viernes, 6 de junio de 2008

Jueves 5 de junio de 2008, 22:45



Hola! Hoy no me enrollaré. Siento no haber dejado alguna entrada antes, pero no he encontrado tiempo. Sé que tengo que dejar una entrada por el Día del Orgullo Friki, pero lo haré más o menos el 25 de este mes, por celebrar el aniversario un mes después. Por cierto, la entrada anterior fue la número 25, también.
En cuanto al texto, es el epílogo. Espero que os guste y poder dejar algo más antes del día veinte =/. Un beso.




Alzó la vista del libro. Sus ojos se nublaron durante un instante, sin percibir la oscuridad sin estrellas que se extendía más allá del alto ventanal que tenía frente a sí. Con un leve suspiro dejó la pluma en un lado del gran escritorio, cerró cuidadosamente el tintero y apartó hacia delante el libro de pastas verdes en el que había estado escribiendo.

Se levantó de la silla de alto respaldo forrado en terciopelo y apagó todas las velas del candelabro de plata. La anterior penumbra transmutó en la misma oscuridad que gobernaba el exterior, pero el ser no titubeó al escoger el camino. Ascendió innumerables pisos por la escalera de piedra, mientras su mente discurría la manera de solucionar el entuerto. No es que le importara mucho esperar, pero a buen seguro ellos deseaban que sucediese pronto. Habían hecho un trato, y aunque tuviera que relegar otras tareas, lo arreglaría. Al llegar a una puerta de madera pulida, giró el picaporte dorado. Esa sala estaba levemente iluminada por dos focos de luz anaranjada que flotaban en lo alto del techo. La única forma de saberlo era que allá arriba podía ver el final de las estanterías. Se encontraba ante una de sus más logradas salas, en cuanto a mobiliario, claro estaba. Todos los estantes eran de madera de roble pulida, con algún tallado de volutas de vez en cuando. Los suelos eran de mármol gris con vetas blanquecinas.

Sin dudar se encaminó a la derecha y, llegado el momento, torció a la izquierda, adentrándose en un estrecho pasillo de no más de dos pasos de ancho. Lo rodeaban los altos estantes; elevándose tanto que, si uno levantaba la vista parecían unirse al final, pero él no lo hizo. Se detuvo y alzó una mano hacía los libros. Si alguien hubiese estado allí para verlo, habría observado como el ente desaparecía y reaparecía un centenar de pasos más arriba, aparentemente, flotando en el aire. Pasó cariñosamente la mano por los libros que se encontraban a su altura. Se paró en uno con las pastas de tela azul oscuro, casi negras. Lo tomó con cuidado, acariciando con sosiego el lomo. Pese a que nada lo indicaba, conocía perfectamente cada una de las palabras que contenía. Casi automáticamente también cogió el libro contiguo, encuadernado en cuero negro. Después alzó una mano hacía el siguiente libro, pero se paró a mitad del recorrido, dubitativo. Finalmente, tomó el libro rojizo, con otro suspiro apesadumbrado. Nunca le había gustado, pero algunas veces era necesario, y ni siquiera él podía cambiarlo. Esa sería la primera medida, pero aun quedaban muchas más, demasiadas. Antes de marcharse miró significativamente los otros dos libros que quedaban en el estante. “Posiblemente también perezcan.”––pensó con incertidumbre. Sin darse cuenta regresó al suelo y comenzó a deambular entre las estanterías de nuevo, con los manuscritos bajo el brazo. Cualquier otro se hubiese perdido, pero no él, jamás ni en el pasado ni en el futuro se perdería en su propia biblioteca.

Cuando regresó a las escaleras comenzó el descenso. Pasó junto a la puerta del estudio y continúo bajando. Abrió una puerta que daba a un pequeño cuarto. Frente a él había una chimenea donde un vivaracho fuego ardía sin ningún combustible. A su izquierda un camastro adosado a la pared. Sin pensarlo más de una vez se acercó al fuego y arrojó el libro de tomo rojizo. No se demoró un instante para ver como las llamas lo consumían, ya era suficiente tener que hacerlo. Cerró la puerta a sus espaldas y retornó a la habitación.
Se acomodó en la silla antes de abrir el libro azul. Hojeó las páginas deteniéndose para releer algunos párrafos, pese a conocerlos de memoria. Al llegar a un determinado punto, abrió el bote y mojó la pluma. Trazó una línea con tinta negra, pero él sólo se limitó a marcarla, pues la línea ya estaba allí. Pasó las siguientes páginas escritas, todas ellas, hasta la primera en blanco, que debería de haber sido el final.
Comenzó a escribir con trazos finos, mientras el sepulcral silencio le dictaba, viéndose roto por le rasgar de la pluma. En un punto hizo una pausa y su semblante se ensombreció. “Muchacha estúpida...”––pensó antes de reanudar su tarea.



4/V/08



P.D.: “––Oye, no piensas que ese es un poco mayor para estar estudiando.
––No, está leyendo el periódico.
––No, joer, ese no.”


P.D.2:"--Es que,... No sé, es la única manera...
--De tener sueños
--Sí."

1 comentario:

  1. Decía un viejo sabio: "no puedes bañarte dos veces en el mismo rio"... en mi contemplación del estrellado cielo y su infinito canto cambiante pienso que quizas tampoco se pueda escribir dos veces la misma historia.
    Triste en su fin... ¿podremos decir lo mismo en su totalidad?
    No obstante me gusta.

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Miríadas de sendas desde el Abismo