martes, 1 de septiembre de 2009

Bajo tapadillo



Por las mañanas se levanta el mundo entre sábanas calientes y el complejo color dorado que se cuela por mi ventana estival, entre las profundas hojas afiladas de un pino sin edad. Todo esto se sucede repentino en el momento en que yo recuerdo acordes de violín y sonrío, en el momento en que mis manos tocan a mi tibia acompañante y sonrió otra vez, triste, porque el significado de la acción sonreír se resiste a ser el mismo para ambas sonrisas.

Luego nos abrazamos. Yo la abrazo, ella me abraza, mientras yo me imagino sus brazos demasiado imaginados para que mi cuerpo sienta algo más que un parche en su roto, en los desgarrones que el alma somatiza en mi fina piel de arena seudodesierto. Entonces me entrego a ese momento, en el cual todo sigue girando mientras yo me quedo muy quieta en mi cama, casi con miedo a respirar, mientras mi corazón me taladra los oídos.

En ese instante que no es tal sino eterno, sin concluir, la puerta se abre y el mundo se precipita.

Y mi cama se queda sola, muy quieta, casi con miedo al silencio.



Mis despertares estivales, cuando tengo la suerte de que sean así.

19/VIII/09, banco de Brines y Filología, 10:16


2 comentarios:

  1. Bonitas zapatillas "princesiles" XD

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  2. Ya lo sé, por eso me las pongo. Pero son perversas y malignas y me rozan y me obligan a ponerme tiritas, cosa que nunca me ha gustado nada y odio horrores. Además, son zapatillas de Torera al corte, que lo sepas.

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Miríadas de sendas desde el Abismo