jueves, 7 de mayo de 2009

Otorno



En general todo se puede dividir en si es algo constante, o variable. Puede salir el sol cada mañana y llenarse la luna cada veintiocho días, eso es invariable; el tiempo atmosférico, el sitio para aparcar y la comida del Peñu no lo son, cambian cada día o mes o quien sabe como. Y luego están las personas que son la cosa más variable y a la vez la más constante que existe.



Hoy la luna se vistió de luto para recordarte de nuevo, como mi mente a lo largo del día, en la noche oscura y profunda que huele a azahar entre las cortinas. Apenas te recuerdo más allá de los últimos años que pasamos juntos, donde siempre permaneciste a mi lado, aunque no lo hiciese yo al tuyo. Creé un pasado para nosotros, un futuro donde fuéramos más de lo que realmente somos, y lo creí, la única manera de hacer que viviésemos en las estrellas, las que contemplamos juntos en mis ocasos de llanto y amaneceres de esperanzadora redención. Porque, he de decir, que te recuerdo allí en mis peores momentos, que sé como viste lo que ahora dudo en hacer, y como sentí decepción en tus ojos contempladores. Tú eras, cuando aún existían, el guardián de mis puertas inconscientes, el constructor que tapaba las fisuras de una magia aún sin aprender. Y en esos momentos eras amado por todos los que me amaban, por protegerme de lo que desconocía.

Si bien yo, por aquel entonces, no era lo que soy, y observaba impasible el caer de tu arena sobre mi cristal. Te veía morir día tras día, noche tras noche de insomnios perpetuos frente a las profundas puertas, mientras yo desde mi alta torre veía tus cabellos blanquecinos brillar por la sombra de la luna. Desoladores pensamientos que llenaban mi mente sin que supiera comprender su sentido, hasta que ocurrió. Y no quise o supe creerlo.

Mi protector eterno, dónde están ahora tus respuestas a mis gritos de socorro. Ahora que me falta aliento, dónde estás para llevarme sobre ti un trecho del camino. Dónde te has perdido que ya no velas a mi amor de mentira, al que más quiero.

Eras mi constante eterna, lo que no desaparecería nunca, hasta que te fuiste, constante que mutó a variable para regresar de nuevo. La diferencia es mínima, en este intento de elegía se me mueren las palabras antes de acertar a describir lo que siento. Pero hasta ahora no he olvidado, de momento no te olvido.

Te fallaré protegiendo lo que tú más protegiste, aunque mi espada no sabe si desenvainar o envainarse.
Farewell, Otorno



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