miércoles, 20 de mayo de 2009

Toma del frasco





Rosas



Hasta donde recuerdo las rosas blancas siempre fueron mis favoritas. El abuelo Ignacio tenía un hermoso rosal que limitaba la entrada a su casa, formando un arco que se cubría de albinas flores cada primavera. Mi abuelo siempre cogía una para enredarla en mis cabellos rubios de entonces, no sin antes cortar con su navaja todas las espinas. Decía siempre que era la niña más guapa del mundo, con mi vestido beige de los domingos, que mamá nunca me dejaba llevar entre semana. Cuando yo tenía doce años una helada acabó con el arbusto, o con gran parte de él, pero mi abuelo no tardó en plantar otro. No sé si por error o tal vez porque el color blanco ya estaba demasiado reflejado en su vida, el rosal que creció sobre mi arco era rubí. Sus pétalos, igual de hermosos, comenzaron a teñir de carmesí lo que antes había sido nacarado; hasta acabar por completo con las flores de mi niñez.

Pienso que es una gran fábula para resumir nuestra historia, la mía y la de Juan, porque si bien yo dejé de ser “tesoro”, para mí él siempre será Juan, mi Juan.

Apareció una noche de verano en el varadero, con un clavel en la mano y los mejores tangos de mi vida escondidos en su cuerpo; bailando pasó esa noche, como cientos más, siempre al son de vertiginosos punteos entre sus pies. Noches que acababan en el mar, en la playa, en cualquier lugar donde estuviésemos él y yo, sólo para nosotros, respirándonos tan insaciables que llegamos a amanecer entrelazados. Esta época fue la del crecimiento, la de cientos de ramas que se tejían para cubrir el arco del triunfo, de nuestro triunfo.

Florecimos durante cinco años, cada estación, no sólo en primavera; yo veía nuestros capullos siempre en perpetua lozanía, los que me regalaba en mi cumpleaños, en San Valentín, en nuestro aniversario, en cada sublime ocasión en la que al salir del trabajo me llevaba a cenar al italiano, como algo imperecedero, incluso más allá de la promesa impronunciada, “hasta que la muerte nos separe”.

La única diferencia entre nosotros y la enredadera fue la inexistencia de la helada, no encuentro una razón por la cual la vida plantó un rosal carmín entre el blanco. Aunque alguien podría pensar que su corazón se mutó piedra, yo creo que había estado dormido hasta entonces y ahora el sol lo había abrasado. Las flores púrpuras empezaron a surgir en sus palabras, por estaciones, entre las blancas y yo me esforzaba en cortarlas, él las tapaba con más rosas nevadas. En algún momento también sembró rojas en mi piel, la pálida piel de la niña del yayo, la niña crecida, ahora mujer jardinera. Si bien las que más duraban, las que más se esforzaba en cultivar las dejaba a la puerta de mi alma, donde echaron raíces entre las que eran albas.

Entonces me fui. Y odié todo tipo de rosas durante seis meses. Todos y cada uno de los días, menos hoy. Hoy...

Me ha prometido que llenará de rosas blancas mi velatorio, que cubrirá con ellas mi tumba entera y plantará un enorme rosal sobre ella. Yo le he creído, mi Juan nunca miente en las cosas importantes. Me prometió que moriría en un bonito lugar, entre rosas de ambos colores, cerca del océano, como el día que nos conocimos, en sus brazos y que no me abandonaría hasta ese momento. Para mí, ahora que siento velados de muerte mis ojos, el agua que estaba hirviendo cuando entró por sorpresa en mi casa de acogida y que cayó por los suelos es el Mediterráneo de aquel verano. Los rosetones carmesí que arrancó de mi pecho con un cuchillo, los que llovieron sobre las níveas baldosas, cada gota escarlata que lloró sobre blanco formaron mi campo de flores. Sus brazos son los mismos, no sé discernir si más firmes o nerviosos, pero me mece contra su pecho, y me susurra lo mucho que me ama. Cuando quiero contestarle siento llenarse mi boca con rosas. No consigo hablar, pero me gustaría explicárselo mientras lo miro. Él me sonríe y me sigue diciendo dulces palabras. Yo quiero decirle: “––Juan, Juan, has olvidado cortar las espinas.” En cambio, no me sale otra cosa más que expirar en sus brazos.





P.D.: “Atapuerca es una isla en el océano del tiempo.” D. Pablo.





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