Entes atávicos caídos en la vorágine del Tiempo
"La agarró con dulzura y posó un beso en su cuello. Gimió de placer y se acercaron más. Cambiamos nuestros ojos, y lo que antes fue verde transmutó en ónice. Miré sus retinas castañas y les arrebaté ese brillo febril que poseían. Al instante cayó al suelo, muerta, mientras yo empezaba a sentir como la esencia de su vida llenaba mi alma, encerrada en aquel colgante. Él la escondió sin muchos miramientos tras el banco, y de nuevo, con sus ojos me observó, sonriendo.
Tengo muy vagos recuerdos de las primeras veces que nos vimos, pero sé que su cuerpo ya no era como antes. Continuaba siendo joven, a pesar de las finas arrugas en su frente, en las comisuras de los labios y alrededor de los ojos; la palabra para describirlo era “intemporalidad”. Su cabello comenzaba castaño oscuro en las raíces, para acabar blanco en las puntas, un proceso de envejecimiento que se manifestaba siempre en mis poseedores. De todas formas, la inmortalidad exigía algunos sacrificios, como él mismo se repetía tantas veces al mirarse al espejo. Creo que lo que más le molestó fue perder sus ojos verde pálido; ahora recorridos por vetas negras, que parecían brazos que la pupila extendía intentando abarcar todo el iris. Con sus largas manos enguantadas tomó con cuidado mi engaste, mientras murmuraba:
––Todavía queda una vida más. ––me ocultó bajo su camisa, y volvió a la luminosidad nocturna de las céntricas aceras.
No sabía que yo le oía cuando hablaba con su mundo. Porque no podía responderle pensaba que también era sordo. Le gustaba matar. Cada vez más añoraba la sensación de superioridad que sentía cuando miraba directamente los ojos de sus víctimas, el precio que me ofrecía gustoso cada cuarto de luna. Vagó sin destino aparente, buscando a alguien que sólo él conocía. Elegía minuciosamente cada persona, bajo patrones desconocidos para mí; pero pagaba, y eso, a fin de cuentas, era lo importante. Si quería conservar el tiempo eterno que le ofrecía debía acabar con la vida de sus semejantes, y lo hizo siempre sin ningún remordimiento. Se creía un dios. Y en verdad, era más poderoso que un humano, pero no hasta tal extremo, y no podían decirle que estaba ciego en su arrogancia, pues nadie conocía su secreto. Sólo yo, al que consideraba una simple piedra mágica, preveía su próximo final, y sus egocéntricos pensamientos no le permitían escuchar los míos.
Se detuvo y abriendo la camisa me enseñó la realidad que observaba. Estaba frente al cristal de una cafetería iluminada con fluorescentes. No había gente en el local, y los camareros recogían los restos. Supe de inmediato el porqué de su parada: acababa de descubrir su último sacrificio. Una mujer joven de pelo castaño recogido en una coleta y de voluptuosas curvas bajo la minifalda, que se afanaba en limpiar una mesa, sin saber que había firmado su sentencia de muerte.
Entró en el local y pidió un café solo, mirando de reojo a la chica. Se sentó en una mesa y quitándose el guante izquierdo se dispuso a contemplarla. Nadie conocía los oscuros secretos que conseguía ocultar tras el cuero negro que cubría su mano derecha. La historia de una batalla sucedida hacía décadas, donde su mano quedó completamente calcinada. Una ofensiva truculenta que acabó con la vida de un inmortal. Cuando, llegado el final, arrancó del cuerpo moribundo de una mujer un anillo azabache, que le otorgaría el fluir del Tiempo. Con su postrero estertor, ella incineró su cuerpo para quemarle a él también. Pero sobrevivió, y sólo le queda la huella de su diestra.
Otro camarero le trajo la bebida, y sus ojos se detuvieron por un momento en mí. Vi un alma resplandeciente a través del mar azulado, y la deseé con violencia. Pensé en la corriente que me invadiría al tomarla, en la energía que poseía y me excité aún más. El hambre insaciable despertó en mi frío interior, e intenté tomar a la fuerza sus ojos, arrebatarle el dominio absoluto que ejercía sobre mí. Gritaba en su cabeza, pero no escuchaba. En esos instantes lo aborrecí como nunca antes. Calenté al rojo el recipiente que me contenía, buscando infringirle el mayor daño, sin embargo no lo conseguí. Y los iris que habían inducido mi odio se alejaron. Miré de nuevo la escena, y vi que la muchacha había desaparecido. Lo sentí más nervioso que antes, intuía que faltaba poco para su próximo crimen. Palpó el bolsillo de su pantalón y dejó el precio del café sobre la mesa, junto con el contenido del vaso intacto. Apoyó la mano en la madera, movió los dedos, simulando tocar un piano.
En esas estábamos, cuando la mujer apareció con ropa informal y despidiéndose de sus compañeros, salió a la calle. Él hizo amago de levantarse, casi podía leer la determinación en su semblante. Pero, inesperadamente se dejó caer de nuevo en el asiento. Sentí curiosidad por tanta dejadez, y asomé mi “vista” al exterior. Fui lo suficiente rápido para ver a la muchacha alejarse en medio de un grupo de quince personas. Hasta él sabía que eran demasiados.
Podía notar como la ira crecía por momentos en su cabeza, proveniente de su alma. Necesitaba desahogarse y sabía que no debía llamar la atención en el establecimiento. Regresó a las calles y se adentró en el primer callejón sin salida que encontró. Caía una fina lluvia que lo irritó aún más. Se acercó despacio a los contenedores de metal que se encontraban al fondo, y les propinó un golpe a la vez que emitía un grito frustrado. El dolor le alivió la mente con su negrura. Permaneció quieto y después sacó un puño ensangrentado del agujero que había formado."

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