Aquella tarde no había caído la noche como solía hacerlo, repentinamente, sino que había ido viendo como el cielo se oscurecía poco a poco, cambiando en diferentes tonalidades de gris, hasta adquirir el inconfundible tono anaranjado de las noches de tormenta. Pareció que nada más acabar el crepúsculo, que no termina al traspasar una línea fija, comenzó a caer el cielo sobre las calles de esa vieja ciudad que se había convertido en su hogar. No había dejado de llorar desde entonces, profundamente, como si las nubes sintiesen una pena que le ocultaban, pero aún así, le obligaban a sentir, sin que pudiese hacer nada. Había estado retrasando todo lo posible el momento de apagar las luces y cerrar el bar hasta la mañana siguiente, para evitar la caminata que le esperaba hasta casa, que al menos llevaría media hora de carreras bajo la lluvia, sin paraguas ni chubasquero. Tampoco le apetecían las frías y vacías habitaciones de una buhardilla que había alquilado meses atrás, aunque eso era algo más difícil de admitir.
Estaba barriendo entre las mesas restos de cafés tomados entre jazz y humo, perdida en una línea de pensamiento que no conseguía recordar, cuando dieron tres fuertes golpes en la puerta de cristal ahumado. Su mirada se desvió automáticamente al reloj de pared que marcaba la una menos diez de la madrugada, antes de soltar el cepillo y acercarse a la entrada, para comprobar qué clase de curioso personaje pensaba aparecerse hoy ante su puerta. Siempre, al menos una vez a la semana, alguien se acercaba a golpear el cristal cuando estaba cerrado, con las ideas más variopintas rondándoles por la cabeza. Casi siempre mendigos o lunáticos que, normalmente, se iban cuando no contestaban a su llamada. Se asomó con precaución desde otra ventana para encontrar a un hombre moreno, vestido también de oscuro, que cargaba con un enorme bulto a la espalda. La silueta le resultaba vagamente familiar, y no fue hasta que oyó su voz llamándola cuando se dio cuenta de que se conocían o, al menos, lo habían hecho en el pasado.
Se giró para mirarse en el espejo antes de abrirle, si bien comprobó con desilusión como le devolvía una imagen poco halagüeña. Tampoco había nada que hacer. Vio como él volvía a llamar con insistencia. No pudo menos que inspirar lentamente antes de andar hacía la puerta y girar un par de veces la llave encajada en la cerradura. Reculó unos pasos tras abrirla, los suficientes para bajar las escaleras del local. Él también paró tras haber iniciado una zancada, que se quedó suspendida en un momento, el que necesitaron para mirarse fijamente, y constatar que nada entre ellos había cambiado lo suficiente. Se fundieron en un abrazo interminable, con el frío aire de la calle entrando por la puerta abierta y sus ropas intercambiando humedad y gotas de lluvia.
Cuando se decidieron a separarse, ambos desviaron la mirada, incómodos, como dos extraños solitarios que no entienden una muestra de cariño. Al mismo tiempo ella se giró y él cerró la puerta, mientras se descargaba de su mochila de viaje.
––Hac-–– comenzó el recién llegado.
––Me h-–– dijo ella al mismo tiempo.
Los dos se rieron, comprendiendo lo embarazoso de la situación.
––Canda ––pidió la mujer, atrincherándose tras la barra, al lado de la cafetera.
––¿Qué? ––preguntó, con un gesto entre confundido y divertido, enarcando una ceja.
––Que cierres con la llave, coñe ––le recriminó, bromeando.
––Ah, eso explica tantas cosas... ––contestó mientras se giraba para obedecerla.
13/VII/09
P.D.: "Where you gonna sleep tonight?" Amy Mcdonald.

Amy o Emily? MacDonal`s o Burger King?
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