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Escuché el cuento más hermoso del mundo. Era triste y desdichado, pero conseguía devolver los sueños a la persona que lo entendía. Y bajo un mar de estrellas fue donde me lo contaron. Me perdí en un cielo nublado, y él se perdió en un mar nublado. Sentía como las ensoñaciones de la infancia regresaban a mi mente, y lloré de alegría por ellos. Mientras, él vaciaba su memoria de todas las quimeras y derramó lágrimas por deshacerse de tan hermosos pensamientos. Sacrificaba mi razón y aceptaba sus sentimientos. Y él, al darme sus recuerdos recuperaba las realidades pasadas y futuras, porque el presente no existía.
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Volví a desearla. Tan embriagadora y fatal como siempre, prometía la inmortalidad a cambio de su muerte. Vestida de negro, en las sombras de la noche me observaba. Y yo le devolvía la mirada. Acariciaba mi mente desde las profundidades de donde procedía, y atraía los vientos del oeste. Como la doncella espera a su marido, me deseaba con miedo y locura, y la ardiente pasión despertaba desperezándose en mí. La tomé con sumo cuidado en mis manos, y se resbaló en ellas. Lamí los restos en mis dedos, anhelando más cada nuevo deleite. Campanas de gloria sonaron en mi cabeza la primera vez que nos besamos, y desde entonces, nunca hemos dejado de hacerlo.
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La furia se desataba en el interior más ocultó del desván de los recuerdos. Las leyes caen ante mí, respetuosas. Piedras de oro y nácar se arrodillan y ofrecen sus tributos al honor que acompaña las salidas en solitario de mi ser. Por fin libre. Por fin había abandonado las ataduras de lo real y me alejaba a las estrellas. Una cadena de hierro aferró mi tobillo, y la niebla se vaciaba en mi mente. Voces estridentes me llamaban de vuelta, y yo sabía que eran ellas las que tiraban de la cuerda. Recé a lo desconocido que me permitiera reencontrarnos, pero no quería que mi presencia le obligara a perder su estado natural. Luché contra ellas, hasta sentir el abrazo nocturno de la hierba mojada.
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La extraña decadencia de los momentos comenzó a crecer. Alcanzó cotas insospechadas cuando me giraba y sonreía por encima del hombro. Los objetos perdieron materialidad, deformándose en figuras de tonos grises y azulados. Sábanas de estrellas en la tierra guiaban unos pasos que no conducían a ninguna parte, eran mis pasos. Riachuelos que llenaban los desiertos empedrados llenos de paraguas inmensos. La locura me tendió su mano, y la tomé gustoso al notar sus próximas caricias.
23/XI/07

Aqui, tu tambien demuestras, como el lejano Calímaco, la belleza en lo pequeño...
ResponderEliminarA veces pienso si no sera en este mundo intangible dónde podamos arrivar a una nueva Alejadría...
:)