Cumplida una parte se giró para terminar la otra. Había cerrado el libro y dejado las gafas sobre la mesilla, ahora tenía los brazos cruzados sobre sus pechos desnudos. Apoyó las rodillas en el borde de la cama y se tumbó para darle un beso, que correspondió levemente.
––¿Qué tal te ha ido?––preguntó en un susurro, pese a que sabía que nada conseguiría despertar al único durmiente.
Él se encogió de hombros.
––No ha estado mal. ¿Por qué te has quedado despierta? Te dije que llegaría tarde.––su voz sonó más áspera de lo que le habría gustado, pero le molestaba que ella no hubiera dormido en toda la noche.
Frunció los labios, antes de contestar, irritada por el tono que él había utilizado.
––Estaba preocupada––pese al gesto anterior, le pareció una disculpa.
Miró sus ojos llenos de pena, o eso creyó, y supo que no podía mentirles, ni siquiera ocultarles la verdad hasta mañana al medio día, como había sido su intención desde el principio. Él nunca mentiría a las personas que amaba, ni siquiera para evitarles dolor. Se dejó caer sobre su hombro, cansado, y sintió como ella le acariciaba el pelo.
––Voy a hacer café, ¿vienes?––no le apetecía hablar en aquella habitación, además iba a necesitar más de una taza si quería poder ir al trabajo.
Oyó un sonido de asentimiento desde la posición privilegiada que ocupaba, en su regazo, así que se puso en pie y fue a la cocina. Aún no se veía nada de claridad por la puerta de la terraza, pero no pudo menos que salir a comprobarlo tras haber encendido la cafetera. Fuera hacia frío, las madrugadas de mayo todavía lo eran y él sólo llevaba puesta una camiseta de manga larga y estaba en calcetines. A pesar de ello se acodó en la barandilla para contemplar el escaso trozo de cielo negro que se veía desde allí, salpicado con dos tenues estrellas.

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