Era blanco, por completo. Las baldosas blancas, los azulejos blancos, la cerámica blanca, el ambiente blanco, el sonido blanco. No tenía ventanas, no eran necesarias, allí nunca había terminado de vivir nadie.
Cerró el grifo del agua caliente y metió la mano en la bañera, a un palmo de llenarse por completo. Estaba tibia, le pareció adecuado. Se volvió hacia la figura que esperaba sentada sobre la taza del váter, apretando con fuerza las rodillas contra su pecho, y hundiendo la cabeza en el oscuro lugar que formaba su cuerpo. Su corta melena de rizos castaños, luchando por tapar sus desnudas piernas, danzaba con cada sollozo incontenible que huía de sus labios, a la misma vez que cientos de lágrimas descendían, cual arroyo helado, por sus mejillas. Se acercó a ella despacio, mientras secaba su mano en los pantalones de pana negros que había encontrado en un altillo de su armario hacía dos mañanas. Dejó que sus dedos recorrieran el suave tejido del batín en su espalda, siguiendo con inconscientemente, las flores azules en la tela azul. Ella paró durante un instante sus gemidos, al sentirlo tan próximo, para reanudarlos con mayor intensidad. Un chasquido se formó entre sus labios mientras negaba con la cabeza, para sí, haciendo que algunos mechones de su negra melena escaparan de la coleta que los contenía, cayendo sobre su rostro. Pasó un brazo entre sus piernas encogidas y la alzó en volandas. Ella, al verse arrancada de su inestable refugio, lo cambió por su pecho, donde se amarró a su camisa, para llenarla de agua marina. Le hubiera gustado disponer de tres manos para poder acariciar su pelo en ese preciso momento, pero la paciencia se encontraba entre sus virtudes y sabía que satisfacer ese deseo no quedaba lejos.
Ahora le llegó el turno de sentarse sobre el retrete, con ella en brazos. Soltó sus piernas para desatar el nudo que ceñía la prenda a su cuerpo, aunque tampoco reaccionó. Lo más complejo fue conseguir que dejase sus manos vacías, para poder quitarle por completo el engorroso kimono. Teniéndola ya desnuda se levantó de nuevo, con lentitud, y de un paso alcanzó la bañera. Era lo suficiente grande como para que ella entrase sin necesidad de doblar las piernas. La depositó con ternura sobre la tremolante superficie, dejado que fuese su cuerpo el que llegase hasta el fondo. Había calculado mal la cantidad de agua y parte de ella llegó hasta el borde y rebasó los límites del blanco, lloviendo torrencialmente sobre el árido suelo.
Reprimió una maldición antes de que se elevara más allá de su mente, al notar como sus pantalones se mojaban casi por completo de rodilla para abajo. Ella, sin embargo, liberó una exclamación de sorpresa, mientras sus ojos dorados se abrían. No era la primera vez que veía su rostro, pero ahora tenía un matiz de determinación, casi imperceptible, que antes desconocía. Se alegró por ello.
Sus pómulos estaban rojos y mojados, sus iris miel ardían entre el fuego del dolor y la soledad de las lágrimas, pero no parecían temerosos; era sólo triste olvido lo que reflejaban, o mejor dicho, triste recuerdo.
Vio como sus pupilas se dilataban al mirar con extrañeza a su alrededor, para después fijar en él una mirada penetrante e inquisitiva, llena de curiosidad. Como única respuesta a su pregunta silenciosa le sonrió de lado, casi con inocencia, y ella pareció tranquilizarse. Él se levantó del borde de la bañera y alcanzó el lavabo, mientras sentía como dos puñales de oro horadaban su espalda, mientras oía como se sorbía los mocos.
No le costó encontrar lo que estaba buscando, pero lo guardó en el bolsillo trasero antes de volver con ella. La encontró jugueteando con el agua, moviendo la superficie con sus finos dedos de escritora clandestina, formando ondas tremolantes que rompían contra las paredes de cerámica. Paró en seco de hacerlo cuando vio como miraba sus manos, y dejó que se hundieran, aunque continuó moviéndolas con nerviosismo contra sus muslos. Le gustó ver como el vello azabache y rizado de su pubis se movía al son que marcaba el agua, si bien ella se percató de su contemplación y colocó ambas manos sobre su entrepierna. Él fingió desviar la mirada, como azorado; le pareció divertido imitar una emoción que hacía años que no sentía. Sintió como una de sus manos salía mojada y de dejaba caer sobre su pantalón, pero esta vez no le importó.

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Miríadas de sendas desde el Abismo