Fuera del jardín del cielo
Smefin, era el color de sus ojos. No me preguntes exactamente que color era ese, de que tonalidades se componía, porque nunca he conseguido fijarlas en el Smefin. A veces era azul solar, otras dorado campos de tomates, de amapolas se volvía violeta y color jazmín cuando dormía. Los Smefin eran unos bollos de crema que comprábamos juntos en la tienda de la esquina, centro de una bolsa de color azul eléctrico con las letras en amarillo fosforito. En el banco de Esto es una prueba, no juegues con Excel si no es para calcular el Infinito. Entonces me enamoré del Smefin que tenías entre manos, con sus cumbres nevadas y sus incólumes laderas. Te lo comiste, yo también lo hubiera hecho. Pero el Smefin fue inteligente y se perdió entre tus iris; nunca lo encontré en las pupilas. Luego dejaron de vender nuestros bollitos alemanes, nada dura para siempre. Ambos supimos que iríamos a buscarlos, ahora no, con doce años no puedes viajar a Alemania como un viajero; dentro de algunos años, quizá.
Quizá tras dentro de unos siglos podamos retroceder hasta ese momento en el que el mundo no tenía fronteras. No fronteras invisibles que separan hermanos, zanjas llenas de sangre, sino fronteras reales que hacían del mundo un lugar inexplorado. Creo que habría logrado convencerte de robar un barco fenicio e ir en busca de la bola de fuego, con toda la flota de Tiro tras nosotros, hasta alcanzar el Atlántico, nunca realmente tendrías que seguir siendo mi brújula, nunca encuentro la estrella polar. Podíamos escribir una historia juntos, sin el bolígrafo en la mano, podrías escribir sobre mi corazón, en mi recuerdo. Incluso dejaría que me tallases si a cambió yo pudiera llenarte el cuerpo de versos. Luego me encargaría de borrarlos lentamente, para que perdieses la vida intentando conservarlos. El mar era lo único que conseguía limpiar mis chanclas de playa y dejarlas sonrosadas. Pienso que el mar le tiraba los tejos cada vez que se juntaban, así las muy putas siempre conseguían marcharse de polvo, y no me dejaban limpiarlas bajo la ducha.
Duché mi ordenador una mañana de otoño, pero fue sin querer. Llevábamos tanto tiempo juntos, pasando noches enteras mirándonos sobre mi cama desecha. Parecía ser único capaz de sacar de mí toda la frustración y las dudas, allí como empezamos a permanecer juntos hasta las llamadas altas horas de la noche, realmente bajas horas del día. Luego separarnos se convirtió en tarea imposible. Y lo siguiente fue obvio, no podíamos hacer otra cosa. Como iba a dejar a mi único amante atrás.
12/II/09

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