viernes, 2 de enero de 2009

Sea más allá de ti

Viernes, 2 de enero de 2009, 2:25

Buenas noches! Este es una especie de cuento que empecé hace un mes y acabé ayer, como es largo lo divido en partes, cuatro para ser exactos. Espero que os guste. Carpe diem.

La esposa, la esclava y el guardián I

“Siempre. Le parecía una palabra vacía desde que la pronunciaron sus labios, delineados con carmín negro. No quería que su amistad siempre fuese eso, necesitaba algo que no tenía; lo sabía en cada momento que evocaba sus azulados ojos, en cada momento que los veía sonreír al verse reflejado en sus marinas pupilas. Sin embargo, ahora esos ojos no le miraban, sólo en el recuerdo y este estaba demasiado gastado; no en aquel antro con perenne olor a tabaco y grandes nubes de humo gris que invadían el hediondo cielo, ocultando los soles de blanquecina luz. Estaban más ocupados cerrados, mientras sus boca se entrelazaba con otra boca, que muy a su pesar era la de un amigo, no podía odiarle por algo que él no decidió, tampoco a ella. Se acomodó más en el sofá, dio un largo sorbo a su cerveza y evaluó el paquete de Lucky que estaba sobre la mesa. Incluso le pareció que él también estaba siendo evaluado. Mostró para sí una sonrisa torcida, y esquivó la contemplación de los cigarrillos para encontrarse con otra más aciaga. El instinto le obligó a apartar la mirada, dolido, y dejar que vagase por todo el lugar.

El bar abarrotado, si bien sabía que sólo era un efecto acusado por la estrechez del lugar, pues, en realidad, no había más de veinte personas. Todas eran conocidas por sus ojos, más de la mitad, por su lengua, cinco o seis, por su mente y sólo una por su corazón.

El ambiente, idéntico al de cualquier garito heavy de pueblo que se precie un viernes por la noche. El murmullo moría donde empezaba la música y la música nacía junto a tu tímpano; el rasgueo de una guitarra acoplado a una enronquecida voz en ingles que era imposible de entender; martirizando oídos. La gente, los habituales; formando pequeños grupos en los cuales dos o tres tocaban una guitarra o una batería imaginaria, moviendo sus melenas al ritmo de la música. Rara era la vez en la cual entraban caras nuevas, casi siempre acompañado por algún conocido; primos, amigas de verano, de pueblos vecinos...

Tal vez fuese sea la razón, en la cual pensaba en esos momentos, lo que le llamó la atención de una figura que acababa de traspasar el umbral, sola. La vio avanzar, deslizándose entre la gente, sin que ninguno levantase la vista para echarle una ojeada, inconscientes a su presencia. Se estiró un poco para no dejar de mirarla. Caminaba directa a la barra, no había buscado a nadie, ni titubeaba; simplemente se sentó en un taburete y pidió algo al camarero. Dejó caer una mochila al suelo, de la que colgaba un saco de dormir, se quitó la cazadora oscura y unos guantes, que guardó en los bolsillos y lo dejó todo sobre la bolsa. Tras esto se giró y le dio por completo la espalda.

Vestía unos vaqueros grises y gastados, que no marcaban su trasero y parecían quedarle grandes; unas deportivas negras llenas de barro jugaban en la pata del taburete, colocándose una encima de otra. La sudadera de rayas negras y de otro color que no supo determinar era de esas con capucha duende, que le colgaba hasta la parte baja de la espalda. Tenía corto el pelo oscuro, y despeinado. Era miope, pero no usaba gafas por olvidadizo, pese a tenerlas desde hacía un par de meses; aún no se había acostumbrado a ellas, y sólo las utilizaba en el instituto, por lo que no podía determinar más rasgos desde su actual posición de observador en la sombra, así comenzó a germinar una idea en su mente. Vio como el camarero dejaba el vaso a su lado, pequeño, lleno de un líquido que no reconoció. Miró a su alrededor para comprobar si alguien se percataba de su observación, por si alguno también la miraba a ella, por si alguien la conocía, pero no; nadie le miraba, ni la miraba, ni quería mirarla.

Tras quince absurdos minutos de sopesar los inconvenientes y perderse en absurdas reflexiones metafísicas sobre el color del cariño, se levantó y ando hacia ella, no sin antes vislumbrar por el rabillo del ojo que sus amigos continuaban con los arrumacos. Se acodó en la barra con la excusa de pedir otra cerveza, sólo para mirar su aspecto más de cerca. No le fue difícil observarla de reojo sin que se diera cuenta, pues tenía la mirada fija en el fondo del vaso, que parecía contener absenta verde, por la mitad. A simple vista no parecía ser mayor de veinte años, nunca fue muy bueno adivinando edades. El pelo era negro, una trenza de cuero marrón hasta la mitad de su espalda, y lo que en un principio pensó que era negro en su sudadera, resultó morado, y naranja. Sus manos aferraban la bebida, cubriendo el vaso por completo. Tenía la piel sonrosada alrededor de las uñas, largas; se mordía los pellejos. Sonrió de lado, él también lo hacía, pero además él se mordía las uñas.

El camarero le sonrió al percatarse del escrutinio que estaba llevando a cabo. Se sintió ruborizarse mientras le sacaba el dedo. También él rió y se fue a por la cerveza. Un vistazo a la mesa le dio a entender que sus amigos no le echaban de menos, por lo que optó tomar asiento y continuar la observación, en algún momento tendría que moverse para poder verle el rostro. Con sinceridad no la encontraba atractiva: vestía como un chico, parecía un chico. Le gustaban las féminas que se vestían como tal, con corsé y faldas, preferiblemente, los ojos delineados... Era la curiosidad lo que le había hecho levantarse y acudir hasta allí, y decidió que la saciaría en la medida de sus posibilidades. De hacerlo, tendría que ser ahora, se dijo. Respiró hondo y contó hasta dos y medio, antes de dar un trago a su botellín y girarse. Carraspeó, y no pareció oírlo. Repitió dos veces más, aumentando el volumen hasta que ella sacudió la cabeza y fruncía el ceño mientras clavaba en él una mirada entre sangrienta y tormentosa. Sangrienta, porque parecía tener conjuntivitis; tormentosa, porque era gris y húmeda. También la enmarcaban unas oscuras ojeras que jamás creyó existentes sin la ayuda de sombra de ojos, sobre una piel de lividez sepulcral. Esto le sorprendió, y lo primero que pensó fue en el amor fracasado, y sintió una terrible empatía. La expresión de sus ojos cambió, de vacua a interrogante; a la vez que la suya, de filósofo a amigo, aunque fuese desconocido.

––Buenas noches,––saludó––me llam-

Ella le chistó para que callase mientras estrechaba su mano. Tenía una llaga en el labio inferior, manchada de sangre.

––¿Acaso importa? No serás para mí más que otro nombre, por lo que te insto a que seas el primer desconocido que conozco.––su voz, suave, algo rota, con un matiz indefinible, hablando como lo había hecho, le cautivó.

No pudo menos que sonreír.

––Entonces, debo intuir que tampoco conoceré tu nombre.

Asintió. Él se encogió de hombros. Dio otro sorbo, mientras sentía como sus ojos le observaban, captando cada leve parpadeo.

––Inventa una historia que contarme,––hizo una pausa, dando a entender que en ese espacio habría colocado su nombre––veamos tus dotes como bardo.

Una parte de su mente se alarmó por el comportamiento de aquella mujer, la otra decidió seguirle el juego. De todas formas no tengo nada mejor que hacer, se excusó, desviando la mirada a la mesa, ahora vacía. Un suspiro de abatimiento surgió de lo más hondo de su pecho, antes de poder evitarlo. Ella no dijo nada, y le miraba, expectante, esperando el comienzo de su cuento.

––¿Qué tipo de historia prefieres? ¿Triste, alegre, mágica, ordinaria...?

––Alguna sobre la vida, y a no ser que hayas vivido toda tu vida en una burbuja, sabrás que debe tener de todo eso, y bastante más.

Volvió a asentir, mientras su imaginación comenzaba a ordenar ideas, improvisando un principio, el final llegaría solo. Terminó la cerveza. Y carraspeó de nuevo. Ella cogió el vaso entre las manos y se giró para mirarle, sus rodillas se tocaron.

––Bueno, pues vamos a ver que sale de esto. Aunque eso quite prestigio a mi recital, he de decir que mis servicios como juglar tienen un precio, hermosa dama.––se llevó la diestra a la cabeza, simulando hacer una reverencia mientras se quitaba el sombrero.

Fue la primera vez que la vio sonreír, no ampliamente, pero una sonrisa al fin y al cabo.

––Poned un precio, maese juglar, y decidiré si vuestra historia lo merece.

A eso no puso contestar de repente, qué podría pedirle a una mujer que no conocía de nada y a la que tampoco conocería más adelante. Salió por la tangente:

––Hagamos una cosa, escúchame y paga lo que valga mi relato.

––Sea pues.––dijo, haciendo un gesto condescendiente con la cabeza.

Se aclaró la garganta y colocó las manos, simulando que sostenía un arpa.

––Clin, clin, clin––esto también la hizo sonreír. Concluyó que empezaría como cualquier trovador––. Érase una vez...”





P.D.: “Me invento personajes que me quieran porque a quién amé maté con esas manos de tijera.” Shinoflow

P.D.2: "Tú creas un personaje que pueda hace magia, volar, o cualquier mandanguilla de esas y luego le impides utilizarlos." Heli Gordi

1 comentario:

  1. Me cago en todo lo cagable de tu persona xDDDD es un gran principio, engancha y deja con la intriga (maldiciendo todos los muertos del escritor y cosas asi, pero no te preocupes, todos los grandes escritores lo han sufrido alguna vez, se te pasará, creo)

    para cuando la segunda parte?

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Miríadas de sendas desde el Abismo