Vestigios de una centuria II
No fue difícil escaparme por esa rendija entre la madera, salir de la oscuridad para encontrarme en una gran sala cubierta de luces anaranjadas. La recordaba vagamente, con la inexactitud que ocupaba toda mi mente, pero aun así me sentí reconfortado. Hice de la demora mi compañera durante unos instantes, antes de decidirme por la diestra senda que se me planteaba. Admito que resultó extraño repetir mi anterior hazaña, ahora que no estaba atado a los avatares del espacio. Y, entonces, comprendí el motivo de mi reclamo. Fue cuando estuve de nuevo, ahora desde otra perspectiva, frente a aquellos ventanales ante los cuales, millares de veces, había contemplado el rojizo patio, antes negruzco, ahora mojado. No siempre había sido de mi agrado, nunca nada lo es para siempre, pero ahora que la posibilidad de permanecer aquí sempiternamente era tan posible y a la vez tan espantosa lo recordé con añoranza.
Comenzó mi periplo inevitable, buscando y hallando cada metro recorrido algo de aquello que me había faltado, ese algo que comenzaba a llenar algo que, en apariencia, no podía ser llenado.
Eran aquellas baldosas, aquellas piedras inmutables a través de los tiempos, aquel aire de sabor indefinible lo que se mantenía estable en la memoria de todo el que pasaba por allí, aunque sólo fuese por espacio de unos meses, si los dioses no le permitían la dicha de hacerlo más. O por lo menos eso fue lo que pensaba hasta aquel día, cuando tuve la oportunidad de vagar, cual espíritu errático, por entre aquellas paredes, bajo aquellas losas que antaño me cautivaron con su austera belleza, por las cuales habían pisado tantas y tantas almas a un cuerpo unidas. En esos instantes, mientras iba por espacio de segundos o eones, entre aquella y esta centenaria mole de piedra dorada, tan fría y lejana por ser sólo tierra; tan acogedora y próxima durante tanto tiempo, por lo intangible, por la promesa de decenas de seres que quedaban atados irremisiblemente a ella, sin que las cadenas fuesen motivo de llanto, ni desear el yugo roto.
El paseo me fue grato, toda una vida de nuevo vivida, toda ella había transcurrido, más o menos tiempo, entre esos sólidos muros, incapaces de morir ante el dolor de la muerte hermana, de aquella que aún siendo el pasado seguía removiendo el presente. Erré por cada posible hueco en la argamasa que unía las, en apariencia, indestructibles piedras, buscando más de la sustancia que aún no había acabado de atesorar, y que, sin embargo, parecía haber desaparecido ya en mi interior. Vagaba entre las ruinas de mi recuerdo, sucumbiendo, como predije, al más triste olvido. Pensé que la muerte volvía a llamar, hasta que finalmente, di con lo que necesitaba.
Me encontré con aquella dama de delicadas facciones, y supe que nos conocíamos. No me resultaron extraños sus cabellos cobrizos ni su cálida sonrisa en el frío corredor, ni el color celeste del manto que se reflejaba en sus ojos. Por mucho que hubiese intentado negarlo, no me producía espanto la promesa que intuía. Y, por un brevísimo instante, fui consciente de mi pronta desaparición, y no temí.
Es una larga historia...

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Miríadas de sendas desde el Abismo