viernes, 16 de enero de 2009

Cazador de delirios



Viernes, 16 de enero de 2009, 0:12

El viento frío de media tarde le dio de lleno en el rostro, haciendo se subiese la palestina negra y gris hasta la nariz y abrochase su cazadora beige. Metió las manos en los bolsillos y se encaminó hasta el paso de cebra, deseando meterse cuanto antes en el metro. Vio como un hombre la observaba, o eso le pareció, tras unas gafas oscuras pese al día nublado de otoño, que llevaba amenazando llover desde que nació, muy de mañana. Le resultó extrañamente familiar. Estaba sentado en el respaldo de un banco, con un cigarro, evaluándola con indecisión. Clavó la vista al frente, ignorándole. Por el rabillo del ojo vio como se levantaba y caminaba hacia ella, con una mano en el bolsillo y en la otra, sujetaba algo que no distinguió. Esperó hasta tenerlo más cerca para girarse, y observarle, intentando averiguar de quién se trataba.

Le echó veinte muchos treinta y pocos, metro ochenta y pico, delgado, rasgos marcados, labios agrietados y un poco morados, piel pálida, aspecto cansado, como si llevase días sin dormir; vestía un abrigo de pana negro y largo, vaqueros desgastados y deportivos, también un sombrero de ala corta, gris. Su mano enguantada sostenía el cigarrillo y el tallo de un crisantemo blanco, con la corola boca abajo. Se sorprendió al percatarse de su examen, pero continuó.

––Eh... ¿Eres Verónica Riesco?––su voz era profunda, pero un poco ronca.

Le observó con detenimiento antes de asentir, dubitativa. Perfiló una sonrisa vacilante, antes de dar una calada al cigarro y subirse las gafas a la cabeza. Tenía los ojos verde esmerilado, grandes, que destacaban en su cara.

––¿Y tú eres...?––aquel hombre la estaba poniendo nerviosa. Si no fuesen las seis de la tarde y la calle estuviese llena de gente, le dejaría allí plantado.

Le devolvió una mirada agradecida, mientras le tendía la diestra, envuelta en un guante de cuero negro.

––Hugo Jiménez.

Se la estrechó con renuencia, buscando en su mente algún recuerdo que le hablase de aquel nombre, de aquel hombre, pues creía conocerlo, o haberlo conocido en el pasado.

––Oye, lo siento, pero no caigo. ¿Nos conocemos de algo?––cuando esta intranquila era bastante directa, no tenía paciencia para la diplomacia en esos momentos.

Él desvió bajó los ojos, y carraspeó, antes de mirarla de nuevo, aunque no volvió a dejar que sus ojos se trabasen.

––Bueno, esto... Me han dicho que fuiste tú quien me salvó la vida hace dos meses.–– dijo, susurrando.

Sí, era él, casi sin lugar a dudas, ahora recordaba. Pensó que estaría muerto, por eso no había vuelto a llamar al hospital. Había preferido pensar que habría sobrevivido, y negar lo que su razón no paraba de clamar: “Habría muerto si tú no hubieses aparecido, ¿de veras piensas que va a luchar por una vida que él mismo se quitó?” Y ahora que estaba frente a ella ya no se acordaba de ese sentimiento.

Sintió como el rubor tenía sus mejillas, tapadas por la tela. Fue ella quien desvió la mirada ahora, sin saber que contestar.

––Sí, supongo que resulta raro. Venía a darte esto.––dijo, tendiéndole la flor.

La cogió sin darse cuenta.

––Me gustaría invitarte a un café o a cualquier bebida caliente que pueda apetecerte.

Desde hace horas le olvidado lo que se siente al tener nariz.––su voz sonaba afable, y no parecía enfadado con ella; si bien aún no sabía que pensaba de estar vivo. Su aspecto no era el de alguien que quiere empezar de nuevo, sino que ha pospuesto para mañana lo que debería haber terminado ayer. Movió la cabeza para indicar asentimiento, antes poder pensarlo con claridad. Nada más haberlo hecho se arrepintió, pero algo se iluminó en el semblante del tal Hugo, por lo que le fue imposible rehusar.



Abrió la puerta de un café a pocos minutos del hotel, mientras extendía la mano, indicando que pasase primero. Era un lugar cálido, con grandes cristaleras que daban a la calle, mesas redondas y sillas de aspecto futurista; una extraña combinación.

––¿Fumadora o no fumadora?––le preguntó.

––Fumadora.––ocasional, pero ahora agradecería un cigarro.

––¿Qué quieres tomar?

––Un café con leche y un pincho de tortilla.––no había comido nada desde el desayuno, y aunque no solía hacerlo hasta la cena hoy su estómago le estaba jugando una mala pasada.

Él se encaminó hacia la barra, por lo que se puso a buscar una mesa. El bar estaba bastante lleno, por lo que se conformó con una junto a la pared. Se quitó el abrigo y la chaqueta, quedándose con la camisa blanca y la falda negra del uniforme. Dejó el crisantemo sobre la mesa, deseosa de librarse de él.

Aún no entendía como coño había aceptado aquella invitación, era todo absurdo y surrealista. No quería conocer a ese hombre, alguien que terminaría suicidándose, no necesitaba una relación así, ni siquiera la certeza en su mente de que le conocía, aunque sólo tuviese que saludarlo por la calle. Se habían mantenido en silencio hasta llegar aquí, y no sabía qué tema tratarían ahora, se negaba en rotundo a hablar de aquel día.

Llegó a la mesa, cargado con dos cafés y la tortilla. Después se quitó el abrigo y la sudadera, dejó el sombrero sobre la mesa y se sentó frente a ella. Tenía el pelo recogido en una coleta baja. Subió de nuevo las gafas a la cabeza y se arremangó la camiseta negra, dejando al descubierto la cicatriz de su antebrazo, aunque llevaba atado un pañuelo en la muñeca izquierda. Se debió dar cuenta de que lo estaba observando, ya que giró el brazo mientras echaba azúcar al café.

––No me apetece andarme por las ramas, así que: ¿por qué entraste en mi habitación?

––Pues porque estaba limpiando las habitaciones de esa planta.––respondió con brusquedad. Esa era fácil, sin embargo sabía la existencia de una que no tardaría en llegar, y para esa no tenía respuesta.

––Pero..., yo tenía el cartel de prohibido...

––No. Habías puesto el de “pueden pasar a limpiar”.

Él negó con la cabeza, completamente convencido. Eso no la tranquilizó.

––Oye, mira, te voy a decir una cosa, lo siento ¿sabes? Sé que no debí meterme donde no me llamaban, pero no entraría en una habitación si no está el cartel, y dio la puta causalidad de que te confundiste. Supongo que debió ser duro despertar de nuevo, pero en aquel momento ni me lo planteé. Siento muchísimo haberte salvado, de verdad.––lo soltó todo de golpe, y cuando terminó se sintió extrañamente vacía.

Vio como un rictus de dolor se reflejaba en su rostro, pero desapareció casi al instante.

––Vale, tal vez tengas razón, normalmente soy bastante despistado y en aquellos momentos tampoco estaba muy puesto en lo que hacía.––le contestó.

––Entonces, ¿qué quieres de mí exactamente?––es que no terminaba de entenderle.

Suspiró y dio un largo sorbo a su café. Ella le imitó, antes de tragarse el sorbo amargo que acababa de probar. Masculló una palabrota, que hizo que el hombre sonriese.

––Si quieres que te diga la verdad, no lo sé. Cuando estaba en el hospital me planteaba que hacer conmigo, incluso esperaba que pasases por allí. Si yo le hubiese salvado la vida a alguien iría a ver que tal esta, pero no fuiste. Tengo sentimientos opuestos en cuanto a ti respecta, por un lado te odio y otro... No sé, esta mañana cuando salí del hotel pensaba darte las gracias, pero estar en ese banco durante horas me ha hecho reflexionar y ya no estoy tan seguro.––se encogió de hombros.

De pronto le sobrevino un ataque de tos, que hizo que todo su cuerpo se convulsionase. Cuando remitió, le sonrió trémulamente, antes de beber un sorbo que vació la taza.

––¿Estás enfermo?––se arrepintió de preguntar justo después de haberlo hecho.

Negó con la cabeza.

––Me he cogido otro puto catarro. Es lo más normal del mundo en estas fechas.


30/XI/08

P.D.: "No quiero necesitarte..., porque no puedo tenerte." Los puentes de Madison.


1 comentario:

  1. Gaia tomate todas las confianzas que quieras conmigo, alguien que lee mis textos (que no son muchos) lo merece xD. Ya he puesto la cuarta parte y a Guille no le ha parecido mal. Ah, y me ha gustado esta historia. Con el tiempo comprenderás que mis evaluaciones son bastante pobres, pero de veras me ha gustado ^^

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