martes, 18 de noviembre de 2008

Sagrada Familia

Martes, 18 de noviembre de 2008, 1:25

Lo primero es agradeceros, maestro bibliothekario, la deferencia que habéis tenido conmigo; en ningún momento he puesto precio tan alto a mi amabilidad, si bien estoy profundamente emocionada. La opinión que tengo de vos dista mucho de ser la que creéis, no obstante debéis entender mi postura, que he fundamentado en mis propios conocimientos y en los proporcionados por personas cercanas a vos, la cual no desearía que interfiriese en la relación que hemos entablado en nuestras mutuas visitas. Entiendo a la perfección vuestro comportamiento en la Bibliotheka, y no seré yo quien censure vuestra actitud para con los peregrinos del Verso que hallamos en vuestra morada un lugar de reposo y sosiego, aunque quizá alguna vez haya sobrepasado el límite de lo cortés; por lo cual os pido mis más sinceras y humildes disculpas.

Y ahora, tras haber contestado a tales puntos, he de decir que no he encontrado nada digno de responder a ellas entre los legajos de conocimiento que poseo en la eterna actualidad. Sólo he podido disponer este pequeño párrafo, el cual me complacería enormemente que aceptaseis como muestra de mi inequívoca gratitud hacia vuestra persona; aun sabiendo que no es inédito ni de gran calidad.

Ondas del celeste lago

“Abandonada al cuerpo la palabra, movimiento que no corta el aire, guardiana del silencio por su indecible forma, por cada signo caído, derrotado, sólo tres veces, una por pasado, y otra por presente, aun también sabe futuro que podrá desterrarla. Huye y se refugia en las nubes del amanecer, en las moribundas estrellas y en las decadentes aguas de un arroyo estival. Pero quién puede explicar las infinitas danzas, el continuo vagabundeo de las huellas de un felino en las arenas del mar, o el rectilíneo vuelo del halcón hiriendo un atardecer, saciándose con su dulce sangre en los primeros brillos de Venus. Porque un pensador puede pensar que sea crepúsculo mismo el culpable de su dolor, tiñendo de naranja Edimburgo, donde miles de chimeneas elevan los restos de un hogar calcinado; donde padre y nornas protegen a los desheredados de la bella y virtud, de la lealtad entre el charco y la gota. Perezoso es el septiembre que vivimos, duchando nuestras almas con prematuras lluvias y templados heraldos de la muerte vegetal, entonando con sinuosas voces el batir de una libélula perdida en el humo otoñal, en las doce campanadas que anuncian el equinoccio de una perecedera circunferencia. Por qué para conocer el final de algo es necesaria la destrucción de los últimos azahares sobre la hierba creciente, o de los postreros momentos de un sábado baldío, donde conseguimos detener las manecillas en las seis y cuarto, y vivir aquella sempiterna hora intranscurrida, cuando nuestros latidos se paraban en cada silencio, cuando nos cubría una capa de empatía que nos acercaba como nunca antes, cuando el tacto melódico de un oud glorioso capaz, incluso, de destruir cada palabra del hermético, dándoles inconcebibles significados; allá en el oscuro océano, donde las torres ya perecieron y aún son iluminadas desde la sombra de la luna. Si bien, sólo podemos ver lo sensible a la vista, lo que somos capaces de bosquejar tiene que tener un trazo en nuestra mente, antes de acariciar el papel con grafito, y marcar los límites de un país que no es tal, cuyas fronteras son el espacio y el tiempo, el hierro y el firmamento.”

18/XI/08

P.D.: “Aunque el mar sobrepase nuestras torres, pisaremos tierra firme en luna llena.” (Aníbal Núñez, "del himno de los locos mesetarios")

3 comentarios:

  1. ¡Que las puertas de mi bibliotheka siempre estén abiertas para ti, Gaia la de Fecundos Abimos!

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  2. "Compendio de inconclusos de la encrucijada de Meriam", autor desconocido (el famoso anónimo vuelve a la carga)

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Miríadas de sendas desde el Abismo