Realmente no se arrepentía de nada de lo que había ocurrido, pero sólo podía esperar que Verónica entendiese su punto de vista. Tampoco la culparía si no lo comprendía, era lo más normal del mundo. Lo que más le dolía era que hubiese pasado toda la noche en vela, por él. No era nada placentero, y menos cuan-, el ruido de la puerta de la terraza al abrirse cortó todas sus divagaciones. Ella se apoyó a su lado y alzó la vista al cielo. Se había puesto una camiseta de deporte azul oscuro y unas bragas, pero estaba descalza y con las piernas al aire.
––No m-
––Anda, vamos dentro,––la cortó sin querer––no es racional coger un resfriado a mediados de mayo.––añadió mientras la empujaba con delicadeza de regreso a la cocina.
La cafetera ya estaba empezando a llenar el recipiente de cristal, así que él sacó las tazas de la alacena, el bote de azúcar, leche y dos cucharillas. Ella se sentó en la mesa sobre las palmas abiertas, con los pies colgando en el aire, y un enorme bostezo apareció en su boca, contagiándole también a él. Ambos sonrieron.
No queriendo dilatar más el tiempo, cogió uno de los taburetes que había bajo la mesa y se sentó frente a ella, para poder ver las expresiones de su rostro.
––Tengo algo que decirte.
Asintió como única respuesta.
––Estuvimos cenando hasta las once y media, pero después ella me invitó a su piso y acepté, intuyendo donde íbamos a acabar. Mi intuición fue acertada y hemos estado follando hasta las cinco, o cosa así. Luego me he venido––no pudo evitar que desde la palabra "follando" todo fuese casi un susurro.
––Ya lo sabía.––su respuesta lo descolocó por completo.
––¿Cómo que ya lo sabías?––frunció el entrecejo.
Se rió antes de contestar.
––No sé, me pareció obvio––se encongió de hombros. ––Siempre me has hablado de ella con cariño y sabía que de volveros a encontrar acabaríais haciéndolo irremediablemente. Cuando vino a casa buscándote y le di tu móvil ya sabía donde terminaríais.––le había sostenido su atónita mirada todo el tiempo.
La cafetera eligió ese mismo instante para pitar, indicando que todo el café estaba hecho. Él se levantó y comenzó a servirlo en sendas tazas.
––¿Y por qué lo hiciste?
Ahora se cambiaron las tornas y llegó el turno de ella para sorprenderse.
––¿Por qué hice qué?
––Darle mi número, decirme que había venido, no sé, todo en general.
––¿De veras piensas que te mentiría para que no te encontrases con una antigua amiga, por mucho que pudieses traicionar mi confianza con ella? No sé que opinión tienes de mí, Hugo, pero después de tantos años esperaba que me conocieses mejor. Gracias––añadió cuando le tendió la taza.
Él se dejó caer en el taburete, y se pasó una mano por el pelo, para apartar de su cara los mechones que se escapaban de la coleta.
––Sí, lo he dicho sin pensar, lo siento. Realmente no esperaba eso de ti. Pero no sé, me par-
––Entonces, si por un casual, uno de mis amores de juventud––él no pudo evitar sonreír ante la absurda referencia––se pasase por aquí en mi busca, ¿tú harías algo para que no nos reencontrasemos?––había un deje de reproche en su voz que no le paso desapercibido.
––No, nunca haría eso.
––Entonces, ¿por qué piensas que yo sí?––ahora estaba empezando a enfadarse.
––Joder, no, te he dicho que se me ha ido la pinza. Sé que tú no lo harías, al igual que no lo haría yo––el cansancio que sentía no ayudaba mucho a organizar los pensamientos que notaba revolotear en su cabeza. ––Siento haberlo dicho, ¿vale? No rijo mucho esta noche.
No contestó a sus disculpas. Quiso pensar que eso significaba que las había aceptado.
Permanecieron en silencio un rato, hasta que una pregunta asaltó la mente de Hugo. ––A ver, si ya sabías que íbamos a acabar juntos, ¿por qué has permanecido despierta?
Antes de contestarle suspiró.
––Ya te lo he dicho: estaba preocupada––no parecía quedar rastro de enfado, o al menos no lo dejaba traslucir en su voz. Más bien le pareció cansada por tener que explicarle eso.
––Pero, ¿por qué?––insistió.
P.D.: "La muerte como final del tiempo que se vive sólo puede causar pavor a quien no habe llenar el tiempo que le es dado a vivir." Viktor Emil Frankl.

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