martes, 1 de febrero de 2011

Canción de cuna para el no despertar.




He estoy cayendo bajo las piedras de la locura, ya no las simples extracciones, sino las piedras mismas del mismo material de tus miradas, una esquiva sensibilidad imanescente. 

Un grito desesperado sino hay sábanas como sudarios para esconderme de la mismísima vida. Mi sudario de sudor nocturno para ocultarme a mí misma de mí misma. Y no te digo gritar ayuda para socorrerme, será que no lo gritas, será que acabaremos muriendo juntos ya que tú estás tan jodidamente decidido a vivir. ¿Entonces has olvidado mi secreto anhelo de muerte intemporal? Ni se te ocurra dolerte por mis expectativas, ya sé que deshacerme con la marea no te gusta ni un pelo, ni dos ni tres, pero no verte es no ver el mar, y no ver el mar es la muerte de toda esperanza. 

¿Pero es la muerte de toda esperanza el nacimiento de la desesperanza? ¿O pueden coexistir ambas con la tranquilidad profunda de esa magia humana que es capaz de destruirnos a todos con su leve hálito?

He estado enferma, sigo estando enferma… No he sido capaz de salir de la cama con tanto dolor de cabeza terrible que me consumía las horas diurnas. Y como me niego a tomar pastillas para el descanso del alma y del cuerpo, pues no me termino de curar de ninguna manera posible. Y este no es un estado de permanencia, de ninguna manera. Es un estado que ahoga cualquier posibilidad de permanencia. 

3 comentarios:

  1. Crearse una fe labrada en piedras, de la locura

    o de la cordura -si la enfermedad es mayor-.


    Crearse una salmodia que aullar al futuro,


    recogerse en el llanto propio, así como el ardor,


    -qué más dá, si humano, inhumano, todo


    y todos los destinos, se van, para morir, al mar-,


    si, a fin de cuentas, la carne seca o, en el espejo, vivos,


    todos los destinos son desvanecerse, y olvidar.

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  2. Cabalgar puedas la cresta
    de mi ola

    y en mi lomo contemplar
    la duración del mar
    interminable.

    Te sean en el dolor leves
    los cuerpos
    y la llamada
    fulminante de la tierra.

    Ven donde el océano
    resopla y canta
    la primera palabra y el loto
    del bostezo.

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  3. Azogue frío de los vientos,
    aire, procedente del mar,
    yergue mi neblinoso velamen
    con cantos propios
    el despertar.

    Un clamor a sirena bendita,
    sobre las olas y bajo
    el mar,
    el navío rojo de la luna,
    desespera en tormenta,
    en lucha, en sal.

    Caídos somos,
    pues no es la muerte el fondo
    el vaso estelar,
    ni la vida, ni el deseo,
    sólo la sueño presente en el mar.

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Miríadas de sendas desde el Abismo