Hoy a una hora que no recuerdo llega la primavera, prueba irrefutable del paso del
tiempo; me parece estúpido medir la hora a la que salen las estaciones, como si fuera un tren, ¿podré perder la primavera si no llego a tiempo? Ayer a las 7.15 me levanté en casa de mi abuela, desayuné tostadas y un vaso de
leche y me cargué con mi bolsa de viaje y un saco de dormir en una bolsa de basura
azul. Orión llegó tarde con sueños proféticos sobre mecheros y las señoras de Sarasate
nos saludaron antes de partir, la mayoría de ellas desde la cama (que oído tienen las
abuelas para lo que quieren). Go to Salobreña! Pero eso fue ayer hace un año, para variar con todo lo que
me pasa, todo en pretérito (perfecto simple).
Tengo la paranoia de que es domingo y tengo que estudiar latín, que cae y cae verbo a
verbo, palabra tras palabra... Tengo que escribir la descripción de Primavera, pero aún
no me la he encontrado, además no sé que día es. Por cierto, estoy leyendo el Conde de
Montecristo (el Word se empeña en que es “Montecristi”), que me tiene enganchada y
me impide pensar más allá, de hecho, estoy haciendo un soberano esfuerzo por estar
sentada frente al ordenador. Ya comentaré mis impresiones más adelante, que hoy no
me apetece. Tampoco sé exactamente que quiero decir aquí, por lo que... Estaba
pensando en terminar un pequeño texto que he empezado hace un rato, pero la
necesidad de leer es demasiado apremiante y lo dejaré para otro día, de momento hoy se
queda con esta rayada primaveral, y es que tenía que recordar a la que hasta hace tres
años (tal vez alguno más), fue mi estación del año favorita. Además mañana tengo una
lista enorme de cosas por hacer y debería irme prontito a la cama para rendir lo más que
pueda, leyendo claro está. Bueno pues ya se verá lo que hago realmente mañana, haber
cómo me sonríe el espejo. Beatus ille...

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