martes, 29 de enero de 2008

I



¡Saludos de nuevo! Hoy empezare las Valagiur’s Chronicles (bueno, ciertamente no se llaman así, pero es un título provisional). Os pongo levemente en antecedentes, después de la ya mentada sequía y empezando el sábado anterior llevo, a razón de página y algo por noche, escribiendo como una tonta redomada sobre un mercenario. Ha subido puestos en mi lista de personajes achuchables, hasta colocarse en un merecido segundo lugar (esto le pasa a Darius por no aparecer en meses. Con esto me doy cuenta de que lo que quiero a Lan no es cuantificable). Algún día escribiré la lista, y será oficial. Encima también este personaje tiene otro record, es la primera vez que escribo más de 50 Kb sobre un mismo tema concreto (desvaríos mentales no cuentan). He retomado algo que creía olvidado por completo, y de pura chorra.



Bueno, después de esta pequeña, aunque importante y concentrada, retahíla. Paso a explicar que los textos los colgaré según los fui escribiendo, si bien no se corresponde con la cronología en la vida de este hombre. No me cabe duda de que si alguno de los entes que visitan este lugar necesita aclaraciones no vacilará en pedirlas. También agradecer al bibliothekario que abandone su sacra morada para dejar alentadores mensajes.


Un saludo.




––Dijo que no cambiaría mi nombre.

––¿Quién?

––¡Luz!, Vuoluak, ya te lo he explicado, la voz de mi cabeza.––contestó, sintiéndose más irritado con su compañero por momentos.

––Joder, y que quieres que le haga... Además te dije que no acercaras al amuleto cuando estemos trabajando, déjalo quietecito en la bolsa de la sacerdotisa, y no te pasara nada. Como fracasemos por tu culpa le explicarás a Gòdoan porque no he vuelto con el oro que le prometí.

––Sabes que me tomo las misiones tan en serio como tú, y el amuleto se lo regale a Srolkii, como muestra de amor eterno.

––En pago por sus amorosos servicios, querrás decir.––dijo recuperando su tono habitual de simpatía. ––No me lo habías dicho, pensé que te quedaba dinero de la última escolta el otoño pasado por Forkuhl.

––Pues no, en Covain las invernales noches son muy frías y largas, en semana y media conocía a todas las chicas de Srolkii, y los días... no recuerdo nada de los días.––explicó con abatimiento.

––Al final no me hiciste caso. Te dije que te alejarás del norte, pero estoy seguro de que continúas enamorado de sus costas. Deberías olvidar, haz que todo quede en el pasado, no pudiste salvarla; empieza de nuevo.––ahora le hablaba como un amigo, intentando que sólo un poco de agua volviese a su cauce.

––¡¡¡NO PUEDO!!! Maldita sea, Vuoluak, sabes que no puedo olvidarla. Sólo deja de existir cuando todo lo demás también lo hace.––se levantó ágilmente con la espada en la mano, y dándose la vuelta, dijo: ––Iré a hacer la primera guardia, intenta dormir.

Se adentró en el bosque y comenzó a ascender por una colina baja, desde donde podía divisar las inmediaciones. Las lunas iluminaban tenuemente la noche, en total silencio. Se arrebujó en su capa al notar el frío procedente de las montañas del este. La niebla caía a su alrededor, pero el pequeño campamento seguía siendo visible. Desenvainó con un silbido, y vio el filo plateado alzarse al cielo. Buscó un lugar donde sentarse y apoyó la espada en sus rodillas. Cinco palmos de mortal acero que no tenía el valor suficiente para hundir en su pecho. En cambio, miró de nuevo al cielo y comprobar otra vez que el más pequeño de todos los satélites se encontraba en su plenilunio. Sacó una daga de la bota derecha y observó con afecto cada uno de sus detalles. El áspero cuero de la vaina, las tiras negras que recubrían la empuñadura, el oscuro acero... No era hermosa, pero le había salvado la vida un par de veces. A él no, por supuesto; a ella. Cuando perdía sus cimitarras, siempre le quedaba la opción redentora que escondía en algún lugar de su cuerpo. Era lo único que salvó de su compañera, lo único que le dejó antes de partir al seno de un tormenta.

La sacó de su funda, también tenía el borde cortante, dispuesto a cobrarse el precio de la sangre cada luna llena. Desabrochó los cordones de su brazal izquierdo, retiró la camisa y la tela blanca con la que se lo tapaba, dejando al descubierto un antebrazo pálido y dañado. Decenas de cicatrices de apenas dos dedos de longitud de repartían por él. Algunas eran piel sonrosada, otras aún conservaban costra, pero en su mayoría eran finas marcas en la piel. Sabía exactamente cuantas había, ciento noventa y siete. Una por cada luna llena que había pasado desde su muerte. En la zona anterior se encontraba la mayor de todas, casi doce centímetros de longitud, la más antigua. Como siempre, no pudo evitar recordar la última noche que pasaron juntos, una despedida. Él no quería que se marchara, pero el barco zarparía al amanecer, con ella dominando el timón. En medio del frenesí rajó la carne de su brazo y se sació con su sangre, al igual que él con la que manaba de la herida en su pecho. Ella decía que era una tradición de la tribu de su padre, los Deikierin, para que los guerreros fueran al mismo orbe tras la muerte. Pero nadie era capaz de predecir eso, ni siquiera los grandes profetas del sur...

Acarició con la punta un lugar cicatrizado, que de inmediato, se tiñó de negro. Dejó que unas gotas cayeran sobre la hoja de la espada, y después succionó la llaga hasta que dejo de brotar.

Suspiró con alivio, al sentir como en lo más profundo de su mente se empezaban a formar otras palabras:

––Hola, ¿qué tal te va? Acabo de salir de la biblioteca.

La voz regresaba, cada vez más necesaria en los momentos de soledad.



20/I/08

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Miríadas de sendas desde el Abismo