martes, 22 de febrero de 2011

Conversaciones [...] entre los fuegos del invierno.



Título extendido: Conversaciones [terribles de los tormentosos recuerdos] entre los fuegos del invierno.
Razón: Para que no sirva de reclamo.
Destinatario: Bien lo sabes. 




CAPÍTULO I

Estoy, sentada, sola. 

En las tristes palabras de un latín desmejorado que no entiendo para no caer en la esperanza. En la pantalla de mi ordenador veo difuminarse los días, veo un cielo de potente azul sin nubes, con rastros de vacío nocturno con forma de ramas de cedros. El sol se está ocultando, y no calienta. 

Me veo, sola. Con los ojos brillantes por los recuerdos, tras unos cristales que hacen que yo todo lo vea como un final ineludible. Mis labios, parecen el único punto de vida que me consigo al mirarme, parecen unos labios fríos, más rojos que de costumbre, parecen resquebrajados por el viento del día a día, pero no consigo la fuerza necesaria para curarlos. Son labios que apenas me sonríen, son labios que me dicen crueldades porque..., yo qué sé por qué. Son labios que torturan cuando besan, sádicos como pocos. Busco un dolor en las entrañas de la tierra, en el vacío que me dejas, un abismo insalvable entre tú y yo. 
Casi que prefiero cerrar los ojos para no ver nada, cerrar los ojos y dormir en mi cama acurrucada, cerrar los ojos para siempre y que sea nunca quien venga a buscarme y no me encuentre. 

Yo no quiero esperar la muerte, quiero mirarla a los ojos y decirle lo mucho que la amo, quiero que ella me conteste con un te quiero antes de llevarme a mi tálamo nupcial. 

Nos has destruido, tú, no yo. Tú nos has destruido y me has vuelto a dejar entre las ruinas de un hogar perdido, nos has destruido, tú que conocías mi anterior palacio de cristal infantil, tú que me sabes princesa de cuento de hadas me has condenado a saltar desde la más alta torre. Ahora no tengo un castillo de frío hielo, ya no tengo nada, ni fuerzas para construir de nuevo un hogar. Quiero dejar de mirarla y verla, sin mí, desamparada, no quiero culparme por nada, pero es tan profundo el océano, y da tanto miedo perturbar sus sueños de un pasado mejor, su respiración tranquila mientras yo la veo dormir. 
No sé porque tanto empeño en la vida de la muerte, ni en el descanso de los soberanos pudiendo existir la nada. 

El sol apenas calienta, y te oigo gritar "muerte" sin comprender que yo no puedo tener otra cosa. Abandóname, déjame sola en mitad de la calle empedrada para que pueda encontrarme a solas con la muerte, pero no me sigas, no intentes romper mis murallas para ver lo oscuro que escondo en mi corazón, en mi ponzoñosa alma, el miasma que recubre mis sueños como un lienzo imperfecto. No me busques, no me encuentres, destiérrame de ti, y yo seguiré guardando en mí todo lo que tengo de ti. No quiero dejar nada para el recuerdo, me los llevaré conmigo a la luz. 

Tú ya no me conoces, ya soy cruel y sádica, ya no hay cura ni esperanza, ya quiero hundirme en el fondo del mar, profundo mar, el rumbo es el abismo. Me han encadenado y ya no decido, me entregué y de allí ya nada vuelve. Para ello hay que alzarse sobre el más poderoso de todos los dioses, un reflejo de la muerte es su manto de noche entera. Su boca devora lo que en mi ya no queda, su él es todo el futuro y el pasado, puede el tangible presente. 

Ahora ya hace frío, ya se ha ido el sol. Ya sólo te recuerdo conmigo entre la hierba, prometiéndome todo lo que ya no será mío, me hielo, me estoy helando, no hay fuego capaz de calentarme. Aunque si es verdad, demasiado frío y demasiado calor queman lo mismo. Un infierno musical, el de tu voz gritando a mis entrañas. Un profundo dolor. Tu mirada como un clavo ardiendo para separarme del olvido, aunque queme tanto como el mismísimo cielo helado. 

No, pero no vengas. No quiero tener que verte en la distancia, ni ver como se aleja el cielo de mis ojos cuando te vea aparecer en la distancia, para salvarme, aunque yo ya estaré muerta. 



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