lunes, 21 de enero de 2008



Hola! Después de la inmensa sequía que ha vivido mi disquete de escritos; hoy, por fin, guardo algo. Me repatea tener que escribir sólo cuando algo me cambia la rutina emocional. Es un asco, pero la verdad es que sin esos absurdos momentos entre sal, nunca hubiese empezado a escribir. Bueno, lo dejo haber que os parece. Besos.



Era la pobre cadencia de unos discordantes pasos en el claustro. La nana de los silencios, utilizada para dormir realidades y despertar recuerdos. La cantaba sin pretenderlo, huyendo de los monstruos que, ignorante aún, materializaba a su alrededor. Lo persiguen despacio, acariciando su maltrecho cuerpo. Todas las cargas se intensificaban y miles de susurros ya escuchados se adentraban en sus oídos, entre los ramales que formaban la decadente historia de su vida. Se acercaba al pilón de piedra, intentando no caer en el abismo que veía tras la sima del espejo. Apoyó las manos en el borde, todavía con un temor reverencial que contrastaba con las ansias de perderse en sus aguas. Apareció una cara triste, con expresión abatida y de triste melancolía. Había cambiado, nada le haría dudarlo; podrían decir que el peso de la vida reposaba sobre sus hombros, que todos los segundos de juntaban tras él como la arena de todas las playas, o simplemente, que eran muchas las hojas escritas en el libro de su existencia. Pero, en realidad, lo que le pesaba eran los recuerdos que atesoraba, y deseaba perder a toda costa.

Notó que no era lo único que se mantenía sobre aquella fuente. Más arriba, brillaban tres estrellas. Recordó las antiguas palabras de un antiguo ente: “Son tres: en la de arriba y más tenue esta escrito nuestro pasado, la vida que ya hemos perdido; la central, con leves destellos refleja lo que somos ahora, a ti y a mí, muestra el nosotros que tanto te empeñas en negar; y la de abajo, la que más brilla, esconde nuestro futuro, que caerá en gotas de lluvia con el Tiempo” ¡Ay, que equivocada estuvo al afirmar con tanta seguridad lo que no debe afirmarse!––pensó, más descorazonado. Después de haberlo vivido, sabía que la estrella meridional reflejaba el pasado, y la más oscura, aún hoy, encubría un futuro que no deseaba acaecer. Mas envuelto en la grisácea neblina que amenazaba con congelar su mundo, un largo suspiro quebró el sigiloso estado del patio.



El agua dulce sintió salada, al ondular su superficie de cristal y olvidar, por un instante, las luces de su reflejo.



18/I/08

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Miríadas de sendas desde el Abismo