Era una estúpida manía que había cogido hacía unos años, cuando empezó a trabajar en el enorme edificio de oficinas. El café se lo tomaba con sus compañeros, con el periódico y la radio; pero durante la hora de comer se sentaba en ese parque muerto de niños, a leer cualquier historia que vertiese sobre su espíritu un bálsamo, el olvido, como tantas veces había ocurrido en su juventud. Llevaba una doble vida, fingir no era tan difícil si la recompensa era ocultar las manchas en su piel. No era demasiado complejo, doloroso, sí, pero no complejo.
10/III/09, 14:32

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Miríadas de sendas desde el Abismo