.

––Oh, sí que lo tienes, ¿sabes por qué? Porque aún no has tenido la valentía necesaria para acallarme.

––...

––Adiós, Helena, mataste a Paris y cualquier intento de negarlo será infructuoso. Pero, ah, que ironías tiene la vida, ¿quién le iba a decir que serías tú quien le matase?

––Vete de mi vida, zorra.

––Ah, ah, eso es imposible. S-U-I-C-I...


8/II/09



P.D.: "En mi mirada lo he perdido todo./ Es tan lejos pedir. Tan cerca saber que no hay." Alejandra Pizarnik.


P.D.2.: "Que a fin de cuentas/ son por las cosas porqué te fuiste/ Por las cosas que nunca te dije." Carlos Chaouen.


P.D.3.: Quiero dejar de escribir, de leer, quiero dejar...

viernes, 16 de enero de 2009

Cazador de delirios



Viernes, 16 de enero de 2009, 0:12

El viento frío de media tarde le dio de lleno en el rostro, haciendo se subiese la palestina negra y gris hasta la nariz y abrochase su cazadora beige. Metió las manos en los bolsillos y se encaminó hasta el paso de cebra, deseando meterse cuanto antes en el metro. Vio como un hombre la observaba, o eso le pareció, tras unas gafas oscuras pese al día nublado de otoño, que llevaba amenazando llover desde que nació, muy de mañana. Le resultó extrañamente familiar. Estaba sentado en el respaldo de un banco, con un cigarro, evaluándola con indecisión. Clavó la vista al frente, ignorándole. Por el rabillo del ojo vio como se levantaba y caminaba hacia ella, con una mano en el bolsillo y en la otra, sujetaba algo que no distinguió. Esperó hasta tenerlo más cerca para girarse, y observarle, intentando averiguar de quién se trataba.

Le echó veinte muchos treinta y pocos, metro ochenta y pico, delgado, rasgos marcados, labios agrietados y un poco morados, piel pálida, aspecto cansado, como si llevase días sin dormir; vestía un abrigo de pana negro y largo, vaqueros desgastados y deportivos, también un sombrero de ala corta, gris. Su mano enguantada sostenía el cigarrillo y el tallo de un crisantemo blanco, con la corola boca abajo. Se sorprendió al percatarse de su examen, pero continuó.

––Eh... ¿Eres Verónica Riesco?––su voz era profunda, pero un poco ronca.

Le observó con detenimiento antes de asentir, dubitativa. Perfiló una sonrisa vacilante, antes de dar una calada al cigarro y subirse las gafas a la cabeza. Tenía los ojos verde esmerilado, grandes, que destacaban en su cara.

––¿Y tú eres...?––aquel hombre la estaba poniendo nerviosa. Si no fuesen las seis de la tarde y la calle estuviese llena de gente, le dejaría allí plantado.

Le devolvió una mirada agradecida, mientras le tendía la diestra, envuelta en un guante de cuero negro.

––Hugo Jiménez.

Se la estrechó con renuencia, buscando en su mente algún recuerdo que le hablase de aquel nombre, de aquel hombre, pues creía conocerlo, o haberlo conocido en el pasado.

––Oye, lo siento, pero no caigo. ¿Nos conocemos de algo?––cuando esta intranquila era bastante directa, no tenía paciencia para la diplomacia en esos momentos.

Él desvió bajó los ojos, y carraspeó, antes de mirarla de nuevo, aunque no volvió a dejar que sus ojos se trabasen.

––Bueno, esto... Me han dicho que fuiste tú quien me salvó la vida hace dos meses.–– dijo, susurrando.

Sí, era él, casi sin lugar a dudas, ahora recordaba. Pensó que estaría muerto, por eso no había vuelto a llamar al hospital. Había preferido pensar que habría sobrevivido, y negar lo que su razón no paraba de clamar: “Habría muerto si tú no hubieses aparecido, ¿de veras piensas que va a luchar por una vida que él mismo se quitó?” Y ahora que estaba frente a ella ya no se acordaba de ese sentimiento.

Sintió como el rubor tenía sus mejillas, tapadas por la tela. Fue ella quien desvió la mirada ahora, sin saber que contestar.

––Sí, supongo que resulta raro. Venía a darte esto.––dijo, tendiéndole la flor.

La cogió sin darse cuenta.

––Me gustaría invitarte a un café o a cualquier bebida caliente que pueda apetecerte.

Desde hace horas le olvidado lo que se siente al tener nariz.––su voz sonaba afable, y no parecía enfadado con ella; si bien aún no sabía que pensaba de estar vivo. Su aspecto no era el de alguien que quiere empezar de nuevo, sino que ha pospuesto para mañana lo que debería haber terminado ayer. Movió la cabeza para indicar asentimiento, antes poder pensarlo con claridad. Nada más haberlo hecho se arrepintió, pero algo se iluminó en el semblante del tal Hugo, por lo que le fue imposible rehusar.



Abrió la puerta de un café a pocos minutos del hotel, mientras extendía la mano, indicando que pasase primero. Era un lugar cálido, con grandes cristaleras que daban a la calle, mesas redondas y sillas de aspecto futurista; una extraña combinación.

––¿Fumadora o no fumadora?––le preguntó.

––Fumadora.––ocasional, pero ahora agradecería un cigarro.

––¿Qué quieres tomar?

––Un café con leche y un pincho de tortilla.––no había comido nada desde el desayuno, y aunque no solía hacerlo hasta la cena hoy su estómago le estaba jugando una mala pasada.

Él se encaminó hacia la barra, por lo que se puso a buscar una mesa. El bar estaba bastante lleno, por lo que se conformó con una junto a la pared. Se quitó el abrigo y la chaqueta, quedándose con la camisa blanca y la falda negra del uniforme. Dejó el crisantemo sobre la mesa, deseosa de librarse de él.

Aún no entendía como coño había aceptado aquella invitación, era todo absurdo y surrealista. No quería conocer a ese hombre, alguien que terminaría suicidándose, no necesitaba una relación así, ni siquiera la certeza en su mente de que le conocía, aunque sólo tuviese que saludarlo por la calle. Se habían mantenido en silencio hasta llegar aquí, y no sabía qué tema tratarían ahora, se negaba en rotundo a hablar de aquel día.

Llegó a la mesa, cargado con dos cafés y la tortilla. Después se quitó el abrigo y la sudadera, dejó el sombrero sobre la mesa y se sentó frente a ella. Tenía el pelo recogido en una coleta baja. Subió de nuevo las gafas a la cabeza y se arremangó la camiseta negra, dejando al descubierto la cicatriz de su antebrazo, aunque llevaba atado un pañuelo en la muñeca izquierda. Se debió dar cuenta de que lo estaba observando, ya que giró el brazo mientras echaba azúcar al café.

––No me apetece andarme por las ramas, así que: ¿por qué entraste en mi habitación?

––Pues porque estaba limpiando las habitaciones de esa planta.––respondió con brusquedad. Esa era fácil, sin embargo sabía la existencia de una que no tardaría en llegar, y para esa no tenía respuesta.

––Pero..., yo tenía el cartel de prohibido...

––No. Habías puesto el de “pueden pasar a limpiar”.

Él negó con la cabeza, completamente convencido. Eso no la tranquilizó.

––Oye, mira, te voy a decir una cosa, lo siento ¿sabes? Sé que no debí meterme donde no me llamaban, pero no entraría en una habitación si no está el cartel, y dio la puta causalidad de que te confundiste. Supongo que debió ser duro despertar de nuevo, pero en aquel momento ni me lo planteé. Siento muchísimo haberte salvado, de verdad.––lo soltó todo de golpe, y cuando terminó se sintió extrañamente vacía.

Vio como un rictus de dolor se reflejaba en su rostro, pero desapareció casi al instante.

––Vale, tal vez tengas razón, normalmente soy bastante despistado y en aquellos momentos tampoco estaba muy puesto en lo que hacía.––le contestó.

––Entonces, ¿qué quieres de mí exactamente?––es que no terminaba de entenderle.

Suspiró y dio un largo sorbo a su café. Ella le imitó, antes de tragarse el sorbo amargo que acababa de probar. Masculló una palabrota, que hizo que el hombre sonriese.

––Si quieres que te diga la verdad, no lo sé. Cuando estaba en el hospital me planteaba que hacer conmigo, incluso esperaba que pasases por allí. Si yo le hubiese salvado la vida a alguien iría a ver que tal esta, pero no fuiste. Tengo sentimientos opuestos en cuanto a ti respecta, por un lado te odio y otro... No sé, esta mañana cuando salí del hotel pensaba darte las gracias, pero estar en ese banco durante horas me ha hecho reflexionar y ya no estoy tan seguro.––se encogió de hombros.

De pronto le sobrevino un ataque de tos, que hizo que todo su cuerpo se convulsionase. Cuando remitió, le sonrió trémulamente, antes de beber un sorbo que vació la taza.

––¿Estás enfermo?––se arrepintió de preguntar justo después de haberlo hecho.

Negó con la cabeza.

––Me he cogido otro puto catarro. Es lo más normal del mundo en estas fechas.


30/XI/08

P.D.: "No quiero necesitarte..., porque no puedo tenerte." Los puentes de Madison.


jueves, 15 de enero de 2009

Cayendo más allá del suelo



Jueves, 15 de enero de 2009, 1:20


Arrastró el carrito hasta la siguiente puerta, giró la llave en la cerradura y empujó con la cadera. Cogió el cepillo, un cubo con agua y bayetas, entró en la habitación. Había una mochila vacía en el suelo, ropa tirada por doquier, dos cuadernos y varios libros abiertos sobre la cama, que estaba también deshecha, en la cómoda dos botellas de ron sin empezar y un paquete de tabaco. Un sinfín de detalles más hicieron que murmurase un juramento. Miró de nuevo a la puerta, casi convencida de que se había equivocado y el cartel rogaba privacidad, pero una mano verde y abierta le indicó lo contrario.

Suspiró con resignación, decidiéndose por empezar por recogerlo todo. Si llevase algún tiempo más trabajando en este hotel tal vez relegaría esta habitación a otra, generalmente la nueva, cargo que, en la actualidad, le pertenecí a ella. Mientras amontonaba las prendas sobre la cama, descubrió una bola de papel detrás de la cortina. Lo desenvolvió con una curiosidad que no le era propia, pero la letra era ininteligible. Volvió a arrugarlo y se lo guardó en el bolsillo, para tirarlo al salir. Pasó frente a la puerta del baño, que estaba entornada. Le soltó un empellón y encendió la luz a ciegas, inconsciente al espectáculo que esperaba ser visto a la luz anaranjada de la lámpara.

Un grito murió en su garganta a la vez el bote de plástico caía al suelo. Avanzó hasta la bañera y se arrodilló, acercando sus dedos hasta el cuello del durmiente, buscando desesperadamente algún rastro de vida. Era un hombre de mediana edad, con el pelo castaño mojado a la altura de los hombros, sin afeitar, con los ojos cerrados, circundados por unas profundas ojeras, y la boca entreabierta, como si estuviese esperando un beso. No era capaz de notar los latidos, pero se resistió a aceptar lo que parecía evidente. Hundió las manos en el agua tibia, sangrienta, mientras tanteaba en busca de sus muñecas. Notó un pinchazo de dolor, del que apenas fue consciente. Alzó el brazo izquierdo, donde la sangre brotaba a borbotones de dos profundas heridas en la articulación. Paró con torpeza la hemorragia mientras intentaba envolverla en el paño, que no era lo suficientemente largo. Miró a su alrededor con impotencia, sin encontrar nada que hiciese las veces de venda. Soltó de nuevo el brazo en la bañera y se quitó la camisa blanca por la cabeza, oyendo como se desgarraba. Hizo un torniquete instintivamente, sin recordar las instrucciones que había aprendido en un curso de primeros auxilios. Cuando terminó comprendió que no podía hacer nada más sola, y un grito de socorro resonó la habitación, seguido de otros dos.

Sacó el derecho de la bañera, que, por suerte, sólo tenía una herida superficial a lo largo del antebrazo. Sujetó sus hombros y se acercó hasta que los separaba menos de un palmo de distancia.

––No te mueras.––susurró varias veces, más para sí misma. Notó una brisa caliente, tan leve que podría haberla imaginado. Si bien sólo un reducto de su mente gritaba que estaba muerto; una parte que claudicó cuando vio como sus ojos se entornaban y centraban por un instante la mirada en ella, reconociéndola. Su boca se movió en lo que creyó que era una media sonrisa.

En el límite de su vista vio una figura irrumpiendo en la pequeña habitación. Un señor mayor con bigote y traje estaba gritando al móvil que sostenía contra su oído. Más gente se agolpaba en la puerta, observando alternativamente a ella y al hombre. Cuando volvió a mirarle todo vestigio de la sonrisa había desaparecido, sus ojos volvían a estar sellados. Cogió su mano de nuevo y la apretó entre las suyas, mientras murmuraba plegarias a dioses en los que hacía años ya no creía.

Tenía la horrible imagen de un reloj analógico, el que había en su colegio junto al crucifijo, parado en un momento; el segundero era la negra línea que separaba dos abismos, y él estaba quieto, en pie, con la mirada perdida más allá de ella. Corrió hasta donde se hallaba, pero no se percató de su presencia; tenía ojos tristes, como los de un gato; de pequeña siempre sabía cuando los felinos tenían ojos tristes. También perdidos, naufragados en la espesa niebla que se acercaba desde el infinito. Casi igual que un recuerdo comprendía lo que debía hacer: arrojarlo a uno de los abismos, pero ambos eran igual de negros, o blancos. Tenía miedo, se sabía una niña. Gimió, tampoco estaba segura...

Alguien la apartó con brusquedad, haciendo que cortase el contacto y con él, la posibilidad de salvación. Su rostro se vació de toda expresión, la consciencia de la estupidez de su acto se volvió clara como cualquier mediodía. Miró como el enfermero del hotel mientras revisaba las vendas, sin casi darse cuenta. Vio como sacaban su cuerpo desnudo de la bañera y lo depositaban en una camilla; sólo captó un detalle, las ondas que rielaron en el agua tras su marcha, que parecían necesitar atraparlo de nuevo. Salieron y la gente también comenzó a abandonar la habitación, empujados por otro auxiliar (una bañera ensangrentada no tenía ningún significado si no estaba el suicida; ni siquiera para ella). Era un joven moreno el que se giró y la miró con suspicacia, se encontraba sentada sobre la taza del váter.

––¿Está bien?

“––No hay nada más que hacer”--pensó. Su lado pragmático había regresado. Asintió mientras se ponía en pie, dispuesta a evitarle. Se vio reflejada en el espejo, con los antebrazos manchados de rojo y también algunas gotas sobre su pecho, que sólo cubría el sujetador, y la falda mojada.

––¿Le conocía?––siguió el hombre, desviando la mirada. No tenía una voz amable, sólo cumplía con su obligación.

––No.––contestó en tono cortante, mientras se pasaba la mano por la frente, para apartarse el pelo. Después de haberlo hecho se dio cuenta de que las tenía sucias, soltó una maldición.––Estoy perfectamente, gracias. Ahora, si no le importa, me gustaría vestirme.

El hombre se encogió de hombros y la miró torvamente, antes de cerrar la puerta a sus espaldas.

Abrió el grifo y se lavó a conciencia, lo que descubrió una pequeña herida en su dedo anular, que no recordaba haberse hecho. En la bañera el desagüe hacía ruido al tragarse el agua, aunque estaba quedando una mancha a partir del nivel hasta donde había sido llenada. Se sentía algo inquieta, aunque después de haber infringido una de sus máximas era algo normal; su reflejo devolvió el encogimiento de hombros. “––No te arrepientas de lo que no puedes cambiar.” Una llamada a la puerta la hizo girarse, para ver una cara curiosa que la observaba.

––Vero, dice Aurora que te vayas a casa, que ya termino yo aquí.

No se negó, sería una idiotez.

––Vale, nos vemos mañana.––dijo a la vez que se secaba en la falda y salía al dormitorio.––Adiós.

La otra mujer se despidió. Oyó como blasfemaba por el estropicio que le tocaba limpiar. Encontró una sudadera negra sobre el cabecero y se la puso, aunque le quedaba grande; estaba segura de que nadie la reclamaría, los muertos no reclamaban nada, y, además, no tenía más ropa en el hotel. Él se había largado con su camisa. Al salir también cogió el tabaco, donde, como comprobó con desilusión, sólo quedaban tres cigarros.

Caminó hacia la puerta de servicio con paso rápido, deseando esquivar a cualquiera. Seguro que no tardarían en pedir detalles, no quería darlos. Tampoco le apetecía ser considerada una heroína por algo que estaba segura no debería haber hecho. Y pese a eso, otro fragmento de sí no dejaba de pensar en esa sonrisa, y decirse que sólo alguien vacío la hubiese dejado morir.

29/XI/08



P.D.: "En medio del invierno descubrimos que en dentro de nosotros había un verano invencible"


*El master del site informa de que la entrada ¡Feliz Cumpleaños, Moridin! ha sido editada, como se estimó en el Concilio de Agregados y Consejeros al cual faltó uno de sus más ilustres y ausentes miembros.



martes, 13 de enero de 2009

Nada muere para siempre, prométemelo



Domingo, 11 de enero de 2009, 18:12


Para Fuego, por brasas, junto con las próximas dos. Habría sido una sorpresa si no hubiese sido por... Pero como la sorpresa no era para mí, no me importa.



Dejó el tenedor sobre el plato vacío y la contempló mientras terminaba de comer, sin saberse observada. Tenía las mejillas sonrosadas, pese a que se hallaban en la terraza de la cocina a mediados de octubre. La luna brillaba en lo alto, llena y en solitario, y se reflejaba en las sucias paredes blancas del patio de vecinos. En el estrecho espacio a penas entraba la mesa camilla y sendos asientos, pero siempre solían cenar juntos cada plenilunio. Ya era una especie de tradición desde hacía varios años; aunque este sería el último mes del otoño que la cumplirían bajo la luz de la luna, noviembre era demasiado frío. Las velas titilaban en la mesa, protegidas por el cristal ahumado que hacía las veces de pantalla.

Cuando la vio acabar, se levantó, recogió los platos y entró a la cocina. Aún quedaban spaghetti con carne y queso en la bandeja, por lo que no tendrían que cocinar la noche siguiente. También había loza en el fregadero, mucho más de lo deseable. Cogió dos cucharillas del cajón y los flanes de la nevera. Al regresar una brisa fría le recordó la calidez interior. Ella tendió la mano hacía él, con una sonrisa:

––Me estoy quedando helada, así que date prisa para que nos metamos pronto.

––Si quieres terminamos en el sofá, que se estará mejor.––sugirió, parándose antes de sentarse.

––No vamos a dejarla aquí sola,––dijo, levantando la mirada al satélite––empezamos siendo tres y deberíamos terminar siendo tres.––pese a toda la parrafada ya tenía el postre a la mitad.

Esa era la excusa mayor para cenar en luna llena, acompañarla cuando las estrellas palidecen ante su luz blanquecina. Y que ambos disfrutaban teniendo un espejo al que asomarse cuando el verdinegro se hacía insostenible. Mientras intentaba abrir el flan vio por el rabillo del ojo como ella terminaba y escondía las manos bajo la mesa, para después oscilar cual péndulo hacía delante y hacía atrás. Desistió.

––No me apetece––se puso en pie.––Y ahora te vas a calentar el sofá.––le dijo mientras salía de nuevo a la terraza tras haber guardado el taburete, para hacer lo propio con la mesa.

Cuando abrió la boca para replicar se lo impidió.

––He dicho: ya.––volvió a entrar.

––Y yo te he dicho que no estoy enferma ni me voy a morir ni nada por el estilo, así que déjame ayudarte a recoger.––ella traía la silla entre los brazos, que él le quitó de las manos nada más verla.

––Joder, Hugo, me estás poniendo de mala hostia, deja de comportarte como si fueras mi madre. No estoy cansada, así que te jodes y me aguantas.––se arremangó la sudadera. – –Voy a fregar.––se encontró con él cuando dio un paso hacia la pila.

––No, ya friego yo.

––¿Y que hay de la norma no escrita de que quien hace la comida no puede fregar?––le apeló sólo por el hecho de discutir, ya que sabía que no conseguiría nada.

––¿Todavía no te ha llegado el boletín informativo de la oligarquía independiente de tu casa?

Sonrió sin querer, mientras negaba con la cabeza.

––Realmente el pregonero se dio de baja...––se tocó el mentón––Ayer di un golpe de estado y disolví la oligarquía, ahora hay una monarquía absolutista que conservaré hasta el nacimiento de mi heredero. Por lo que... El rey dice que te vayas a calentar su trono.– –la estaba empujando fuera de la cocina.

Ella se reía sin poder evitarlo a la vez que se esforzaba sin éxito en entrar de nuevo.

––¿Entonces soy la concubina del rey?

––No, nada de labores concubinescas.––dicho esto le cerró la puerta en las narices.

Oyó el agua y el calentador encenderse. Se resignó. Arrastró los pies hasta el salón y se sentó en el sofá, con la mirada fija en la luz anaranjada que veía en la ventana de enfrente.

Fuera hacía frío, la antesala del invierno. Y sin embargo no quería otra cosa que pasear durante toda la noche, como antes hacían, para que el sol les sorprendiese en mitad de la plaza e hiciesen que huyeran a la cama, cual inmortales vampiros. Si bien, habían trasmutado en criaturas diurnas y la muerte, de la mano con la vida, retozaban juntas en cada rincón. Quería que le leyese cuentos o poemas de nuevo, acurrucados en el sillón de skay verde que tenía su antigua habitación, o beber ávida de aquellos cuadernos de letra ilegible en Bic azul. Y ahora todo aquello había muerto en un indeterminado momento; con el piso, con Alejandro o Héctor o Víctor o Tristán o William o Eric (la estúpida idea de Christian no cuajó, gracias a los dioses), con la puta editorial seria de los cojones, con el ginecólogo y con la manía maternal persecutoria, para ella claro.

Se levantó enfada. En la cocina seguía habiendo ruido. “––Mejor.”

La encontró en el sofá, con la manta hasta el cuello. Sonrió para recibir en respuesta otra sonrisa más pícara. Se acercó para sentarse a su lado hasta que la vio completamente vestida.

––¿Y eso?––preguntó, sin poder evitar que su voz sonase cansada.

––Tengo un antojo y voy a salir a buscarlo.

Enarcó una ceja.

––¿Qué te hace pensar eso?

Le respondió encogiendo sus hombros, envueltos en un jersey rojo de cuello alto. Suspiró.

––¿Qué quieres?

––Dar un paseo.

La miró con escepticismo tras derrumbarse en el sofá.

––¿No vas a venir?

Negó con la cabeza.

––Mañana tengo que estar pronto en la editorial.

––Seguro que no te echan de menos.––sabía que no era cierto.

––Alfredo siempre me echa en falta. Siempre.

Se pegó a él, maldiciendo la barriga que se interponía entre ellos. Le contestó con una sonrisa.

––Tus cuadernos tienen polvo.

Su rostro mostró incertidumbre, sorpresa tal vez. Se arrepintió de haberlo dicho.

––No he tenido tiempo.––susurró, con la mirada prendida en la hipnótica luz de la ventana vecina.

Ella le giró el rostro con ambas manos, sintiendo como se humedecían sus ojos al mirar los verdes de él. Odiaba el estado cambiante de los últimos días. Depositó una caricia en sus labios.

––Te he visto cerrar libretas cuando cierra la noche y trabajar a las ocho. No me digas eso si no es verdad. No quieras que te crea.

Se encogió de hombros.

––En una cama de 2,20 sólo entramos tú, William y yo, la musa se quedó en el motel, ya pasaré a buscarla.––su intento de broma no le hizo ninguna gracia.

Se quedaron en silencio unos minutos largos.

––¿Cuándo hemos crecido?––su voz le sobresaltó, pese a que sólo fue un murmullo quedo.

Sacudió la cabeza, y los pelos ondulados que la coleta nunca conseguía retener bailaron ante sus ojos.

––No lo sé.––fue una respuesta a sí mismo.

––Antes eras tú quien me bajaba en volandas las escaleras y me dejabas la calle, con la camisa aún sin abrochar. Era yo quien te obligaba a dormir. Vamos, sólo hasta la catedral...––intuía que ambos lo necesitaban, aunque él todavía no lo supiera.

Silencio. No hubo contestación, no era necesario esperar algo que no llegaría.

Tomó su mano derecha entre las suyas, y besó con dulzura los incurables recuerdos que guardaba su muñeca. Eran suyas, no tenían más dueño. Ella las amaba como entes propios, ajenos por completo a las oceánicas pupilas. En una de esas medianoches alargadas hasta el crepúsculo él le dijo que amaba los besos que les daba. Y desde entonces, no había parado de hacerlo.

––Por favor...

Silencio. Esperó.

Al cabo de un rato, su otra mano le despeinó la media melena azabache, la mano del escritor.

––Venga, así practico para cuando me toqué sacar a Ale.

Levantó la cabeza para mirarle y su rostro reflejó la luminosa sonrisa. Él se la quitó de encima con cuidado y le tendió una mano.

––No creo que sacar a “Eric” sea la palabra adecuada.

Terminaban por utilizar todos los posibles nombres a lo largo del día, para ver cual de ellos comenzaba a decaer, de momento el casi extinto era Tristán, él tenía razón, sonaba a triste.

En el perchero de la entrada se acumulaba un montón de ropa, sin necesidad de que fuese para salir a la calle. Se sorprendió cuando él le puso el gorro andino antes de abrir la puerta.

––No quiero que cojas frío.––se excusó, con un encogimiento de hombros.

Si había algo de él que la sorprendía era la capacidad de cambiar completamente de ánimo en un instante, igual que un péndulo.

Salió al pasillo y le esperó, mientras buscaba la llave para cerrar la puerta. Ella le tendió las suyas.

––Están en el cenicero.

Sonrió sin disculpa. Cuando se encaminaba hacía las escaleras sintió como la sujetaba por detrás y la alzaba en volandas. Se sujetó a su cuello.

––Has engordado.

Le sacó la lengua.

Las escaleras eran muy estrechas, pero aun así llegaron al final como empezaron. El aire frío saludó tras la puerta de hierro y cristal. Se agarró de su brazo y echaron a caminar en silencio. La calle estaba casi vacía.

Al rato, cuando ya habían alcanzado su destino, y contemplaban la inmensa e iluminada mole desde un banco de piedra:

––Oye, ¿en la monarquía se puede fumar?

Él negó con la cabeza.

––Quiero un cigarrillo.

Se agachó y rozó sus labios. Se retiró. Los besó de nuevo, intermitentemente, todo el tiempo que duraba un cigarro.


10/I/09



P.D.: “Y en el cielo se les ve, casi hasta el amanecer, por fin juntos, otra vez.” Un mar de estrellas, WarCry.



P.D.2: “No quiero que esto arregle lo que surgió entre nosotros. // "Pensandolo bien, no creo que esto pueda arreglar lo que nunca existió."


lunes, 8 de diciembre de 2008

Twilight

––¿Por qué haces eso?

––¿El qué?

––Sangrar

Enarqué una ceja, divertida

––No sé, es lo que hacen los humanos, cuando tienen una herida, sangran. ¿Acaso no lo haces tú?

Él asintió, con inseguridad.

––Pero a mí me sale sangre cuando me caigo y me duele y no me gusta.

Se me presentó una disyuntiva al mirar fijamente esos ojos de azulada inocencia que me miraban con brillante fijación. Cómo explicar lo inexplicable, eso que ni siquiera yo entendía, a un niño de apenas cuatro años. Me encogí de hombros, para demostrar a esa otra parte de mí que no importaba, ella asintió. Supongo que ese era el precio de dejarse descubrir cuchilla en mano. La guardé en el bolso y chupé la sangre que goteaba por mi antebrazo. Después hice un gesto con la mano en el banco, indicando al niño que se sentase a mi lado. Él obedeció, sin dejar de mirarme.

––¿Cómo te llamas?

––Alejandro.

––Yo soy Casandra.––le contesté, tendiéndole mi mano, que estrechó con una sonrisa llena de dientes de leche. ––Te voy a contar una cosa, Alejandro, una cosa de niños mayores, ¿vale?

Él contestó con un asentimiento. Siempre me han impresionado los niños pequeños, cargados de esa plenitud de felicidad que vas tirando en el camino para cargar con los años. Borré de mi rostro una lágrima tardía con el dorso de la mano y miré a mi interlocutor, que continuaba igual de impaciente.

––Veras, cuando te caes y te haces sangre en la pierna te duele, ¿no? Y lo mismo te pasa en el brazo y en la mano, y en cualquier parte de tu cuerpo.

Me hubiese sorprendido si hubiera respondido de otra manera que no fuese el leve asentimiento al que tan fácilmente me había acostumbrado.

––Bueno, pues hay veces que no te duele nada físico, del cuerpo. Es cuando te duele aquí dentro y no puedes poner ninguna tirita, ni puedes ir al médico para que te dé un jarabe o te ponga una inyección.––puse un dedo sobre su pecho, en el corazón. ––Me estas entendiendo, ¿a qué sí?

––Sí.

––Pues en esos momentos hay gente que prefiere que le duela algo del cuerpo, algo que puedan ver curar, y por eso se hacen sangre, como yo.––pasé olímpicamente de decirle que de ahí a que ni siquiera el dolor autoinfringido te consolase quedaba un paso, y de eso al suicidio incluso menos; tampoco quería echarle un jarro de agua helada. Ya era demasiado que me tocase explicarle toda esta estupidez, pero nunca he sido partidaria de mentir a los niños, y menos en cosas que terminarían por comprender por sí mismos. Alzó su manita, envuelta en unos guantes de lana rojos, y me tocó en el pecho.

––¿Y a ti te duele aquí?

No sé exactamente que fue lo que trajo de nuevo las lágrimas a mis ojos; tal vez fuesen los suyos, tal vez el límpido sonido de su voz o el hecho de que entre tantas personas que conocía hubiese de ser un niño desconocido con nombre de príncipe desgraciado el que intentase parar los desaforazos latidos de mi decadente corazón. Parpadeé varias veces con el fin de detenerlas, y asentí, ante aquella mirada interrogante.

––A mamá también le pasa, yo lo sé.––parecía contarme un secreto. ––A veces por la noche la oigo llorar y cuando le preguntó que le duele, me dice que le duele un recuerdo, ¿a ti también te duele un recuerdo?

Mi autocontrol se hizo pedazos. Desvié la mirada mientras me secaba ambas mejillas con los puños del jersey. Resultó que los dioses no se habían apiadado de mí, sino que también elegían inocentes criaturas para torturarme aún más. Me sobresalté al sentir sus pequeños brazos rodeando mi cuello, y depositando un húmedo beso en mis mojadas mejillas. Sonreí mientras le devolvía el brazo. Demasiado pronto se separó de mí, aunque tampoco tuve el valor de retenerlo más.

––Hugo me ha dicho que cuando a mamá le duela el alma yo le dé un abrazo.

––Gracias.––le contesté, tras sorber los mocos. Parecía yo la niña y él el responsable adulto capaz de reconfortarme.

Se quedó mirándome, como si estuviese buscando algo en mi rostro, hasta que vi como se iluminaba el suyo.

––Oye, ¿y tú sabes como se cura un recuerdo?

Asentí. Sí, muy a mi pesar conocía lo que sería bálsamo de mi alma errática.

––Tienes que hacer que el recuerdo deje de serlo, que vuelva a estar vivo.

––¿Cómo haces eso?

––Pues tienes que saber que recuerdo le duele a t-

––Ya lo sé, ya lo sé. Lo que le duele es papá.

Sonreí. No sabía que los niños de esta generación fuesen tan inteligentes, o tal vez sólo fuese él, pero estaba siendo gratamente sorprendida.

––Entonces tienen que volver a estar juntos.

¿Cómo es posible que un rostro tan luminoso se ensombreciese sin cambiar un ápice su expresión?

––Mamá dice que papá está en el cielo, pero yo sé que esta muerto.

No pude dejar de mirarlo una expresión vacía en mi rostro, intentando discernir en que maldito momento se me había ocurrido comenzar a hablar con él.

––¿Y cómo lo hago?––su voz me arrancó en espacio gris donde me había refugiado.

Carraspeé con inquietud a la vez que miraba alrededor, buscando una posible salida inexistente. De repente, la voz aterciopelada que apenas me hablaba surgió de lo más ignoto de mi mente, exigiendo una respuesta a la pregunta formulada; esa respuesta que yo atesoraba desde hacía varias semanas y no quería creer. Y, como siempre ocurría, me rendí a ella:

––No puedes curar a tu mamá, porque tu padre está esperándola. Lo único que puede cerrar un recuerdo es el olvido, aunque a veces la certeza que eso produce es aún más dol-

––¿Qué es una certeza?––me preguntó.

Sonreí de nuevo.

––Una certeza... Es cuando... Cuando estás muy seguro de algo y nadie te puede hacer cambiar de opinión.

––Como cuando tu sabes que no te gustan las berzas y la abuela te dice que no las has probado.

Asentí de nuevo, repetidas veces.

––Sí, es eso.

Oí como una voz de mujer repetía el nombre del niño varias veces. Una mujer agitaba el brazo en alto a la entrada del parque, mientras se acercaba a nosotros. Alejandro alzó la mano y le contestó el saludo.

––Mira, esa es mi mamá. Ven, que te la presento.––se había puesto de pie y tiraba de la manga de mi jersey, rozando la herida abierta, lo que me hizo apretar los dientes.

––Eh, no creo que sea buena idea, Alejandro. Corre y dale un abrazo a tu madre, que estará preocupada.

Me devolvió una mirada vacilante.

––Venga, vete, ha sido un placer conocerte.––acompañé mis palabras con un empujoncito en la espalda.

––Vale. Adiós.

Vi como se alejaba de mí, corriendo, y temí que cayese en cualquier momento, pero no, se lanzó a los brazos de su madre, que le recogió del suelo y le dio dos vueltas en el aire. Después lo dejó en el suelo y le agarró la mano, mientras salían del parque.

Agité la cabeza con condescendencia. Me levanté, cogí el bolso y salí del parque. Otro sitio más que me estaba vedado. Sería ese mi sino.

8/XII/08

P.D.: "Aburrirse es besar a la muerte." Ramón Gómez de la Serna

P.D.2: "Te llamas Pilar como mi abuela" (x6 ó 7)

domingo, 17 de febrero de 2008

Recuerdos en el fondo de un vaso I

¡Hola! Como prometí, y para que nadie se canse de mis dos personajillos hoy dejo otra cosa. Es un relato de dos partes, aunque la segunda no esta aún escrita, pero espero hacerlo en esta semana. Fue acojonante (perdón por la expresión, pero fue así) la manera en que lo escribí, todo de un tirón y con más bien poca idea de cómo hacerlo. Este personaje me cae bien, aunque... bueno, nada. Gracias a los borrachines de clase por la información, a pesar de que nunca lo leeréis. Bueno, pues aquí queda. Ya me diréis que os parece.

Recuerdos en el fondo de un vaso

Abrió la puerta del café y una bocanada de aire caliente, con olor a tabaco, impregnó sus fosas nasales. Un olor conocido, pero aun así embriagador. Dejó el paraguas a la entrada y se quitó el sombrero de fieltro. Fue a la barra y esperó unos instantes hasta que el camarero se fijó en ella.

––Lo de siempre, por favor.––dijo y miró donde podía sentarse.

Su mesa de siempre en el rincón estaba ocupada. En una noche tan mala como esta sería extraño encontrar sitio. Un golpe de suerte hizo que una junto a la pared estuviese vacía. Soltó el bolso encima de la mesa y se quitó el abrigo de pana verde, que estaba completamente empapado.

––Vaya mierda.––pensó al extenderlo en el banco. Se sentó y puso los pies en el asiento de enfrente. Desabrochó la cazadora y los primeros botones de la camisa. Acercó el bolso y saco un paquete de tabaco y un libro forrado con papel de periódico marrón. Sacó el último porro del cajetín y lo encendió con un suspiro. La primera bocanada la saboreo con gusto. En ese momento, el café llegó a su mesa. Solo, muy cargado, en taza pequeña, con tres azucarillos, como a ella le gustaba. Buscó el cenicero, pero la suerte de antes había acabado. Miró alrededor, pero en todas las mesas lo estaban utilizando.

––Joder, la gente no sabrá que fumar mata.––susurró para sí.

Echó las cenizas al suelo y volvió a la barra. Pareció que la cantidad de personas que esperaban se había multiplicado. Empezó a maldecir, mientras sopesaba la posibilidad de pedir una copa de tequila. La ocasión lo merecía. El octavo aniversario del suicidio de Alejandro y en dos meses haría otros tantos de su aborto. Habría de brindar por los muertos, era lo menos que podía hacer. Casi prefería emborracharse en casa, donde el váter y las aspirinas estaban en la misma habitación. Por fin el camarero se fijó en ella de nuevo.

––Perdona, ¿podrías darme un cenicero?––él asintió con la cabeza y sonrió. Le tendió uno de cristal.

––Gracias.––dijo moviendo los labios. Regresó a su mesa y hurgó en el bolso, intentando encontrar el monedero entre el caos que era. Empezó a sacar cosas encima de la mesa: la cartera, la bolsa de hierba, los tampones, la funda de las gafas, las llaves, el estuche, la agenda, los guantes,...y en el fondo el saquillo donde llevaba el dinero suelto. Se dio cuenta de que otra vez había olvidado el móvil en casa. Aún quedaban dieciocho con algo, si que le daba para el vodka. Comenzó a echar azucarillo tras azucarillo moviendo la mezcla cada vez. Lo saboreo. Demasiado dulce, pero mañana lo pediría igual, porque si le echaba dos estaría amargo y con dos y medio también. Se colocó en el asiento, intentando encontrar una postura cómoda. A continuación se puso las gafas cuadradas, abrió el libro por el centro y pasó algunas páginas. No sabía que poema la complacería esta noche, aunque leer a Byron aun después de tantos años conseguía sorprenderla. Se decidió por los últimos versos de Darkness:

Even dogs assail'd their masters, all save one,

And he was faithful to a corse, and kept

The birds and beasts and famish'd men at bay,

Till hunger clung them, or the dropping dead

Lur'd their lank jaws; himself sought out no food,

But with a piteous and perpetual moan,

And a quick desolate cry, licking the hand

Which answer'd not with a caress––he died.*

Y se quedó contemplando como las letras bailaban entre el blanco de la página. Aprovechó el máximo del canuto, cuando se acabó sacó la bolsa y lió otro. Rebuscó de nuevo el mechero en el bolso, con el consiguiente desastre en la mesa. Se volvió a sumir en el sopor de antes, leyendo palabras sueltas y sacando sus propias conjeturas de ellas. La noche transcurrió con la misma rutina de siempre. Hubo dos porros más, quince poemas releídos, tres cafés y terminó con un chupito de tequila, que dedicó a los difuntos. Miró el reloj de pulsera, las dos menos diez pasadas. Se levantó y recogió todas sus cosas, llegó hasta la caja y pagó seis sesenta por la consumición. Antes de salir sacó dos paquetes de Malboro.

El frío madrugada la reconfortó, un gran contraste entre el calor del bar. El suelo de piedra estaba mojado y el cielo se veía naranja. ––Seguramente llueva toda la noche.––pensó con alegría. En estos momentos le hubiese gustado vivir más lejos del centro para regresar a casa dando un paseo. Pero se conformó con dar un rodeo. No había nadie por la calle, sólo algún esporádico transeúnte cruzaba la calle con prisas. Caminó tranquila por el casco antiguo de la ciudad, evitando las calles donde el aire se notaba más. El sonido de sus botines resonaba en las paredes, como si supiesen un rumbo que la mujer desconocía. Comenzó a tararear una canción de hacia varios años. Una de esas baladas que tienen todos los buenos discos de Power metal. No estaba muy al tanto del panorama actual; le gustaba demasiado reciclar la música y las sensaciones que traía con ella. Todavía no tenía sueño ni ganas de dormirse. Antes se quejaba de que no tenía tiempo suficiente y ahora le parecía que sobraba demasiado. Como rellenar un molde con masa y que sobresalga por los lados. Su vida era rutinaria hasta el extremo, pero cambiarla necesitaba unas fuerzas de las que carecía. Otra vez se veía sin quererlo envuelta en los mismos pensamientos autodestructores de todos los meses. Le pareció que lo mejor sería volver a casa, tomar algo para dormir y olvidarse de todo.

Cuando empezaba a bajar la cuesta, se desató el diluvio. Su primer pensamiento fue echar mano del paraguas, pero era quinta vez en lo que iba de otoño se lo había olvidado en el bar. Corrió hasta el portal y sacó las llaves al tercer intento. ––Debo comprarme otro bolso, más pequeño y con más compartimentos.––apuntilló por trigésimo séptima vez a lo largo del día. Pero sabía que incluso aunque le molestase perder las cosas en él, era lo más práctico para guardarlo todo. Cuando lo dejaba en casa echaba de menos el peso bajo el brazo izquierdo. Subió las estrechas escaleras hasta el último piso y abrió la puerta en la oscuridad. Nada más entrar vio la ventana entornada y como la lluvia empapaba el piso de madera.

––Ostia puta, soy gilipollas. Hay que joderse.––dijo en voz alta mientras se acercaba y la cerraba sin muchos miramientos.

No estaba muy encharcado, posiblemente por la tarde no hubiese llovido de hostigo. Dejó las llaves en la mesa de entrada y encendió la lámpara. El espejo (aun demasiado frío y cruel) le devolvió su reflejo. Las ojeras se habían acentuado desde ayer. Sus ojos verde oscuro parecían algo hinchados y somnolientos. El pintalabios carmín había desaparecido por completo y el rimel estaba difuminado. Se pasó la mano por el pelo corto y negro, con algunas canas, que parecía recién salido de la ducha. En esos momentos el reloj de pared dio tres largas campanadas. Con un profundo suspiro se comenzó a desnudar en el salón, y fue a encender el calefactor. La casa era cálida, pero el baño era la habitación más fría con diferencia.

Permaneció quince minutos bajo la ducha, con el agua caliente tonificando su cuerpo destemplado. Era raro que a veinticinco de noviembre todavía no se hubiese pillado ninguna gripe. Prefería dejarlas para Navidad, así no tendría que regresar a Soria con la familia. Odiaba la hipocresía de todos ellos al interesarse por su vida cuando en realidad le importaba una mierda, y sólo disfrutaban al regodearse con falsa humildad de sus logros. ¿Y qué?––pensaba cuando los recordaba––por mí que el buffet de abogados de Javi y Lucía se quemase y sus preciosos y sebosos hijos en él. Que les jodan a todos. Más idiota soy yo por ir cada año.

Pero seguía regresando y los motivos cada vez tenían menos significado, aunque siguiesen estando ahí...

Cuando se cansó, salió envuelta en la toalla con el pelo recogido. Fue hasta el dormitorio y se puso un sujetador blanco y negro y un tanga negro. El sujetador se lo había regalado Víctor hacia unos dos años, en un San Valentín que estaba especialmente cariñoso. Había discutido con su novia y se refugió cobardemente en una relación que eventual que duraba ya cuatro años. Ella no lo consintió, pero tampoco se lo quitó de encima. Seguía necesitando un poco de afecto de vez en cuando, aunque fuese el detonante en una amistad dañina para ella. Lo empezaba a ver como un tipo de trato, él tenía sexo por el placer, sin la necesidad de complacer a nadie más que así mismo, y ella, el calor humano que tanto decía odiar.

Cogió un batín de satén de detrás de la puerta y se acercó a la alacena a por un vaso. Echó tres hielos y lo llenó hasta la mitad de whisky. Lo dejó en la mesa auxiliar al lado del sillón y buscó un libro en la estantería. Obvió los dos primeros estantes de poesía y se decidió por la última parte del Señor de los Anillos en versión original. Cogió las gafas de su bolso y mientras caminaba de vuelta buscó el capítulo de La batalla de los Campos del Pelennor. Aún después de veinte años seguía oyendo los cuernos de Gondor, los cascos de los rohirrim y el grito de Eowyn para proteger del cuerpo de Théoden contra el Rey Brujo. El tiempo en que deseaba ser un héroe quedaba demasiado atrás, pero se sumaba a los dolorosos recuerdos que brillaban en el pasado lo suficiente como para ensombrecer su futuro.

Se sentó encima de las piernas y apoyó el libro en las rodillas. Alcanzó el mando del equipo de música y lo encendió. Comenzó a reproducir un disco de Enya por la mitad. Tomó el vaso con una mano y comenzó a leer.

Cuando llevaba cuatro capítulos más, oyó dos pitidos cortos. Miró hasta la mesa y vio como el móvil parpadeaba. Con hastío, dejó el libro en el sillón y se acercó a él. “Nuevo SMS”. Era de Víctor. “Mñn t invito a cnar.Spro q no tngas plans.A ls 9 n tu csa.” No pudo evitar alegrarse. Fue a la habitación y abrió el segundo cajón de la mesilla. La caja de preservativos estaba a la mitad y la de analgésicos vacía. No recordaba muy bien cuando los había acabado. Volvió hasta su bolso y apuntó en la lista de la compra: condones y aspirinas.

Cambió el disco por Carmina Burana y tiró la bata al suelo antes de volver a sentarse. Al cabo de un rato dejó el libro en la estantería y abrió la Eneida en la muerte de Dido. Allí guardaba una fotografía. Sin mirarla, rellenó el culo del vaso y se acomodó de nuevo. Por el dorso estaba escrito:

“2 de octubre de 1990.

Y si caigo

¿qué es la vida?

por perdida

ya la di

cuando el yugo

del esclavo

como un bravo

sacudí

Que es mi barco mi tesoro

Que es mi dios la libertad

Mi ley, la fuerza y el viento

Mi única patria, la mar.

Supongo que no hace falta que ponga el autor, ¿verdad, Helenita?”

No pudo menos que recitar el poema entero, pero no consiguió llegar a la segunda estrofa sin comenzar a llorar. Cuanto le dolía Espronceda. Él siempre dijo que era el mejor autor español del Romanticismo, mientras que ella sostenía que Bécquer. Sus discusiones más de una vez terminaron mal, pero al cabo rato alguno de los dos clamaba perdón entonando unos versos del contrario bajo la ventana. No se atrevió a darle la vuelta a la fotografía. Sabía demasiado bien lo que encontraría. Dos adolescentes sonrientes en la Torre de Hércules. Él con una cámara bajo el brazo y ella con su cuaderno de dibujo. El mar estaba completamente azul a sus espaldas y el faro a la derecha. La hierba era verde y el sol se reflejaba en el agua, estropeando un poco la foto.

La escondió de nuevo en esas páginas. Apagó la luz de la entrada y miró el reloj de cuerda. Marcaba las tres y media. La verdad era que no había echado en falta las campanas. Buscó en el amasijo de ropa el de pulsera. Las seis menos cuarto. Debía dormirse si mañana quería estar un poco presentable. Sacó de debajo del sillón una manta y se arropó con ella. ––No me acuesto en la cama porque está echa y así no la estropeo para mañana.––se disculpó a si misma. Pero la verdadera razón es que la cama le quedaba grande para dormir sola, a pesar de ser de 90 cm. El sillón era lo suficientemente confortable como para descansar allí todas las noches. Dejo que la habitación quedase a oscuras y contempló el cielo desde la ventana. La lluvia continuaba cayendo insistente, resbalando por los cristales. Sin querer una lágrima resbaló por su mejilla, seguida de otras. Pronto se quedó dormida, pero no encontró ningún descanso más que la certeza de estar perdida en un mar de incertidumbre.

5/II/08

*Y aún los perros asaltaron a sus amos,/ todos salvo uno,/ y aquel fue fiel a un cadáver,/ y mantuvo/ a raya a las aves y las bestias y los débiles hombres,/ hasta que el hambre se/ apoderó de ellos, o los muertos que caían/ tentaron sus delgadas quijadas; él no se/ buscó comida,/ sino que con un gemido piadoso y perpetuo/ y un corto grito desolado,/ lamiendo la mano/ que no respondió con una caricia - murió.

P.D.: Posiblemente cambiaré algunas cosas de él, pero el primer borrador es este.

P.D.: Perdonad la pesenación en las poesías, pero aún no domino bien el HTML