Pêrdida
Cuando el dolor a la pérdida se hace ineluctable, imposible deseo en ser saciado del espíritu insomne, alma lejana que pasea presente sin ver su estigma decadente. Lloverá sobre el mar mojado las huellas del hombre muerto, en el exilio de pensamientos arrugados por la melancolía aún no sucedida. Sabrá el ser tranquilo, caminante de otros mundos, la historia de su regreso, el forjador de versos incólumes caerá entre las aguas del mar de espuma y renacerá en sus ondas de plata. Veo sus uñas romper carne y hueso entre las grullas de papel que gobiernan el acantilado de los sueños.
En los castillos del cielo, opalina piel que sirve de cauce a los besos que pierde el aire. Término del camino, del sendero bañado en ónice esmerilado, que tránsito de estatuas marmóreas, sucumbe a los anhelos de un futuro acompañado.
Pero soledad es prueba necesaria, rito lejano y ausente que no deja nunca de perseguirnos. Plantarse ante el solsticio, equinoccio entre noche y día, arcaico deseo mortal de pertenecer donde nunca seremos cristal tranlúcido.
Por el tiempo pasado tememos el crepúsculo de medianoche. Oscuro lo que desconocemos nos impide el abismo ver las estrellas truncadas que no iluminan, si bien llenan de belleza la noche eterna.
La incertidumbre de las perlas nacaradas deja un regusto amargo en el fondo de los besos, en la fertilidad de una hierba mojada con las lágrimas del rocío. En el próximo amanecer llorará el cielo un reloj lleno de barro, llorará el vuelo del ángel negro, caído sin alas, el ser permanente y que continua en el ocaso. Sobre el sibilante sonido del mar, del peñasco partirán barcos de madera al horizonte. Suspiros deseados que se cobijarán de nuevo junto al hogar una noche nevada. En la sangre de los sueños brota el futuro insondable, latidos del corazón que no se apagan aunque el miedo sea sudario opresor de lo que no conseguirá ser derrotado.
Y perecerá la arena a los iris constantes, a las pupilas llorantes que no destilan el sabor del océano. Olor a bosque otoñal, tierra húmeda de la patria inolvidable va donde van los sueños y acompaña al soñante. Púrpura el deseo, billete de ida y vuelta a un albor imperecedero, que no ceja en su empeño de ser oro en piel de nieve.
No cae el hambre insaciable sobre vano cuenco de lágrimas, inmensidad de cristaleras en lo alto del monte adamantino, que refleja plata sobre un conocimiento guardado durante eones. Pisa el pie descalzo el camino sin empedrar y hace fuerza antigua llega de lo que es y pudo haber sido. Mano en la frente del caminante que no permite al sol deslumbrar el fin de su camino.
12/V/09, 14:48
P.D.: "Tened el valor de equivocaros." Hegel.

JE JE JE yo tengo el original....
ResponderEliminarSiento decirte que no. El original está en mi agenda, lo tuyo fue una segunda copia para poder dartelo pronto XD.
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