lunes, 17 de marzo de 2008

Hilos en el Entramado

Toda una vida a tu lado pierde sentido. Las veces que me abrazaste caen también en la sinrazón de mi historia. Siempre que te noté cerca los motivos para hacerlo crecían, hasta que la luna dejó de guiar nuestros pasos. Caminaba por el claustro, con la cadencia de mis pasos como único acompañante. La piedra se tornaba plateada y negra, mientras la luz era o no dejaba de ser ocultada por las nubes. Sentía caer la nieve a mi alrededor, sin cuajarse en algo que no fueran sueños. Deslizarse por mis brazos desnudos. Uno, dos, tres,... La misma canción de los difuntos que continuaba sonando en mi cabeza. Y un copo encontró un camino entre mis pechos, alcanzó el pubis y se perdió entre la espesura de cabello negro y rizado.

***

Escuché el cuento más hermoso del mundo. Era triste y desdichado, pero conseguía devolver los sueños a la persona que lo entendía. Y bajo un mar de estrellas fue donde me lo contaron. Me perdí en un cielo nublado, y él se perdió en un mar nublado. Sentía como las ensoñaciones de la infancia regresaban a mi mente, y lloré de alegría por ellos. Mientras, él vaciaba su memoria de todas las quimeras y derramó lágrimas por deshacerse de tan hermosos pensamientos. Sacrificaba mi razón y aceptaba sus sentimientos. Y él, al darme sus recuerdos recuperaba las realidades pasadas y futuras, porque el presente no existía.

***

Volví a desearla. Tan embriagadora y fatal como siempre, prometía la inmortalidad a cambio de su muerte. Vestida de negro, en las sombras de la noche me observaba. Y yo le devolvía la mirada. Acariciaba mi mente desde las profundidades de donde procedía, y atraía los vientos del oeste. Como la doncella espera a su marido, me deseaba con miedo y locura, y la ardiente pasión despertaba desperezándose en mí. La tomé con sumo cuidado en mis manos, y se resbaló en ellas. Lamí los restos en mis dedos, anhelando más cada nuevo deleite. Campanas de gloria sonaron en mi cabeza la primera vez que nos besamos, y desde entonces, nunca hemos dejado de hacerlo.

***

La furia se desataba en el interior más ocultó del desván de los recuerdos. Las leyes caen ante mí, respetuosas. Piedras de oro y nácar se arrodillan y ofrecen sus tributos al honor que acompaña las salidas en solitario de mi ser. Por fin libre. Por fin había abandonado las ataduras de lo real y me alejaba a las estrellas. Una cadena de hierro aferró mi tobillo, y la niebla se vaciaba en mi mente. Voces estridentes me llamaban de vuelta, y yo sabía que eran ellas las que tiraban de la cuerda. Recé a lo desconocido que me permitiera reencontrarnos, pero no quería que mi presencia le obligara a perder su estado natural. Luché contra ellas, hasta sentir el abrazo nocturno de la hierba mojada.

***

La extraña decadencia de los momentos comenzó a crecer. Alcanzó cotas insospechadas cuando me giraba y sonreía por encima del hombro. Los objetos perdieron materialidad, deformándose en figuras de tonos grises y azulados. Sábanas de estrellas en la tierra guiaban unos pasos que no conducían a ninguna parte, eran mis pasos. Riachuelos que llenaban los desiertos empedrados llenos de paraguas inmensos. La locura me tendió su mano, y la tomé gustoso al notar sus próximas caricias.

23/XI/07

1 comentario:

  1. Aqui, tu tambien demuestras, como el lejano Calímaco, la belleza en lo pequeño...
    A veces pienso si no sera en este mundo intangible dónde podamos arrivar a una nueva Alejadría...
    :)

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