Su mirada se deslizó por la realidad para posarse sobre el libro de texto, con tres tipos de rotulador fluorescente e innumerables anotaciones a lápiz; eso era lo peor de heredarlos, lo que su hermano consideró importante no lo fue para su hermana ni tampoco lo de ambos para él. Que más daba que al sector terciario pertenecieses las asesorías, las entidades bancarias, los servicios comerciales y un largo etcétera si no había subrayado que significaba ese sector. Pasó la página y alzó una larga mirada a la siguiente, ni por asomo mejor que la anterior.
Comenzó a leer por encima, a inventar los inexistentes diálogos de un inexistente interlocutor, que se esforzaba por hacerle entender los conceptos sencillos que se negaban a permanecer en su mente. Unas palabras se colaron entre el amasijo, resaltaron cual incendio entre la hierba seca. “Renunciará a todas las demás”. Se remontó al inicio de la pregunta, cuyo significado desconocía, e intentó con más denuedo desempañar el significado que parecía ocultarse de él.
Decía llamarse coste de oportunidad, el precio de elegir una opción, el gasto que conlleva desechar todas las demás, perderlas. Él, en su dramática mentalidad adquirida gracias a las frustrantes semanas en las que había vivido, lo extrapoló a su vida, a cualquier decisión que había tomado y de la cual tenía constancia. Algunas tuvieron fácil respuesta, el color de calzoncillos era irrelevante, el sabor de los regalices o, incluso, el menú de esta semana. Nada le condicionaría, ya que podría escoger cualquiera de las otras opciones en otro momento, seguirían estando allí.
El problema se presentaba en elecciones que tomó en el pasado y ya no podían remediarse. Que matricularse en un instituto, unos determinados amigos (que en contra de lo habitual, él eligió siendo plenamente consciente), las notas obtenidas, su primer beso... Todo ello tenía ahora sus consecuencias, quizá si hubiera cambiado algunas de ellas su vida daría un giro de noventa grados (pensar en mayor cantidad era bastante más doloroso). Entonces cayó en la cuenta de que no importaban tanto las consecuencias como el mero hecho de que había cientos de cosas que habían quedado en el tintero, que nunca serían narradas en el libro de su vida, solamente porque las había eliminado. Porque no reflexionó lo suficiente, o tal vez porque lo hizo demasiado y no alcanzó ninguna conclusión satisfactoria. Pero, en realidad, ¿era el plenamente consciente de aquellas bifurcaciones ante las que a veces ni siquiera paró a mirar? ¿Había sabido lo que estaba haciendo al elegir o sólo fue fruto del más miserable azar, de los irracionales sentimientos que habían tomado decisiones por él? Nunca había sido muy reflexivo, y tampoco le gustaba hacer cábalas erróneas sobre un futuro que no sucedería como esperaba. Si bien quizás debería haber sido más maduro, estudiar más y aprender. No perder infinidad de tardes paseando o infinidad de noches observando las estrellas. Debería aprovechar más el tiempo, hacerlo ahora que aún le sobraba. Sacrificaría algunas cosas que no le aportaban nada. Ya tendría tiempo de vivir esas sensaciones cuando creciera, en vacaciones, cuando tuviese dinero...
Con ánimos renovados se colocó en la primera página y empezó otra vez desde el principio. Haciendo resúmenes, anotaciones al margen, estudiando con aquel método que casi garantizaba el aprobado. En su mente se estaba formando un posible futuro perfecto, con él licenciado en económicas y una brillante carrera que le conduciría a la felicidad. No le costaba estudiar aquel estúpido libro de texto mientras su inconsciente seguía una perfecta línea de pensamiento que conducía irremediablemente a su final. Se paró en medio de una frase, y hubo de parpadear varias veces para borrar del fondo de sus retinas la imagen de su ataúd adentrándose para siempre en un nicho de mármol blanco. Una exhalación escapó de su garganta, al darse cuenta de lo pronto que terminaría su vida. En su maravillosa historia vivía hasta los ochenta y siete, pero, ¿qué eran ochenta años comparados con todas las cosas que quería vivir, con todo lo que tenía que ver y aprender? Sabía que necesitaba mucho más tiempo para pasar con la gente que quería, para conocer a muchas otras personas.
Cerró el libro que tenía delante y metió todas las hojas en la mochila, se levantó haciendo que la silla chirriase contra el suelo. Una chica que se encontraba enfrente le echó una mirada de enojo, a la que respondió con una amplia sonrisa, que la desconcertó aún más. Sabía que hoy no conseguiría concentrarse, no podía mantener a su corazón parado entre esas paredes silenciosas. Para bien o para mal, la suerte en el examen de mañana estaba echada, hoy había preferido vivir.
Cuando salió de la biblioteca comenzaba a caer una leve llovizna, que hizo que alzase la
cabeza y dejara que las pequeñas gotas bañasen su cara y mojasen su boca. Se subió a su
bicicleta, en principio, rumbo a ninguna parte, esquivando coches de forma temeraria.
Cuando pasaba por una tienda de regalos se acordó de alguien, que según sus cálculos,
siendo martes como era, a las siete menos cuarto, debía estar en su casa, enfrascada en
algún misterioso estudio sobre los colores del océano. No hablaba con ella desde hacía
varias semanas, se habían enfadado por una estúpida razón que, hasta hacía una media
hora escasa, no estaba dispuesto a perdonar a no ser que ella se disculpase primero.
Ahora quería pasar esa inigualable tarde de otoño a su lado, a ponerle un tope al reloj
para hacer que sólo existiese el crepúsculo. Llovía con más fuerza cuando llegó a su
portal, y se encontraba completamente calado, con el pelo chorreando agua sobre las
baldosas. Dejó la bici dentro pero volvió a salir a la calle para llamar por el interfono.
Oyó una voz femenina al otro lado.
––¿Está ella?––preguntó.
––¿Hugo? ¿Qué haces aquí?––su voz reflejaba un matiz de disconformidad que no le pasó desapercibido.
––Vente, que te espero en la aduana del cariño, con un carné falso, con una foto de cuando era un niño.––le cantó, antes de hundirse de nuevo bajo la lluvia, poniéndose frente a la ventana de su comedor, sabiendo que ella se asomaría. Pero no lo hizo.
No pasó un minuto antes de que ella apareciese en el portal, con una mirada incrédula plasmada en su semblante, mientras veía como él se encontraba bajo la lluvia con los brazos en cruz y la boca abierta, mirando al cielo encapotado.
––¿Qué coño estás haciendo?––le gritó aún desde el portal. Había bajado en pijama, con deportivas y una cazadora, preocupada por su presencia allí, que jamás hubiera esperado. Él la miró y sonrió, con esa sonrisa que la había enamorado hacía ya algunos años. Se acercó hasta ella y le tendió una mano, invitándola a salir con él bajo la lluvia.
––Vivir, ¿vives conmigo? La vida es demasiado corta como para enfadarme contigo por esas minucias, como para permitir que tú te enfades conmigo.
Ella le devolvió la sonrisa y tomó su mano, que la condujo bajo la cascada de agua dulce, helada. Al principio, se limitaron a permanecer abrazados, mojándose juntos.
––¿Quieres bailar?
––¿Bailar bajo la lluvia no es demasiado romántico?––le susurró entre risas.
––Tal vez.––le contestó cogiéndola por la cintura y atrayéndola hacía sí.
Cantaron Vente unas cinco veces hasta que el frío de noviembre se hizo insoportable y ambos tiritaban.
––Vamos a casa.––le propuso.
Él se rió, antes de seguirla hasta el portal.
––¿No estarás intentando llevarme hasta tu cama? Sabes que un chico de mi inocencia no lo soportaría.––dijo, mientras se escurrían las ropas en el portal.
––¡JA! No sueñas tú ni nada. Como no quieras que te desvirgue en el felpudo lo veo difícil, porque me he dejado las llaves dentro.
––Joer, entonces me veré abocado a perder todo romanticismo en mi primera vez. Que mala eres para conmigo.
––Cállate, no sea que te oiga alguna vecina, porque en mi edificio son así, antiguas y radicales. Además estás dando cosas por supuestas, demasiadas para mi gusto.
Estaban subiendo las escaleras hasta el primer piso, que era donde ella vivía. Empujó la puerta varias veces, sólo para comprobar que estaba cerrada. Después llamó al timbre compulsivamente. Mientras tanto él se dedicaba a hacer un ruido de fallo y decir “error”, con sorna.
––Vamos a probar la última opción.––dijo, mientras llamaba al timbre de la puerta de enfrente.
––¿Qu-?
––Calla, primo Ismael, que la señora Tomasa tiene llaves de mi casa.
Como única respuesta él le pellizco el trasero sin demasiada fuerza, pero consiguió que ella diese un respingo y se tocase el culo, falsamente compungida. De hecho, cuando una mujer mayor con delantal abrió la puerta la encontró en esa tesitura, aunque la disimuló con facilidad.
––Hola, niña. ¿Qué quieres?––dijo, mientras la mirada por encima del hombro para evaluar al chico, frunciendo el labio.
––Buenas tardes, Tomasa.––la saludó con un tono de voz que nunca la había oído utilizar. ––Me puede dejar las llaves de mi casa, es que salí con prisa, y no me acordé de cogerlas.
––Ay, ay, qué cabeza...––comenzó a murmurar antes de cerrarles la puerta.
––Ahora es cuando nos las da.––le susurró, con una sonrisa.
Unos segundos después la puerta volvió a abrirse y la señora le tendió un llavero de la Expo, con dos llaves, que ella se apresuró a coger.
––¿Y-?––quiso empezar a hablar la mujer.
––Muchas gracias, doña Tomasa, no sé que íbamos a hacer sin usted.––le dijo, devolviéndole las llaves antes de meterse rápidamente en su casa, cerrando la puerta tras ellos.
No pudieron evitar reírse nada más caer en el sofá, sobre una manta.
––¿Y esa voz que has puesto?
––Es la que me sale para hablar con gente mayor.––le contestó, encogiéndose de hombros, mientras se levantaba, escurriéndose entre sus brazos.
Se quedó de pie, en jarras, mientras le observaba con detenimiento.
––¿Te he dicho alguna vez lo bien que te sienta la ropa mojada?––le soltó, mientras le devolvía la miraba evaluativa. Ella hizo ademán de taparse. ––Sobretodo ese pijama, umm, quien fuera gota de lluvia...––un cojín le dio de lleno en el rostro.
––Me voy a duchar, ¿vienes o no?––dijo, antes de salir del salón y encaminarse al baño. Cuando se levantó del sofá y salió al pasillo se encontró un camino de ropa que llegaba hasta el baño, de donde salía una luz mortecina y parpadeante. Tardó apenas diez segundos en desnudarse y alcanzar el cuarto de baño, iluminado por cinco velas de color azul. Ella estaba sentada en el váter, apoyando la cabeza sobre las palmas de las manos.
––Nos hemos quedado sin electricidad, no pienses que esto es algo estúpidamente romántico.
Él se había apoyado en el marco de la puerta.
––¿Sabes? Por una vez no me importa.
10/V/09
P.D.: “La vida es demasiado valiosa. Sobretodo para mí, que soy cristiana y sólo tengo
una.” Ana y el rey.

... Sabes... a mi también me parece que ochenta y siete años no son suficientes para la vida... para amar cuanto quiero, leer cuanto quiero, observar cuanto quiero, escribir cuanto quiero... perder el tiempo cuanto quiero...
ResponderEliminarni una eternidad se me antoja suficiente...
Cuando te leo me siento un poquito menos sola cosilla.... aunque suene un poco.. bueno de esa manera.