Sábado, 3 de enero de 2009, 17:08
La esposa, la esclava y el guardián II
En la mesa había otras cuatro cervezas, el vaso de absenta vacío y los hielos
derritiéndose en él. Apenas habían cambiado su postura. Ella continuaba expectante,
aún cuando acababa de oír las palabras "the end" en la boca de un interlocutor. En
varios momentos le había parecido como una niña, que no intuyese el transcurso de los
acontecimientos. Para romper el contacto visual miró su reloj de pulsera. La una y
media todavía era pronto, pero el ambiente de aquel lugar comenzaba a agobiarle.
--¿No podríamos tachar el "The end" y cambiar por "To be continued"?--dijo en un
murmullo, tan quedo, que casi no la oyó.
Su sorpresa sólo fue momentánea.
--¿Cómo?
Se encogió de hombros, confundida. La vio mover los labios, pero no escuchó lo que
dijo. Negó con la cabeza, antes de cogerla por la muñeca y acercarse a su oído.
--Vayamos fuera, no te he oído.
Asintió y rebuscó en los bolsillos de sus pantalones. Él, asimismo, hizo amago de sacar
la cartera, hasta que vio el billete de veinte que ella le tendió al camarero, haciendo un
gesto a todo lo que habÌa sobre la barra. No pudo más que volver a acercarse y
susurrarle:
--¿Son cuatro cervezas el precio de mi relato?
Se quedó mirándole, con aquellos ojos plagados de dudas que tanto le desconcertaban y
negó con la cabeza. Tendió la mano para recibir la vuelta y le hizo un gesto, indicándole
que buscase una salida entre el montón de gente, que inexplicablemente, parecía haberse
triplicado. Vio como el camarero le guiñaba un ojo, y mientras disminuía la distancia
del aire limpio que esperaba tras la puerta, como en una procesión. Muchos le
saludaron, los ignoró; de hecho, no se dio cuenta de si sus amigos habían vuelto o no, y
tampoco se acordó de ellos. Su mente iba ocupada en el pago que recibiría. Había
resuelto que quería algo más que un polvo, Èl no contaba historias por sexo (acababa de
autoimponerse esa norma), aunque no le pareció que le pensase pagar así, si lo hacía, da
igual como fuese, sería bastante decepcionante.
Una bocanada de aire frío le dio de lleno en el rostro, haciendo soltase un exabrupto
mientras se ponía la chaqueta de cuero que sostenía bajo el brazo. A los segundos,
apareció ella, reaccionando de la misma manera.
--¿A dónde quieres que vayamos?--le preguntó.
--A donde quieras.
Se descolgó la mochila del hombro, sacó una bufanda granate, que se enrolló en el
cuello, tapándose también la nariz y la boca, y después se puso unos guantes con los
dedos cortados, de mendigo. Esperó hasta que estuvo lista, y después enfiló la calle,
pensando donde llevarla. El suelo estaba mojado, había llovido mucho durante la tarde,
pero ahora, por fortuna, sólo quedaban enormes charcos en la Tierra, y unas nubes bajas
y grises en el cielo, que se movían con el viento, velando la luna llena. Para su sorpresa,
ella se agarró de su brazo, y se apretó contra él. Esto le hizo rebullir, inquieto, pero si se
dio cuenta no mostró señales de ello, así que intentó mostrarse todo lo cortésmente que
supo. Notaba como le castañeaban los dientes, y temblaba el brazo. La atrajo hacía sí y
le pasó un brazo por los hombros. Musitó un gracias, no obstante no pareció querer
continuar la conversación. Era una mujer alta, no tanto como él, unos cinco o seis
centímetros más baja, lo que la dejaba en un metro setenta y ocho, más o menos.
Mientras andaban por una avenida, que estaba casi por completo vacía debido a las
bajas temperaturas otoñales, ella sacó un paquete de tabaco del bolsillo de la sudadera, y
le ofreció. Negó con la cabeza, ya llevaba nueve meses sin probarlos y no iba a empezar
ahora. Se retiró la bufanda de la cara, lo encendió, y dio una calada, que sólo pudo
calificar de titubeante. Tampoco parecía tener mucha experiencia cogiendo el cigarro, si
tuviera que afirmarlo diría que no llevaba con el vicio más de una o dos semanas. Lo
colocó en la lista mental que había comenzado sin querer a construir desde que traspasó
el umbral del bar y entró en su campo de visión. Su forma de fruncir el ceño ante cosas
que desconocía o que le sonaban extrañas, de morderse los dedos, de tocarse el
estómago, de juguetear con la trenza...
Al final, sin que él fuese del todo consciente, acabaron en la playa, caminando entre la
arena húmeda. Poco a poco dejaron atrás las luces del paseo y se quedaron a solas con la
luna, que desdibujaba todo con su suave luz plateada. La arena era ahora más blanca
que de día, los acantilados del final, como moles negras, abismos en el camino. Las olas
rompían contra la orilla, envolviéndolo todo en un impetuoso silencio. La brisa era igual
de fría, si bien, al notarse a sus espaldas parecía menor.
Como le hubiese gustado cambiarla por la que gobernaba en su corazón en esos
momentos, y saber que cuidaba de alguien a quien amaba. Se encontraba un poco
nervioso, no podÌa negárselo a sí mismo. Seguir a una mujer anónima, con un rumbo y
un destino ignoto, aunque tuviese un cariz de romántica aventura, era una estupidez. Sin
embargo, le chocó que ella no pensara lo mismo, con la diferencia en que él podía sin
apenas dificultades reducirla. Obligó a su mente a abandonar esos pensamientos y
regresó al presente, donde los dedos de sus pies comenzaban a congelarse.
De repente, ella paró y se giró para mirarle. Sus ojos le observaban, con un matiz entre
esperanzado y torturado, por sus mejillas corrían sendos regueros, pese a que él en
ningún momento se percató de que estuviese llorando. Sin pretenderlo alzó la mano y
secó una lágrima tardía, que casi había alcanzado el final de su rostro. Ella sonrió,
trémulamente, lo que le pareció un gesto demasiado hermoso para ser tan etéreo y en
cuestión de segundos acordó que lo conservaría para siempre, aunque fuese en el triste
recuerdo. Inclinó la cabeza para besarla, si bien notó como se ponía tensa y no
correspondió. Se apartó, avergonzado, mientras musitaba una disculpa.
Hubo unos instantes de tenso silencio, con la noche llenando cada rincón de la realidad.
--Ya sé cual es el precio de tu historia, Marius, trovador.--susurró, tranquila.
Eso le hizo sonreír. Cómo iba a pensar que le llamaría igual que había nombrado él a
uno de sus personajes. No obstante, le hubiese gustado saber el porqué de su elección,
cuando él se sentía tan poco identificado con ese personaje en particular. La vio mirar a
su alrededor, como buscando algo, como si no estuviesen en una playa abandonada por
todo.
Después miró a través de él, quizá al océano, o al horizonte, o al infinito. El vapor se
elevaba entre ellos, y él se quedó contemplándolo, dejando que su mente deambulase
por los límites de la realidad.
La oyó dejar la mochila en la arena, y notó como le agarraba de la muñeca,
conduciéndole unos pasos hacia delante. Le sorprendió un poco cuando alzó los brazos,
hasta unirlos en su cuello. Se encontraban a menos de un palmo, sosteniéndose la
mirada; el gris, inexpugnable y el verde, expectante. La agarró por las caderas,
intuyendo que era eso lo que esperaba. Pasaron unos segundos, hasta que un delicioso
susurro llegó hasta sus oídos, nítido y bello. Su voz transcurría en el tiempo, llenando el
espacio hasta ahora mal colocado. Nunca había escuchado esa canción, y tampoco
comprendía el inglés, si bien se dejó llevar por ella, cerca del límite de su conciencia,
donde los pensamientos de deshilachaban en neblinosos retales.
Se movieron bajo un ritmo inexistente, sólo con la melodía que esos labios conseguían
evocar, formando sus latidos la armonía del retorno, dejando atrás ese mutuo destierro
para volver juntos a un lugar que no existía...
Apenas terminó de callar y sus miradas volvieron a encontrarse, infinitamente más
cercanas, ambas más ausentes. No necesitó ponerse de puntillas para alcanzar sus
labios, interrumpiendo con un leve roce el vapor que manaba de ellos. No pidió
permiso, supo que tampoco pediría perdón. Le acarició a conciencia, buscando la llave
que abriría para ella la entrada a su cuerpo. Él se la entregó. Con una rapidez alarmante
el beso perdió su ternura, mató la delicadeza, para volverse salvaje, violento, lleno de
vacíos apagados, quizá muertos. Casi a la vez ella subió las manos hasta su nuca, él
apretó con firmeza sus nalgas, atrayéndose, necesitándose. Cayendo juntos en esa
espiral de soledad y melancolía que no sabía saciarse de otra forma. Mordieron el odio
que los corrompía, ese que sólo profesaban sin querer hacía un mundo incomprensible e
incapaz de comprender. Enroscó sus piernas contra las de él, que la levantó en vilo sin
gran dificultad, para quedar a la altura de su boca, para continuar en lo alto bebiendo de
aquel manantial de contrita ambrosía y próvida ponzoña, en ese lugar al que no quería
llegar, deseosa de adentrarse en él y perder allí toda ruina de realidad.
Se sació con su boca, sintiendo el sabor a carencia en el paladar, esquivando el de
ceniza. Bajó las piernas, que protestaron por tocar el suelo de nuevo; trajo su mente de
vuelta, que se quejó por continuar sola; su corazón nunca se había marchado, roto como
estaba en su cofre de cristal, mil esquirlas escarlatas que anhelaban un amanecer en el
que exiliarse. Le deshizo de su abrigo con relativa facilidad, sólo le costó que separase
las manos de su espalda; tirar el suyo sobre la arena fue igual de fácil.
Le propinó un empujón para alejarle de su boca, él le devolvió una mirada de sorpresa.
Se observaron, vieron el brillo de la osadía en los ojos del contrario. El guante estaba en
el suelo, y ninguno lo recogía; ambos lo habían alzado. El color de sus pupilas era el
mismo, escarlata, sangre, sufrimiento, guerra; un reto que ninguno de los dos había
superado. Sabían lo que querían, el deseo inundaba sus cuerpos. Ninguno corrió
primero, se fundieron a la vez. Eran todo uno, de nuevo en un beso brutal, sintiendo el
mismo dolor que placer, sangre brotando de labios ajenos, bebiendo el líquido metálico.
Se postraron en la arena, rodaron en una batalla constante, frenética, en el que ninguno
quería ganar. Luchaban por la derrota.
Ella desabrochó sus vaqueros y se bajó las bragas azules y negras hasta las rodillas,
dejando que los rubios pelos de su pubis se encontrasen con el frío de la madrugada. Él
también se bajó los pantalones, para rescatar después un condón de su cartera. Cuando
hizo ademán de abrirlo, ella se lo arrebató de las manos y lo alzó lejos, para instantes
más tarde empalarse sobre su sexo erecto, tumbarse de nuevo sobre su pecho y regresar
al reencontrado hogar entre sus labios.
Sus gritos rompían el aire, destruían el silencio oceánico que les acompañaba. Y el
perenne llanto resurgía en sus ojos color tormenta, ahora secos.
P.D.: "Nunca andes por el camino trazado, sólo conduce a donde ya fueron otros." P.D.2: "Oye, Moony, ¿te acuerdas de Cole? [...] ¿te acuerdas de que fue inmortal y al final acabó muerto?" P.D.3: "Verás, imaginate que estás en un punto muerto..."
P.D.: "Nunca andes por el camino trazado, sólo conduce a donde ya fueron otros." P.D.2: "Oye, Moony, ¿te acuerdas de Cole? [...] ¿te acuerdas de que fue inmortal y al final acabó muerto?" P.D.3: "Verás, imaginate que estás en un punto muerto..."

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