Buenas noches! Ya hemos cogido de nuevo la rutina de estar despierta hasta las tantas para preparar post. El siguiente texto debería haber estado terminado el 25 de enero, que es mi día de invierno, pero no lo estuvo y por eso lo pongo hoy. Nada más que decir, estoy cansada. Espero que os guste, aquí no he puesto ningún frufrú.
Invierno
Entrando en una profunda cueva, escavada por el tiempo en las entrañas del mundo, llegamos a una amplia estancia cuya oscuridad no parece finita, ni el techo de la bóveda posible. Al final de la sala hay un enorme trono de piedra, tallado en la roca, con un millar de filigranas recorriendo exquisitas la totalidad de su superficie. Dos antorchas sobre soportes de hierro brillan en la pared, como guardines del solio, cargadas de un imposible fuego azul, gélido, que destruye en ardiente baile la madera muerta. En las paredes cercanas se reflejan, sobre el hielo cristalino y los esmerilados regueros de un agua aún más fría. Una alta figura se encuentra a pocos pasos de la tea con la cabeza gacha y dando la espalda a nuestro incauto mirar. Cubre sus musculosos hombros con una capa de piel de lobo, que cae cual cascada de grises y blancas tonalidades. Como otro torrente reposan sus largos cabellos más allá del final de la espalda, mezclando azabache y nieve, indicando su eterna edad. Su mano derecha, envuelta en cuero negro, descansa plácidamente sobre el pomo de un espadón de hielo y plata, plata y hielo, que cuelga sin vaina de su cintura, refractando en muerte cualquier haz de luz que osa posarse en ella. Dos zancadas lo acercan hasta la sede, de donde recoge un cetro de metal oscuro, de dos palmos de largo y rígidas líneas. En el extremo se engarza un majestuoso diamante, de formas redondeadas a excepción de una afilada punta donde reposa para siempre una gota de brillante sangre, escarlata. La cota de malla que cubre su torno resuena en toda la estancia, cual cadenas indestructibles, al sentarse sobre la roca viva, con barra negra fuertemente sujeta. Despacio, con la mirada clavada en un punto indeterminado de su vasto imperio, cruza las piernas y se recuesta sobre la piedra, como si fuera el lugar más cómodo del universo. Cruje el cuero de sus pantalones al hacerlo. Apoya el codo sobre uno de los brazos del sitial, y deja la otra mano laxa sobre su rodilla en alto, apuntando con la cabeza del cetro al suelo. Los rasgos de su rostro son angulosos, como si fueran también parte de la piedra que le rodea, y pálidos, de un aspecto casi enfermizo. Sus labios, dos finas líneas sonrosadas. El prominente mentón, los marcados pómulos y el poderoso ceño aumentan la dureza de sus facciones. Y sus ojos... Traen un escalofrío irracional que recorre la longitud de tu espalda. Son de ese azul imposible que tiene todo lago de hielo, que el sol es incapaz de horadar con sus débiles rayos. Azul pálido agua helada, cientos de vetas más claras los resquebrajan en millares de caminos, laberinto que irremediablemente acaba en el infierno de sus pupilas; lanzas quemadas que arrancan los últimos vestigios de vida. Toda la crueldad y destrucción que han visto, ni siquiera soportable sin consecuencias para él, se depositan como una decena de ramificaciones en límite de sus ojos; demostrando que las estelas de dolor que dejaba tras de sí no están exentas de castigo. Sujeta sus cabellos con un aro de hierro forjado, austero para cualquier rey, que no sea él; no necesita símbolos para marcar sus dominios. La nieve recubre sus sienes al igual que el olvido su reino. Despacio, disfrutando de cada movimiento, clava en nosotros sus dos lagos impenetrables, junto con la punta del cetro, que señala directamente ese órgano que hasta hacía un segundo latía intranquilo en nuestro pecho. ––¿Qué incoherente asunto os trae hasta mi morada, viajero?––la pregunta suena libre de significado, vacía, en contra posición con su voz abismal e inescrutable. Todo en él permanece inmutable, aislado. Contribuye a aumentar la frialdad que destilan sus ojos una media sonrisa, torcida; dando a su respuesta un cariz comprensible para cualquier humano: desesperanza.
(1/II/09)
P.D.: “Cuando nunca llegué lamentarás que no llegue tarde.”
P.D.2: “Me pregunto en qué momento dejará el tiempo de devenir.”

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ResponderEliminarEl invierno.. me encanta tu imagen del invierno... tanto que siento el impulso de contestarle..
ResponderEliminaryo se lo que le diría, se que incoherente asunto me habría llevado a visitarle...
¿Y yo qué tengo que ver con tus arranques violentos contra el mobiliario escolar?
ResponderEliminarSin duda, una sonrisa se desdibujaría en mi rostro y, jadeando vaharadas que congelasen mi garganta, respondería "Perseguía al otoño, pero se me ha escapado, ¿por casualidad no lo habrás visto por aquí...?"
o algo asi, creo xDDD en verda acabo de improvisarlo, no se que le preguntaria al invierno... puede que algo parecido a "joder que frio hace aki, no?"
no soy alguien que diga grandes cosas, siempre he mantenido que escribo mejor que hablo
pak pak ^^