lunes, 26 de mayo de 2008

Domingo 25 de mayo de 2008, 18:35



Buenas tardes a todos! No sé que contar esta tarde. Bien, hoy es el día del Orgullo Friki, pero ya dejaré una entrada especialmente para eso, con foto y todo (era la que pensaba poner en el fotolog, pero no llegué a tenerlo un veinticinco de mayo.) Con gran dolor de mi corazón me he obligado a dejar esta entrada. Por dos razones; la primera, es lo siguiente que tocaba y no sería justo saltármela. La segunda, dije que yo también me detestaba y este es el motivo. Tengo que admitir que nunca me ha costado tanto escribir la muerte de alguien, y eso que he escrito muertes a porrón; de hecho, es lo más normal en los relatos cortos, nunca me gustaron los finales abiertos. Podría cambiarlo, si, pero entonces parte de la historia principal se va a tomar por culo. Ala, ya está, paso de decir nada más que me he puesto de malhumor. Lo único que sepais que la posibilidad de cambiar la historia ha sido contemplada y no resultaría. Un saludo.



Una ola bañó la cubierta. El mástil mayor terminó por precipitarse al agua, con los dos últimos hombres que permanecían a bordo. Otro trueno resonó en la bóveda celeste. Hioenoa gritó con impotencia, mientras veía como la proa de El filo del Crepúsculo se partía por la mitad. Aferró aún más fuertemente el timón, hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
La tormenta se había desatado hacia unas dos horas, pero no había amainado todavía. El rugido del viento y las aguas resonaba en sus oídos como estridente llanto, levemente acompañado por las peticiones de ayuda que los marineros rogaban a los dioses. Todos ellos eran buenos hombres y los conocía desde algún tiempo atrás. No merecían la fría muerte que les esperaba en el lecho marino, tan lejos del hogar.
Debía aceptar el final de esta vida en manos del océano. Era una certeza a la que creía haberse resignado, pero llegado el momento no quería que se cumpliese. Sentía que todavía necesitaba tiempo para continuar lo que había empezado, que era pronto para que todo terminara en tan nefasta hora.
Un instante después se encontró tumbada en las tablas de madera, mientras el agua se escurría por los costados del navío. Gateó unos metros hasta tocar el timón, tosiendo y escupiendo. Al levantarse miró con temor la gran tormenta que se descargaba sobre ella. El viento y el agua en una liza de la que ya eran vencedores. Los rayos caían, seguidos inmediatamente por el estruendoso sonido tan conocido. Antes no se había percatado del majestuoso horror que percibía a través de la cortina helada que martirizaba su cuerpo.
A Hioenoa se encogió el corazón. No quedaba ninguna esperanza, nadie podría salvarla de la terrible actuación que el mar representaba para acabar con ella. Ya había luchado con todas sus fuerzas contra la destrucción, pero a veces llegaba la hora de claudicar. Valagiur le había dicho algo parecido en algún momento, pero no lo recordaba. Sin querer se llevó una mano a la frente y palpó la trenza de cuero que le había cogido antes de zarpar. ––Posiblemente revuelva toda la habitación buscándola,––pensó, intentando olvidar lo demás––pero si yo he perdido un buen cuchillo, el puede perder la cinta. Al principio dudó en llevárselo, al fin y al cabo, era una de las pocas cosas que conservaba de su pasado. Pero aunque una parte su mente se negara a admitirlo se lo había tomado como una garantía. Si se volvían a encontrar, podría devolvérselo. Sino..., no quería que se suicidara en un arrebato para evitar el dolor. Cuando salió tenía la impresión de que no lo volvería a ver, por eso grabó a fuego en la memoria su rostro durmiente, arropado en las sábanas.
Intentar negar la evidencia de su amor era una estupidez, si bien no podía hacer nada por soslayar las tradiciones de su tribu. De repente, se acordó de la existencia de otro factor que la ataba a este mundo. La noche en Tasghe había sido la única que había echo el amor con Valagiur sin tomar la infusión de tihnek. La verdad es que no quería que su primer vástago fuese de un guerrero de algunas de las tribus, ni aun siendo deikier. Nadie podía obligarla a dejar a su sucesor en el territorio, por lo que habría querido mostrárselo a Valagiur en su reencuentro. Incluso había pensado las palabras que le diría, algo así como: “Mira, Arquero, estas son las consecuencias de tus embates.” Podía imaginar la cara que pondría, entre abrumado e ilusionado. Pese a que nunca lo había insinuado, Hioenoa intuía que él necesitaba un nuevo hogar, con familia para llenarlo. Apostaría ambas manos a que escogería algún pueblo costero de Enoiyid, cerca de Xujekyo, para ver las montañas nevadas la mayor parte del año. Ella le acompañaría y regresarían a Viasaf Cnodn por primavera. Ya podría enseñarle el territorio, ya que después de tener esposo en la tribu estaba permitido otro en el exterior, aunque fuesen pocos los que disfrutaran de este privilegio.
Sin querer había soñado con el futuro, que se rompió en mil esquirlas de cristal con una ráfaga de viento que le arrancó la capa de los hombros. Su insensatez y una confianza en sí misma demasiado sólida la habían llevado a destruirlo. Ya no habría más amaneceres, ni travesías por los mares, ni frenesís en batalla, ni la posibilidad de una familia, ni... Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos grises, translúcidas entre la oscuridad que se veía en el cielo. No quería morir sola en medio del océano, que sus miembros se durmieran sin que nadie la meciera en brazos, sin que sus últimas palabras fueran recordadas. Con Valagiur todo sería tan diferente... Seguramente ninguno de los dos se resignara al final, incluso podría haberlo convencido de que hiciesen el amor en tan espantosa situación. Él aceptaría cuando comprendiera que la posibilidad de salvarse no existía. Tan distinto si abrazada a él afrontara el desenlace, con su tranquilizadora voz susurrando alguna nana en su lengua natal...
Aulló a la tormenta desesperadamente, mientras un torrente de lágrimas se mezclaba en su cara con la lluvia. Como aborrecía los dioses que regían su destino, al ente que lo escribía sin sentir ni un ápice de su dolor, a los espíritus que incumplían su sagrada tarea; pero al que más odiaba era al mar, al único dios que había adorado durante su vida la traicionaba...
La cubierta comenzaba a hundirse. El agua helada le llegaba por las rodillas. Acababa de tomar una decisión, y aunque temeraria, no tenía nada que perder. La vida llegaba a su fin y nadie, sino la misericordia de unas deidades a las que maldecía podría salvarla ahora.
Se desató el tahalí, sin soltarse del timón. Las cimitarras las había dejado en el camarote, y ahora estarían varios metros bajo el agua. “Una pena morir solamente con un cuchillo en la bota.” Lo ató con habilidad en la rueda de madera gris. Se introdujo los dos aerolitos negros en la boca, sin soltar el cuero de su frente. Con uno hubiera bastado, pero no quería que una sustancia tan extraña se disolviera en el agua. A duras penas, metió las manos entre el cinturón. No quería que su cuerpo vagase por las profundidades si podía permanecer gobernando su barco. Era otra manera más de luchar contra lo inevitable, contra la muerte que le aguardaba. Notaba como la sangre se agolpaba en sus muñecas. Alzó la vista y contempló la vasta cantidad de agua que la rodeaba.
––Reniego de ti, Océano. De tu fuerza y protección, de todas las oraciones que te dirigí durante mi vida. Ya no eres mi padre ni señor, moriré por mis manos antes que entregarme a ti.––gritó con fervor, retando al mar. Mordió las piedras, pero sólo una se rompió. Un sabor dulce inundó la boca y la garganta de Hioenoa, que se esforzaba en conservar la conciencia el mayor tiempo posible.
Su mirada comenzaba a sumirse en las tinieblas, y cerró los ojos con un suspiro. Cayó de rodillas. La rueda giró hasta que sus manos se hundieron en el agua. Y aunque lo intentó con más energía de la que poseía no fue capaz de recordar su rostro, sólo un fondo rojo sangre.

Este fue el final originado por un mortal que cambió su crónica, provocando que el Escritor rehiciese el libro de muchos entes en distintos planos.

16/II/08



P.D.: “Despierto en la oscuridad, débil para invocar una luz. El aire es mohoso, viejo, huele a tela podrida y sueños perdidos.” Sandman.

3 comentarios:

  1. es.. bueno... solo que me ha encantado. :)

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  2. Pero esto... tú te dedicas a publicar una novela a cachos no? Como hacían antes en la radio.

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  3. Sí, Daos, publico a cachos, con flash front y flash back. Todo muy caótico.

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Miríadas de sendas desde el Abismo