martes, 21 de diciembre de 2010

Solsticio de invierno (y que se jodan tus palabras)



Hoy me he empeñado en buscarle las vueltas al gato para no ver el inmaculado gong de plata que se me presentaba sobrio (por cierto, siento tan banal beso de despedida). Y una carta incompleta que por fin ya llegado a mi abandonado buzón del mundo, tampoco es tan dificultoso ser de esa forma tan rastrera. Pero me llenan tan poco las ideas de lograr que no sean logradas, y el surrealismo de la gominola. 
Creo que la culpa de todo la tienen los alófonos, los alófonos y me empeñó por no emborracharme tanto que no pueda ver ni mis propios pies. De la superflucidad, por supuesto. Me sueño morir, y tampoco puede ser tan extraño, y se está medio calentito medio fresquito en la biblioteca. 
Lo de "feliz navidad" es la mentira más grande que he dicho siempre, a ver, digo mentiras todos los días, y mucho más grandes, lo único que la sintaxis de la frase me exigía un superlativo como yo puedo exigir un camino entero y luminoso, es todo cosa de la sintaxis, y yo creo que también de los vaqueros de la pelicastaña que busca cosas de lingüística, pero todo es cuestión de enterarse. La mierda que escribo la subo al blog y así la leas, para que sepas que me entregaría a la tormenta sólo porque ahora recordases mis palabras y vinieras a buscarme a este lugar donde tanto sufro tu ausencia. Te equivocaste de persona, nos hemos equivocado a base de bien, pero no te preocupes, he echado la lotería para remediar el error lo antes posible, sólo es cuestión de remedios y pociones… Y mucho mucho miedo, peor no sé porqué, a qué… Supongo que no al deseo de pensar, de entregarme a la lluvia, al atavismo lluvioso, no es pedirte tanto, ¿verdad? 
Y claro, a ver, 2011, por mucho que te empeñes, alma de cántaro, no va a mejorar ni fu ni fa. Lo único que puedo hacer es pagar mi lápida por adelantado, y sería la verdadera solución del ser, y de la luna de eclipse que mis lluvias y las tuyas no me van a dejar ver. 

1 comentario:

  1. La higiene sigue siendo la misma, la hora y media de sueño que me regalé anoche también. Pero pensando que tus días de conexión se acaban, te diré lo esencial:

    Para mí el surrealismo, de la gominola o no (más si es atávica y aquiescente), es la base de todo, puede darme la vida y quitármela, me basta con levantarme por las mañanas y mirar: en breve me doy cuenta de lo extraño y ajeno del todo que me rodea. Pero me gusta, porque me permite darle un nuevo sentido a todo, proyectando sobre esa inverosimilitud de lo ordinario mis tactos oniristas. Y eso es precisamente lo que me llena. Tanto como a la luna el vernos en una manual concomitancia, arribando a nuestro destino.
    La telequinesis, o la evidencia de las circunstancias, me han han redireccionado justo desde mi casa, a la tuya, a la nuestra, la ardorosa Biblioteca, porque yo en ella siempre tengo calor. Y, la verdad, que los argumentos de cualquier vendaval o lagrimeo nocturno no me distraerían de lo que ando buscando. A veces soy así. Pero sólo para nictálopes seres hechos de luz y de sombra en sí mismos, como si realmente fuesen la génesis del planeta que conozco. Parece que hable de una diosa. Lo es. Gea, y dispuestos a hacer desfilar a los dichosos alófonos, Gaya, Gé o lo que tú quieras.

    Si, además, quieres que hablemos de equivocaciones, entonces voy a tener que dejarme filtrar los elixires lunares y abrumarte con la brusquedad de mis certezas: Que de equivocaciones la religión y los mundanos ya bastante nos hablan, que por qué no hablar de apostar por otras ludopatías, no por el bingo del rosario, arrepentimientos y meaculpabilidades, ni por esa lotería tuya, sino por el trazo de nuevas veredas ambiguamente iluminadas, otoñales todavía, invernales ahora con los solsticios.

    Y el miedo. Al miedo lo dejaría sentado en una esquina, pensando qué hacer consigo mismo, no sé algo de utilidad, por ejemplo aprender a ser más dúctil y más sincero.

    Ahora tengo otro problema que no es el miedo, (o sí, tal vez es el mismo pero caracterizado de arrebatos despejados, por eso del cansancio que no me permitía sostener durante más tiempo un pesado embozo), sino la visibilidad que proporcionan aislantes cortinas de agua y transehúntes hollines insinuando una argentada esfera.

    Y volviendo al fulgor de los errores (y sus correspondientes rectificaciones), en el sentido más irónico que puedas darle: Yo también lamento tan banal(es) beso(s) de despedida.

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