lunes, 5 de enero de 2009

Morirme para ver lo que sucede

La esposa, la esclava y el guardián IV

Cerró la puerta del taxi y abrió el paraguas, internándose en el aguacero que asolaba Madrid. Caminó por los baldosines blancos, entre millares de muertos, buscando su propia redención, o penitencia; en pos de un pobre recuerdo. Conocía bien el camino, pues era un peregrinaje que solía hacer cada año, cuando la vida acompañaba a ello. No tardó mucho en alcanzar su destino, si bien el corto camino sirvió para que su abrigo y sus zapatos estuviesen empapados.

Contempló la tumba de mármol negro, el Cristo crucificado, las letras de metal dorado, la fotografía de aquella desconocida que sonreía dulcemente. Un ramo de flores artificiales de color blanco y otro ya marchito desde hacía semanas, eran la única decoración. Sacó del bolsillo de su americana negra un iPod, mientras se aflojaba la corbata. Se colocó los cascos, buscó una canción, que había grabado para la ocasión, y olió el clavel blanco que había tenido protegido por la chaqueta. Siempre eran blancas, no importaba de que tipo fuese, la razón no la conocía, o fingía no hacerlo; sin embargo la luna no había vuelto a brillar como aquella noche de otoño.

Los acordes de la guitarra empezaron y pronto su voz de barítono desterró la calma del camposanto. Cada año era el mismo ritual, en noviembre, una flor y la canción que bailaron a orilla del Atlántico; frente a la equivocada lápida de la mujer que amó durante unas pocas horas. Porque pese a la fotografía y el nombre, pese al crucificado, esa no era la tumba de Eva Sánchez de Ayala, o por lo menos no para él, que jamás la había visto. Sino los huesos, el polvo, de la única desconocida que conoció, de la cual se había enamorado y había perdido instantes más tarde. Casi no recordaba su rostro, enmarcado por un pelo azabache y cubierto de lágrimas, con una sonrisa llena de incertidumbre. Cómo era posible que algo tan bello desapareciese de la faz del mundo sólo porque él no lograba retener el recuerdo. Esa era una de respuestas que más necesitaba, por qué fue él, y no otro, quien conoció a esa muchacha. Dudaba que ella lo supiera tampoco, pero no podía preguntar a nadie más. No se culpaba de nada, tampoco a ella, si bien era doloroso pensar que añoras a alguien con el que no puedes estar, que queda por encima de todo y todos. Aunque suponía que esa era la razón de los deseos humanos.

La canción acabó, el relativo silencio recuperó su reinado. Se acercó hasta tocar mármol, deslizó su mano por la superficie mojada y fría, a modo de despedida. También depositó el clavel y vio como la lluvia comenzaba a horadar sus pétalos, sin piedad. Secó su mano en el pantalón y la metió en el bolsillo, esperando que se calentase. Empezó a desandar el camino, de nuevo entre tantos difuntos solitarios, algunos ya olvidados; con el paraguas apoyado en el hombro.

Un pensamiento se formó en su mente, repentino, que provocó que un escalofrío recorriese su espalda. Cuántos de los que estaban allí carecían de lágrimas en su honor, de sonrisas o, simplemente, de pensamientos. Cuánto tiempo habría de pasar que él también engrosara las líneas del vasto ejército que permanecía en el mundo, sin que los vivos se dieran cuenta. Casi notó como las miradas vacuas de todos aquellos fallecidos le observaban desde cada sombra, conscientes de que sólo había ido allí a visitar a uno de ellos, cuando quedaban miles de cientos. Miró a su alrededor, no con nerviosismo, sólo para constatar que ningún espíritu tornado en carne le observaba.

Recorrió baldosas, sorteando charcos, y cruzándolos de puntillas cuando toda la calle esta inundada. Tenía los pantalones empapados hasta las rodillas, y también partes de la chaqueta; seguro que acababa con un resfriado. Traspasó las verjas de hierro, volviendo a su mundo, al conocido e inmutable mundo; allí la vida regresó a su vista, coches, peatones, ruido... De nuevo, sintió como si dejase algo atrás, pero, por suerte, ese era el perenne sentimiento que le acompañaba tras atravesar aquella puerta, año tras año. Prefirió regresar andando a su casa, donde a buen seguro, encontraría el calor que necesitaba su lluvioso espíritu.

Unos castaños tendían sus ramas sobre la acera, donde una figura trajeada se perdía entre la cortina de lluvia, borrando con el dorso de la mano una estúpida lágrima que comenzaba deslizarse por su mejilla.

****

––Papá, papá, ¿por qué venimos aquí?

Caminaban por un paseo de mármol, entre nichos, con el frío de noviembre acariciando sus rostros. El día era nublado, con alternancia de sol y nada, de ese sol muerto que apenas ilumina las falsas apariencias y calienta lo que ya es caliente; de esa nada nebulosa, del cielo gris que augura una inexistente tormenta.

Parecían lo que eran, dos figuras caminando hacía un lugar concreto, no vagando por el camposanto.

El hombre, que agarraba a su hijo con la diestra y llevaba un ramo de flores en la siniestra, siguió con la mirada al frente mientras le contestaba.

––Hemos venido a ver a una vieja amiga de papá.––su voz sonó tranquila, profunda, como un guijarro cayendo silencioso en un río, al atardecer del verano.

El niño calló, conocedor del silencio de los difuntos, guardián de la paz del lugar. Traspasaron las murallas de muertos, llegando a los jardines donde también se habían plantado cadáveres, entre piedra, para que no creciesen ni la tierra volviera a ellos. Una figura se recortaba ante su camino, negra, oscura, alta, de varón.Continuaron.

La proximidad reveló detalles. Su traje oscuro, su abrigo negro que llevaba echado con despreocupación sobre el hombro, el pelo largo, azabache y lustroso; parecía la Muerte esperando pacientemente a alguien que por alguna extraña razón había escapado a sus poderosos brazos. Continuaron.

Algo incomodo paró dos tumbas antes de llegar a su destino, donde la infrecuente figura tocaba el mármol enlutado, donde de una rosa blanca danzaban sus pétalos con la fría brisa. El hombre se giró y los vio. Sus miradas se cruzaron durante breves instantes, ambas se deslizaron a la tumba para trabarse de nuevo. El verde húmedo del viento con los ojos tristes, cercano el llanto, el otoñal castaño seco y ausente, nostálgico. Los dos perdidos en recuerdos, distintos, iguales, de hace tiempo. Cae de nuevo el contacto, carraspeos desazonados por una mirada que expresaba tanto.

Toca de nuevo el mármol, el largo hasta luego, y echa a andar hacia el presente. Sus pupilas vuelven a prenderse, conocen ese significado no exento de dolor y olvido. Porque, sí, es el olvido lo que les hace conocerse, el recuerdo cada vez más huido. Un leve asentimiento. Como respuesta un cabeceo. Lo ve alejarse entre los rayos del sol, figura oscura que se adentra en su mente, horadando cada instante, antes único. Se acerca él, deposita las flores junto a la rosa, y saluda a la eterna ausente, a la eterna invariable. No mira más allá de la piedra, no conoce la sonrisa rubia. Gira y camina de regreso, nunca le gustaron las despedidas. Aunque, con ella, nunca era para siempre.

1/I/09

P.D.: “El coraje no es la simple ausencia del miedo, sino la conciencia de que hay algo por lo cual merece la pena arriesgarse.”

1 comentario:

  1. ¿No terminará ahí, verdad?¿Verdad?¿Verdad que no?¿Verdad???

    (aaaaagh!!! más continuidad en tus actualizaciones!!!)

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