Caen los pétalos de primavera de su corona encarnada, llora el sol
sus rayos rotos y lejanos. Languidecer sobre tu pálida piel, que muere con cada roce.
Llora la lluvia decadente, la última pacífica antes de desplegar poderosos ejércitos sobre
la calenturienta estepa, que con fiebre estival, de estío, se rinde a las lanzas del cielo.
Y morir, verso apenado, verbo triste que deja un regusto amargo, excepto en sus labios,
que se forma sensualmente y deja un sabor rojizo, agridulce, que baja por mi garganta al
tocarte. Porque me gusta tocarte en sueños, en esa neblina grisácea y reptante, para no
recordarlo casi después. Mi subconsciente no niega el sexo, verdad freudiana; me
preguntó qué esconderá mi consciente si es verdad que el río llora perlas marinas de
conchas anacaradas. No pretendo alcanzar el cielo, ni saltar al lago para coger la luna y
guardarla en una botella. Prefiero rielar en su superficie.
10.24, 23/III/09, Cor- cordis
jueves, 16 de abril de 2009
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Miríadas de sendas desde el Abismo