miércoles, 21 de mayo de 2008

Martes 21 de mayo de 2008, 21:40

Buenas noches a todos!! Lo primero que he de hacer en el comentario de hoy es decir que he estado enferma. El domingo por la noche vomité y no he ido a clase ni el lunes ni el martes. Ahora ya estoy mejor, pero tengo un dolor en el hombro izquierdo que me impide reírme sin sufrir (más de lo que sufro normalmente, según Moony). Pero estoy de buen humor porque exceptuando mañana no tengo clase hasta el lunes. También he escrito algo más y he visto una película decepcionante. Esta es la última entrada en la que aparecerán juntos Valagiur e Hioenoa, o por lo menos de esta “temporada”. La explicación: es que voy a dejar de colgar partes tras acabar con las que escribí en enero-febrero. Cuando haya llegado a las 30 ó 40, aún no lo sé, pues volveré a ponerlas. Por cierto, mis disculpas al señor Daos por el 'indecoroso' post antepenúltimo, pero fue la fortuna quien le jugó la mala pasada. Si hubieseis leído cualquiera de los quince restantes habríais encontrado escenas más ‘acarameladas’, a decir de Fuego. En cuanto a la sugerencia de Lanxys en la próxima pondré algo como: “No recomendado para menores de 18”, por muy hipócrita que parezca. Nada más por hoy, que los dioses os sean benévolos.

Estaba sentado en una taberna, mirando las marcas en la mesa de madera, cuando la vio entrar. Iba embozada en una capa azul oscuro, que le tapaba hasta casi los pies, aunque su figura seguía siendo inconfundible. Sus pasos ágiles y seguros la condujeron donde se encontraba Valagiur, continuó impasible, resistiendo el impulso de levantarse y abrazarla.

––He regresado.––anunció.

El mercenario enarcó una ceja.

––¿De veras?––dijo, manteniendo el tono serio.

Hioenoa se retiró la capucha y tomó asiento frente a él. Valagiur se sorprendió por su apariencia. Tenía el rostro más pálido de lo habitual y con una mácula de sudor. Unas profundas ojeras se marcaban bajo los ojos, con un brillo febril y más hundidos. La manera en que se derrumbó sobre el banco y la postura erguida de su espalda le hizo pensar que podía estar enferma.––¿Por qué tienes ese aspecto tan deplorable?

Ella se encogió de hombros.

––No tiene importancia. Pero tenemos un problema.

––¿Cuál?

––Ahora soy un Siervo de la Mar.

Valagiur no reaccionó. No le sonaba muy bien el nombre, pero tenía un vago recuerdo de cosas que ella le contó. ––Quizás la nueva capa tenga algo que ver, si hay...––comenzó a divagar antes de verse interrumpido.

––Creo que te comenté alguna vez la forma de gobierno de mi tribu. Lo del Jefe y los Siervos. Pues la verdad, es que si no... Bueno, espera, empezaré por el principio.––se corrigió. Su voz algo forzada y un poco reseca. ––Cuando regresé, nueve amaneceres después de dejarte, me encontré con los funerales de mi padre. Mi hermanastro Novnosfh se había proclamado Jefe tras obtener la victoria en el combate y el apoyo de dos Siervos del Mar y cuatro de las Tierras. Para mi asombro y el de muchos en la tribu, me llamó a una audiencia en el Consejo, pero sólo con él. Me dijo que antes de morir, padre ordenó que me presentara a la Prueba. Mi obligación era obedecer y me retiraron el derecho de escoger por ser hija ilegítima. Pasé un ciclo recuperándome del viaje y descansando. El tercer día de la Luna Negra me sometí y la superé, por lo que soy miembro vitalicio del Consejo. El resto del mes y medio me lo me pasado poniéndome corriente de todo en el gobierno y convenciendo a mi hermano de que me dejase marchar y continuar volviendo por primavera. Hemos llegado a un acuerdo.

Valagiur llevaba un rato mirándola de hito en hito, perdido en la cantidad de información que se esforzaba en asimilar. Estaba casi seguro de que las mujeres no podían tomar el mando en los Deikierin, pero acababa de asegurarle que era miembro del Consejo. Podía intuir el problema, pero no pensaba preguntarlo.

––Estás enfadado, ¿verdad?––susurró.

La miró con falsa incredulidad.

––No, mas bien, molesto.

––Lo siento mucho, Valagiur. Ha sido imposible que regresara antes.

Él se mantuvo inexpresivo, escrutando el fondo de sus pupilas. Hioenoa aguantó su mirada leyéndola mucho mejor que él. Al cabo de unos minutos de tenso silencio, el guerrero tocó su frente. Estaba ardiendo. Ella se relajó visiblemente.

––Llevo mes y medio durmiendo dos horas diarias.––explicó, en un quedo murmullo. ––He aprendido todo lo que normalmente lleva doce ciclos a un guerrero después de pasar la Prueba.

––¿Por qué?––preguntó, esperando alguna respuesta tradicional sobre lo de ser mujer o bastarda. La respuesta hizo que su corazón diera un vuelco:

––Porque alguien me estaba esperando.

Valagiur no pudo mantener por más tiempo la máscara que se había impuesto. Se levantó, rodeo el banco y la abrazó, sintiendo como toda la angustia se evaporaba. Hioenoa se puso el pie y se aferró a él con verdadera necesidad. No se había dado cuenta antes de lo que significaba para ella la relación que habían formado durante tantos años. Mientras había estado en la tribu por su cabeza sólo pasaban las últimas palabras que le dirigió antes de despedirse: “Sino tienes noticias mías en un mes... Márchate, porque no podré regresar” Las dijo pensando en algún castigo por parte del Jefe, y no esto. No pudo enviar ningún mensaje porque nadie salió del territorio en los dos meses. Y ella no podía salir hasta que tejiese el cuero con los tres hilos. Todas las noches temía no volverlo a ver. Se encontraba dependiente de una persona, por mucho que quisiera evitarlo. Un susurro en el oído cortó sus cavilaciones.

––Ven, te llevaré a mi habitación para que descanses.

Entonces se acordó de algo, y le miró con una sonrisa.

––Ya te contaré más tarde el problemilla, pero te he traído una sorpresa.

––Tienes que dormir inmediatamente, por los menos dos ciclos enteros. Eso puede esperar.

––Si he aguantado hasta ahora podré hacerlo un rato más. ¡Vamos!––dijo agarrándole de un brazo. Verdaderamente estaba agotada y nada le apetecía más que dormir, pero prefería otra cama.

Lo sacó de la taberna y comenzó a guiarle por las calles de arenisca. Más de una vez se perdió entre el conglomerado de callejuelas que conducían al puerto, pero ella no preguntó y Valagiur no recalcó nada. Al cabo de un rato largo, encontró los muelles. Miró rápidamente a derecha e izquierda y comenzó a andar hacia el sur. Casi al final del rompeolas, se detuvieron. Hioenoa se colocó frente a un barco largo de tres mástiles. Unos hombres de tez pálida trabajaban en los aparejos y limpiando la cubierta. Las velas estaban recogidas, aunque eran un color oscuro que contrataba con el caoba de la madera. Algunos hombres los vieron y comenzaron a gritar en el idioma de las tribus. En pocos instantes, la pasarela tocó el muelle. Valagiur iba a preguntar, cuando ella alzó la cabeza y dijo sonriente:

––Te presento a La hoja de la mañana, nuestro nuevo medio de transporte.

En ese momento, una figura bajaba a tierra y se acercó a ellos. Era un hombre alto, de pelo entrecano y recogido en una coleta. Saludó a Hioenoa con una inclinación de la cabeza.

––Capitán, sus instrucciones han sido seguidas, aunque la esperábamos antes.

Cuando miró a Valagiur de reojo vio su cara pasar el escepticismo a la completa incredulidad en un segundo. Ahora la miraba con la boca abierta.

––¿Capitán?––logró decir.

Hioenoa estalló en carcajadas; hasta que, sujetándose el costado, pudo contestarle:

––Ahora tenemos un camarote para nosotros solos.

9/II/08

P.D.: “Nunca os serviré, Padre de las Mentiras. En el transcurso de un millar de vidas, no lo he hecho jamás. Lo sé. Tengo la más absoluta certeza. Venid. Ha llegado la hora de morir.” Rand al’Thor a Ba’alzamon en Falme.

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