sábado, 23 de febrero de 2008

Buenas!! Volvemos a lo cotidiano. Valagiur e Hioenoa están de nuevo en mis perspectivas, pero sólo de colgar aquí, porque ya no me sale escribir sobre ellos. ¿Qué decir? Es que me apetece desahogarme, y paso de rayarme en un documento de Word. Que, por cierto, dejaré alguno por aquí. Después de una pausa para ir al baño, prefiero no comerme el tarro. Bueno, pues os dejo esto, a ver que os parece. Un beso.

“Se despertó después de amanecer. Dio unas vueltas entre las sábanas, intentando quedar de nuevo dormido. Se sentía somnoliento, y cansado... Al recordar se contrajeron sus músculos y sonrió levemente. Después giró la cabeza hacía el otro lado de la cama y lo encontró desoladoramente vacío. Entonces, se acordó del primer motivo por el que estaba tan agotado, la causa por la que apenas había dormido. Ella había marchado, y tardaría en regresar. Su hermano le exigió regresar para celebrar sus nupcias, y no volvería con él hasta que le diera un heredero a la tribu. Habría de llegar antes del solsticio de primavera. Aunque había intentado convencerla de que no viajase en El filo del Crepúsculo, ella ni siquiera se lo planteo. Era una audaz capitana y nada ni nadie haría que regresase a su hogar sin los tesoros que le conferían el rango de Siervo del Mar. Serían casi tres meses en el mar, hasta el Ocaso de los Dioses y al sur por los arrecifes, hasta la desembocadura del Viasaf. Aunque el peor tramo era la salida desde el golfo de Serreton, donde se escondían las Cordilleras submarinas de Tierra. Era una verdadera heroicidad (o locura) atravesarlas en verano, como para hacerlo bien entrado el otoño.

Él suspiro profundamente, acariciando la empuñadura de un cuchillo que ella había dejado clavado en el cabecero la noche anterior. Miró la parte interior de su brazo izquierdo. Una raja algo profunda, con marcas de dientes y moratones a su alrededor. Le dolía lo suficiente para maldecir las estúpidas ideas que tenía Hioenoa. Con lo fácil que hubiese sido que le permitiera viajar con ella hasta las Tierras de Nadie; en vez de negarlo con otra tradición. Casi podía recordar sus palabras exactas:

––Lo siento, Valagiur,––dijo mientras le rozaba la mejilla––no puedo permitir que vengas a mi tribu acompañándome el día de mis nupcias. Ahora soy un Siervo de la Mar y si te llevo conmigo pensaran en ti como en una concubina.

Él se había reído, pero no dudaba de que fuese verdad. Pocas veces un Padre de los Deikierin había considerado a una hija suya como Siervo de algo, Mar o Tierras. Entendía la importancia que tenía para Hioenoa, pero él la hubiera acompañado incluso con ese ínfimo detalle. Al insistirle, ella sonrió, pero después endureció su semblante:

––No puedo permitir que consideren a un guerrero como tú, calientacamas de un Siervo. Algún día te enseñaré las lagunas rojas y nos bañaremos en ellas. Mi pueblo cree que son así porque Sillion, un espíritu de los cielos, le entregó su virginidad a un guerrero de los Océanos Perdidos del Sur, Nohfiwn, y manó tanta sangre que tiñó las aguas. Muchas de las doncellas legítimas las escogen para su primera vez, por eso pensé que te gustaría probarlas, y si vas ahora no te estará permitido.

En aquellos momentos no pensaba que la sangre podría cambiar tanto el frenesí sexual, pero después de ver las sábanas blancas y marrones en las que se envolvía había cambiado completamente de opinión. Veía la opción de las albercas como otro posible factor para adelantar su visita a Viasaf Cnodn. Sería interesante que Hioenoa llegara y lo encontrase a él allí, acarreando agua, como sugirió la primera vez que se separaron. Otra exhalación más profunda brotó de su garganta. Ya habían pasado casi trece años desde que se conocieron. El Escritor sabía trabajar con mucha rapidez. Jamás pensó que dependería tanto de la compañía humana como ahora de Hioenoa. La quería, no podía negarlo. Ella le había dado lo único que nunca había esperado desde que robó la espada de su padre, hacía ya veinticinco apariciones de la Gran luna.

Un hogar. Un seno al que regresar cuando se pierde el oeste. Pensar en ello le encogió el corazón. Imaginar su ‘brújula’ en un barco, luchando contra tormentas y aberraciones de lo profundo, le helaba la sangre en las venas.

Entonces, se acercó a la pequeña ventana cuadrada de cristales de colores y la abrió. El frío aire marino le azotó la cara y el torso. La mañana era gris y perezosa. La gente empezaba a transitar por el puerto y algunos barcos regresaban del mar. Sacó la mitad del cuerpo por la ventana y miró los muelles por completo, buscando a El filo del Crepúsculo. Consiguió ver como se alejaba hacía el norte. Vio como una pequeña figura envuelta en una capa azul noche gritaba órdenes a la tripulación, mientras sujetaba el timón con ambas manos. Como le hubiese gustado hacer aquel viaje tan importante con ella.

Cuando dejó de distinguir a Hioenoa, regresó a la cama aterido e intentó volver a dormir. Fueron sueños nebulosos e inquietos de los que despertó cubierto de sudor. Estaba oscuro, pero no lo suficiente para que hubiese anochecido. Se acercó a la ventana, tapado con las sábanas y miró de nuevo. Tuvo que sujetarse con ambas manos al marco al ver como el horizonte se iluminaba, eléctrico. No fue capaz de pensar en minutos, nada a lo que aferrarse. Un aullido de dolor brotó de lo más hondo de su pecho, sobresaltando a los transeúntes del puerto y casas cercanas. Cayó de rodillas sujetándose la cabeza con las manos. Todo era demasiado real.

Después de un rato, consiguió levantarse y volver a mirar el horizonte. Y se quedó junto a la ventana, viendo los nubarrones al norte hasta que fue incapaz de distinguir el horizonte del oscuro océano, entonces sacando una botella de su bolsa, y se ahogó en lágrimas y alcohol.”

24/I/08

P.D.: Sé que puede parecerse al del otro día, pero tiene una explicación. Aunque los escribiese independientes.

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Miríadas de sendas desde el Abismo