miércoles, 5 de agosto de 2009

Amanece



Había vuelto a despertarse sola, por mucho que quisiera evitarlo no lo conseguía. Se puso en pie con bastante lentitud. Sus cosas continuaban desperdigadas en el sillón de skay que tenía la habitación. Se vistió sin medias ni sujetador, que guardó en su bolso, y salió al salón, donde su anfitrión se encontraba tirado en el sofá, sólo con pantalones y su compañera de piso en brazos. De sobra sabía que había acabado con aquel tipo para darle celos, pero la situación era bastante parecida a la inversa, por lo que no importaba. Pasó por la nevera y agarró dos latas de cerveza, que también metió en el bolso, y un paquete de Malboro que encontró en la mesa de cristal, junto a varios botellines vacíos. El espejo del vestíbulo era un estanque demasiado oscuro para conseguir verse reflejada en él, por lo que se colocó un poco su ondulada melena castaña y salió a la calle, sin poner ningún cuidado en que la puerta no cerrase con un portazo. Bajó andando los ocho pisos que la separaban del nivel de la tierra y se adentró en una fría madrugada costera, donde el sol aún no sabía como romper en oriente. Las calles estaban vacías: era martes, o eso creía. Hoy también tenía el turno por la tarde, así que...

Se encendió un cigarro mientras andaba hacia el paseo marítimo, sin querer caminar allí, pero no teniendo otra posibilidad. Le gustaba sentarse en la playa mientras amanecía, aunque en ese lugar el horizonte era el oeste y únicamente pudiese imaginarlo. Le gustaba contemplar como el mundo pasaba sin ella, mientras se paraba en un extremo con una sonrisa indefinible en sus ajados labios, que sufrían por recibir tantos besos sin amor. Entonces cerraba sus ojos almendra y decía como sería su vida sin ella, que pasaría si ella desapareciese del mundo y no quedase otra cosa que el recuerdo, quizá ya ni eso. Era algo que siempre le había gustado, conseguía relajarla cuando todo la sepultaba, la realidad, e incluso borraba las lágrimas que ya había dejado de llover hacia muchísimo tiempo.

Al llegar se sentó sobre la arena fría, en aquella playa sin oleaje donde todo comenzaba a ponerse gris. Sacó una de las latas y la abrió sin mucho convencimiento, sólo le dio un sorbo antes de tumbarse con la cabeza sobre el bolso. Miraba las constelaciones estivales, preguntándose cuando llegaría el final de aquella estación que había aprendido a odiar. Realmente poco importaba el tiempo, no le prestaba mucha atención, su caja de cerillas era una puta mentirosa.



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Miríadas de sendas desde el Abismo