Domingo, 4 de enero de 2009
La esposa, la esclava y el guardián III
Le despertó el frío de madrugada. Se encontró desoladoramente solo, arropado en su
abrigo. Estaba cansado, pero los temblores que sacudían su cuerpo le obligaron a
sentarse. A su alrededor se veían los vestigios del pagano ritual, escritos en la arena.
También a ellos se sobreponían algunas huellas, que se alejaban hacía la orilla. La Luna
se había movido en su periplo, y una niebla espesa comenzaba a caer sobre la decadente
noche. Una brisa helada acarició su piel, haciendo que sus dientes comenzasen a
rechinar. Se puso en pie, renuente, se subió los pantalones y se colocó el abrigo.
Después, sintiéndose estúpido por hacerlo ya vestido, sacudió la arena de sus ropas.
Miró a su alrededor, buscándola, pero sabía que se había marchado hacía un rato. Andó
rápido hasta el mar, donde las huellas desaparecían, pues la marea estaba creciendo; y
tras resignarse a la soledad en su regreso, comenzó a caminar. Sabía que estaba a un par
de kilómetros del pueblo, y su casa un poco más lejos. Sacó el móvil de su pantalón,
marcaba las siete y cuarto. No había nadie esperando en casa para echarle la bronca, y
podía dormir durante toda la mañana. Sonrió ante el recuerdo de la noche pasada,
porque le era imposible recordar como si esa noche siguiese existiendo. Y pensar que
todo empezó porque él sintió algo de curiosidad, o porque sus amigos le habían
abandonado. Mientras corría, se iba acordando, intentando memorizar cada gesto y cada
palabra; y lo que traspasaba esos umbrales. Sino se hubiese quedado primero ella
dormida pensaría que aún quería más, que lo necesitaba. Visualizó su rostro dormido,
acurrucado en el hueco de su hombro, mientras le acariciaba el pelo; reflejaba una paz
que antes no había visto en ella, y supo que ahora si era feliz. Todo su cuerpo emanaba
calor, al igual que el suyo, y el frío parecía un elemento externo, que no podía tocarles.
Entonces, se abrazó más a ella y también se rindió al sueño. Resultó que sus conjeturas
fueron erróneas y no la encontró al despertar, si bien mientras caminaba supo que
volverían a verse. Nadie podía desaparecer para siempre.
Era un martes por la noche. El reloj del microondas marcaba las nueve y diez. Se
encontraba en la cocina, preparándose un sándwich de atún para cenar, mientras
repasaba los puntos del examen de física. Aún tenía que prepasarse el último, y también
le gustaría resolver otros ejercicios, por lo que calculó que no se acostaría hasta bien
pasada la medianoche. Su filosofía era tomárselo con calma, y tardar quince minutos en
hacer la cena correspondía a esos parámetros.
Cuando se dio por satisfecho, emprendió el camino de regreso a su cuarto. Paso
obligado era el salón, donde en ese momento sus padres disfrutaban del telediario,
donde las noticias se sobreponían a cual mejor. Normalmente apenas le dirigía más de
una mirada, pero esta vez algo le hizo pararse en seco. Había una foto de una muchacha
sonriente, con el pelo largo y rubio, rizado; ojos claros, vestida con una camiseta de
baloncesto, que agarraba un mechón de su pelo con la mano izquierda.
––“...la madrileña Eva Sánchez, de quince años, desaparecida hace diecisiete días ha
sido encontrada muerta en una playa asturiana, a dos kilómetros y medio de Careñes, un
pueblo cercano a Gijón. Su cuerpo no muestra signos de violencia, y una de las
hipótesis que se barajan es el suicidio. Ahora mismo se encuentra en el Tanatorio
Forense de Madrid. Su fami-”––un dolor en el pie derecho le hizo desviar la atención.
Un plato de porcelana blanca roto y un sándwich le devolvieron la mirada de
perturbación, o eso le pareció a él. Sus padres le observaban por encima del sofá,
interrogantes. Supo que le habían preguntado algo. Y el pensamiento regresó a su
cerebro, junto con el color a sus mejillas.
––Eh... Me ha dado un calambre en el pulgar,––contestó mientras se agachaba, y
comenzaba a recoger––pero no os preocupéis, ya estoy bien.
Por el rabillo del ojo vio como su madre hacía ademán de levantarse, y él rehusó su
ayuda con un movimiento de la cabeza. Tampoco quería que se diese cuenta del temblor
de sus manos. Cuando intentó coger el hilo de la noticia, ya había acabado. Tiró los
fragmentos del plato a la basura y colocó el sándwich en otro. No creía que su estómago
fuese capaz de digerir nada, por lo que prescindió de preparar uno nuevo.
Trastabilló por el pasillo hasta su dormitorio, donde cerró la puerta y se tumbó sobre la
alfombra.
Oía como la lluvia chocaba contra la ventana; veía leves puntitos brillantes en el techo,
vulgares copias de la bóveda celeste; el tacto, la aspereza de la alfombra en su espalda,
el sentido del olfato lo tenía menguado por el catarro, y si bien, a su boca llegó el
regusto salado de las lágrimas.
P.D.: “Pues que un día habrá de morir, ¿qué será/ de él, que también sabe que fue eterno
en sus sueños?” Antonio Colinas.
P.D.2: “Pocas cosas hay peores que un parto.”
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