Se encendió un cigarro mientras andaba hacia el paseo marítimo, sin querer caminar allí, pero no teniendo otra posibilidad. Le gustaba sentarse en la playa mientras amanecía, aunque en ese lugar el horizonte era el oeste y únicamente pudiese imaginarlo. Le gustaba contemplar como el mundo pasaba sin ella, mientras se paraba en un extremo con una sonrisa indefinible en sus ajados labios, que sufrían por recibir tantos besos sin amor. Entonces cerraba sus ojos almendra y decía como sería su vida sin ella, que pasaría si ella desapareciese del mundo y no quedase otra cosa que el recuerdo, quizá ya ni eso. Era algo que siempre le había gustado, conseguía relajarla cuando todo la sepultaba, la realidad, e incluso borraba las lágrimas que ya había dejado de llover hacia muchísimo tiempo.
Al llegar se sentó sobre la arena fría, en aquella playa sin oleaje donde todo comenzaba a ponerse gris. Sacó una de las latas y la abrió sin mucho convencimiento, sólo le dio un sorbo antes de tumbarse con la cabeza sobre el bolso. Miraba las constelaciones estivales, preguntándose cuando llegaría el final de aquella estación que había aprendido a odiar. Realmente poco importaba el tiempo, no le prestaba mucha atención, su caja de cerillas era una puta mentirosa.

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Miríadas de sendas desde el Abismo