jueves, 2 de abril de 2009

Lïmites

Estaba mirando con plena concentración las cartas que sostenía en la izquierda, tras haber observado también a sus compañeros de mesa, intuyendo posibles movimientos. No tenía posibilidades de ganar, lo supo desde el mismísimo instante, apenas unas jugadas atrás, que Ana había sonreído ampliamente. La abuela esquimal parecía la única capaz de sacarle de aquel atolladero, junto con su esposo pescador y una niña que patinaba sobre el hielo, recién llegada, pero no lo creía posible. Había llegado a tener el matrimonio tirolés, pero aquella niña de rubias coletas siempre conseguía esa familia, aún no había entendido cómo. Desechó el hijo bantú cuando llegó su turno.

––¡¡Bien!!––dijo el niño que se encontraba a su derecha, al ver robado tras él. Carlos era un niño de siete años, moreno, que había conocido hacía un par de semanas. A pesar de sus sonrisas, que enseñaban una boca en transición, donde faltaba uno de los paletos, no podía olvidar la marca roja que llenaba su mejilla, ni de imaginarse el golpe. Le sorprendía la entereza que tenían esos niños, no la hubiera creído existente; él no lo habría soportado. Eran hijos de la sangre, miembros de familias que sangraban por cada fisura, demasiadas, tantas que no conseguía entender como continuaban unidas. Un suspiro apesadumbrado escapó entre sus labios, sin querer, al recordar los lúgubres pensamientos que se colaban en su mente cuando pasaba las tardes en esa casa, y que, generalmente, conseguía mantener a raya hasta que salía de allí.

Cinco cabezas se giraron o levantaron para mirarle con preocupación, conscientes de su incertidumbre. “––Joder, soy gilipollas”.

––¿Qué? No me miraríais así si supieseis las cartas que tengo, puedo quejarme lo que quiera.––consiguió sonreír sin mucho esfuerzo.

Todos rieron, creyéndose posibles ganadores. No terminó de bajar la mirada de nuevo cuando sintió como una mano se apoyaba cariñosamente en su hombro y una voz le susurraba al oído un instante después:

––Preguntan por ti afuera.

La voz de Carolina era suave, y tenía un acento sevillano que la hacía aún más agradable. No se le ocurría quién podría ser, pero le importaba poco, estaba demasiado a gusto.

––Termino esto y salgo.––le contestó con resolución.––¿A qu-...?

––Creo que deberías ir ahora.––su voz tenía un deje de impaciencia que le sorprendió.

Los niños estaban con las miradas fijas en ellos, incluso alcanzó a ver la casi completa familia tirolesa entre las manitas de Ana.

––¿Quién es?––le preguntó de nuevo. Si intuía asuntos desagradables, los retrasaría.

Carolina negó con la cabeza.

––No ha dicho quien es, pero es necesario que salgas. No puede esperar.

El tono de su voz o las palabras, o algo que no tiene nombre, hizo que una especie de escalofrío recorriese su espalda. Se levantó de la pequeña silla, le dio un golpe a la mesa con las rodillas, dejó las cartas vueltas sobre la mesa y salió del cuarto de juegos. Recorrió los pasillos de la casa, nervioso. Al final del pasillo, que en realidad era el principio, se hallaba una mujer, dentro, pero a un solo paso de la puerta. Vestía una falda negra a tablas, botas altas y medias, un abrigo negro y una blusa blanca, que llevaba abotonada hasta casi el cuello. El pelo castaño, largo, caía a medias sobre una cara pálida, a la que daba color un ojo amoratado, una herida en el labio inferior y unas pupilas esmeriladas que sangraban de tanto llorar. Era una cara que conocía bien, pese a los dos meses que habían pasado desde que la vio por última vez.

Ella se fijó en él, pero no se movió lo más mínimo. Agachó la cabeza, como si esperase una reprimenda, por no haberle escuchado en su momento. Salvó de dos zancadas la distancia que los separaba y la abrazó con ternura, pero firmemente. No respondió con ningún movimiento, continuaba con los brazos en los costados, agarrando su bolso azul. No sabía cuanto tiempo transcurrió mientras se mantenía aferrado a ella, para no caer en una vorágine de violencia que comenzaba a crecer en el centro de su ser, pero necesitaba más aire del que conseguía respirar entre sus cabellos.

––Ven, acompáñame a recoger mi bolsa y nos vamos.––musitó en su oído antes de separarse de ella. La agarró de la mano y reemprendió el camino de vuelta.

––Te e-...––no habló lo suficientemente alto como para ser oída, así él hizo que no la oía. En cambio, le dio un ligero apretón.

Cuando comenzaron a escucharse las voces de niños, pareció ponerse más nerviosa. Intentó tranquilizarla de nuevo acariciando el dorso de su mano. Le hubiera gustado poder mirarla y sonreír, pero no se creía capaz ni siquiera de parecer imperturbable. La mayoría ni siquiera se percataron de su entrada. Sólo Carolina y Sandra, una joven monja latinoamericana, mostraron un ceño fruncido al verle entrar con ella. Se encogió de hombros, sin disculpa, y llegó hasta su mesa, donde había seis montones de cartas y ya ningún jugador. Por curiosidad, levantó el montón que le había pertenecido. De la familia esquimal no quedaba ningún miembro, ni de la mejicana, ni de ninguna otra que no fuera la árabe, de la cual, misteriosamente, tenía las seis cartas. Se las apañó para recogerlas todas con la mano derecha, mientras su acompañante entrelazaba entre los dedos de su siniestra, sus otros cinco dedos, antes ocupados en el bolso.

Al salir dejó las cartas en una repisa alta, del perchero de pared cogió cazadora y una bandolera negra que siempre llevaba encima.

Alcanzaron de nuevo el punto de encuentro y traspasaron la puerta de madera. Fuera lucía un esplendoroso sol de media tarde, primaveral, aunque el viento era frío y cortante. No hablaron en todo el camino de regreso al centro de la ciudad, ella, simplemente, se limitó a aferrar su brazo y apoyar la cabeza en su hombro. La otra mente, en cambio, contrastaba con la pasividad de sus movimientos, al estar llena de inconexas ideas de las que no era muy consciente.

1/IV/09

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